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viernes, 8 de noviembre de 2013

Días de luz


Llevo varios días más sensiblona de lo normal, llorando por frases sueltas que leo en las noticias, por el asco que me da lo que está pasando a nivel político, y también por lo que veo delante y a mi izquierda cuando conduzco de nuevo hacia mi Dénia varias veces por semana. 

A lo largo de cinco años de carretera nacional, ese acto, ese rato, se había terminado mecanizando, pero resulta que ahora han cortado el mejor acceso que tenía, y no he tenido más remedio que desviarme por les Marines. Parece tontería, pero no lo es en absoluto, por ese sitio se va con menos prisa, en un eterno verano, como en un día de fiesta. Es triste y decadente el turismo de sol y playa cuando ya nadie va a la costa, pues porque es noviembre, porque ya "no toca", por lo que sea, pero a mí me gusta, y lo disfruto. Y salgo antes de casa para poderme parar y tomar alguna foto de un contraste que me guste (cualquiera no lo haría, con esta luz que tenemos). Y eso me hace regresar a tiempos más despreocupados, en los que todavía no tenía el arrugón que adorna hoy mi frente. No diría que si lloro sea melancolía, no: es por la sensación de tener por fin los  pies completamente sobre el suelo. De tenerlos, de saberlo y de sentirme muy bien por ello. De que el colador de la vida me dejara lo que más me convenía y lo que menos triste me hacía estar.

Pasan buenas cosas últimamente, y lo mejor está por llegar, como todos sabemos. Vendrá quizás el libro, vendrá el hotelito, vendrá la Provenza y mi París, lleno de coulants caseros y paseos sobre piedras redondeadas. Como las de la Almadrava, y como las que solía coleccionar, las que solía regalar. Espero que sigan en los cajones o en los bolsillos, y que sigan transmitiendo algo mío. Todos dejamos algo en aquellos que nos conocieron, más grande y presente y luego quizá mucho más difuminado y ausente, pero estamos en aquello que regalamos, aunque solo fuesen piedras.

Dénia pues me hace sentir siempre en casa, y la de personas que me quedan por conocer, justo en la mitad potencial de mi vida. Es comer bien, es buscar libros, comprar juguetes...

Las cosas suceden como encadenadas, y ayer alguien vestido de amarillo y azul me trajo al trabajo esa cosa tan pequeña como útil que es la guía Au, y allí que vi que, veinticinco años después, un conjunto de canciones que todavía hoy me sorprenden y me hacen sentir muy muy bien van a poder escucharse en directo el próximo 30 de noviembre, y a un precio bastante asequible.

Eran canciones de mar, y de aquel niño rubio de pueblo marinero para quien me inventé una historia y una vida. Cosa dulce.


lunes, 16 de septiembre de 2013

Volver al monte


Allí estuve, sola en aquella montaña, tras haberme empapado de Krakauer y después de releer y subrayar Walden infinitas veces: al final había conseguido lo que perseguí con auténtica ansiedad desde hacía tres veranos. Aguanté horas sin comer y sin que me bramara el estómago. Conté cincuenta tonalidades de verde y marrón distintas, y aprecié el alivio del agua cuando nos cae de repente después de patear durante horas. Pero también resulta que la soledad y el monte sabemos lo que son capaces de conseguir, y no siempre se está preparado para que de golpe, en ese estado tibio de duermevela causado por el hambre y el cansancio, acabes preguntándote por qué, -si tenían que acabar queriéndonos-, nos habían hecho tantísimo daño durante el costoso proceso. Y volvieron canciones, y volvieron sonrisas olvidadas, y aquello que hubo bueno -que habíamos olvidado que también había sucedido-, también volvió. Pero fue una vuelta tenue, borrosa, y no vino para quedarse, sino para solamente despedirse para siempre de nosotros. Lloramos durante tres días seguidos acurrucados en la tienda de campaña y al cuarto día regresamos al estado placentero que por suerte se había instalado en nuestras vidas. Al poco, leí "el ser humano no tiene problemas psicológicos. Tiene problemas de recuerdos". Será eso, pues.


miércoles, 3 de abril de 2013

El mundo era el mismo para todos



Con lo que me costó llegar al estadio presente... como para recular ahora. Ví al menos a dos personas conocidas los últimos cinco-seis años que habían vuelto a sus puntos de origen. Primero, ganas tremendas de bronquearlas, a una más que a la otra porque a la segunda persona nunca la había conocido de la misma manera. De todos modos dejé pasar algunos meses hasta que esa pseudorrabia mía en absoluto justificada  se secó como una costra de herida y terminó cayendo a trocines. Es cosa injusta juzgar, cuando uno mismo ha estado también metido en casi el mismo pozo (casi). La primera persona se me presentó al cabo de esos meses, y, sin yo decir nada, se me derrumbó mediante un wasap de mil caracteres que me salpicó antes de leerlo de puro largo, y me entristeció, aliviándome a la vez... una vez leído. Tampoco es buen asunto aconsejar, cuando uno ha ido dando bandazos el segundo y primer trimestre de dos años consecutivos, sin atender a realidades, y siendo prácticamente incapaz de razonar y aceptar la pura verdad. A la segunda persona la hubiera abrazado sin dudarlo y le hubiese dicho lo mucho que vale, de no ser porque seguramente solo iba a creerlo oyéndolo de la boca de un individuo que siempre la devaluó. Taytantos ya bastante largos que cada vez van pesando menos, para poder ver que incluso la compañía de la persona más intrigante del mundo puede llegar a cansar, y que la de la persona más transparente puede simplemente atrapar.
El mundo resultó al final ser exactamente el mismo para todos.

sábado, 14 de julio de 2012

Árboles en un lugar solitario


A veces no se entiende el lloro público, el palmeo público, el enfado público. Todo es farsa: poco quererse y dependencia total de otras letras dirigidas a uno. Porque no son más que eso, letras vacías, sin sentimiento, sin intención. Todo es sencillo en Internet: parecer interesante, parecer interesado, dar pena, dar consuelo... llamar la atención.

Tuve un minidebate hace unos meses con ulls blaus "Qué propones tú pues? Pues no sé, belleza, pienso yo. ¿Belleza... cómo?. Belleza sin más. Quince mil muros llenos de mierda, gente indignada y malas noticias. Hagamos prácticamente lo único que podemos hacer para el resto. No puedo obviamente hacer feliz  a la gente, ni hacerles olvidar sus malos rollos y angustias. No soy tan poderosa, ni yo ni nadie. Puedo elegir aumentar el pozo de la porquería o buscar cosas más bonitas. Es fácil. Me gusta. Me apunto contigo"

Todos somos capaces de escribir el texto más triste y desagradable del mundo. Y llorar haciéndolo. De hecho yo lo he hecho infinitas veces en mi vida. Y luego el gran alivio al quemar esas hojas o más acorde al mundo de ahora darle al Supr. Por suerte existen los borradores y Big Brother aún es incapaz de espiar las carpetas de nuestros portátiles. La terapia a veces es eso: dejar fluir pero solo para uno mismo. Lo otro es exhibicionismo, y éste siempre persigue un fin dirigido a alguien de fuera para que nos consuele, salve o rescate. Pero la ayuda no viene de otro, eso te lo dice el psicólogo en la primera charla. Un bucle llenito de parches aparentando sellar fisuras. "Solución" provisional, frágil... e inútil.

También sale suciedad a veces de un dibujo. Ante veinticuatro tonos, elegir los más decadentes. Y enseñarlos. O elegir los armoniosos, trazar formas suaves y escribir un buen guión para ellos. Y darles movimiento, vida. Hay gente capaz de hacerlo, de embellecer y dar tranquilidad. Alcanzada esta, releer por ejemplo los cuentos que nunca nadie tiró en casa de nuestros padres. Haced una prueba: si se leyeron mil veces, hacerlo una vez más aún habiendo pasado veinticinco años pondrá la mente en otro punto de partida limpio y lleno de nuevas ilusiones, como cuando teníamos diez años. Ilusiones no causadas por personas, sino por sensaciones que todos somos capaces de sentir también estando solos. Como entonces.

Y este es el video inspirador de estas letras. Invertid media horita de vuestra vida en verlo (si queréis):

"El hombre que plantaba árboles"



miércoles, 16 de mayo de 2012

A quien quiera recordarme


(Foto tomada por un amigo)


El chico de secano se acercó por fin al mar; con la carita de sorpresa de un chiquillo, boquiabierto :O.

Ese día yo no era un ser humano. Unos días antes me transformé en papel sin darme cuenta, mientras roncaba -ni idea de que lo hacía- Fue como la noche en que me cayeron todos los sueños con mis dientes, o los dientes en mis sueños, y el surrealismo salió de mi vida. Otro clic más.

Qué frágil el papel; no necesita ácidos para disolverse. Solamente agua. Parece seguir viviendo mientras lo vemos flotar, e incluso embellece al irse muriendo porque del blanco suele pasar a un gris tenue y agradable. Aparte, la tinta mojada difumina las letras de manera artística y las palabras se hacen anchas. Todo el proceso parece grandioso, pero el final es que el papel termina yéndose. Y ya no vive más...

Pero alguien puede recogerlo a medio morir y  tenderlo al sol. Salvarlo. O, como esa vez, que una desconocida lo meta en una botella, y otra persona lo encuentre agazapado en su contenedor, una coraza de vidrio transparente y dura, y saque lo alegre y triste que vive en la mayoría de cabezas. Ayudar a sacar cosas.

Todo está bien pues :)

PD: ¡gracias por inspirar esta "historia"!


jueves, 3 de mayo de 2012

Como el lenguaje de las olas


N cantaba al hablar, musicando sus pensamientos. En un dibujo hubiese sido una cabeza con pelo rizado alborotado soplando notas musicales por su boca.

Disfrutaba al escucharme contar las historias de naufragios ingleses que un tiempo fueron de veras, y pasear junto a mi personita ladeando la orilla en meses fríos -el llenguatge de les ones és d'entendre universal-. Con él aumentaba de estatura algo así como cinco cariñosos centímetros. Exactos.

El tercer día de mayo del año en que proféticamente terminaban mundos e historias, oí que mi amor era distinto al que podían dar las demás, que no estaba contaminado. Porque yo no era capaz de contaminar algo tan puro. En una jornada de problemas grandes y pequeños, esas letras juntas rebotaron en mi conciencia. Hasta ese momento nunca había asociado los conceptos de amor y suciedad. A partir de ya los asociaría siempre.

Todo era fácil... solamente palabras, cosidas artesanalmente. Y obraban magia si eran dichas con plena sinceridad: "- no me digas cositas así, que me da vergüenza"- Sin cursiladas... sin contaminación.

jueves, 12 de agosto de 2010

Lo básico

 
Este está siendo el verano de la vuelta a lo básico, como la canción de Manolo García que os he puesto más abajo. Negro, blanco, amarillo vainilla, azul marino…

También el de las nuevas oportunidades. Es una sensación sumamente gratificante la de escarbar bajo los plásticos de desvanes, cocheras o sótanos y rescatar viejos muebles, viejas lámparas. Y limpiarlas meticulosamente; no es necesario un producto especial, lavavajillas normal y agua caliente son más que suficientes. Y una manguera, aclarando con fuerza y llevándose cuesta abajo años de ostracismo. Luego, un antiguo bote de vidrio con un ramo de lavanda. Suficiente. La siesta entre paredes encaladas, mimbre, brisa del mar y muebles de toda la vida sabe muchísimo mejor :).

La decoración me apasiona, y como conté hace un tiempo (aquí), una de las cosas que más me hacen disfrutar cada semana es visitar el rastro. Pueden ser objetos nuevos que uno descubre domingo tras domingo, o pueden ser objetos que ya se tenían, en la casa de los padres, en la de la playa. Y se lleva uno sorpresas. No se sabe a veces lo que hay bajo varias capas de polvo o mugre, bajo modernas fundas de cojín cuadrado, y esa caja, esa cesta encima de una alfombra sobre el suelo nada se parece a lo que se ve después, tratado con mimo en un hogar.

Pues ni más ni menos que como nosotros mismos.



"(...) Aprender el nombre de las cosas. Pan, casa, destino, camino. Arreglar la huerta. Hablar con los perros. Pasear por las orillas del otoño. Prescindir de lo inútil. Disfrutar el tiempo lento. Gris, cielo, hoguera, camino. Robarle el tiempo al minutero. Sumar lo lógico y lo incierto. Poner la mesa. Soportar solo lo soportable. Rechazar el tedio. Limpiar de malas hierbas el prado. Arrancar las rejas y cercados. Hacer montones: perros con gatos. Hacer montones: soles y estrellas. Borrar las señales de vuelo. Y quedaba mucho por hacer".

Luego, en días de esos circulares que tanto me gustan, llenos de encuentros, reencuentros y casualidades (¿casuales?), leo esta entrada de un magnífico blog.

martes, 25 de mayo de 2010

La muerte según Tolstoi

(León Tolstoi descansando en el bosque, 1891,  Ylia Yefimovich Repin)

Pese a las recomendaciones de dos de mis mejores amigos, y por una serie de circunstancias -las más importantes, el pasadísimo-por-agua otoño y el crudo invierno-, solamente leí las primeras páginas de "El maestro y Margarita". Esto, unido a las reticencias que tengo a la hora de enfrentarme a tochos como Ana Karenina o Guerra y Paz, han hecho que la literatura rusa y yo no nos conozcamos todavía. 

Pero siempre hay un día en que una reseña logra darte el empujoncillo que te hace meterte en jardines desconocidos, y las ganas de retomar un club de lectura en el que hace mucho que no participo, unidas a la brevedad del libro, hicieron que el domingo por la tarde disfrutara, en mi recién "reestrenada" hamaca, de una sobremesa de primavera como toca: siestecilla en el sofá y lectura de libro en el patio. Bueno, lo del patio es una gozada, lo he dicho siempre que he hablado de mi casa, pero es que es algo a lo que tenía tantas ganas que aún no me creo que tenga uno, con sus macetitas -que no cuido hasta allá :$-, su sol, su resol, y la música de los pajarillos -lo más-...

En fin, que al mínimo quec me pierdo en divagaciones...; vine a hablar de un libro, que por la gracia de Internet podéis leer aquí si os apetece: La muerte de Ivan Ilich (León Tolstoi).

Y ya no sé si es casualidad o qué que precisamente esta semana pasada me hablaron de la muerte, y, como sucede a veces, fue uno de esos momentos en los que piensas: mare meua, yo también he pensado bastante en ella estos días; no sé si por ir hace nada a un tanatorio, o por ver tanto cine español -que también :P-.

Aquí se nos muestra de manera angustiosísima lo que en sí es la muerte para un vivo: un absurdo final inevitable, una excusa para reflexionar sobre qué fue la vida y, también por qué fue, y, sobre todo, algo que normalmente sucede a otros. Y es en este aspecto donde el libro se aleja de lo que conocí hasta ahora.

Lo habitual es que se nos cuente la vida y obra de cualquier personaje  y se nos narre la muerte como broche final, sin más. Siempre la cuentan los demás, los que la lloran, los que añoran al que se fue, los que creyeron conocerlo. O leerla en cualquier entrada de enciclopedia en forma de fecha que se añade al principio de una biografía, acompañando a la otra fecha en que se nació.

En el caso de Ivan Ilich, se nos narra el desespero de alguien que sabe en todo momento que se está muriendo, y se le hace completamente insoportable el detalle de que para los demás, para los que lo rodean, es otro el que muere. Ser tan consciente de ello le hace rebelarse emocionalmente. Y sufrir demasiado.

Busco una imagen para esta entrada y encuentro, aparte, un texto muy interesante. No tiene desperdicio por tener que ver, otra vez, con la muerte:

 El amanecer del 28 de octubre de 1910, en pleno invierno ruso, León Tolstoi decidió alejarse definitivamente de su hogar, sin que nadie lo viera… antes le escribió una carta a su esposa Sofía:
“No puedo seguir viviendo en el lujo, y hago lo que los viejos de mi edad hacen generalmente, abandonar el mundo para vivir sus últimos momentos en la soledad y el silencio. Te agradezco los 48 años de vida honesta que has pasado conmigo, y te ruego me perdones todo el mal que te he hecho, como yo te perdono el que me has hecho tú”.
Con la intención de establecerse en el soleado Cáucaso y reencontrarse con los compañeros libres de su juventud, tomó el tren con dirección a las estepas… pero en el camino se enfermó de neumonía en el tren que lo llevaba, por lo que tuvo que quedarse en la pequeña estación de Astapovo. La fiebre lo consumía, su corazón latía irregularmente, ya no soportaba los fuertes dolores de cabeza y la ardiente sed que lo debilitaba… en esa agonía estuvo una semana.

Y así es como murió León Tolstoi, un 7 de noviembre de 1910, a los 82 años. Sus restos están enterrados en Iasnaia Poliana, en un claro, en aquel lugar donde su hermano Nicolás escondió durante su juventud el pequeño palo verde, talismán del amor, la armonía y la felicidad eternas.

No sé si todo el mundo piensa tanto en ella, si la ve como algo tan presente. Tampoco sé si a todos asusta, o si es más el desasosiego por dejar "desamparados" -aunque el cementerio esté lleno de gente que era imprescindible- a nuestros hijos, a nuestras parejas, familia... o el miedo por no ser ya nunca más, por nosotros mismos y nuestra desaparición tajante. Hay quien teme al dolor físico, otros temen que no se les recuerde.

Casi todos los escritores han escrito sobre ella; de pocos temas se ha escrito más sin conocerlo de primera mano, y pondría la mano en el fuego a que ninguno de nosotros vive ajeno a ella (nótese la ironía).

miércoles, 19 de mayo de 2010

Un país extraño


L.P. Hartley empezó una de sus novelas con una frase por la que quizás llegó a ser más conocido que por toda su obra. Fue tan simple en principio como:

"The past is a foreign country: they do things differently there"

(el pasado es un país extranjero: allí se hacen las cosas de otro modo)

Viendo que el hombre fue bastante prolífico y se le conoce por una única frase, me planteo si es bueno que te recuerden por un pequeño acierto entre varios, o resulta más bien frustrante. De cualquier modo, es mejor que sea así a que sea por un pequeño fallo entre varios aciertos, porque cuando sucede eso, que aquel nos pille confesados.

Hablaba hace poco el maestro Daniel Domínguez sobre la melancolía. Y habló tan bien y consiguió redondear tan bien ese texto que desde luego lo tendré mucho tiempo presente. ¿Mi idea de entrada perfecta? esa lo fue -hasta en el grabado-.  En ella se nos viene a recordar que es un estado elegido, que los melancólicos se (nos) recrean en ese punto muerto que hace que, cinco minutos después, ya echemos de menos lo que pasó hace seis.

Pero vengo a añadir yo algo a propósito de varias cosas que sucedieron hoy y que están todas bien relacionadas:

Primero, doy un vistazo como cada mañana laboral a El País digital, y corroboro que el pasado a veces vuelve sin avisar, sin ser buscado, como bromeando con nosotros -melancólicos e ilusionados por igual. Y nos desafía, como diciendo: "sí, miremos hacia adelante, mirad hacia adelante, no os recreéis, pero siempre hay rescoldos flotando, inéditos, y el día menos pensado llegarán a vosotros, casualmente.. o no". 

La noticia a la que me refiero es el hallazgo -cuarenta y siete años después-, de casi cuarenta fotografías nunca vistas de los Beatles (aquí). Puede que alguien preferiría no ver esos rostros adolescentes después de tanto tiempo y habiendo fallecido la mitad de ellos. Al resto les hará ilusión. Los contrarios, las reacciones antagónicas, como siempre. Pero, una vez más, el pasado es presente, al menos estos días que se ha conocido la noticia.

Esta tarde voy hacia clase y escucho en la radio del coche un tema que hace mucho que no elijo en mi MP3. Es de Alanis Morissette, que me encanta. Y recuerdo que reescribió su historia en cierta manera al volver a grabar su primer álbum de la forma en que veía la vida, la música y esas canciones el año en que se cumplían diez años de su publicación. En su día leí cómo explicaba que ella no era la misma y las canciones no podían ser las mismas. El disco, que os recomiendo íntegro, es Jagged Little Pill Acoustic. Otros grupos, como The Cure, también regrabaron sus mejores canciones con un enfoque más suave, tranquilo, maduro (aquí) varios años después. Imagino que si me pusiera a buscar habría cien ejemplos.

Termina la clase y conduzco de vuelta. Hay una recta de unos siete kilómetros digna de ser fotografiada y merecedora de varias entradas. Tiene árboles, muchos árboles, a ambos lados, y a medida que te vas acercando al pueblo forma un dibujo en perspectiva perfecto, con el campanario al final y las montañas rodeándolo todo. A esas horas a las que regreso, aparte, esos árboles tiene un verde indescriptible  mezclado con amarillo -siempre echo de menos la cámara de fotos en ese tramo-, y el sol está en una posición que deja ver los mosquitejos que ya flotan en el ambiente. Campo, al fin y al cabo.

Bajo la ventanilla cuatro dedos por primera vez esta temporada. Entonces se me cuela  una abeja o avispa, - no las distingo de normal, menos aún conduciendo-. Escucho primero su ruidito inconfundible. La música bastante alta. De pronto la veo, y me doy cuenta de eso,  de que no es una mosca ni un moscardón, porque lleva un vistoso traje a rayas negras y amarillas (blanca y en botella...).

Me viene al presente otro pasado. Esta vez el dramático día en que fallecieron tres mujeres jóvenes hace unos quince años. Con hijos adolescentes las tres, algunas incluso con niños pequeños. En un coche pequeño. Por culpa de una abeja que se les coló cuando volvían de la ciudad. De nuevo, el pasado estaba allí, sin buscarlo, sin pretenderlo. He bajado la ventanilla del todo para que se largara cuanto antes -la abeja y ese pasado que no busqué recordar-.


lunes, 3 de mayo de 2010

Caminos


Me senté ahorita a escribir mientras llueve -otra vez-. Últimamente diría que es casi normal que llueva a diario; sucede  sin avisar, y de forma tan suave que tropiezo con el suelo mojado cuando salgo a la calle, aunque nada me lo haya indicado, ni el olor -a geosmina-, ni ese ruido.

Me senté porque tenía ganas de contar una sensación, y me vienen a la cabeza muchas escenas de película para expresarla. Escenas que, sin música no serían las mismas; y tampoco lo serían sin esos crepúsculos y el sol cayendo de esa manera. Como se dice, las palabras solas no llegan. Necesitan música, enfoque, simbolismo, expresiones, emoción. Y todo eso junto solo puede darlo el cine, cómo no.

Hay un género que aglutina mejor que otro todo lo que significa el "soltar todo y largarse" con el que tanto me gusta fantasear, aparte de ese recuerdo constante que todo vivo debería tener de que la muerte vive junto a nosotros y hay que salir ¡ya! y hacer todo lo que queremos, porque ella está ahí, recordándonos que hoy puede ser el mejor día de nuestra vida.... pero también el último. Son las road movies.


Aunque las listas de cada género suelen ser interminables, de las que conozco, mis preferidas se cuentan con los dedos de una mano. A saber: Into the wild, Y tu mamá también, Diarios de motocicleta y Thelma y Louise. Como he dicho tantas veces, mi porcentaje en cultura cinematográfica trata de irse ampliando día tras día, y aunque me temo que ya renuncié a Tarantino, no me cierro a casi nada (tampoco en el cine, jeje :P). Podría enumerar un motivo o varios para cada una de ellas. El principal es el llenárseme los pulmones de oxígeno cada vez que las veo o pienso en ellas. Y no es poco eso. El resto, el ver en los parajes que conocemos y en los que desconocemos el modo de conocernos más, acompañados por la música y avanzando hacia muchos sitios que no llevan necesariamente un nombre de lugar.

Estos días vi la quinta, la que completaría mi mano. El cuatro queda siempre a medio camino,  como un "quiero y no puedo", siendo el cinco mucho más chulo -siempre lo imagino de color amarillo, qué cosas-...


La encontré de casualidad al leer el título mientras buceaba en los viejos tiempos de un foro: Viaje a Darjeeling. No tenía ninguna referencia más, pero el que llevara la palabra viaje hizo automáticamente que me atrajera, qué filón tienen en mí los publicistas y traductores. Al principio no me dijo nada especial -dejando aparte la luz, el color y la música: geniales-, y cuando ya prácticamente pensé en que no era lo que me esperaba, faltándome un trozo para ver -más largo de lo que pensaba-, sucedió una escena que hizo que me replanteara toda la película. Y que la guardara.

Curiosamente anoche, mi amigo me comentó que había hecho -él también-, una completa limpieza de primavera. De eso trata esa escena, de limpiezas, de equipajes, de ligereza y de replanteamiento.

Cómo no, os la recomiendo. Y esta entrada no significa tampoco lo mismo sin escuchar esta canción:

jueves, 4 de marzo de 2010

Una gozada

 
Como ya he dejado caer entre líneas en mis últimas dos entradas, ando con una miajita de lío contra una empresa de Teleco. Bueno, deciros que me siento como en este video, y aparte, me dan ganas de ponerme en plan Jodorowsky y coger todas las naranjas que tengo en la cesta con tal de canalizar el sentimiento de medio-rabia/medio-meestántomandoelpelo y cortarlas con mucha alevosía, o exprimirlas con ira, o directamente aplastarlas...

En fin, pelillos a la mar. De todo se aprende en la vida, y soy muuucho más sabia que hace una semana, eso desde luego; he aprendido nociones de derecho (el justo), a redactar Burofaxes efectistas (¿?) y , sobre todo, a ser más precavida para la próxima vez que decida cambiar (para mejor se supone).

Internet... ese lugar que nos ha cambiado tanto tantísimo, que consideramos ya como imprescindible en nuestras vidas cuando realmente para nada es así, y del que podemos perfectamente prescindir en períodos más o menos largos de tiempo.

Y... ¿qué alternativas nos quedan cuando no tenemos Internet,  la tele no nos gusta y queremos estar con los ojos cerrados y disfrutando? Bueeeno, sí, eso también -a quien guste con los ojos cerrados, ummm-, jeje, pero yo iba por otro sitio, sí, iba a hablar de la Radio:

Desde luego que si tuviera que elegir algunos inventillos pequeños y tremendamente útiles en mi vida, dejando aparte los típicos como electricidad, agua corriente, jabón y teléfono, tengo clarísimo que elegiría unos cuantos que quizás parezcan chorras, pero a los que yo encuentro especial encanto: uno sería el descorazonador de manzanas, otro el cortador de patatas y el último sería la radio de bolsillo.

Ya hablé de lo que era la música para mí y cómo me ayudaba a evadirme, pero no comenté esa vez el otro uso que hago de las ondas.

Mi gusto empezó en un trabajo bastante solitario que tuve durante más de tres años en el que pasaba varias horas seguidas midiendo piezas de madera, cortándolas, ensamblándolas a golpe de martillo y grapas y lijándolas. Me encantaba hacer eso, usar mis manos. Cada nuevo premarco o marco directo era una pequeña obrita de arte creada por mí, y aunque el uso que se le fuera a dar fuera apilarlas a lo bestia en una camioneta y colocarlas sin demasiada delicadeza para dejar el hueco puertil, a mí me gustaba hacerlos bien. Empecé a coger el gusto a colocarme en los oídos lo que entonces era el preludio del actual MP3 y pasar las mañanas enteras escuchando los magazines. Con el que más disfruté fue con el de Julio César Iglesias en las mañanas de RNE. Sus ritmos eran mis ritmos, sus pausas eran mis pausas, y su pitido final era el momento de quitarme el serrín con la pistola de aire comprimido, coger la mochila y largarme a comer. Las tardes que iba -extras-, las dedicaba a Radio 3 y su música para nada comercial. Fue una época tranquila, de mente despejada... con mucho polvillo, algo de cansancio en los brazos y el disfrute de esos programas, que me llenaban, me hacían reír y me mantenían informada.

Estos días, aunque sigo teniendo conexión, me he replanteado mantenerla en cuanto me la corten. Nada definitivo, pero sí un tiempecillo, como cuando llega el verano y me asalvajo, sin cobertura de móvil, con batola, chanclas y poco más. En verano hay mucha luz, tardes libres, muchos libros, familia, playa.

En invierno he descubierto, después de un tiempo de repetitivas tertulias políticas que de momento me han hastiado, una fórmula que me está gustando bastante: se trata de Radio 5, y en mi gusto y opinión, es lo más parecido a la radio "de siempre".  Voces cálidas y variadas, anécdotas del mundo del cine, la música, la literatura, la historia... entremezcladas con toda la actualidad.

Pego aquí su enlace: Radio 5, y juzgad vosotros mismos. A mí me parece una gozada.

viernes, 29 de enero de 2010

Tres minutos

 
Las grandes mentes son geniales, y son grandes precisamente por ser geniales, nunca al contrario. Buscando un artículo que leí en El País este verano sobre la psicología del llanto -bueno, algo así :$-,  me he encontrado este texto de un grande, Julio Cortázar, que inevitablemente me ha hecho sonreír. Me apetece compartirlo con vosotros:
  
Instrucciones para llorar
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
(Historias de Cronopios y Famas)

¿Lo mejor para mí? lo de los tres minutos. Leí en un libro sobre asertividad que deberíamos dedicar  solamente media hora al día a preocuparnos, instaurar esos treinta minutos en nuestra rutina, y de algún modo programar el cerebro para dejar de estarlo las 23 horas y media restantes. No es mal plan ¿verdad? Pues eso, preocupémonos media hora... y lloremos solo tres minutos.

PD: estoooo, al menos, intentémoslo ;)

lunes, 21 de diciembre de 2009

La chica de la tienda de libros

 
Llegar antes a algunas ciudades es una gozada. No es como ir con tiempo a cualquier sitio dentro de mi pueblo y esperar a alguien mirando el móvil continuamente y acordándote de su madre... Si llegara a Dénia por Las Marinas y aparcara el coche por allí, me entretendría por las callejuelas de pescadores, observando esas fachadas estrechas e imposibles y escuchando el mar, y oliéndolo.

Pero llego por la zona de campo, como dije, y el barrio al que acudo es un barrio normal y corriente, sin apenas atractivos visuales, como no sea el Montgó, que se levanta imponente delante de la escuela. Me gusta mirarlo, cómo no, igual que me encanta ese trozo de mi trayecto de vuelta en el que aparece Segària a mi izquierda. Como es de noche ya, se ve una masa oscura, inmensa, y siempre me impresiona.

Bueno, que me desvío a la mínima... la cosa es que cerca de la escuela, a menos de cinco minutos andando, se encuentra la mayor librería de la zona. Allí uno puede encontrar cualquier libro, y no es un decir. Casi diría que a veces llego aposta con tiempo de sobra, solo para perderme un ratín viendo y manoseando libros. A los que no saben qué regalar, siempre les digo que un libro. Si el destinatario no es amante de la lectura puede ser un libro visual con fotos, paisajes, dibujos, pinturas. También hay libros sonoros, otros táctiles, e incluso con aromas. Siempre pienso que es el mejor regalo -materialmente hablando- que existe. Pero claro, es mi opinión.

Bien, la semana pasada aproveché ese ratín de ocio y paseo para aprovisionarme de unos cuantos libritos y librotes para regalar. La cola, pese a ser una hora temprana, era bastante larga, y aún habiendo dos mostradores distintos, el que yo elegí era el más concurrido.

Pese a que, como dije, tenía tiempo, una vez elegidos los libros ya se acercaba la hora en que debía estar en clase, así que empecé a mirarme el reloj. Al principio para saber la hora, más tarde, para ver si la chica que envolvía los libros se daba cuenta de que tenía algo de prisa. Me preguntó para quién era cada uno de ellos, con tal de adaptar el papel, y escuché ese acento argentino o uruguayo, que nunca distingo, y entonces observé la calma con la que hacía su trabajo.

En plan mariconsejos, una vez, dije a alguien que la felicidad era hacer un zumo de naranja e ir disfrutando cada uno de sus procesos: el corte de la fruta, el disfrute de ese primer aroma ácido al hacerlo, el movimiento de muñecas, el repaso de la estopa... Lo dije porque así lo había leído no sé dónde, pero en ese momento, en esa librería, solo fui capaz de pensar que una cosa era decir las cosas y otra hacerlas.

Ella eligió con toda la parsimonia cada papel, y envolvió el primero, al que colocó una señal como le había indicado para acordarme de a quién iba dirigido. No cogió ni siquiera el rotulador con prisa y garabateó la señal. Lo descapuchó y trazó con completa calma aquel número. No le importaba cuánta gente tuviera en la cola esperando, ni que yo mirara continuamente el reloj, ni que suspirara. Ella seguía con toda su delicadeza el proceso de envoltura de libros. Me fijé en el modo en que lo hacía, y cómo movía sus manos, y puede que por dentro estuviera a mil cosas, pero me dio la impresión de que tenía su mente puesta solamente allí, en ese papel, esas tijeras y ese celo, y que disfrutaba plenamente de lo que hacía.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Caballos


A Dianium, Daniyya o Diània se llega por el mar de los piratas y su castillo árabe, o bien por la zona campestre, mediterránea, colmada de naranjos.

Cuando entro, dando un rodeo para evitarme coches y entaponamientos, me encuentro una parcelita en la que hay varios caballos. Son de color crema, con la crin anaranjada. Delante mismo hay un Stop que la mayoría de veces es un ceda el paso porque poca gente va por ese atajo a esas horas. Pero yo siempre paro, y al girar y pasar por esa valla, no puedo evitar girar la cabeza, fascinada (el día menos pensado me estampo :$).

En verano, cuando el sol no pica demasiado, me llevo al niño a otra cuadrita pequeña que hay al otro lado de la carretera. Hay un manzano y un pequeño caballo blanco. A veces está, a veces no, eso es una lotería, pero es gracioso ver que nos responde como un perrillo cuando le hacemos fiestas.

Siempre me han llamado la atención esos animales. Me dan miedo, lo reconozco; en los Moros y Cristianos de mi pueblo me daban terror, y aún hoy no os creáis, esos ojos me desconciertan, esas patas, esa altura...; pero tienen algo que me resulta atrayente . Parece que no es algo que me suceda a mí solamente:

Al empezar Spirit, película que siempre recomendaré ver se tenga la edad que se tenga, la voz de Matt Damon nos dice...

"It's commonly said that America was built from a riding chair"
(se dice que América surgió de una silla de montar)

Jung consideraba al caballo como la expresión del lado mágico que hay en el hombre, y sugirió que los caballos representan uno de los arquetipos mitológicos más profundos de la humanidad:

"Desde la antigüedad el hombre ha sentido atracción por esta criatura enigmática de belleza magnética e increíble poder. Considerado por celtas, griegos, indoeuropeos, íberos, bereberes y asiáticos como compañero de los Dioses y mensajero entre nosotros y lo divino, el caballo personaliza la metáfora de sanar..."

En la mitología griega los centauros, mitad hombre y mitad caballo, eran un claro ejemplo de la parte instintiva del ser humano, representando la parte animal la tiranía incontrolada de los instintos. Por el contrario, el caballo blanco posee toda una simbología positiva y solar, y se convierte en cabalgadura de los dioses, constituyendo la representación del vigor, la virilidad y la juventud. También representa la alegría y la victoria (por eso aparece en los sepulcros de los mártires).

La mitología chamánica nos regala también estas líneas:

"El caballo galopa sobre la llanura desnuda. El labio de fuego del sol besa su pelambre. Plumas del viento acarician sus crines. El enérgico cuadrúpedo se detiene. Y bufa, cocea, libre, salvaje. Dentro de su anatomía caliente pululan sus símbolos. El caballo como manifestación del movimiento cíclico de la vida..."

Rafael Alberti le dedicó A galopar, Paco Ibáñez la musicó. Pero una tiene sus debilidades musicales, y aquí os dejo con estas dos maravillas:



Ainsss...

martes, 24 de noviembre de 2009

Siete


Una tarde de este pasado verano, un recuadro pequeñito en El Jueves llamó poderosamente mi atención. La revista se iba de vuelta a Valencia, y no venía al caso recortar ese trocín. Cogí una libreta tamaño cuartilla de tapas duras y violetas que compré en el chino (hacía mil años que no compraba una libreta para mí), y apunté el artículo por entero:

"Según una encuesta realizada por el sociólogo Gerald Mollenhorst, perdemos a la mitad de los miembros de nuestra red social cada siete años. Pasado este tiempo, solo conservamos a un 30% de nuestros amigos, o bien de aquellos que nos echan una mano si los necesitamos. Del estudio también se deduce que hacemos amigos no según nuestros gustos, sino según las circunstancias, los lugares que frecuentamos y nuestra vida laboral".

Aquí explican cómo se llevó a cabo esa encuesta.

Hasta entonces, yo relacionaba el número 7 con ciclos vitales y potenciales crisis de pareja, además de la asociación que nos hicieron  los Pixies  (si el hombre es el 5 y el diablo el 6, entonces Dios es el 7...), y  que el Catolicismo -por poner el ejemplo que quizás más conozcamos- le proporcionara una enorme simbología (séptimo día, siete sacramentos, siete pecados capitales, siete arcángeles, siete sellos abiertos en el Apocalipsis antes de que se desate la ira de Dios...)

Bien, aunque no se trata de recordar fechas y maldecirlas o bendecirlas (antes de, después de...), tampoco uno puede evitar que algunos actos anuales nos hagan más conscientes de esos cambios que han ido sucediendo. Uno de esos actos, para mí, es el tema de las postales de Navidad. Desempolvé esa costumbre hará tres diciembres, coincidiendo con el cambio de vida que experimenté. No sé si fue como parte de esas promesas que nos autohacemos cuando decidimos empezar de nuevo, pero quise tener ilusión de ir a comprar postales alemanas, con sus tonos tierra y sus brillos plateados y dorados, y dedicar un ratín, sentada en la mesa, a personalizar palabras, tratando de lograr una letra legible (ejem) dentro de las posibilidades -una es demasiado rápida a veces escribiendo, y así sale-. De la misma manera, elegí la postal según me resultara más adecuada dependiendo de a quién fuera dirigida.

Pronto se acerca la fecha, no es cosa de esperar hasta avanzado el mes de diciembre. Y lo que son las cosas, justamente hoy, pensando en eso, llegué a casa al mediodía y enchufé la tele. No recordaba que estaba sintonizada en el canal  FDF, y le dí al botoncito, yéndome a la cocina a mis cosas.

Entonces sonó la canción que tanto me gustó escuchar durante tantos años. Me gustó de siempre su melodía, me gustaron prácticamente todas sus versiones (aunque me decanto por la de Raimundo Amador). La escribió Emilio Aragón. Y dice así:
"¿Quién podía imaginar
que volvería de este viaje?
Será porque echaba de menos
tanto tiempo sin hablarte..."


A veces, las coincidencias llegan a asustarme...

martes, 20 de octubre de 2009

Divagaciones sobre la atracción (II)


"Numerosos lectores" de "esto" me han pedido encarecidamente (:P) que haga una segunda parte de la entrada llamada igual que ésta, pero con el (I) (eso me pasa por poner un (I) después de un título, que ya me vale...). De cualquier manera, no me gusta que con lo que digo o escribo yo suceda lo que comenté en la última entrada, y voy a tratar de dar coherencia al menos al hecho de haber puesto aquel (I) aquella vez...

Analizaré -si se me permite la palabra- el quid, pero desde la posición completamente opuesta a la atracción, o sea, desde la repulsión (era la única manera de dar coherencia al (II). No se trata de echar piedras sobre mi tejado diciendo que la conozco de primera mano -aunque la conozca-, pero sin llegar a considerarme una "cagasiempre", una tampoco es una Mata-Hari de la palabra, y puede ser interesante ver por qué.

Ayer estuve hablando de ello con alguien que se reconoce mucho más hábil que yo en esta "destreza", o mejor podría decirse que soy yo misma la que se la reconozco a él , ya que la reconozco en mis carencias por no ser consciente ni hacer uso de ella.

El quid sería, pues, la existencia de los diferentes lenguajes no explícitos que se dan cuando hablamos. Muy interesante me pareció que me diera a conocer los términos Pragmática y Semiótica, que sinceramente me sonaban de oídas nomás. La filosofía del "Eres lo que haces", que puede contraponerse al más esclavizante "Eres lo que dices", podría ampliarse utilizando la equivalencia del "haces" al "cómo lo dices", que también implica acción.

Bueno, que me desvío...

Leyendo a veces textos de personas muy no sé si llamarlas viscerales, seguras de sí mismas o sobradas (eso dependerá del día, no sé), se puede llegar hasta donde radican sus "fallos comunicativos" , que son los que pueden llegar a causar repulsión. Nos atenemos pues a los principios cooperativos de Grice:

Máxima de Cantidad (en relación con la cantidad de información que debe darse):
- Haga que su contribución sea todo lo informativa que el intercambio requiera.
- No haga que su contribución sea más formativa de lo que el intercambio requiera.

Máxima de Calidad (referida a la verdad en la contribución):
- No diga lo que crea que es falso.
- No diga nada de lo que no tenga pruebas adecuadas.

Máxima de Relación o Relevancia (comprende la máxima que Grice denomina "vaya usted al grano"):
- Haga su contribución relevante.

Máxima de Modalidad (la supermáxima es "sea usted claro"):
- Evite la oscuridad.
- Evite la ambigüedad.
- Sea escueto.
- Sea ordenado.

Partiendo de estas premisas, podemos analizar un texto o discurso, escrito o escuchado, y ver dónde radicaría su mayor o menor "responsabilidad" en el efecto que ha causado. Imagino que interese más cuando éste ha sido negativo (repulsión), que cuando ha sido positivo (atracción), por la posibilidad de corrección que esto implica (algo que gusta en principio no tendría razón de corregirse).

Bien, ya tenemos la teoría aprendida. Empezando una relación desde cero, conociendo estos datos desde el principio, según la persona que me lo explicó, uno debería ser capaz de atraer en principio a cualquiera con el arte de la palabra, dicha o escrita. Sería digamos como una "técnica de seducción": comunicación adecuada, sin fisuras, tono correcto, palabras las justas y apropiadas (esto da para otra entrada más, lo de "regalar al oído"...).

Ahora bien, en este preciso momento me surge una duda:

¿No será todo muchísimo más fácil que todo esto que acabo de poner? ¿no será más cuestión digamos... de piel?

Más info sobre Semiótica (sin desperdicio): aquí.

jueves, 8 de octubre de 2009

¿De qué están hechos nuestros sueños?


Soy una lirona, duermo lo que se suele decir coloquialmente "como un bebé", con hilillo de baba y marca de cojín incluida si me da tiempo en la sobremesa a echar una cabezada, y de un tirón y panza arriba toda la noche. Los excesos de horas de vigilia me pasan factura cosa fina, y entonces necesito una cura de sueño al día siguiente que me vuelva persona otra vez.

Pero no sé qué me pasa ahora porque últimamente estoy soñando cosas raras y desagradables a base de bien. El momento vital no es el mismo que hace cinco años, pero tampoco estos meses son tan distintos a los de hace un año, y sin embargo, no recuerdo pesadillas de ese tipo entonces. Me levanto en la madrugada con angustia, e incluso hace poco me dormí con la radio puesta y tuve una pesadilla con sonido ambiental, que era ni más ni menos que el rumor del calamar gigante en las profundidades abisales, así que podéis imaginar el canguelo.

Montañas heladas alcanzadas sin dificultad, donde me asomo y veo la pared completamente vertical sólamente cuando ya he alcanzado la cima; pirámides de arena donde llego escalando por el lado por el que nadie sube; precipicios donde una persona cercana a mí me lanza diciéndome que el agua no pasa del metro, viendo al segundo que la profundidad es de al menos diez (arggg)...; y anoche, para colmo ya, en una nave industrial rodeada de sacos de portland y viendo cómo se empieza a desplomar el techo, apuntando directamente a mi cabeza, y sin posibilidad alguna de escapar... qué angustia, mare meua, ¿por qué pasa todo esto?

Recuerdo haber leído a Freud a los veintypocos años, y ya vi entonces que en esos escritos había mucha pero que mucha imaginación. Con un poco de ella, y conociendo un poco al que lo ha soñado, es facilísimo hacer una interpretación personalizada. Incluso cualquiera podría hacerlo, me aventuro a decir. Supuse que cuando aquello me había parecido más fantasía que realidad era porque tal vez no lo había entendido, a saber...

Luego, leyendo artículos como éste por ejemplo, me dije que no era tan descreída por no haber hecho caso a ese libro tan "respetado", por lo menos los años en los que lo leí.

Sin embargo, otra corriente quizás más humanística de la Psicología (una vez más, las distintas corrientes que toda disciplina tiene, para mayor desconcierto de los legos), habla de la hipótesis de continuidad (aquí), que resumiendo nos dice que "los sueños simplemente son la continuación de nuestra vida diurna. Nuestras preocupaciones, vivencias y fantasías diurnas siguen expresándose, pero de otro modo, en ellos".

Como en estos tiempos de tantísima información en todos los campos uno ya no sabe a qué atenerse, todo el mundo parece saber de qué habla, la formación de cada persona que suscribe una teoría es digamos la "correcta" o "adecuada", y cada conclusión bien razonada parece ser la definitiva, aún nos hacemos más lío con estos asuntos.

Mientras, yo me continúo preguntando qué sentido tienen, por qué existen :(.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Las palabras no dichas...



Hace poco ví una película de la que había oído hablar muy bien en un programa nocturno de radio. Se trata de "Buscando un beso a medianoche", que para mí no dejó de ser una versión más de tantas y tantas pelis de chico-conoce-chica. Me encantan las comedias románticas, sí, pero habiendo tantas para elegir, desde luego no me quedo con ésta.

En cambio sí hubo una escena que me llegó bastante. El protagonista le estaba escribiendo un email a su ex-pareja para desearle un Feliz Año Nuevo, y cuando llevaba como veinte líneas de desgrane de sentimientos, de desnudez total y de poéticas frases -que seguramente nunca le hubiera dicho en persona-, titubeó un segundo, seleccionó todo el texto y le dio a Supr/Del, escribiendo -ahora sí para enviar- el típico "Feliz Año Nuevo, que te vaya todo bien y que seas feliz", que igual sirve para un vecino, para un familiar que ni te va ni te viene, o para un contacto de Facebook que si desapareciera un día de tu lista quizás no llamaría ni siquiera tu atención...

Eso me hizo pensar en cuántas cosas quizás diríamos -o mejor dicho, cuántas cosas no dejaríamos de decir- si no dedicáramos la milésima parte de un segundo a repensar lo que vamos a decir, lo que vamos a escribir, o lo que vamos a enviar.

Hoy recibí confirmación de envío de una tarjeta de estas virtuales de cumpleaños. Bien, debería haber sido recibida por su destinatario hace exactamente veintiún días. Cuando leí el "acuse de recibo", la leí también a ella. No recordaba qué había escrito -obviamente no era un feliz cumple soso y quedadordebien-, y leerlo hoy me hizo tratar de recordar por qué puse las palabras que puse y no otras en ese momento. Las palabras utilizadas, el sentido, el mensaje, el cripticismo, tenían valor para mí el día que debería haber llegado. Quizás hoy, día de su recepción, mi ánimo, mi pensar, mi loquesea, no estaban en el nivel emocional adecuado.

Ello me lleva a pensar en las relecturas, en los recuerdos de cosas dichas o leídas. Se interpretan de distinta manera dependiendo del estado de ánimo que se tiene, ¿verdad? Y las cosas dichas o escuchadas a menudo son producto de un interrogatorio, más que nacidas espontáneamente. ¿Pierden valor de esta manera, al obligar en cierto modo a que te digan algo que tú has preguntado previamente?

De un tiempo a esta parte sostengo que se dice mucho más en una carta escrita en soledad, en un texto meditado, que en una conversación, sea del tipo que sea. En el momento en que uno se sienta y siente deseos de escribir un texto dirigido a alguien, hay muchos factores a tener en cuenta. Ese alguien no te recuerda su presencia mediante una llamada de teléfono, mediante un correo pendiente de responder o mediante un saludo por su parte. Es decir, tú piensas en un momento dado en alguien, y el impulso de ese único momento te lleva a ir pasando por todo el proceso previo al envío, sin obligaciones, sin deudas, sólamente porque quieres hacerlo.

Alguien piensa en ti y te lo hace llegar. Si eso sucede así improvisadamente, no es indiferencia, ¿verdad?

jueves, 18 de junio de 2009

Un cerebro más fuerte


Bueno, para dejarme -y dejaros- un tiempo de tarrofagias, pego algunos enlaces de algo que leí hace poco y me llamó la atención. Todo vino por la cara de sorpresa que pone mucha gente cuando asiste a una conversación entre gente bilingüe y ve que en nanosegundos se pasa de una lengua a otra sin mayor problema ni retardo. Para los que lo hemos mamado no nos resulta nada del otro mundo, aunque yo por mi parte alucino con la gente de Europa Central, que son capaces de expresarse perfectamente en lenguas tanto de origen románico como germánico, cosa que tiene más dificultad -para los que lo pensamos, no para ellos que han crecido sabiéndolas- que nuestro bilingüismo de lenguas romances.

Pues bien, según parece:

El bilingüismo mejora la atención

Fortalece el cerebro

Lo favorece

Más

Explicación

Bueno, poco tengo que aportar -está todo en los enlaces-, pero me apetecía hacer uso de una entrada de blog para dar ánimos a una persona-bilingüe- que sé que me lee y no está pasando buenos momentos. Valgan estas explicaciones pues para decirle que teniendo ese cerebro tan "fuerte" no hay mal trago que no pueda superar.

Sé que es una chorrada esta conclusión, pero no sabía de qué modo darle ánimos :$

lunes, 15 de junio de 2009

Magia




La una del mediodía de un domingo calurosísimo no es la hora habitual para estar donde estuve hoy.

La gente a esas horas toma la cervecita, las papas, las olivas rellenas, o el sol directamente. Duerme... todavía. O lee el dominical, qué sé yo.

Yo estaba asistiendo a un espectáculo de escapismo, con trucos de Houdini, que regresó en el tiempo con una máquina para hacernos sentir como en esos años en que vivió, cuando había tan pocas cosas descubiertas y, sin embargo, las que había eran todo para mucha gente.

En uno de los momentos del espectáculo dijo que nunca perdiéramos la ilusión ni la capacidad de asombro. Es algo muy oído, pero me llegó más por ver la cara que estaba poniendo mi hijo todo el rato, y pensé que, aunque es posible seguir teniendo, me parece imposible conservarla con las características vírgenes que se tienen a esa tierna edad.

Luego recordé -quizás por el tremendo calor-, que ya se acerca la Noche de San Juan, de especial repercusión para los que vivimos en zona de mar. Me vino a la memoria una de la quincena de noches mágicas vividas cuando creía en más cosas de las que creo ahora (sí, soy una descreída, lo sé, se siente :P), y cómo nos enfilamos un grupo de pelirrojas con la única luz de la luna en busca de alcachofas bordes para hacer un conjuro que acababa de relatar con esa voz tan chula Amàlia Garrigós (antes de malmeterse en camisa de once varas). ¡Qué risas!, y qué tembleque da pensar que muchos de nuestros deseos llegaron a cumplirse... quizás a causa de ese conjuro, quién sabe (buuu).

Es un disfrute escuchar la radio esas noches -bueno, ahora corroboro que todas las noches puede serlo- en que se habla de magia, y, entre músicas medievales, se van contando leyendas mientras los escuchantes aportan curiosidades, enriqueciendo el folklore ya de por sí tan llenito de cosas interesantes.

La RAE define magia como: "Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales"

Pero también como: "Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo"

Bien, yo he visto magia en corros de gente de distintas edades sentados en tertulias en noches de verano, y en amigos cantando a pleno pulmón mientras bajábamos con los vespinos de las fiestas del pueblo de turno hacia la playa. Es horrible esa sensación del vaquero mojado, y no digamos si lo acompaña arena mojada y pelo arenoso, pero es una sensación mágica. Y también esa otra en la que el bar se va vaciando, la música va bajando de volumen, y no notas nada de eso, sentada en una mesa debatiendo discusiones de besugos. O la del morreo improvisado de alguien que en principio no debería dártelo...

¿Podéis verla vosotros?