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viernes, 8 de noviembre de 2013

Días de luz


Llevo varios días más sensiblona de lo normal, llorando por frases sueltas que leo en las noticias, por el asco que me da lo que está pasando a nivel político, y también por lo que veo delante y a mi izquierda cuando conduzco de nuevo hacia mi Dénia varias veces por semana. 

A lo largo de cinco años de carretera nacional, ese acto, ese rato, se había terminado mecanizando, pero resulta que ahora han cortado el mejor acceso que tenía, y no he tenido más remedio que desviarme por les Marines. Parece tontería, pero no lo es en absoluto, por ese sitio se va con menos prisa, en un eterno verano, como en un día de fiesta. Es triste y decadente el turismo de sol y playa cuando ya nadie va a la costa, pues porque es noviembre, porque ya "no toca", por lo que sea, pero a mí me gusta, y lo disfruto. Y salgo antes de casa para poderme parar y tomar alguna foto de un contraste que me guste (cualquiera no lo haría, con esta luz que tenemos). Y eso me hace regresar a tiempos más despreocupados, en los que todavía no tenía el arrugón que adorna hoy mi frente. No diría que si lloro sea melancolía, no: es por la sensación de tener por fin los  pies completamente sobre el suelo. De tenerlos, de saberlo y de sentirme muy bien por ello. De que el colador de la vida me dejara lo que más me convenía y lo que menos triste me hacía estar.

Pasan buenas cosas últimamente, y lo mejor está por llegar, como todos sabemos. Vendrá quizás el libro, vendrá el hotelito, vendrá la Provenza y mi París, lleno de coulants caseros y paseos sobre piedras redondeadas. Como las de la Almadrava, y como las que solía coleccionar, las que solía regalar. Espero que sigan en los cajones o en los bolsillos, y que sigan transmitiendo algo mío. Todos dejamos algo en aquellos que nos conocieron, más grande y presente y luego quizá mucho más difuminado y ausente, pero estamos en aquello que regalamos, aunque solo fuesen piedras.

Dénia pues me hace sentir siempre en casa, y la de personas que me quedan por conocer, justo en la mitad potencial de mi vida. Es comer bien, es buscar libros, comprar juguetes...

Las cosas suceden como encadenadas, y ayer alguien vestido de amarillo y azul me trajo al trabajo esa cosa tan pequeña como útil que es la guía Au, y allí que vi que, veinticinco años después, un conjunto de canciones que todavía hoy me sorprenden y me hacen sentir muy muy bien van a poder escucharse en directo el próximo 30 de noviembre, y a un precio bastante asequible.

Eran canciones de mar, y de aquel niño rubio de pueblo marinero para quien me inventé una historia y una vida. Cosa dulce.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Ya viene el sol



Metámonos en nuestro mar, toquémonos los pies, serpenteemos el monte, hagámonos trenzas, empecemos a querernos. Los días en la cueva acompañados de nuestras sombras ya van siendo pasado, se pierden, ya casi desaparecen. Acompasémonos con las estaciones, pero sin vuelta atrás. Quedémonos con la luz. Para siempre.

(Caught a long wind, Feist)



lunes, 13 de febrero de 2012

Oda a la dulzura

(Un trocito de belleza sobre una mano)

La vida de uno parece enmadejarse a veces, y al tirar del hilo y mirar desde muy cerca, se muestran ante nuestros ojos las decenas de hilillos-bebé que forman parte de él -de ella-, como los vellitos de los brazos, que aparecen y desaparecen del mundo según les dé la luz. Son como nuestras experiencias, tan importantes... mientras duran. Ahora nos morimos de llanto, luego nos morimos de risa. Y siempre es así, con independencia del mundo más allá de nuestra aura, de esos 45 cm aproximados de proxemia. Viéndose o no esas hebras, el hilo sigue ahí.

Cada vez noto, afirmo y me convenzo más de que partimos de la felicidad completa, y la vamos boicoteando, descoloriendo, poniendo fea, y lanzando a perder... porque nos da la gana.
Osho nos habla de cumbres y valles; inexistentes unas sin los otros, y nos invita a disfrutar de ambos estados. Pero nosotros estamos cumpliendo años -no somos una doctrina inmortal ni una utopía-, y soñamos con algo estable, pacífico y constante, como una colina de verde terciopelo. Pensamos que "si..." nos dejaríamos caer sin miedo al daño, al despeñe tantas veces repetido, al precipicio, y nunca nunca lo hacemos por estar esperando no se sabe bien qué. Pero podemos probar ahora a tumbarnos y soltarnos, ya que ese condicional no es real. Y seguramente nos sorprendamos al ver que llegamos suavemente al fondo, exactamente de la misma manera, sin el "si...". Porque una colina tiene algo en su nombre que evoca dulzura y tranquilidad, y existe si queremos que exista. Así de simple.

Nada nuevo bajo el sol... Anoche me preguntaron :"¿existe eso?" yo creo que sí; el campo mismo con todos sus matices, el monte con sus vistas y esa sensación al llegar arriba de "meta alcanzada", una costa de la Calma llenita de piedrecitas de la gratitud para buscar y regalar, la conducción sin prisa solo para oír música y sentir cosas... entre un obvio y largo etcétera. Todo eso YA existe. Azorín lo (d)escribió así de bonito: "Entre todas las alegrías, la absurda es la más alegre; es la alegría de los niños, de los labriegos y de los salvajes; es decir, de todos aquellos seres que están más cerca de la Naturaleza que nosotros"

Ben Bridwell repite en una canción que me encanta: "The world is such a wonderful place" y me duermo con una especie de nana pesimista pero con una melodía tan dulce que es imposible que no haga sentir bien. Un regalito si alguien ha leído este texto. Hoy prohíbo estar triste sin motivos serios :):

(Sweet, sweet, The Smashing Pumpkins)



sábado, 24 de septiembre de 2011

Como si tuviera delante de mí solamente el cielo


Hacía mil años que mis viernes contenían noches normales. Pese a no madrugar el sábado, me desacostumbré a pensar en esa noche, que fue la más especial para mí durante mucho mucho tiempo; un trozo de vida que nos robábamos y arrancábamos unos a otros y compartía siempre, sin demasiadas aglomeraciones. Barras tranquilas, conversación, tranquilidad para siquiera ver la noche pasar con amigos.

Empezó a lloviznar anoche, y un hada madrina venida para mí transfigurada en amiga me propició una cena improvisada en su porche, viendo llover y disfrutando de la brisilla de septiembre. Hablando de las personas, del mundo...

Se paró la conversación a tres bandas por unos segundos. Observamos el cielo, que bajo la farola de la calle dejaba ver los finitos hilos de lluvia caer. Y quedamos un rato en silencio, quiero creer que disfrutando.

Regresando ya bastante tarde para lo que yo acostumbro, la carretera estaba totalmente vacía. Solamente yo. Yo y los caminos, carreteras y montañas como sombras de monstruos a mi izquierda. Había enchufado el mp4 al azar totalmente, y con un poco de sueño ya, dejé salir las canciones, sin darme cuenta por momentos de qué estaba sonando, más dormida que despierta. Con completa inercia.

Empecé entonces a escuchar grillos y no estaba en el campo; la noche se me mostró pura y limpia, fluyendo por los altavoces del coche. Desconocía cómo habría entrado allí. Pero me encantaba. Sola yo y sola en el mundo. El encanto cambió un ratín a tristeza. Leí una vez que la música era el eco de un mundo invisible. Ese que habita dentro de nosotros, particular, complejo. Islas al fin y al cabo. Me percibí sola en el mundo, prácticamente apreciando solamente a ratos esos momentos regalados por otros. El Universo entero estuvo en pausa el rato que tardé en llegar a casa. Chispitas rápidas cayendo en el parabrisas, el frescor en el lado izquierdo de mi cuerpo. Una canción hipnótica. Totalmente hipnótica y evocadora, sin haberla escuchado más que dos, tres veces -que yo recordara-. ¿En qué pensó la persona que la sacó de su cabeza y la plasmó en sonidos?

Era esta:

lunes, 23 de mayo de 2011

Y el mundo se balanceaba


De niñita engendré una utopía. Colinas de verde terciopelo, suaves, ondulantes y acogedoras. Y las veía de vez en cuando en la sobremesa, la hora del día que prefiero, cuando el día se parte en dos y el mundo queda quieto, estable, en paz.

Me sentaba en un sillón cuando el suelo quedaba ya limpio del estropicio de la hora de comer, y mi madre bajaba la persiana hasta la mitad, como dando la señal de que empezaba el rato del descanso. Y entonces el Oeste, los desiertos y las llanuras cobraban vida por la magia de la tele en la casa de la playa. Yo quería vivir allí, y cabalgar sin límites, y correr sin topes, lindes, paredes ni finales. Libre. Sintiendo la brisa en mi cara. Era un imaginar la felicidad -y un llegar a sentirla por proyección- en el que la única protagonista de mi estado era yo. El estado ideal que poquísimos alcanzan.

Otra vez sucedió. La música. Despertarme en mitad de un ciclo escuchando una canción concreta. Y abrir los ojos, mirar a mi lado izquierdo y al frente unos segundos después y ver que era justo esa música, ese ritmo repetitivo y suave, el que mejor se ajustaba a lo que vi en esos momentos: varias motos circulando plácidamente, dejándose llevar por aquel mundo ondulante y suave. Y yo en aquel extraño bus, sola, sin nadie a quien poder dirigirme en el idioma de mis pensamientos, ni el de mis sentires. Poderse comunicar no es hablar; poderse hacer entender no es poderse expresar. No se saca la esencia exacta ni se la puede ofrecer en bandeja de plata al otro. Es limitado. Y el ser humano, el cerebro y el corazón no tienen límites...

(Neighborhood #4 (Kettles), de Arcade Fire)

martes, 19 de abril de 2011

Por un camino de piedras amarillas

 
A los que nos gusta escribir, pintar, dibujar, componer... cualquier estímulo nos conduce a una reacción en principio desmesurada si reparamos en la ley de causa-efecto y a que, en principio, una visión, un escalofrío, un aroma o un estremecimiento es un embarullamiento de todas esas cosas juntas y otras más, invisibles pero del todo trascendentales: el dolor, bonito a veces también -se me dijo hace poco que venían bien los períodos feos porque inspiraban, hacían crear, sentir más-; la alegría, que se nos sube por la panza, zarandeando a esos bichejos que viven dentro de nosotros y a los que imaginamos como circulitos con patas, o como patitas unidas a esferas pequeñas...; el calor, que reblandece la piel, nos aplatana, relaja, ralentiza... e incita deseos de tumbarse y nada más, mirando hacia arriba, estirándonos, respirando suave, sosegadamente, haciéndonos un poco más esponjas, un poco menos rígidos; la plenitud, muchas veces de vida corta pero intensa -si se estira en el tiempo acaba desapercibiéndose y formando parte del día... y deja casi de ser plenitud para ser rutina, rutina y nada más (guiño a Poe ;))-; el vacío, esa especie de bola enorme dentro de nosotros, encajada en una zona un poquito más alta que el estómago, y algo más escondida también que el esternón. La bola que causa que el cuerpo quiera enrollarse y algo intente salir por la boca sin conseguirlo, quedándose siempre a medio gas, casi pero no, tratando después de salir por los ojos y, no siéndole suficiente, acaba pariendo por las yemas de los dedos en forma de borradores, de texto plano. Juntando letras, formando palabras, creando frases, redondeando libros.

Es un segundo conduciendo. Alineándose un paisaje agradable, la temperatura perfecta, las perspectivas ante una de las más grandes aventuras en la vida de alguien que ha vivido quizás bien pocas, la ilusión ante lo que va a venir, todo nuevo, gracias en parte a lo que se ha ido, todo viejo. Y una canción, siempre una canción, que pueden ser muchas porque la música es de lo mejor del mundo. Y todo eso mezcladito y bien, me conducen a pensar en un camino de piedras amarillas. No se me ocurre un cuento para ese título, y solo dejo pues que mis manos liberen sentimientos y cosas. :)


lunes, 11 de abril de 2011

Sueño hecho realidad


Cantaba con esa voz gangosa y tristona que la había conocido en un 7-11. Y nosotras revolviendo vinilos arropados en cartones viejunos y descuidados en aquella habitación de tres camas y media, llena de pilas de ropa sucia de hermano mayor.

La ventana daba a una montaña. Decía que, cuando estaba triste -que era casi siempre-, solamente asomaba, la veía y todo lo feo se le iba como mágicamente. Fue lo primero que me vino a la cabeza cuando recibí aquella carta en papel en la prehistoria de lo que somos ahora y leí que a sus padres les embargaban la casa. Se le iba todo:  la habitación de tres camas, la suya, aquella ventana y su montaña.

Nuestros recuerdos olían a perfume de mujer mayor queriendo ser sensual, y nuestros colores eran el negro en su versión más profunda, más azulmente matizada -como los reflejos en el pelo de los dibujos animados- y el rojo más vivo en detalles pequeños: labios, zapatos, pins. Los sábados tarde se olía a amoníaco, a pelo quemado y a cera recalentada.

No sé si balanceando lloramos más que reímos o casi casi igual. Me apenaba saberla y sentirla tan desgraciada y sentirme yo impotente, incapaz de conseguir con todos mis poderes mentales y mi cabezonería que dejaran de hacerle daño de una puta vez. A veces los dichos son ciertos, pero muchas más son mentira absoluta y totalmente, y ella no merecía ser usada como una muñeca de látex ni acabar llorando encerrada en su cuarto cada domingo después de cada uno de aquellos sábados... y más siendo tan joven.

Nosotras... el resto... yo, fantaseando con besos de asiento de atrás. Ella... tratando de terminar de hacer el amor y que la persona recostada a su lado no se levantara con premura o le dijera de marcharse directamente, dejándola como un trozo de algo inútil, prácticamente igual que un trasto al que machacamos sin un mínimo de delicadeza hasta estallar -él o nosotros- porque sabemos que si se rompe... pues casi que mejor.

No más tristezas en esta historia. Ella ahora empieza a estar bien. Se la quiere -como merece- por fin. Está radiante y luminosa.

Y todo esto por haberla visto hace dos días... y por una canción de los Ramones.

PD: nuestros recuerdos no hubieran sido los mismos si no hubiéramos conocido el  Pleasant Dreams ;)


viernes, 18 de febrero de 2011

Anoche se me paró el corazón


Sí. Fue una sensación física tremenda, un fuerte pop bajo mi pecho izquierdo. Y duró más de tres o cuatro segundos. Mi corazón dejó de latir, creo yo que se declaró en huelga microtemporal, después de demasiados meses de funcionar a máximo rendimiento. Me indicó basta, pensó que estaba cansado de muchas cosas, de llegar siempre por los neurotransmisores o loquesea a mis ojos, y emocionarme demasiado ante una imagen, una música, una película o una historia leída. Que me quería, que por eso vive en mí desde hace treinta y siete años, tres meses y veintiún días,  que estaba dispuesto a seguir a mi lado -qué remedio-, pero que ya era casi suficiente. Y dejó de funcionar ese ratín.

Yo andaba escuchando música, pese a las altas horas que eran. Enamorada hasta las trancas, fascinada diría, que es casi mejor, por los Arcade Fire, me puse el Funeral, el que menos he escuchado hasta ahora. Y sonaba Rebellion. No sé qué dice la letra; lo miraré en cuanto acabe de perpetrar esto por si es una bromeja de la vida y mi órgano-compañerodefatigas quería que me fijara en esa canción y no en todas las demás por algo concreto (mis señales y yo... dos)

Durante esos segundos yo ya no formaba parte de nada; si duraban algo más en todo caso formaría parte de los recuerdos de algunas personas más cercanas y de una lápida imagino que gris jaspeada en el cementerio de mi pueblo. Bueno, y de esta nube, esparcida por muchos sitios -más de los que pensábais, ¿cierto?-, pero remontó, puede que fuera por el poder sideral de la batería del Mp4 ¬¬.

Todo aquello que solemos usar a degüello llega un día en que se para y nos llama la atención. Funciona y vale, apenas nos percatamos de que es así. Es y au, sin pensar demasiado. Anoche no vi pasar mi vida en un segundo, ni un túnel, ni una luz blanca intensa y cegadora, pero pensé en él como un algo valioso y me volvieron las ganas de muchas cosas que estaban como atrofiadas desde hacía un tiempo. Comunicar, por ejemplo. Más todavía. Y expresar. Y pulir mis historias dejadas en borradores desde hace demasiados meses. Sin miedo, con mensajes encriptados que solamente yo entiendo. Bueno, eso: de ser yo.

martes, 18 de enero de 2011

Astral week


Se me sobrecogió todo la primera vez que lo escuché. Fue este pasado diciembre; se avecinaba una lluvia de estrellas -gemínidas-, y había pasado una tarde de domingo especial junto a la chimenea, escuchando música en compañía, e inventando una vida nueva para un personaje imaginario del que solamente conocíamos el nombre, el color de su pelo y poco más. Una más de esas cosas que empezamos las personas sabiendo que seguramente no vamos a acabar, pero que son buenas por el mero hecho del durante, del presente que es en ratos sueltos, y no del final del trayecto. Como los viajes, como la vida, vamos.

El ambiente que imaginé tenía un puerto en una época que no sabía ubicar, atemporal totalmente, mucho paño azul marino, gorras marineras, gris y humedad en el ambiente, y verde musgo donde no alcanzaba la vista. Necesitaba música para ubicarme, y eché mano de los siempre estimulantes Waterboys y ese disco que marcó en cierto modo mi manera de ver la amistad que fue el Fisherman's Blues -asociación de ideas, de mis ideas :)-. A los quince empezaba todo, y a ratos pensé que terminaba también. Justo como me siento ahora. A los quince ya lloré a ratos por decepciones sin saber bien qué me estaba perdiendo -que seguramente era nada-. Y ese disco, esa canción principal, que predispone a la alegría y al brindis por los viejos amigos y los buenos tiempos, me hizo llorar en aquel bar. Una de las primeras veces que lloraba de emoción por algo bueno que había dicho alguien de mí. Alguien que me quería y lo sigue haciendo, veintidós años después. Y alzamos nuestros vasos de Burret con cola, y brindamos, como en una especie de pacto sin palabras, solamente con miradas, mientras la voz de Mike Scott nos contaba aquello de "... ser un pescador revolcándome en el mar, lejos de la tierra firme y de sus amargos recuerdos. Echando fuera el sedal, con abandono y amor. Sin límites debajo de mí, excepto el cielo estrellado arriba iluminando... y tú en mis brazos".

Entonces, el disco se paró en una canción que recordaba vagamente. Me atrapó en nada, y tuve que escucharla varias veces seguidas, porque causó en mí una especie de adicción placentera y a la vez beneficiosa -pocas adicciones son así a un cien por cien-. Tuve que parar de escucharla compulsivamente, poner otras por el medio para no caer demasiado rendida a sus pies; comprobar si , tal vez al compararla con otras, perdía algo de su valor, de ese valor que acababa de atribuirle, capaz de dejarme completamente hipnotizada, como viviendo en el pueblo atemporal del cuento que estaba escribiendo. Pero no pude, no pude.

Y sucedió ese algo mágico, ese instante en que encontré una joya mientras indagaba en ese baúl de tesoros. Como algo valioso dentro de algo que ya era muy valioso. Y, leyendo información de esa canción, quise viajar en el tiempo y meterme de lleno en el origen de esos acordes que tanto me motivaban y tanto me sacaban de dentro. Leí versión, leí Van Morrison -hacía poco me había también medio-enamorado de su Here comes the night, conocía a su chica de ojos marrones tantas veces escuchada, y poco más-.

Lo siguiente, lo más previsible: adentrarme de lleno en su Astral Weeks -absolutamente perfecto en su totalidad-, justo en esos días de lluvias estelares y un futuro incierto pero esperanzador, bonito, tierno. Sabiendo que ese fenómeno tiene justamente eso de atrayente: su belleza... y su fugacidad. Fue todo muy... redondo :).


jueves, 28 de octubre de 2010

Un paseo por las estrellas


Oscurecía sobre las cuatro de la tarde. Las bayas, a esa hora y con ese matiz del anochecer tenían un rojo perfecto. Rojo, verde, negro... y la acidez... y la bruma, y el rumor del bosque. La humedad metiéndose por la nariz. El gorro de lana gris en la cabeza, las mejillas rosy pink, como solían decir los chicos del staff entre mugs y mugs de té con leche y largas conversaciones. Dentro, el olor inconfundible del lavavajillas industrial; a día de hoy soy incapaz de definirlo, y si lo volviera a oler -aunque fuera de pasada, sabría cuál es al instante, con la certeza que se tiene en determinados momentos: eligiendo una prenda de ropa a la primera, enamorándote de una canción con una única oída o poniendo el nombre justo a lo que sientes en un instante determinado. Algo que no se parece a nada que ya conoces; no mejor -eso solo es capaz de saberse a largo plazo-, sino diferente, fresco, virgen; y que te da la oportunidad de partir de cero, habiendo dejado equipajes que fueron valiosos en su día y que quieres con locura, pero que ya forman parte de otro lugar... y otro tiempo. 

Cariños, buenos sentimientos, antiguas risas y más o menos recientes vibraciones. Vibrar-movimiento- cambio... Puertas cerradas, pero suave, muy suavemente. Lágrimas, a veces inevitables, pero no siempre de tristeza. Dejar hacer, dejar ser, dejar sentir, saber que la vida es ir cubriendo etapas. Y que termina lo fuerte y queda el rescoldo de lo bueno, que si fue bueno de verdad siempre formará parte de nosotros. Pero dejar ir, dejarnos ir, dejar que se vayan, dejar que nos vayamos... para estar mejor, para que estén mejor, para no sufrir ni hacer sufrir, y para vivir otras vidas y que otras vidas sean vividas. Libre y suavemente alejarse, alejarse... pero con una sonrisa en los labios y una mirada serena.

Las tardes que librábamos subíamos a la segunda planta del Arcade a Kelly's Records. Todo el mundo compraba Cds... pero mi paga no me llegaba. Y compramos cassettes de segunda mano: Bauhaus, Joy Division, Pixies... y Smashing Pumpkins.

Destapado como la caja de Pandora llegó ese doble disco de nuevo a mi vida estas semanas. 

El cielo estrellado, y un ángel melancólico siendo parido por una estrella. Todos los melancólicos debemos tener un poco de eso, de ángeles, pese a no creer en ellos, como no creo que exista gran cosa más allá de lo que puedo ver, oír o tocar. Pero a veces llegamos en los momentos indicados, y en los momentos indicados vamos saliendo poco a poco de la vida de los demás. Y alguien te dice: "llegaste como un ángel", o "gracias", y, aunque al principio no sabes bien cómo encajar eso, si tomártelo como algo bueno, malo, regular, o ni bueno, ni malo ni regular, terminas aceptándolo. Y te alejas, esperando que llegue otra ocasión y que otra persona piense lo mismo, y otra y otra... hasta que alguien sea capaz de verte como lo que eres: alguien normal y corriente, no más especial ni más nada que los demás...  y te acepte y se quede contigo.

Pudiendo elegir, habiendo tantas, unas me gustan mucho más que esta, pero...

jueves, 14 de octubre de 2010

Ushuaia y los finales felices


Cuando embarcamos en el avión rumbo a Ushuaia noté en cierto modo que estábamos muriendo. Los dos. Ahorraste para ese vuelo durante dos largos años, y francamente pensé que no ibas a regresar jamás aquí. Yo no lo tenía tan claro, por eso supe que a medio o largo plazo, algo iba a morir: lo nuestro; tú... o yo.

Te miraba de reojo en el asiento, con esa mirada curiosa. Creo que tú a mí no me miraste ni una sola vez, emocionado ante la visión de tu nueva vida. Mi vida... bueno, no formaba parte de la tuya, lo supe desde el primer momento en que nos vimos. Al menos en esos momentos.

Allá nos esperaban días de lluvia, muchos más de los que a priori imaginábamos. Serían fáciles de soportar si estábamos juntos. Si nos separábamos nos invadiría irremediablemente esa melancolía que formaba parte de los dos, pero aún así arriesgamos todo, dejamos todo. Cuando vimos con qué rapidez cambiaba el tiempo supimos que aquella historia sería rara, distinta, especial. Porque nuestras cabezas eran así, cambiantes, volubles, como aquel cielo, como aquellas nubes.

Las risas entre varitas de incienso y copas nos hicieron ser los mejores amigos del mundo, los mejores amantes del mundo y los mejores enamorados del mundo. En ese orden. Y me mirabas; entonces sí me mirabas, y te quedabas quieto, y yo lo sabía porque mis ojos tenían -tienen- esa capacidad extraña de ver sin ser vistos. Y seguía a mi bola, sabiendo en todo momento que seguías cada uno de mis movimientos.

El invierno nos sorprendió en Ushuaia a los dos, que veníamos del sitio más opuesto a aquello. Envueltos en mil capas de lana y pellizas dejamos ambos crecer nuestros pelos, rejuveneciendo sin darnos cuenta. No sé si recuerdas la sensación de las tazas de té hirviendo en nuestras manos violáceas una tarde de cada dos. En el único bar, nuestro bar. Hablando en voz alta, y tú estremeciéndote cada vez que te rozaba la pierna bajo la mesa, como si lo estuviera viendo, notando... ahora en estos momentos.

Te gustaba llevarme a ver mar y espacios abiertos. No sabía exactamente lo que era aquello, unos días calidez, otros tal vez dependencia, otros ganas de mandarlo todo lejos y dejarte... Pero no podía. Cuando te veía llorar tenía que hacer mil trucos de magia para que te sosegaras, como se hace a los niños pequeños. Y te enjabonaba con mimo y ternura antes de secarte y abrazarte fuerte, muy fuerte. Solo tenía que dejar que el tiempo pasara, y me largaba al bar yo sola, cruzando aquella ventisca, notando al entrar cuánto me faltabas.

La primavera llegó con toda aquella gente de visita. Los primeros cinco minutos, cuando la viste a ella, ya empecé lentamente mi retirada. No tenía que alejarme con dramatismo, pero aquella historia, nuestra historia, no podía mantenerse, lo sabíamos los dos. Porque no hay nada que dure demasiado, y menos para siempre. Tenía que pasar porque sí, tenía que ser algún motivo, algún hombre, alguna mujer, pero algo. Y eso fue: pasó.

Lloraste cuando empecé a empacar mis cosas, pero estaba ya tan acostumbrada a verte hacerlo que ni siquiera me conmoviste. Otra vez esa horrible sensación de olvido de raíz que tan poco me gustaba sentir, notar... pero ahí estaba de nuevo, solapando mi fondo sensiblón que tanto te gustaba.

Hace ya mucho de todo esto, ya olvidé el frío de allá, y aunque los primeros años conservé algunas prendas de aquella vida y aquella temperatura, terminé tirándolo todo a la basura. Y quemé otro incienso con otros hombres, escuchando la música que tanto nos gustaba a nosotros, y decepcionándome cada vez que notaba cómo a otros no les conmovía ni lo más mínimo.

Sé que terminaste muriendo, como muere la gente, a diario. Me tuve que enterar por los seis grados de separación esos, y me dio pena ver que no había notado nada, y que seguí riendo y flirteando cuando tú justo te estabas marchando... Ese día pedí un té y apreté mis manos fuertemente, abrasándome yo sola. No me salió ni una sola lágrima, solo me sentía rara. Y culpable... por haberte abandonado allá, sabiendo que esa chica no significó gran cosa. Ni la siguiente, ni la otra.

Los escucho ahora...¿puedes oírlos?

Quiero creer que sí. Tú y yo jamás nos hubiéramos conocido si no llega a ser por ellos.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Paraísos


De cajón que uno se "hace" de cierto modo según haya ido alimentándose los primeros años. Si es que nacimos  ya "hechos", de cualquier modo nos vamos completando, y los alimentos que nos forman, que nos moldean, no son solamente los que entran por la boca. Sensaciones táctiles -el barro que manejábamos-, olfativas -el olorcillo de pinturas con que terminábamos nuestras "obras"-; visuales -el residuo en las uñas que nos dejaban los Manley-... o la música que sonaba desde otro cuarto en nuestra propia casa.

No fui solamente yo quien creció en cuarto "de chica" con decoración de colores suaves... y fondo musical tirando al punk; alguna amiga también tenía un hermano mayor con esa tendencia, y debíamos tener catorce años cuando pusimos en el cuarto donde solíamos pasar ratos largos hablando de chicos y complejos una cinta de los Clash.

Estaba grabada, cómo no -entonces solamente tenían cintas originales los pudientes,- y el hermano de mi amiga no lo era, como tampoco lo eran los míos.

La primera que sonó y se me quedó marcada fue una en la que estaban hartos de los Estados Unidos. Vaya, hasta ahí llegó mi oído, claro, si lo repetiría como cien veces en los escasos minutos que duraba... Grábamela, es interesante...

Un anuncio del Fiat Punto en una revista rezaba que "ciertas cosas en Londres habían dejado de ser innovadoras". De fondo, la bandera azul-roja-blanca; en primer plano, dos punks. La recorté cuidadosamente y con ella forré mi carpesano de COU. Bueno, acotar -ya hablaré de ello-, definirme, complicarme quizás..
Luego llegó València, y mis continuas visitas al parterre donde se ubicaban puestecillos hippies. Elegí aquella camiseta -que me acompañaría durante tantos años- por la impresión, para qué engañar. Había un tipo golpeando una guitarra contra el suelo. Más que un tipo, una silueta en negro. Y letras en rojo y verde alternando esa palabra que fue para mí un mantra esos años: London.

Más tarde fue el pub de nombre oscilante, y las sobremesas domingosas en las que no asomaba ni una rata y podía pedir que pusieran otra vez, y otra, y otra... esa canción mientras la camarera -y amiga- y yo, pormenorizábamos sobre nuestras respectivas noches anteriores, preguntándonos por qué y cuándo...

No sabía de qué iba, solo que me atrapaba con esos acordes tristes, y se me hacía fascinante pensar que las mismas personas rabiosas contra el sistema podían ser capaces de confeccionar melodías con ese ritmo característico que conduce irremediablemente al movimiento de tronco. Era vinilo, y era un disco apartado por ella para mí solamente para los domingos después de comer. Llorábamos a veces escuchándola, nadie nos veía, pero vaya si lo hacíamos. Llorar, digo.

Adopté esa canción sin pedir permiso, y la hice mía, como poco después hice mía Where is my mind -ahí sigo, preguntándome eso...-, y con el tiempo conocí -he conocido- a más personas para las que también es especial.

Y no sé si es que vinimos todos a nacer bajo cierta influencia generacional de hermanos mayores, es un factor a tener en cuenta, pero en cierto modo, esas personas, nosotros, compartimos cosas. Puede que sea que somos "claros como el hielo de invierno...  y ese sea nuestro paraíso" :).



domingo, 29 de agosto de 2010

El zorro en la nieve


Son esas veces que escuchar una canción significa también sentir una cierta temperatura que contrasta con la que realmente hace, y entonces te abstraes, tanto al tiempo en que la escuchaste por primera vez como al tiempo que ella llega a inspirarte, por su melodía, su letra, la voz que la canta. De Escocia, aparte, salen pocas cosas malas, y no tenía que ser menos una canción atemporal, difícilmente clasificable, sensible y dulce como esta.

El zorro en la nieve, curioso que sea otra vez ese animal, que ni siquiera forma parte de nuestro palacio de memoria, como aquel otro zorro veloz de mis amados El Último de la Fila. Nunca he visto uno, y no sé si se me ocurriría escribir una canción pensando en él. Tiene una vida corta, relativamente corta. No es que dos, tres años pasen rápido, sino que en el conjunto que vivimos son apenas nada. Relatividad, claro.

A menudo escuchar nombrarlos nos trae sin querer reminiscencias peyorativas,  y  por ejemplo en la Furry Fandom, no encontramos demasiados zorros que sean precisamente ejemplos a seguir.

Sin embargo, de tantas y tantas canciones que me encantan y no puedo dejar de escuchar, esta es una de las que mejor me hacen sentir -aunque hable de un zorro-. Y de eso se trata, ¿no?, de compartir :):


miércoles, 19 de mayo de 2010

Un país extraño


L.P. Hartley empezó una de sus novelas con una frase por la que quizás llegó a ser más conocido que por toda su obra. Fue tan simple en principio como:

"The past is a foreign country: they do things differently there"

(el pasado es un país extranjero: allí se hacen las cosas de otro modo)

Viendo que el hombre fue bastante prolífico y se le conoce por una única frase, me planteo si es bueno que te recuerden por un pequeño acierto entre varios, o resulta más bien frustrante. De cualquier modo, es mejor que sea así a que sea por un pequeño fallo entre varios aciertos, porque cuando sucede eso, que aquel nos pille confesados.

Hablaba hace poco el maestro Daniel Domínguez sobre la melancolía. Y habló tan bien y consiguió redondear tan bien ese texto que desde luego lo tendré mucho tiempo presente. ¿Mi idea de entrada perfecta? esa lo fue -hasta en el grabado-.  En ella se nos viene a recordar que es un estado elegido, que los melancólicos se (nos) recrean en ese punto muerto que hace que, cinco minutos después, ya echemos de menos lo que pasó hace seis.

Pero vengo a añadir yo algo a propósito de varias cosas que sucedieron hoy y que están todas bien relacionadas:

Primero, doy un vistazo como cada mañana laboral a El País digital, y corroboro que el pasado a veces vuelve sin avisar, sin ser buscado, como bromeando con nosotros -melancólicos e ilusionados por igual. Y nos desafía, como diciendo: "sí, miremos hacia adelante, mirad hacia adelante, no os recreéis, pero siempre hay rescoldos flotando, inéditos, y el día menos pensado llegarán a vosotros, casualmente.. o no". 

La noticia a la que me refiero es el hallazgo -cuarenta y siete años después-, de casi cuarenta fotografías nunca vistas de los Beatles (aquí). Puede que alguien preferiría no ver esos rostros adolescentes después de tanto tiempo y habiendo fallecido la mitad de ellos. Al resto les hará ilusión. Los contrarios, las reacciones antagónicas, como siempre. Pero, una vez más, el pasado es presente, al menos estos días que se ha conocido la noticia.

Esta tarde voy hacia clase y escucho en la radio del coche un tema que hace mucho que no elijo en mi MP3. Es de Alanis Morissette, que me encanta. Y recuerdo que reescribió su historia en cierta manera al volver a grabar su primer álbum de la forma en que veía la vida, la música y esas canciones el año en que se cumplían diez años de su publicación. En su día leí cómo explicaba que ella no era la misma y las canciones no podían ser las mismas. El disco, que os recomiendo íntegro, es Jagged Little Pill Acoustic. Otros grupos, como The Cure, también regrabaron sus mejores canciones con un enfoque más suave, tranquilo, maduro (aquí) varios años después. Imagino que si me pusiera a buscar habría cien ejemplos.

Termina la clase y conduzco de vuelta. Hay una recta de unos siete kilómetros digna de ser fotografiada y merecedora de varias entradas. Tiene árboles, muchos árboles, a ambos lados, y a medida que te vas acercando al pueblo forma un dibujo en perspectiva perfecto, con el campanario al final y las montañas rodeándolo todo. A esas horas a las que regreso, aparte, esos árboles tiene un verde indescriptible  mezclado con amarillo -siempre echo de menos la cámara de fotos en ese tramo-, y el sol está en una posición que deja ver los mosquitejos que ya flotan en el ambiente. Campo, al fin y al cabo.

Bajo la ventanilla cuatro dedos por primera vez esta temporada. Entonces se me cuela  una abeja o avispa, - no las distingo de normal, menos aún conduciendo-. Escucho primero su ruidito inconfundible. La música bastante alta. De pronto la veo, y me doy cuenta de eso,  de que no es una mosca ni un moscardón, porque lleva un vistoso traje a rayas negras y amarillas (blanca y en botella...).

Me viene al presente otro pasado. Esta vez el dramático día en que fallecieron tres mujeres jóvenes hace unos quince años. Con hijos adolescentes las tres, algunas incluso con niños pequeños. En un coche pequeño. Por culpa de una abeja que se les coló cuando volvían de la ciudad. De nuevo, el pasado estaba allí, sin buscarlo, sin pretenderlo. He bajado la ventanilla del todo para que se largara cuanto antes -la abeja y ese pasado que no busqué recordar-.


martes, 11 de mayo de 2010

Suave terciopelo


Puede que lo haya contado demasiadas veces, pero pienso que a veces uno define un gusto que lo va a acompañar durante toda su vida en un solo segundo o en unos pocos minutos. Así pasé de ser fan absoluta a los once, doce años de los Hombres G -como todas esos años-, a verme una noche de junio bajo las estrellas y el cielo violáceo siendo besada por primera vez mientras escuchábamos Heroin. La canción no fue esa por casualidad; era importante para el chico, y escucharlo con tanta pasión hablarme de ella -aunque lo que quería era llevarme al huerto, y nunca mejor dicho-, me permitió al menos acercarme a ese señor impreso en una portada con aspecto fantasmagórico que, resguardado por una caja de plástico mate de tanto ir y venir, formaba parte del paisaje del cuarto de mis hermanos.



Investigué sobre esa canción, Heroin, sabiendo ya esos días que a partir de esa noche de primeros de verano formaría parte para siempre jamás de mi vida y mis recuerdos, que siempre estaría en mi banda sonora. Y a medida que me fui adentrando en ese universo de blue notes, vanguardia y Nueva York, saboreando a Reed en compañía o en solitario, fui pasando por todas las etapas lógicas, empezando con la archiconocida Walk on the wild side, deteniéndome más tarde en las guitarras de Vicious, Sweet Jane o Rock and Roll, para recrearme finalmente con Satellite of love, Perfect Day, etc.

Pero la pasión por un estilo, por un grupo o por un cantante no termina nunca, si es verdadera pasión. Hubo incluso una etapa en la que -y ahora me pongo en plan abuelo cebolleta- me deshice de toda clase de corte y vergüenza y me arrimaba al micro invitada por el cantante de un grupo de música local precisamente cada vez que tocaban en los pubs de la zona cualquier canción de la Velvet -y, tengo que decirlo, Branquias bajo el agua, de Derribos Arias, mi himno esos años-.

A esta siguió la del descubrimiento de que a las buenas bandas les sucede como a los buenos pintores, los buenos directores o los buenos creadores, se cree lo que se cree: tienen un porcentaje de calidad altísimo en el total de lo que sea que hayan pintado, dirigido, creado o compuesto. Nunca se limitan a un solo éxito, nunca... Y no dejo de descubrir, día tras día, canciones que dicen cosas -y qué cosas-. Todo es ir buscando y buscando...

Imagino que el día que llegue a una ciudad a la que adoro sin conocer -aún-, lo haré en solitario, como viene siendo habitual estos años. Llegar sin más compañía que yo misma no es lo mismo que estar allí sola. Es ir a un sitio disfrutando de la soledad del trayecto y, al mismo tiempo, de la emoción del reencuentro. Esa ciudad es París. Para qué nombrar nada concreto, si su sola mención lo dice todo.

En la historia de cada uno de nosotros hay momentos simplemente perfectos, los hayamos vivido o los hayamos disfrutado porque alguien nos los ha contado: en junio de 1990, un junio después del de mi primer beso, Lou Reed se reunió de nuevo -años después-, con John Cale. Lo hicieron por un amigo común -de nuevo la amistad...- Y tocaron en un parque en París, al aire libre, dejando fluir su obra y dejando flipada -imagino- a la gente:



Just a perfect day;
problems all left alone.
weekenders on our own
it's such fun

(Un día perfecto;
olvidándonos de los problemas.
Domingueros de nosotros mismos
es tan divertido)

lunes, 12 de abril de 2010

Vigo


Era el verano de 1989. La portada era de Batman, la primera de todas, la de Tim Burton. Estaría por encima de alguna de las sillas de bova que hay en la casa de la playa. A los casi dieciséis años uno siente curiosidad, a veces de esa de cosquilleo, por todo lo que tiene que ver con el mundo que empieza a descubrir. Era la revista Primera Línea, que empezó a comprar uno de mis hermanos. La devoré por entero. Imagino ahora que para muchos chavales sería como comprar la versión light de cualquier revista de tías buenorras. A mí esas fotos ni fu ni fa, clarostá, pero en cambio sí me apetecían -y mucho-, las entrevistas a gente del cine, los reportajes de películas de estreno y, sobre todo entonces, los de música.

No sé bien si era ese mismo número, pero sí que fue en verano, por lo que sería uno de esos números de esa temporada. Se hablaba en esa ocasión de una época en decadencia, de una movida pasada ya un poco de rosca y de una ciudad que lo había sido todo -y lo había dejado de ser también- en cuanto a irreversión, vanguardia y reinventiva: Vigo.

A todos los que nos hemos criado musicalmente con las cintas de cassette y los Discoplay de hermanos mayores nos tiene que sonar por narices. A muchísimos incluso nos fascinó. Siniestro o Aerolíneas Federales para los nostálgicos (aunque demasiado jóvenes para etiquetarnos así) del punk; Golpes Bajos uf, para todos, para todos. 

Hoy no dejo de emocionarme con los primeros acordes de "Soy una punk"; cada vez que lo escucho me dejo llevar por ese coro -aaaaahhh- de "Assumpta", y se me pone la carne de gallina directamente con la letra de "Escenas olvidadas", una de mis canciones preferidas de siempre, o la música e historia de "Cena recalentada"...

Ese verano se nombraba todo esto como quien nombra un reino perdido, como con mucha, muchísima nostalgia. Era el turno de los relevos, de los que empezaban. Y a veces uno empieza algo a sabiendas ya de que nunca será lo mismo, que podrá ser bueno, pero no aquello. Y esa época era de las que podían ser buenas, pero nunca como aquella otra. 

Y Vigo quedó "on my mind", como Georgia para Ray Charles. No la tenía en la cabeza como lo que tal vez fue realmente o es ahora. Yo sabía que tenía mar, mucha industria, cuestas -bastantes cuestas-, y que todo aquello había tenido que ver en esos grupos y en esas canciones. Uno tiene motivos suficientes para idealizar ciudades o lugares que forman parte de los recuerdos; existe una ley no escrita del derecho a recordar algo que no hemos conocido como queramos hacerlo, con nuestros adornos, nuestra percepción, las emociones que sintamos al pensar en ellas o en ellos. Me pasó con Edimburgo, me pasó con Londres... y me pasó con Vigo.

Es un privilegio enorme el que yo tuve de poder conocer un sitio al que tenía tantas ganas. Lo conocí del modo más perfecto, con la gente más perfecta para ello. Y ver desde allá arriba del puente de Rande las mejilloneras, y pasear por las calles de piedras oscurecidas, haciendo juego con el color del cielo de esos días. Y escuchar las gaviotas desde mi cama...

Uno no deja de preguntarse -yo por lo menos y no pocas veces- qué hubiera pasado de nacer en otros lugares y crecer con otra gente. Algunos dicen que el actor seguiría siendo el mismo y la película sería la misma. Yo no estoy tan segura de eso, como tampoco ellos pueden estarlo ya que quedará para siempre en el mundo de las hipótesis y el de los "y si".

Pero me gusta imaginarme allí entonces. Y, como en el cine, los programillas de retoque fotográfico son capaces también de hacer milagros y lograr que una foto de 2008 pueda parecer otra de cuando la de la foto tenía diez años, no se enteraba aún de nada, y allí sucedían aquellas cosas y nacían aquellas canciones...

Como remate, otra joya de otro grupo también vigués. No podía ser casualidad:


sábado, 6 de marzo de 2010

Un papel arrugado

 
La poesía es para mí buen tiempo, ausencia de nubes amenazadoras y oscuras, brisa más bien cálida. Seguramente en el Instituto daríamos poesía durante todo el curso, o al menos cuando tocaba, y sin embargo... ¿cómo es que la recuerdo llegando el buen tiempo? Por San José la panza se encogía de tanto cosquilleo, abandonábamos las camisetas interiores de manga larga y dejábamos asomar más el cuello. Pedíamos que nos cortaran el pelo de modo tal que desvelara la nuca, y el sol lo aclaraba. Se podía estar al fresco sin sentir frío, y cuando caminabas por la calle notabas esa sensación tan placentera de la temperatura perfecta, la misma que animaba a sacar las sillas a la calle y hacer tertulia. Entre clases -o en vez de clases- caminábamos unos doscientos metros hacia los primeros huertos de naranjos, nos sentábamos en los márgenes de los caminos y nos comíamos alguna. Al terminar, limpiábamos nuestras manos con los agrets, y mientras, hablábamos de lo que estaba por venir, ya que claro, a esas edades, todo está por venir porque nada ha llegado aún.

De Cernuda me quedó el tremendo romanticismo, quizás demasiado tremendo, precisamente. También el esfuerzo de desgranar verso a verso su largo Luis de Baviera escucha Lohengrin. De Miguel Hernández la enorme sensibilidad, y de Machado, la melancolía.

La poesía, "una honda palpitación del espíritu", es la expresión íntima del sentimiento personal del poeta, pero, aunque íntima, pretende ser universal: es "el diálogo del hombre, de un hombre, con su tiempo". La poesía es un diálogo de un hombre con el tiempo de cada uno. El poeta pretende eternizar ese tiempo objetivo para que permanezca vivo el tiempo psíquico del poeta, para que sea universal.(...) La poesía debe hablar con el corazón.

Leí algo sobre su vida este verano a propósito de una foto que me recordó a él. Entendí el por qué de esa melancolía. Y a veces sucede que uno lee algo y lo hace con tanto interés, poniéndole tanto cariño a esa lectura que, cuando llegas al final, y más cuando ese final es precisamente el final de la vida de una persona, te entran ganas de llorar. A mí me sucedió al leer lo que ponía el papel arrugado que encontró su hermano José en su abrigo, después de morir. Estaba escrito a lápiz:

Estos días azules y este sol de la infancia

sábado, 20 de febrero de 2010

Alaska

 
Cada uno de nosotros tiene un lugar donde escapar aunque sea entre maldiciones y momentos rabiosos. Anoche, sin ir más lejos, me encontraba viendo esa curiosidad antropológica llamada Hermano mayor, y la Nini de turno dijo: "Arr Congo, me voy par Congo..." (me pregunto, habiendo visto cómo se "desenvuelve" por la vida la gachí, qué haría por aquellas tierras, eeen fin).

Cuando era pequeña, mi madre solía decir, entre suspiros, que se largaba a Benicàssim. No, entonces no se celebraba el FIB ni nada parecido, jeje, sino que allí había uno de los únicos balnearios de la época; (ummm, ¿mensaje subliminal acaso? :P); también recuerdo a mi vecina Pepita, -de la que podría escribir un libro,- lanzando aullidos por su boca pidiendo ir a la Santa Faz, para, seguidamente, decir eso tan oído de: "ni están todos los que son, ni son todos los que están". Mi vecina era muchísimo más heavy que mi madre, jaja.

Introducción chorra aparte, en estos días con mil y una batallas contra las Telecomunicaciones de las Españas (me río por no llorar), yo más bien, puestos a elegir destino donde escapar de mis rabias y mis perdidasdeantemano batallas dialécticas con los comerciales, y porque yo lo valgo, que dirían las modelos que anuncian L'Orèal, me quedo con ese lugar tan evocador, tan blanco y tan lejano: Alaska.

Cómo no recordar a ese chaval de pensamientos tan puros como ingenuos quizás que fue Chris McAndless (del que ya hablé aquí, aunque digan que está feoso autocitarse, bah), o la foto en el bolsillo de Butch en Un mundo perfecto...

Alaska... , tan lejana, y sin embargo -poniéndole muchísima voluntad, eso sí- tan cercana a nosotros si la miramos por el otro lado, por el estrecho de Bering (¿o acaso será que cuando la distancia es por tierra parece más "a mano" que cuando es por mar?... no me hagáis demasiado caso hoy).

Alaska... extensión para pensar, para mirar a todos lados sin límite, para que el frío nos haga enroscarnos al máximo en la misma postura en la que pasamos los primeros meses de nuestras vidas. Como una vuelta al sitio de donde venimos, como un paréntesis, un formateo en el pensar, en el actuar, el sentir.

  "(...) Esa tierra a donde uno avanza en busca de autoconocimiento (...). Todo ser humano busca su Alaska, ese lugar mítico, un tanto onírico para encontrar a una posibilidad de sí mismo. (...) Alguna vez me cuestioné todo lo que hacía en mi vida y escapé al extranjero a buscar ese territorio renovador e ilusorio" (Roberto Duarte)"

¿Demasiado frío? seguro. Pero menuda es nuestra mente para fabricarse alicientes y alternativas... Alguien muy querido para mí escribió un día: "Uno de mis deseos es pasear por la playa de Zihuatanejo..."

Y puso los ojos en blanco :)

martes, 16 de febrero de 2010

Una recomendación

 
Bueno, he intentado por tercera o cuarta vez que Avatar captara mi atención más allá de los 45 minutos.... Quizás es que no son horas las de después de comer -aunque ummm, en algunas no me duermo...-, o tal vez sea que no es necesario que lo que gusta a casi todo el mundo me tenga que gustar a mí (por algo se ideó el adverbio "casi", digo yo), pero la cosa es que no lo ha conseguido :(, y tampoco es que sea una espectadora hipermegaexigente...

En fin, entro un minutín a desquitarme de esa sensación rara-mala de no comulgar con los gustos actuales de muchísima gente, y de paso aprovecho para recomendaros la joyita que vi ayer. Me encantó cuando la vi en su día, en aquella época en la que el DVD grabador entró en mi vida -qué poco tardan algunos inventos en ser solapados por otros nuevos- y no tenía que estar pendiente de programar con exactitud la hora de inicio y la de fin, ni de tener cintas en blanco listas.

Que una peli casi desconocida (otra vez el "casi") y poco promocionada transcurra en las Islas Británicas es para mí una baza lo suficientemente importante. Si además sucede en Irlanda ya seguro que me gusta, no sé por qué. Dicen que los irlandeses son los más mediterráneos de los británicos, cuando la verdad es que son celtas, y me pregunto si acaso no somos nosotros los más irlandeses de los europeos no-insulares, y por eso nos caemos tan bien entre nosotros. No sé, ellos ríen, hablan por los codos, bailan, sienten la música... y disfrutan de la vida, cosa que no todos -ni casi todos-, sean mediterráneos o celtas son capaces de hacer.

Os presento una peli deliciosa, agradable, redondita, entrañable, encantadora: Despertando a Ned

Que la disfrutéis... a la manera irlandesa ;)

jueves, 11 de febrero de 2010

Radio's on and I'm moving round the place


Como tantos otros, los padres de Joe emigraron a la costa Este de los Estados Unidos; no sé si irá por zonas, pero los de mi pueblo y alrededores iban a parar todos a Connecticut. De allí vino Joe pues.

Os preguntaréis quién fue o es este chico, bien: quien introdujo en casa a Bruce Springsteen, ahí es nada. El hermano que me sigue ya tenía planeado estudiar Filología Inglesa, y recuerdo que una tarde trajo una cinta original de cassette donde asomaba un culo -un buen culo- envuelto en un Levi's. Las cintas originales tenían entonces el logo de la discográfica marcado en la cajetilla negra de plástico. Allí estaban la C, la B y la S...

Y lo de dentro, qué puedo deciros de lo que había dentro... creo que fue la primera vez que tuve  curiosidad por saber qué decía aquella voz en aquel idioma que empezaba a estudiar esos años en nuestra querida y añorada EGB.

Mi hermano lo ponía a todas horas, con el desplegable de las letras dado de sí, y a mí me picó el gusanillo de tratar de escuchar al mismo tiempo que leía. Y así aprendí prácticamente todas aquellas canciones de memorieta, que decimos aquí.

Hace nada tuve una noche en la que preferí oír música a  escuchar radio -a veces, para lo que hay que oír...- En mi Mp3 habita toda clase de fauna, sobre todo desde que pasé de la escasez de las 2 GB a la maravilla de 8. No obstante, aún conservo ciertos vicios motivados por aquella época de restricciones musicales, y quito para meter, repaso, vuelvo a quitar, corto y pego en el PC, buff, cómo nos estresamos a veces las personas con chorradas.

Springsteen siempre se salva, siempre, igual que el recopilatorio de U2, el primer disco de Frank Black,  o las BSO de Amélie e Into the Wild. La Mode ahora tiene su espacio, y tampoco sobran nunca esas carpetas tan socorridas de Varios, una en "extranjero" y otra con la música de la Movida que tantísimo me gusta. Como dejada de lado últimamente tengo a Alanis, aunque también siempre hay un día en que vuelvo a esa voz, y de vez en cuando meto novedades, como las de hace unos meses: la calidez de Norah Jones y el tardío descubrimiento de Amaral. Cabe todo, y sin embargo guardo "fuera" a Bowie, los Pixies, The Cure y los Ramones. Como pequeño secreto, os cuento que estos últimos días podrían proclamarse en mi pequeño mundo de pocos centímetros cuadrados "especial Coldplay",  porque les estoy dando a base de bien (jeje ;)).

Esa noche, como iba a decir,  fue el momento de volver a disfrutar de esas canciones. Siempre hay un día en que apetece reencontrarse con el Boss

Y aunque mi preferida siempre fue I'm on fire, me pregunto qué chica no quiso ser alguna vez Courteney Cox y subir a aquel escenario a bailar en la oscuridad con él...


Sin música, la vida sería un error
(Nietzsche)