A los que nos gusta escribir, pintar, dibujar, componer... cualquier estímulo nos conduce a una reacción en principio desmesurada si reparamos en la ley de causa-efecto y a que, en principio, una visión, un escalofrío, un aroma o un estremecimiento es un embarullamiento de todas esas cosas juntas y otras más, invisibles pero del todo trascendentales: el dolor, bonito a veces también -se me dijo hace poco que venían bien los períodos feos porque inspiraban, hacían crear, sentir más-; la alegría, que se nos sube por la panza, zarandeando a esos bichejos que viven dentro de nosotros y a los que imaginamos como circulitos con patas, o como patitas unidas a esferas pequeñas...; el calor, que reblandece la piel, nos aplatana, relaja, ralentiza... e incita deseos de tumbarse y nada más, mirando hacia arriba, estirándonos, respirando suave, sosegadamente, haciéndonos un poco más esponjas, un poco menos rígidos; la plenitud, muchas veces de vida corta pero intensa -si se estira en el tiempo acaba desapercibiéndose y formando parte del día... y deja casi de ser plenitud para ser rutina, rutina y nada más (guiño a Poe ;))-; el vacío, esa especie de bola enorme dentro de nosotros, encajada en una zona un poquito más alta que el estómago, y algo más escondida también que el esternón. La bola que causa que el cuerpo quiera enrollarse y algo intente salir por la boca sin conseguirlo, quedándose siempre a medio gas, casi pero no, tratando después de salir por los ojos y, no siéndole suficiente, acaba pariendo por las yemas de los dedos en forma de borradores, de texto plano. Juntando letras, formando palabras, creando frases, redondeando libros.
Es un segundo conduciendo. Alineándose un paisaje agradable, la temperatura perfecta, las perspectivas ante una de las más grandes aventuras en la vida de alguien que ha vivido quizás bien pocas, la ilusión ante lo que va a venir, todo nuevo, gracias en parte a lo que se ha ido, todo viejo. Y una canción, siempre una canción, que pueden ser muchas porque la música es de lo mejor del mundo. Y todo eso mezcladito y bien, me conducen a pensar en un camino de piedras amarillas. No se me ocurre un cuento para ese título, y solo dejo pues que mis manos liberen sentimientos y cosas. :)
Cantaba con esa voz gangosa y tristona que la había conocido en un 7-11. Y nosotras revolviendo vinilos arropados en cartones viejunos y descuidados en aquella habitación de tres camas y media, llena de pilas de ropa sucia de hermano mayor.
La ventana daba a una montaña. Decía que, cuando estaba triste -que era casi siempre-, solamente asomaba, la veía y todo lo feo se le iba como mágicamente. Fue lo primero que me vino a la cabeza cuando recibí aquella carta en papel en la prehistoria de lo que somos ahora y leí que a sus padres les embargaban la casa. Se le iba todo: la habitación de tres camas, la suya, aquella ventana y su montaña.
Nuestros recuerdos olían a perfume de mujer mayor queriendo ser sensual, y nuestros colores eran el negro en su versión más profunda, más azulmente matizada -como los reflejos en el pelo de los dibujos animados- y el rojo más vivo en detalles pequeños: labios, zapatos, pins. Los sábados tarde se olía a amoníaco, a pelo quemado y a cera recalentada.
No sé si balanceando lloramos más que reímos o casi casi igual. Me apenaba saberla y sentirla tan desgraciada y sentirme yo impotente, incapaz de conseguir con todos mis poderes mentales y mi cabezonería que dejaran de hacerle daño de una puta vez. A veces los dichos son ciertos, pero muchas más son mentira absoluta y totalmente, y ella no merecía ser usada como una muñeca de látex ni acabar llorando encerrada en su cuarto cada domingo después de cada uno de aquellos sábados... y más siendo tan joven.
Nosotras... el resto... yo, fantaseando con besos de asiento de atrás. Ella... tratando de terminar de hacer el amor y que la persona recostada a su lado no se levantara con premura o le dijera de marcharse directamente, dejándola como un trozo de algo inútil, prácticamente igual que un trasto al que machacamos sin un mínimo de delicadeza hasta estallar -él o nosotros- porque sabemos que si se rompe... pues casi que mejor.
No más tristezas en esta historia. Ella ahora empieza a estar bien. Se la quiere -como merece- por fin. Está radiante y luminosa.
Y todo esto por haberla visto hace dos días... y por una canción de los Ramones.
PD: nuestros recuerdos no hubieran sido los mismos si no hubiéramos conocido el Pleasant Dreams ;)
(30-12/2010) Mil elementos o más directos a la papelera de reciclaje. Ni tiempo me doy para recapacitar y tenerlos en ese limbo unos días porsiaca. Suprimidos definitivamente. Un año extraño, ansioso, triste, esperanzador, emotivo, Frustrante también, al ver que mis momentos dentro del pozo no dependen de quién me acompañe, sino de mí. De admitirlo por fin y ver que le puedo dar la vuelta a eso y pensar al revés, y notar que mi ánimo risueño nunca nunca dejará de serlo, sean cuales sean las circunstancias.
Demasiadas horas quizás para hacer memoria y entender por qué coño se queja uno cuando no tiene nada especialmente importante de qué quejarse. Al parecer ya nacemos complicados -algunos-, y nos gusta regodearnos en nuestro estado anímico de neurona negra (:)). Malo no es; se termina cogiendo el gusto a sentir, a cerrar los ojos, ponerse música y evadirse. También a llorar. Hay cierto peligro, sutil, suave y adictivo, en el disfrute de ese estado. Como un masoquismo muy fino, similar al dolor que nosotros mismos nos causábamos moviéndonos constantemente los dientes de leche cuando empezaban a obligarnos a crecer y nos alejaban de ser niños, y se iban de nosotros para siempre.
Y cuando ves que ninguna muleta cura, que las noches horrorosas sin dormir no remiten con pastillas de hierbas que prometen darte paz, sino solo con una buena conversación íntima en ambiente oscuro con luz indirecta, o junto al fuego -aunque sean dos fuegos distintos-, y resulta que tampoco tienes esa conversación, recurres a un remedio que nunca defrauda, y al contrario, solo puede hacerte sentir mejor sacando cosas de tu interior, o, en el peor de los casos, conseguirá provocarte otras sensaciones y anhelar viajes ya de por sí anhelados, esperados; viajes que más que viajes parecen metas y puntos de inflexión; que tienen toda la pinta de cambiar tu vida, y que hay que aprovechar.
(3-4-2011) Entonces es cuando empieza a sonar la música, ese medidor exacto de nostalgia, la única prueba capaz de asegurar que una herida está ya completamente cicatrizada cuando el Yo consciente no lo tiene demasiado claro.
"Tienes un don", me dijo la persona que está ayudando a que me entienda y conozca a mí misma: "tienes la capacidad de olvidar por completo". Pero ojo, "es un don con su contrapartida emocional: eres incapaz de guardar rencor ni emociones negativas ante un recuerdo... pero tampoco recuerdas las cosas bonitas y las emociones que no deberían olvidarse". "¿Eso es bueno o es malo?". Para tu ser, para ti como persona es bueno, porque tus emociones siempre son completamente puras, como una niña, como el que parte de cero".
Bueno, yo solo sé que el verano pasado crucé el país llorando, sin atreverme a quitarme las gafas de sol. Había quedado en visitar a un amigo, y fuesen cuales fuesen las cosas que sucedieron los días previos, ese amigo nada tenía que ver con mis asuntos, y merecía mi visita, merecía que yo cumpliera esa promesa. Aunque llegase hecha un palillo -más aún- y con las emociones a flor de piel.
(24-3-2011)"Asegúrate de llevar flores en el pelo", dice una de las canciones que más me remueven por dentro per se. No, no va asociada a momentos tristes ni festivos, ni sexuales, ni melancólicos. Una canción bonita sin más.
Y asegúrate también de mirar siempre siempre hacia arriba y hacia adelante. Y pisar el acelerador solamente en las rectas anchas y seguras. Y proteger tus ojos del sol, y cubrir tu piel aunque sea con una fina capa de cebolla imaginaria para no dañarte, para no rasgarte, para no sangrar.
Ya se irán yendo las penas. Con solo dos días de sol -diciendo adiós por fin a la horrorosa humedad-, el personal se notará felizmente relajado. No será -cuando quiera que sea- solo mi sensación, mi sentir y mi estado, sino que se notará a mi alrededor. Una euforia mínima pero constante e increíblemente positiva.
Ya se ve a la gente pedir color, pedir sensaciones, preguntar por árboles, por las flores de esos árboles, por las frutas de esos árboles. Y hay ganas de salir para tomar fotos, y de coger coches, trenes y aviones.
(3-4-2011) Dentro de tres semanas y un par de días cruzaré por fin el océano. Me da vértigo pensar en todas las horas que voy a pasar solamente yendo. Y seguro que también lloraré. Las lágrimas salen solas, no se equiparan las emociones ni se deberían comparar, porque cada lloro es distinto. Y puede que una vez llorara de pena y otra de decepción. Que una vez esperara algo que era imposible que viniera porque ya se había ido, muerto completamente, y que esta vez llore por algo que nunca llegó a arrancar y por un viaje planeado durante muchos meses entre dos y al que solo irá una persona. Parece como si la vida jugara un poco conmigo, y me da rabia a veces. Me proporciona compañía para empujarme... y luego me la quita para que marche sola...
Cruzaré el desierto de Arizona; dibujaré con mi dedo el skyline desde las colinas de la ciudad de clima suave, pararé en gasolineras solamente para tomar la fotografía soñada bajo un cartel con dos seises; observaré el cielo de noche desde aquel sitio tan mágico y para mí tan especial que inspiró mi último texto; veré luces y colores en esa ciudad imposible en mitad de la nada; fotografiaré carreteras anchas e inteminables; escucharé rugidos de vehículos de dos y cuatro ruedas transportando a soñadores. Tendré presente a toda la gente que me ha acompañado en tantas y tantas noches de insomnio con su música y sus letras -la mayoría de América del Norte-, y seguramente no sentiré nada aparte del placer de escucharles, pero a quién voy a engañar, no va a ser lo mismo.
Un grupo de gente rodea una hoguera. Pese a estar prácticamente en mitad de un desierto... no hay frío; solo una brisilla templada muy muy agradable. Con cualquier tipo de prenda, incluso sin nada, es una temperatura perfecta, de esas que se advierten -para bien- y provocan que las personas dejen de hacer lo que traen entre manos solamente para tener ese sentir placentero de la calidez golpeando levemente sus caras, sus brazos, sus piernas y sus manos. Puede que sea mayo, pero también es probable que sea junio. Importa poco eso. Solo ese bienestar en esa noche.
La hoguera no quema, qué contradictorio, si el fuego quema siempre si uno se acerca demasiado... pero pueden estar perfectamente a tres metros de ella -un círculo pues de tres metros y toda la gente que quepa a su alrededor- sin necesidad de apartarse. Primero cuentan historias; luego alguien pide silencio. Y callan todos, sintiendo plenamente ese momento, a la vez que la brisa sigue dando pequeños toquecillos agradables, apenas despeinando pelos, como bailando y serpenteando entre ellos.
Durante el silencio se escucha la soledad; no es fácil eso. La mayoría empieza a dejar caer los párpados. y, cuando los ojos se cierran, parece como si todo se moviera, y la primera vista con ellos cerrados es un color naranja muy apagado que da paso a un blanco con manchas negras. Desasosiego. La misma sensación de otras veces, como de vivir a medias. Y al poco se escucha a alguien llorar. Y ya no hay nada.
En sus cabezas se montan historias. Fuera de cada cerebro hay otro completamente distinto: distintas conexiones con distintas neuronas; distintos problemas y distintos propósitos para resolverlos. Empatía... la justa. En este mundo cada uno va a su historia, y el problema que atormenta a la mente de la izquierda se queda ahí encerradito, sin afectar lo más mínimo a la mente de la derecha. Es una empatía a ratos, el rato que se da cuando se cuentan las cosas, se escuchan y dos se abrazan. Terminado el abrazo, el oyente ha olvidado prácticamente el tema del hablante, y así es todo.
Entonces alguien coge una astilla finita y larga y la moja en el fuego. Girándose, ante el lienzo negro que es ese enorme cielo de noche, empieza a dibujar espirales que duran apenas segundos, pero el resto lo observa maravillado.
Me dijo "dame un abrazo". Ante mi reticencia, que se notó en una milésima, añadió "aunque sea falso... aunque este sea falso"; "Es que no sé, es que soy fría". "No, no. Tienes calidez, la tienes, solo que algo te sucede que te impide abrazar".
Me quedé mejor que antes de saberlo. Los "soy", los "no sé", los "no puedo". Los que sé que no existen, pero mira, ahí están en la práctica de mi habla, del habla de mucha gente.
Hay casi siempre una segunda ocasión. "¿Y si probamos con el dorso de la mano?" Así es más suave, y la electricidad se genera de manera muy sutil pero con bastante eficacia, desembocando en una combustión cálida y constante. "¿Y si cierro los ojos y me olvido de la expresión de mi cara... aunque sepa que me estás mirando?"."Hazlo así, hazlo como tú prefieras, yo solamente te repasaré... pero con el dorso de mi mano". Apenas me entero de ese dorso que apenas me roza. Pero tiemblo... y no me aparto. "Va, déjate llevar. Yo cuido de ti, no me marcho". No es fin de semana, la gente debe estar trabajando -lo que se suele hacer entre semana-. No solamente son bonitos los días de fiesta. Hay lunes, martes, miércoles y jueves sumamente agradables. "¿Cómo puede ser todo tan tan perfecto y hacer este día?. ¿Va a ser que será verdad toda esa parafernalia mágica de los eclipses y las lunas raras?". "¿Acaso la viste?". "¿Si vi... qué?". "La luna, qué va a ser?". "No, qué va... yo no creo en esas cosas... pero ¿por qué no paras de hablar ... para variar?"."Qué susto". "¿Por qué te asustas?"... "Pensé que hablabas en serio... porque no lo hacías... ¿no?". "Bueno, mírame, estoy sonriendo... a ti qué te parece?". "Me parece que... me olvidé de tus manos, por completo. Olvidé de dónde surgía esta corriente". "¿Te molesta?". "No, para nada; mira, estoy temblando, pero no te preocupes, no es miedo ni frío ni nervio... es... no sé explicarlo... algo"."¿Puede existir algo así?". "Algo... ¿cómo?". "No sé, algo tan suave en su resultado, que recuerda a cosas suaves también; al talco, a las fresas de chuche rellenas de esa especie de esponja blanca que sabe tan bien, al olorcito a lavanda.. : "O al sol cuando no pica demasiado". "¡Justo!". "Siento paz, mucha paz, ¿sabes?". "Y... ¿es por mí?". No sé, debes ser tú, a no ser que tus manos por sí solas puedan funcionar sin ser parte tuya... no sé si me explico". "¿Imaginas? Mis manos sin nada más mío, pero... ¿y después de ellas?, ¿es que no hay nada más?". "Sí, bobo. Sin ese algo más solamente serían... manos"
No había demasiada parsimonia, solo que hay gente que gusta de poner nombres complicados a las cosas y actos que no lo son en absoluto. Gente normal, vamos.
Tampoco era nada del otro mundo. Solo un tiempo bonito en una casa pequeña, estrecha toda ella, pero a la que uno no tardaba en acostumbrarse. Pintada de un blanco muy muy blanco y con las cortinas, rejas, marcos de ventana y todo eso de un azul muy muy eléctrico. Médem seguía estando presente en sus vidas, aunque la vivienda permaneciese fijada al suelo y los únicos que se movieran fueran ellos.
Nada de japonesas de rostro blanco ni genuflexiones empalagosas y servilistas. Nada de sumisos, que a esos "no se les ama... simplemente se les quiere", como cantaron Golpes Bajos. La luz, eso sí, siempre era tenue, dibujando rallitas en el suelo de madera de haya, o de material parecido a la madera con un color parecido a la haya, vete tú a saber.
Y poco más, solo se echaban, y pasaban las horas escuchando música, contándose cosas -que no hablando-, bebiendo... y usando todos los gerundios del mundo.
Ninguna otra época era tan feliz como la de cuando el día empezaba a estirarse. El optimismo daba codazos a los malos rollos y ella estaba pletórica, luminosa. Solía sentarse dejando a su izquierda la puerta de la terraza de la cortina azul, y escribía cosas durante horas.
La otra persona... solo observaba. Y le gustaba lo que veía. Nada duraba siempre, ni siquiera la sensación y el recuerdo de esos momentos. Pero esa sensación y esos momentos siempre terminaban volviendo. Y, a su modo, eran felices.
PD: esto se pudo "materializar" cuando encontré la casa, que vino tras el texto, y no después. La idea lleva al hecho, pero nunca el hecho lleva a la idea, sobre todo si sabemos cuál es esa idea.
Sí. Fue una sensación física tremenda, un fuerte pop bajo mi pecho izquierdo. Y duró más de tres o cuatro segundos. Mi corazón dejó de latir, creo yo que se declaró en huelga microtemporal, después de demasiados meses de funcionar a máximo rendimiento. Me indicó basta, pensó que estaba cansado de muchas cosas, de llegar siempre por los neurotransmisores o loquesea a mis ojos, y emocionarme demasiado ante una imagen, una música, una película o una historia leída. Que me quería, que por eso vive en mí desde hace treinta y siete años, tres meses y veintiún días, que estaba dispuesto a seguir a mi lado -qué remedio-, pero que ya era casi suficiente. Y dejó de funcionar ese ratín.
Yo andaba escuchando música, pese a las altas horas que eran. Enamorada hasta las trancas, fascinada diría, que es casi mejor, por los Arcade Fire, me puse el Funeral, el que menos he escuchado hasta ahora. Y sonaba Rebellion. No sé qué dice la letra; lo miraré en cuanto acabe de perpetrar esto por si es una bromeja de la vida y mi órgano-compañerodefatigas quería que me fijara en esa canción y no en todas las demás por algo concreto (mis señales y yo... dos)
Durante esos segundos yo ya no formaba parte de nada; si duraban algo más en todo caso formaría parte de los recuerdos de algunas personas más cercanas y de una lápida imagino que gris jaspeada en el cementerio de mi pueblo. Bueno, y de esta nube, esparcida por muchos sitios -más de los que pensábais, ¿cierto?-, pero remontó, puede que fuera por el poder sideral de la batería del Mp4 ¬¬.
Todo aquello que solemos usar a degüello llega un día en que se para y nos llama la atención. Funciona y vale, apenas nos percatamos de que es así. Es y au, sin pensar demasiado. Anoche no vi pasar mi vida en un segundo, ni un túnel, ni una luz blanca intensa y cegadora, pero pensé en él como un algo valioso y me volvieron las ganas de muchas cosas que estaban como atrofiadas desde hacía un tiempo. Comunicar, por ejemplo. Más todavía. Y expresar. Y pulir mis historias dejadas en borradores desde hace demasiados meses. Sin miedo, con mensajes encriptados que solamente yo entiendo. Bueno, eso: de ser yo.
Fue una época extraña de mi vida. La época que me marqué para encontrarte. Ya no te buscaba; te tenía en mi cabeza, puede que desde que había nacido, porque debe ser así, y algo tiene que suceder en el Universo años antes o años después para que por fin dos choquen y se unan.
Conducía de manera un tanto temeraria, advirtiendo por instantes que lo hacía por inercia pura, siguiendo de noche los rastros de luces y poco más, y de día los coches donde podía verte a ti conduciendo. Oteaba cada uno con el que me cruzaba, y llegaba a distraerme de tal forma, que en demasiadas ocasiones era el sonido del claxon de algún amargado el que me despertaba de ese especial ensoñamiento, con la radio de fondo y dejando que fuera mi coche el que me llevara, y no al revés.
Me sorprendí observando los ojos de todos con los que me cruzaba, intimidándolos puede, manteniendo dos segundos al menos ese primer contacto visual. Pensaba que sería así quizás como iba a conocerte, y que me pararías por la calle, me cogerías una de mis manos y dirías: "te estuve buscando todo este tiempo... ¿dónde te habías metido?"
Luego fue en la Escuela, cuando iba a cogerme el chocolate habitual. Esperaba un ratín después de tenerlo para ver si eras tú el que venías a por tu café o lo que fuera. Mis compañeras me miraban raro, y yo parecía vivir dos segundos más lenta que el resto del mundo, como a la expectativa.
Más tarde, en mi época más oscura, donde digamos que toqué fondo, solía vestir de negro ajustado, y me echaba el pelo hacia atrás con gomina, cargando los ojos de khol y perfumando hasta el último rincón de mis curvas para ver si me olías, me captabas, me mirabas... Salía por las noches resultando patética, acabando casi al amanecer más sola que la una, con toda la cara emborronada e inmensas ganas de llorar, y casi parecía que algunas de las mejores canciones de perdedoras habían sido escritas para mí. Y me hundí.
Fue esa época, la de la casa en la playa en invierno, cuando dejé de quererte encontrar -que no buscar-, y en cambio la vida me trajo a mí misma. Renové toda mi sangre por entero dejando de beber, blanqueé mis pulmones y dejé crecer mi pelo. Fueron esos días de madrugar mucho mucho y ver cómo amanecía a pocos metros del mar. Nunca reprimí mis lágrimas esos meses, nunca más me teñí el pelo y asesiné y enterré mi ansiedad corriendo por la orilla hasta que ya no recordaba esos tiempos en que dejé, en que me dejaron, en que fui rechazada...
Pero sucedió que empecé a temer la vida, y no, para nada era inmune al dolor, sino más bien había logrado alejarlo tanto tanto que regresó el miedo, pero no ese miedo que me había hecho dormir mal durante un año y medio, sacándome arrugas y envejeciendo mi expresión más que cinco años de abandono, sino el miedo mismo a salir ahí fuera, a estar expuesta a un algo, a un alguien, a ti.
Se me sobrecogió todo la primera vez que lo escuché. Fue este pasado diciembre; se avecinaba una lluvia de estrellas -gemínidas-, y había pasado una tarde de domingo especial junto a la chimenea, escuchando música en compañía, e inventando una vida nueva para un personaje imaginario del que solamente conocíamos el nombre, el color de su pelo y poco más. Una más de esas cosas que empezamos las personas sabiendo que seguramente no vamos a acabar, pero que son buenas por el mero hecho del durante, del presente que es en ratos sueltos, y no del final del trayecto. Como los viajes, como la vida, vamos.
El ambiente que imaginé tenía un puerto en una época que no sabía ubicar, atemporal totalmente, mucho paño azul marino, gorras marineras, gris y humedad en el ambiente, y verde musgo donde no alcanzaba la vista. Necesitaba música para ubicarme, y eché mano de los siempre estimulantes Waterboys y ese disco que marcó en cierto modo mi manera de ver la amistad que fue el Fisherman's Blues -asociación de ideas, de mis ideas :)-. A los quince empezaba todo, y a ratos pensé que terminaba también. Justo como me siento ahora. A los quince ya lloré a ratos por decepciones sin saber bien qué me estaba perdiendo -que seguramente era nada-. Y ese disco, esa canción principal, que predispone a la alegría y al brindis por los viejos amigos y los buenos tiempos, me hizo llorar en aquel bar. Una de las primeras veces que lloraba de emoción por algo bueno que había dicho alguien de mí. Alguien que me quería y lo sigue haciendo, veintidós años después. Y alzamos nuestros vasos de Burret con cola, y brindamos, como en una especie de pacto sin palabras, solamente con miradas, mientras la voz de Mike Scott nos contaba aquello de "... ser un pescador revolcándome en el mar, lejos de la tierra firme y de sus amargos recuerdos. Echando fuera el sedal, con abandono y amor. Sin límites debajo de mí, excepto el cielo estrellado arriba iluminando... y tú en mis brazos".
Entonces, el disco se paró en una canción que recordaba vagamente. Me atrapó en nada, y tuve que escucharla varias veces seguidas, porque causó en mí una especie de adicción placentera y a la vez beneficiosa -pocas adicciones son así a un cien por cien-. Tuve que parar de escucharla compulsivamente, poner otras por el medio para no caer demasiado rendida a sus pies; comprobar si , tal vez al compararla con otras, perdía algo de su valor, de ese valor que acababa de atribuirle, capaz de dejarme completamente hipnotizada, como viviendo en el pueblo atemporal del cuento que estaba escribiendo. Pero no pude, no pude.
Y sucedió ese algo mágico, ese instante en que encontré una joya mientras indagaba en ese baúl de tesoros. Como algo valioso dentro de algo que ya era muy valioso. Y, leyendo información de esa canción, quise viajar en el tiempo y meterme de lleno en el origen de esos acordes que tanto me motivaban y tanto me sacaban de dentro. Leí versión, leí Van Morrison -hacía poco me había también medio-enamorado de su Here comes the night, conocía a su chica de ojos marrones tantas veces escuchada, y poco más-.
Lo siguiente, lo más previsible: adentrarme de lleno en su Astral Weeks -absolutamente perfecto en su totalidad-, justo en esos días de lluvias estelares y un futuro incierto pero esperanzador, bonito, tierno. Sabiendo que ese fenómeno tiene justamente eso de atrayente: su belleza... y su fugacidad. Fue todo muy... redondo :).
Me entristecí hace poco al pensar por qué te había olvidado tan pronto. Fue cuando recibí tu postal, la que ironías -o no- de la vida, tenía un ángel dibujado. He tratado de recuperarte en mi memoria con imágenes y no he tenido más remedio que recurrir a las -antiguas ya- fotografías. No puedo ser tan fría, no me lo explico, y tampoco la vida tiene por qué ser tan injusta con ciertos recuerdos. ¿No quedamos en que olvidábamos lo malo? entonces, ¿qué me pasó a mí contigo? ¿por qué me vienen estos años a la memoria y solo recuerdo muchas horas de reclusión en casa esperando llamar, esperando que me llamaras?. Las personas con las que nos mezclamos vinieron a nosotros por algo, y era frustrante que hasta las risas se fueran diluyendo de manera tan tan precipitada. No le encontraba el sentido a tu paso por mi vida.
Pero ayer, casualidades de la vida, volví a recordarte. Serían las cinco y pico de la tarde. Y fue por una rosa. Puede parecer contradictorio que te dedique un texto, pero ahora verás -veréis- por qué. Y lo reconfortada que me he sentido esta mañana pensando en el bien que me hiciste, que me servirá a partir de ahora para no caer en mi tendencia a subestimarme, tú que conseguiste que una "piltrafilla" pasara a ser la mismísima princesa Buttercup.
Lo que vino después confío en superarlo en un futuro próximo, e incluso sonreír al recordarlo... ; lo que vino antes fueron todas las explicaciones que me hiciste cuando hablábamos de literatura norteamericana y Whitman nos incitaba a coger las rosas mientras pudiéramos, a que aprovecháramos el momento ya que puede que después fuese demasiado tarde y estuvieran ya muertas; o la rosa de Shakespeare, a la que daba igual el nombre que pusiéramos, porque ¿dejaba acaso de oler bien por ello?. Me hiciste apreciar así el valor de las personas visto con otros ojos, y me sentí incluso bonita en las pocas ocasiones en las que me miraste, pero que fueron todas ellas. Luego, cómo no -y por eso me acordé de ti-, vino la rosa del Principito, la que tenías en tu firma y que valía tanto por el tiempo que le habíamos dedicado, tratándola siempre con delicadeza.
En ese segundo en que el amigo Pere me señaló las figuritas del aviador que adornaban su tele, me vino a la cabeza ese libro en edición bilingüe que compré por duplicado y te regalé en Morrazo, y de ahí a ser consciente de tu función en mi vida no necesité ni un pestañeo: el valor que me habías dado como persona para incluso yo verme con otros ojos y no dejar nunca que lo que pensaran los demás consiguiera hundirme. Tú veías sonrisa y ojos bonitos donde yo solamente veía acné y delgadez. Y aceptaste la estrechez de mis hombros y la longitud de mis piernas como si fueran lo más valioso. Tú, que podías tener a la chica que quisieras, me elegiste a mí, viste más allá de una barrera de carne y huesos, lo que nadie hasta la fecha había logrado ver. Y me sentía en paz en mis bajones cuando me reconfortabas con tus palabras a más de mil kilómetros de distancia. Puede que acabara de llorar, pero entonces me miraba al espejo y te daba la razón porque qué menos podía hacer por mí misma y en deferencia a tu paciencia.
Hay pocos como tú, que, como escribió en forma de frase-mantra Sáint-Exupéry, consigan ver con los ojos del corazón, porque lo esencial es invisible a los ojos. Hay pocos, pero me quedo con que sí existen, como exististe tú, por ahí esparcidos, y esperando que nos encontremos. Una vez más, vuelvo a devolverte las gracias. Así todo tiene ya sentido.
Solo cerrando algunos círculos vamos redondeando la vida. Tiene que ver, y qué cosas, lo primero suena triste, y lo segundo, sumamente alegre. Una vez traté de explicarle a un amigo por qué el círculo simbolizaba la perfección. Él, como siempre :P, trató de que se lo demostrara con datos científicos, que yo, como siempre también, desconocía.
Solo sé que es así, no me preguntéis por qué. Me consta. Que un círculo a medio cerrar es vicioso, y sin embargo, cuando ha tenido un buen clic, pasa a ser virtuoso. Y se sienta uno ante una taza de té -verde o rojo-, y puede empezar a narrar su vida sin que en ninguna parte de la historia un molesto nudo impida seguir hablando y ahogue. Fluyen las palabras, las anécdotas, las experiencias, las risas y las emociones. Ciertos hechos no han hecho más que completar y adornar el conjunto de nuestra vida. Porque una vida llana y tranquila no se aprecia si no se ha probado la otra: la que duele quizás, la excitante. Lo bueno es contarlo.
Tenía que ser junto al mar, claro que sí, donde se hundían aquellas inmensas naves en otras épocas y donde se juntan los amigos desde siempre para pasar días de risa y playa. Sentados sobre rocas, con ropa aún demasiado fresca y fina como para obviar la dureza del improvisado asiento. Fue allí donde entrecrucé mi mano con la de un buscador de tesoros. Una mano pequeña la suya, redondeada, cálida, acogedora; largos, fríos y finos mis dedos. Dos pieles blancas y dos personas a medio vaciar en esos momentos.
Entre cientos de canciones y palabras... la vista; observando nuestra tierra como nunca antes, desde lugares muy muy altos. Respirando mejor de lo previsible, haciendo trabajar mis pulmones oxidados y al tiempo volviendo a recuperar la alegría que solamente se siente cuando se encuentra un alma gemela. La que tan difícil es de describir, como cuando cuentas y no acabas sobre algo nuevo que has descubierto y te ha entusiasmado... y te das cuenta de que una tercera persona no puede nunca, solamente con datos, llegar a entenderte.
Entre cientos de conversaciones y fotografías: compartiendo, adquiriendo, enriqueciendo, motivándonos... ganando.
Kilómetros en coches blancos, desempolvando canciones y recuerdos, saliendo al mundo, coincidiendo... y lo mejor, riendo sin parar.
Que gracias por hacerme caminar, escalar montañas, pedalear... Por haber hecho que mi muerte solamente durara veintisiete días, por haberte comprado esa hucha, por haber querido acompañarme a América :) ... por estos casi cuatro meses tan bonitos, y porque nuestra despedida ha sido como nuestra historia, casi de ficción: tierna, risueña y dulce.
Incluso con nubes errantes a nuestra izquierda y una bandada de cuervos volando todos a la vez.
Me acerqué a Gloria Fuertes por Ant, claro. La recordaba -como imagino la mayoría de gente de mi generación-, por la gata chundarata y rimas parecidas (confieso que he tenido que buscar porque recordaba más la parodia de Martes y Trece que a ella misma :$). Luego, lo que tiene el tratar de quitar las capas de una persona o un autor: despojarse de la primera impresión, de los prejuicios, del desinterés, de la no-prioridad, de los nomeapetece, nomellamanadalaatención y demás razones o excusas, como quieran ser llamadas. Pero mira, qué bien escribía esa mujer. Y cómo fue capaz bastante joven de acotar al menos su estado de ánimo y reflejarlo tan bien con palabras.
Estos días nos repitieron por segunda vez en un mes que uno no es que no sea comprendido, sino que simplemente no se explica bien. Que no debemos decir: "¿me has entendido?", sino "¿me he explicado?" (al parecer es la primera lección que estudian los coach...), porque uno rumia y vomita palabras sabiendo qué siente al escribirlas, al decirlas, pero el resto... pues no tiene por qué saberlo. E incluso a veces releemos algo escrito años antes y ni nosotros mismos sintonizamos con ese texto, y es como si leyéramos a un desconocido del que no sabemos siquiera el nombre ni el sexo ni la edad, incapaces de ubicarnos o sentir empatía, solamente porque no se le entiende nada :).
Dejo pues esta poesía, porque Gloria sí sabía cómo explicar cómo se sentía, y tomo prestado pues su sentir:
Soy como esa isla que ignorada,
late acunada por árboles jugosos,
en el centro de un mar
que no me entiende,
rodeada de nada,
—sola solo—.
Hay aves en mi isla relucientes,
y pintadas por ángeles pintores,
hay fieras que me miran dulcemente,
y venenosas flores.
Hay arroyos poetas
y voces interiores
de volcanes dormidos.
Quizá haya algún tesoro
muy dentro de mi entraña.
¡Quién sabe si yo tengo
diamante en mi montaña,
o tan sólo un pequeño
pedazo de carbón!
Los árboles del bosque de mi isla,
sois vosotros mis versos.
¡Qué bien sonáis a veces
si el gran músico viento
os toca cuando viene el mar que me rodea!
A esta isla que soy, si alguien llega,
que se encuentre con algo es mi deseo;
—manantiales de versos encendidos
y cascadas de paz es lo que tengo—.
Un nombre que me sube por el alma
y no quiere que llore mis secretos;
y soy tierra feliz —que tengo el arte
de ser dichosa y pobre al mismo tiempo—.
Para mí es un placer ser ignorada,
isla ignorada del océano eterno.
En el centro del mundo sin un libro
sé todo, porque vino un mensajero
y me dejó una cruz para la vida
—para la muerte me dejó un misterio.
(Fotografía "cobertera sedimentaria despegada", por popsique)
"Todos, todos duermen. Todos están durmiendo en la colina"
Estos días recuerdo una frase. La leí por primera vez el 21 de octubre de 2009. Lo que tiene dejar las cosas por ahí flotando, que luego sabes exactamente cuándo leíste, qué pensaste y qué sentiste y el cerebro no necesita apenas esfuerzo para ubicar sentimientos, y se lee lo que se sentía en ese instante justo, al igual que sabemos qué hora era, qué día y qué modelo de cámara utilizamos un instante concreto. Antes puede que todo fuera más emocionante, usábamos la palabra "aproximadamente"... ;ahora nada es aproximado en la memoria, todo queda escrito, de manera explícita u oculta, y aunque huyéramos y quisiéramos borrar algo del mapa, incluso a nosotros mismos, siempre quedaría algún chispotazo minúsculo en cualquier lado, una huella, con un nick, con otro, en nuestra época oscura, en nuestra época clara, cuando éramos ecologistas radicales, cuando lo fuimos menos porque nos acoplamos al mundo, qué remedio, cuando fuimos totalmente transparentes, sin importarnos compartirnos totalmente a la vista de los demás, porque nos sentíamos felices, porque queríamos que el resto del mundo fuera más bonito y destilábamos amor por todos nuestros poros... y cuando nos arrastramos contra todo pronóstico.
Cuando leí esa frase, que yo recuerde, no había para tanto. Pero eso lo pienso ahora, claro. Si veo el momento justo en que la plasmé por ahí, con otro nick y en otro sitio, recuerdo que veía el mundo como una película. Me autodisculpo porque empecé a adorar el cine hace relativamente poco, y fue como cuando se descubre el mundo, que se va a trompicones, torpemente, con el pie redondo, dando tumbos. La realidad vista con ojos de recién enamorada del cine: todo un guión, todo una imagen, historias más o menos bonitas, conversaciones afectadas, dramatismo también, necesidad de que sucedieran cosas porque sí, porque al fin y al cabo era mi historia y tenía que resultar(me) perfecta.
Hoy recuerdo pues esa frase, sacada de Spoon River, pueblo de muertos, microhistorias y epitafios. Dejé de pensar en la vida dentro de un rectángulo luminoso en una sala a oscuras y me vino como una bofetada. La busqué pensando por qué ese 21de octubre me hizo llorar y seguro, fijo, que el año que viene vuelve a venirme y me preguntaré -otra vez- por qué volvió a principios de este diciembre dejándome de nuevo traspuesta.
Puede que sea solamente el frío.
"This life's sorrow:
(...);
(...)that our hearts are drawn to stars
Which want us not"
"Esto es lo triste de la vida:
que nuestros corazones se sienten atraídos por estrellas
que no nos quieren"
(Herbert Marshall, Antología de Spoon River, Edgar Lee Masters, 1915)
Leí hace unos años una reseña de un libro que hacía referencia a algo que había sucedido muy cerca de mi casa. Llevaba tiempo sin sentirme tan aventurera como cuando subí yo sola las escaleras ruinosas que me llevaron a un mundo que lo fue en otro tiempo y del que apenas quedan más leyendas y relatos escuchados a pescadores que realidad.
Recuerdo la ilusión que sentí cuando la chica de la librería me confirmó que tenía ejemplares y guardaba uno a mi nombre. Esas cosquillas, ese gato en la panza -como describió un día Alicia ;)- ante los descubrimientos y el momento en que por fin nos encontramos. Conduje un domingo temprano para verlo, para tenerlo, para conocernos...
Bastante más grueso de lo esperado, hecho que todavía me alegró más; escrito para poder ser devorado en pocos ratos. Cuando terminé esa historia fascinante, pensé en los pocos kilómetros que me separaban del lugar de los hechos. Si se da así en la vida, en la realidad, uno es sin duda un lector, una persona afortunada. Yo lo fui, claro.
La tarde no era gris, y el día estaba más parado que de costumbre – la meteorología no tiene por qué acompañar a la idea que uno se ha fundado-. Paseé el trecho que discurre entre la ciudad y esa zona a través de la Marineta Cassiana. El mar a mi izquierda, azul, tranquilo... A mi derecha y ante mis ojos la casona. Tal y como uno la imagina cuando es pequeña y le cuentan esa historia. Bueno, yo ya tenía treinta y pico, pero la habría imaginado igual, para qué engañaros, si total el pensar es lo único que no envejece de nosotros. Miré hacia arriba y en cualquier momento temí ver a alguien tras las ventanas, aunque el sol pegaba de forma tal que me deslumbraba. Al lado, totalmente en ruinas, yacía el cementeri dels anglesos. Yacían sus fantasmas, sus historias.
Fantasmas... ¿todavía alguien piensa que no existen? Yo puedo verlos continuamente, aunque me deshice ya de los míos. Fantasmas que no son más que recuerdos distorsionados, magnificados y embellecidos. Espíritus ausentes haciendo acto de presencia en los lugares menos esperados, envolviéndonos de un celofán frío, espeluznante, impidiéndonos sentir calor, impidiéndonos sentir sin más. Regresando transformados en mil formas, en quinientas palabras, en cien sonidos, en un puñado de canciones y varias fotos. Muertos con los que no se cerró el círculo. Seres que se fueron demasiado rápido, que no dejaron paso al aburrimiento y la rutina y quedaron anclados a esa edad, a ese aspecto, sin defectos apenas. Como de otro planeta. Como nadie es cuando sigue estando y sigue viviendo.
Y habrá quien no crea en los fantasmas...
Esos de los que apenas conservamos sensaciones extremadamente tamizadas a las que llamamos recuerdos.
Toqué esa verja, ese hierro, ese pasado. Fui capaz de tocarlo. Se trata solamente de imaginar, de visualizar, de captar olores, brisas. De notar la sal en la cara.
Amantes de cementerios y sitios raros: si venís os llevo :)