Allí estuve, sola en aquella montaña, tras haberme empapado de Krakauer y después de releer y subrayar Walden infinitas veces: al final había conseguido lo que perseguí con auténtica ansiedad desde hacía tres veranos. Aguanté horas sin comer y sin que me bramara el estómago. Conté cincuenta tonalidades de verde y marrón distintas, y aprecié el alivio del agua cuando nos cae de repente después de patear durante horas. Pero también resulta que la soledad y el monte sabemos lo que son capaces de conseguir, y no siempre se está preparado para que de golpe, en ese estado tibio de duermevela causado por el hambre y el cansancio, acabes preguntándote por qué, -si tenían que acabar queriéndonos-, nos habían hecho tantísimo daño durante el costoso proceso. Y volvieron canciones, y volvieron sonrisas olvidadas, y aquello que hubo bueno -que habíamos olvidado que también había sucedido-, también volvió. Pero fue una vuelta tenue, borrosa, y no vino para quedarse, sino para solamente despedirse para siempre de nosotros. Lloramos durante tres días seguidos acurrucados en la tienda de campaña y al cuarto día regresamos al estado placentero que por suerte se había instalado en nuestras vidas. Al poco, leí "el ser humano no tiene problemas psicológicos. Tiene problemas de recuerdos". Será eso, pues.
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lunes, 16 de septiembre de 2013
sábado, 23 de junio de 2012
Hestío
A lo largo del camino, apenas nada. De la poca nada, casi siempre la misma imagen: una valla blanca a la derecha, el sol por el oeste... y un gato en la cesta de la bicicleta.
Armarios verdes claros decapados en la cocina, poca cosa dentro. O mejor, poca cosa tampoco: té verde, rooibos, azúcar y miel.
Las noches más secas que de costumbre, tumbados boca arriba, iluminándonos y contando estrellas. Haciéndose de día escuchando música en modo aleatorio.
El futuro llegando y el presente consumiéndose. Viviendo los días optimistas, muriendo los tristes. El ánimo como un columpio, subiendo rápido, bajando rápido, manteniéndose estable apenas instantes. Y de nuevo a colocar el pie en el suelo para tomar nuevo impulso y remontar. Arriba, abajo...
Jabón casero, matojos de romero, las sábanas al sol, limpias y de tan viejas... casi transparentes. Verano.
Gente feliz, gente quizás que disimula serlo. ¿Consuelo o verdad?
Cine coreano de náufragos en la luna, novelas largas de gente que anda buscándose sin saber que anda para encontrarse. Existencialismo, vidas, drama. Esta vez de otros.
Olas esponjosas y refrescantes. Mosquitos zumbado, acrobateando, libres. Grillos subiendo de volumen al caer la tarde. Al morir la tarde.
Estiro las piernas, lloro y no me gusto. Me masturbo y estallo. Pero preferiría que me lo hicieras tú.
Gente feliz, gente quizás que disimula serlo. ¿Consuelo o verdad?
Cine coreano de náufragos en la luna, novelas largas de gente que anda buscándose sin saber que anda para encontrarse. Existencialismo, vidas, drama. Esta vez de otros.
Olas esponjosas y refrescantes. Mosquitos zumbado, acrobateando, libres. Grillos subiendo de volumen al caer la tarde. Al morir la tarde.
Estiro las piernas, lloro y no me gusto. Me masturbo y estallo. Pero preferiría que me lo hicieras tú.
viernes, 30 de diciembre de 2011
Un texto enrollado en un tallo
Marché uno de estos días a la playa con frío... a mi playa con frío. Iba sola, y miraba abajo, hacia donde suelen mirar las personas que buscan cosas, o buscan algo, o se tratan de buscar a ellas mismas. Entre los miniplataneros había un diente de león, y a riesgo de considerarme planticida, o floricida, o como sea que se diga esa cida, lo arranqué. Resultó tener una raíz inmensamente larga, y con un mínimo movimiento de mi pulgar y mi índice cedió, desplegando un lienzo con dibujos y textos. Abrí la puerta de la casita, la puerta llena de arena pegada y suciedad de todos los meses transcurridos desde el último verano. La chimenea, que nunca funcionó bien -la maldición de mis chimeneas :)- me regaló un fuego constante y limpio de repente. Empecé a leer sobre el fondo verde del tronquito de mi nuevo y muertecito diente de león:
"Es cierto que el paisaje empezó a ser distinto, y de repente empezaron a vivir a mi alrededor los colores y sensaciones que el cine me había proporcionado los años anteriores. Olvidé quién había sido hasta la treintena, y ya solo eran flashes de memorias difusas, anécdotas magnificadas por la percepción errónea quizás de mis recuerdos y poco más. Me levanté, llené el coche de lo necesario para no morir al menos de hambre y sed y marché en el que había estado acompañada hacía bien poco. Esa vez fue el color, la luz y el verano mismo. Nunca hasta entonces había visto una estación condensada en una visión como aquella tarde, y ese sol del atardecer, y el calor, y por primera vez en tiempo puede compartir esa sensación. Ahora estaba sola, con mi alma, mi pensar y mi sentir como en conserva, cerrados al vacío. Si bien nadie es perfecto, no es de recibo que se te recuerde continuamente lo imperfecta que eres. La hierba estaba húmeda en aquel punto, seguro que algo de lluvia había caído. Encuentro preciosas las montañas, disfruto admirándolas. Necesitaba llorar. Más, porque esta vez solamente lo había hecho durante un día entero; no era posible que no me quedara más dolor dentro. O sí, si había ido saliendo a goteo los meses anteriores. Paré el coche, estaba sola, completamente sola, y al bajar y no poder comentar con nadie lo que sentía me vine abajo, llorando amargamente, enrollada en el suelo, sintiéndome morir..."
Lamento profundamente el daño que me he hecho a mí misma, y el daño que he hecho a la gente que me quiere mostrándoles tristeza casi a días alternos. Pero me alegro de haberles mostrado alegría también un día de cada dos. Me alegro de contar con Arcade Fire, Yo la tengo, Wilco, Band of Horses, Van Morrison y Neil Young... porque me han hecho sentir muy bien. Y de mi recientísimo encuentro con Melville y Bartleby, por supuesto un personaje mil veces más sombrío de lo que lo he sido yo estos meses. De lo que lo he sido...
Feliz Año Nuevo
lunes, 28 de noviembre de 2011
Como otro laberinto de espejos
Hablé una vez de dos álguienes fascinantes: fue en otro tiempo, con otras preocupaciones que ahora me suenan a leves. Fue aquí.
Existe en mi vida un especial simbolismo con el espejo. La primera Navidad sola en muchos años desempaqué cajas, cajas y más cajas como muñecas rusas... para ver que alguien me regalaba a mí misma enmarcada en un cuadrín de plata y concha de 5x5cm, con una nota que decía algo así como que lo que se me regalaba era mi presencia. Contradictorio, ¿no? pero lógico. No es que fuese transparente para los demás, es que lo era para mí misma; incapaz de verme, existiendo solamente a través de los comentarios y la simpatía de la gente que había ido conociendo. Triste, seguro. Puede que si quisiese escarbar en eso fuese solo el resultado de ir creciendo "ya mayor", como dijo mi madre, de "ir sola" por el mundo, de "no necesitar" que nadie me dijera nada ni me pusiese pautas, porque yo, ya de pequeñaja las seguía con mi sentido común adulto atrapado en un cuerpo de siete años.
Conservo todavía ese espejo, y nunca me reflejo en él, desobedeciendo las instrucciones que me dio el regalante. "Conócete a ti misma". Me vi aquel día a trozos pequeños: ahora un cuarto de frente, ahora un trozo de labio, luego un ojo... y advertí que nunca me había mirado.
Esa persona que amé y me amó, a quien ayudé y a su vez me ayudó, que quiero y me quiere, tenía especial fijación por la metáfora del océano transformado en gran espejo. Le gustaba jugar y atravesarlo. Libre. Nuestra separación fue traumática y limpia como una mutilación, como debería siempre ser; sin mortificar despellejando. Ese modo de irnos el uno del otro, de separarnos física y emocionalmente, fue lo que no dio pie nunca al aborrecimiento, por ninguna de las dos partes. Y el respeto y admiración -lo más importante entre personas- sigue intacto, puro. Sin un solo reproche porque no hubo ni una sola mentira.
Algunos ratos disfruto desempolvando a Borges; me pregunto por qué y cómo alguien ciego es capaz de hablar una y otra vez de imágenes, de espejos. Asimilar nuestros proyectos frustrados, las ilusiones echadas a perder -"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos"-. En esos momentos soy como el laberinto extremo, el límite de la desesperación. "La víctima siempre en el centro del horizonte y un número infinito de alternativas".
El laberinto atrayente, atrapante, pegajoso y adictivo que conduce siempre al mismo sitio. Ciclos... que al final concluyen en demasiada incertidumbre, desesperanza y angustia vital, porque esa no-salida carece de final feliz, y el paso del tiempo solamente la va afeando. "Estoy solo y no hay nadie en el espejo". ¿Puede haber más tristeza?
Pero buenas noticias :): el paso de estos años me ha hecho inclinarme más hacia Cortázar. Pese a lo vivido y lo oído. No murió del todo el ese romántico. Entonces subo hacia arriba desde el fondo del océano; respiro mal y por segundos pienso que me ahogo, pero termino saliendo del agua. Cojo aire y vuelvo a sentirme feliz. "Ven a dormir conmigo esta noche. No haremos el amor, él nos hará".
El laberinto atrayente, atrapante, pegajoso y adictivo que conduce siempre al mismo sitio. Ciclos... que al final concluyen en demasiada incertidumbre, desesperanza y angustia vital, porque esa no-salida carece de final feliz, y el paso del tiempo solamente la va afeando. "Estoy solo y no hay nadie en el espejo". ¿Puede haber más tristeza?
Pero buenas noticias :): el paso de estos años me ha hecho inclinarme más hacia Cortázar. Pese a lo vivido y lo oído. No murió del todo el ese romántico. Entonces subo hacia arriba desde el fondo del océano; respiro mal y por segundos pienso que me ahogo, pero termino saliendo del agua. Cojo aire y vuelvo a sentirme feliz. "Ven a dormir conmigo esta noche. No haremos el amor, él nos hará".
martes, 15 de noviembre de 2011
Universo en mi bañera
Llené la bañera y eché gel. Se formó mucha espuma, gordota, hinchada, blanca y llena de puntos brillantes como estrellitas que iban desapareciendo flop flop flop. Era como el silestone blanco, como los minerales que cogíamos de las cuevas y pasábamos rato observando maravillados, llenos de brillos que iban y venían. Fascinantes.
Creé un universo alternativo, ficticio y perfumado. Blanco y perfecto. Suave y fabricante de bienestar y risas. Un spa en mi cabeza. Yendo y viniendo, yendo y viniendo. Solo yendo.
Yo también "me entristezco cuando hablo de estos recuerdos (...); si trato de describir todo esto es para no olvidar. Es triste olvidar a la gente". Tener que olvidar así a la gente. Y ser olvidado. Como el que pierde sus recuerdos y paraísos. Morir demasiado pronto para alguien. Devastador, sin duda.
Empecé de nuevo ese libro tan bonito, que muchísimas personas todavía no han leído. Deberían, deberíais:
"Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...""Y cuando te hayas consolado (uno siempre termina por consolarse), te alegrarás de haberme conocido"
miércoles, 24 de noviembre de 2010
La oportunidad de un fantasma
Me gustan las historias de fantasmas.
Leí hace unos años una reseña de un libro que hacía referencia a algo que había sucedido muy cerca de mi casa. Llevaba tiempo sin sentirme tan aventurera como cuando subí yo sola las escaleras ruinosas que me llevaron a un mundo que lo fue en otro tiempo y del que apenas quedan más leyendas y relatos escuchados a pescadores que realidad.
Recuerdo la ilusión que sentí cuando la chica de la librería me confirmó que tenía ejemplares y guardaba uno a mi nombre. Esas cosquillas, ese gato en la panza -como describió un día Alicia ;)- ante los descubrimientos y el momento en que por fin nos encontramos. Conduje un domingo temprano para verlo, para tenerlo, para conocernos...
Bastante más grueso de lo esperado, hecho que todavía me alegró más; escrito para poder ser devorado en pocos ratos. Cuando terminé esa historia fascinante, pensé en los pocos kilómetros que me separaban del lugar de los hechos. Si se da así en la vida, en la realidad, uno es sin duda un lector, una persona afortunada. Yo lo fui, claro.
La tarde no era gris, y el día estaba más parado que de costumbre – la meteorología no tiene por qué acompañar a la idea que uno se ha fundado-. Paseé el trecho que discurre entre la ciudad y esa zona a través de la Marineta Cassiana. El mar a mi izquierda, azul, tranquilo... A mi derecha y ante mis ojos la casona. Tal y como uno la imagina cuando es pequeña y le cuentan esa historia. Bueno, yo ya tenía treinta y pico, pero la habría imaginado igual, para qué engañaros, si total el pensar es lo único que no envejece de nosotros. Miré hacia arriba y en cualquier momento temí ver a alguien tras las ventanas, aunque el sol pegaba de forma tal que me deslumbraba. Al lado, totalmente en ruinas, yacía el cementeri dels anglesos. Yacían sus fantasmas, sus historias.
Fantasmas... ¿todavía alguien piensa que no existen? Yo puedo verlos continuamente, aunque me deshice ya de los míos. Fantasmas que no son más que recuerdos distorsionados, magnificados y embellecidos. Espíritus ausentes haciendo acto de presencia en los lugares menos esperados, envolviéndonos de un celofán frío, espeluznante, impidiéndonos sentir calor, impidiéndonos sentir sin más. Regresando transformados en mil formas, en quinientas palabras, en cien sonidos, en un puñado de canciones y varias fotos. Muertos con los que no se cerró el círculo. Seres que se fueron demasiado rápido, que no dejaron paso al aburrimiento y la rutina y quedaron anclados a esa edad, a ese aspecto, sin defectos apenas. Como de otro planeta. Como nadie es cuando sigue estando y sigue viviendo.
Y habrá quien no crea en los fantasmas...
Esos de los que apenas conservamos sensaciones extremadamente tamizadas a las que llamamos recuerdos.
Toqué esa verja, ese hierro, ese pasado. Fui capaz de tocarlo. Se trata solamente de imaginar, de visualizar, de captar olores, brisas. De notar la sal en la cara.
Amantes de cementerios y sitios raros: si venís os llevo :)
Aquí el libro
Fantasmas... ¿todavía alguien piensa que no existen? Yo puedo verlos continuamente, aunque me deshice ya de los míos. Fantasmas que no son más que recuerdos distorsionados, magnificados y embellecidos. Espíritus ausentes haciendo acto de presencia en los lugares menos esperados, envolviéndonos de un celofán frío, espeluznante, impidiéndonos sentir calor, impidiéndonos sentir sin más. Regresando transformados en mil formas, en quinientas palabras, en cien sonidos, en un puñado de canciones y varias fotos. Muertos con los que no se cerró el círculo. Seres que se fueron demasiado rápido, que no dejaron paso al aburrimiento y la rutina y quedaron anclados a esa edad, a ese aspecto, sin defectos apenas. Como de otro planeta. Como nadie es cuando sigue estando y sigue viviendo.
Y habrá quien no crea en los fantasmas...
Esos de los que apenas conservamos sensaciones extremadamente tamizadas a las que llamamos recuerdos.
Toqué esa verja, ese hierro, ese pasado. Fui capaz de tocarlo. Se trata solamente de imaginar, de visualizar, de captar olores, brisas. De notar la sal en la cara.
Amantes de cementerios y sitios raros: si venís os llevo :)
Aquí el libro
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sábado, 18 de septiembre de 2010
Espirales
No sé cómo hace el resto de la gente, pero yo tengo en mi carpeta de recibidos (todavía no prioritarios porque no estoy -aún- lo suficientemente loca para responderme a mí misma ) varios mails de mí para mí , que soy un anónimo usuario, con trocitos de texto, frases sueltas... recordatorios al fin y al cabo.
Cuando Schopenhauer pensaba -y de qué manera-, no existían estos aparatos que a veces se nos van de las manos, aunque el proceso que seguiría para recopilar su Eudemonología (también aquí) sería el mismo que sigue mucha gente en txt... o yo misma con mails estilo boomerang (¿se ha entendido algo? :S)
El tratado, que pasó inadvertido en su tiempo por no ser un todo en sí, sino formar parte de anotaciones en carpetas y papeles varios, se resume en una máxima, que deja entrever el conocido pesimismo que caracteriza al filósofo:
"La definición de una existencia feliz sería: una que, vista de manera puramente objetiva sería decididamente preferible a la no existencia.
La felicidad relativa consistiría en la ausencia del dolor"
Según esto, y explicado en la primera de las cincuenta reglas:
"Lo mejor que se puede encontrar en el mundo es un presente indoloro, tranquilo y soportable: si lo alcanzamos, sabemos apreciarlo y nos guardamos mucho de estropearlo con un anhelo incesante de alegrías imaginarias o con angustiadas preocupaciones cara a un futuro siempre incierto que, por mucho que luchemos, no deja de estar en manos del destino"
No deja de ser un tanto deprimente que, con tal de mantener estados digamos "cómodos", uno deje de avanzar y se estanque en relaciones, trabajos o rutinas que, lejos de satisfacerle, le van quizás amargando, recogiendo, aislando de una plenitud potencial (todos somos recuperables y aprovechables ;)). Espirales de fuera hacia dentro, laberintos de difícil resolución, asfixia (vaya, cada vez que escribo tres cosas seguidas me parezco más a Iker...).
Contrastando con tanto malrollismo, un pequeño brote verde (este sí es real): la que más me llamó la atención y mencioné hace poco, la regla número 5, totalmente esperanzadora:
"La naturaleza determina definitivamente la medida del dolor que es característica para él, una medida que no se podría dejar vacía ni tampoco colmar demasiado, por mucho que cambie la forma del sufrimiento.(...) Grandes sufrimientos hacen totalmente imperceptibles a los pequeños y, a la inversa, en ausencia de grandes sufrimientos incluso las más pequeñas molestias nos atormentan y ponen de mal humor (...) además, la experiencia nos enseña que una gran desgracia, que nos hace estremecernos solo de pensarla, cuando realmente ocurre, tan pronto como hemos superado el primer dolor, en conjunto no altera mucho nuestro estado de ánimo"
Estás ante el espejo como si tuvieras trece años ante un imprevisto grano, concentrando toooda tu atención en ese miserable; llaman por teléfono y ha surgido un cambio en el horario de trabajo; el grano desaparece de tu pensamiento y empiezas a pensar en voz alta como Mortadelo (;&%@#?·**;) abres el correo y alguien te ha dejado un regalito: desaparecen los problemas, el del grano y el del curro; llamas por teléfono, no son buenas noticias y desaparece entonces el breve momento-inmediatamente anterior cuando la vida te sonreía; lloras un poquet, bueno, quizás bastante; pero te pasa; un día abres una ventana y entra frescura; te acuestas como flotando en una nube de color rosa-espumadechuche; pasan las horas: el grano sigue estando, pero su importancia es de un tamaño menor al de una polvimota. Y entras en una espiral; piensas en frío que dentro de un rato con toda probabilidad ni importe el grano, ni esas horas inciertas, ni la llamada que tanto te amargó, ni mucho menos los problemillas laborales. Respiras hondo varias veces, escuchas a Yann Tiersen y.. ¿llega la paz? sí, pero no porque venga de fuera, sino porque eres consciente de que está ya dentro y solo dependía de tu cabeza el alcanzarla.
Aquí no dejo de recordar a la siempre optimista Roci y la nota con la que acompaña a su nombre en el msn: "este hoy es aquel mañana que ayer te pareció tan inquietante"
Todos hemos nacido en Arcadia... (Verzicht, Friedrich Schiller)
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viernes, 9 de julio de 2010
Una maravilla
Ya ni recordaba el tiempo que hacía que no me había enganchado a algo. Bueno, lo del solitario spider es algo provisional... :P-.
Fue de las primeras descargas que hice cuando me puse el ADSL en casa. Sus contemporáneas fueron las "Historias para no dormir", del gran Chicho, pero eso ya irá en otra entrada cuando le llegue el turno. No hay prisa.
La tele de esa época, pues bueno, ya se sabe. Una había y buena que era. En este caso, mejor quizás que en otros, la calidad vale toda la cantidad que se nos pueda poner a nuestro alcance.
Yo ese año -1982- estaba con la primera comunión, el Mundial del Naranjito y las ganas locas de que pasara el mes de mayo y mi madre me diera tijeretazo a la melena criada para un solo día, cómo somos las personas. Sacamos la tele al patio –antiguo corral que empisamos cuando desaparecieron las últimas gallinas-, y allí estaba yo, con una toalla sobre los hombros, viendo caer a ramalazos mechones largos y abundantes de pelo castaño rojizo. Ya entonces le cogí manía al pelo largo y es una de esas manías que aún me duran, fíjate.
De esa serie, que me entero ahora que fue la más demandada por los espectadores para que la revisaran, digitalizaran y no sé qué más “aran”, recordaba cosas difusas: el tono grisáceo, que la daban tarde y lo atrayente que me parecía Cayetano ese tiempo (glup). Lo que hace, hay que ver, el ver –valga la redundancia- las cosas desde una perspectiva distinta, de los ocho a los treinta y seis años, y sobre todo, entendiendo esa historia. Y eso que a veces, sea a los ocho, sea a los dieciséis, uno se ve con total capacidad crítica, y no exagero (aunque hablo por mí, que soy una exagerada).
Estos días me vi, como otros años, con tiempo libre, con muchas horas de luz, y con alguna que otra preocupación en la cabeza que tenía que disipar del modo que fuera. Este viaje los libros no me han servido para dejar de pensar en lo que no quería ni quiero pensar, y la gran adquisición que hice accidentalmente de un netbook me ha servido más tal vez de lo que pude imaginar.
La serie es, si no se ha adivinado ya, “Los gozos y las sombras”. Y qué serie, madre mía, qué cosa más bien hecha. Galicia lloviendo, Galicia siendo, con sus sonidos, con su ambiente, sus olores –se nota mi debilidad, creo-. Galicia detrás o encima de una gran historia en la que pasa de todo. Momento histórico, gran momento histórico de un gobierno que agonizaba o, mejor dicho, que estaba condenado a muerte, y no una muerte fortuita, sino cruenta y, según quien lo diga, según quien lo lea, injusta totalmente.
Piensa uno que el gris de los años previos al '36 era triste, como se ve en la serie (¿ya la he recomendado?), pero los siguientes años, los siguientes grises, esos sí fueron oscuros, siniestros, funestos. Como en todo, habrá quien piense que quitar Ilustración para meter lo que se metió estuvo bien. Allá ellos. Pero no vine aquí a hablar de política.
El elenco de actores, ¿acaso son buenos ahora que ya sabemos su trayectoria de los últimos treinta años? Yo diría que no, que ya eran inmejorables entonces, así como los decoradores, los guionistas, o quienes adaptaron ese guión, los encargados del vestuario. Todos.
A quien guste del costumbrismo del que tanto gusto yo, solo ver la preparación de los alimentos desde que se compran en el mercado hasta que se llevan al plato, con los instrumentos que se usaban entonces para cocinar… solo eso ya les llegará para decir: “qué bien mostrado”. A los que conozcan la novela –no ha sido mi caso-, poner cara a personajes tan bien armados como Carlos, Cayetano, Mariana, Juanito, Clara, Rosario…les llegará igual. Y a los románticos, deciros que esta historia supera con creces para mi gusto cualquier historia que haya conocido hasta ahora –haré la excepción de Fermina y Florentino, claro-.
Como diría aquella, con esa gracia que tenía: no perdérsela.
PD: el único pero, si es que tiene alguno, es esa sensación de vacío que siento ahora cuando pienso: “ y qué veo yo ahora después de esto?”
Fue de las primeras descargas que hice cuando me puse el ADSL en casa. Sus contemporáneas fueron las "Historias para no dormir", del gran Chicho, pero eso ya irá en otra entrada cuando le llegue el turno. No hay prisa.
La tele de esa época, pues bueno, ya se sabe. Una había y buena que era. En este caso, mejor quizás que en otros, la calidad vale toda la cantidad que se nos pueda poner a nuestro alcance.
Yo ese año -1982- estaba con la primera comunión, el Mundial del Naranjito y las ganas locas de que pasara el mes de mayo y mi madre me diera tijeretazo a la melena criada para un solo día, cómo somos las personas. Sacamos la tele al patio –antiguo corral que empisamos cuando desaparecieron las últimas gallinas-, y allí estaba yo, con una toalla sobre los hombros, viendo caer a ramalazos mechones largos y abundantes de pelo castaño rojizo. Ya entonces le cogí manía al pelo largo y es una de esas manías que aún me duran, fíjate.
De esa serie, que me entero ahora que fue la más demandada por los espectadores para que la revisaran, digitalizaran y no sé qué más “aran”, recordaba cosas difusas: el tono grisáceo, que la daban tarde y lo atrayente que me parecía Cayetano ese tiempo (glup). Lo que hace, hay que ver, el ver –valga la redundancia- las cosas desde una perspectiva distinta, de los ocho a los treinta y seis años, y sobre todo, entendiendo esa historia. Y eso que a veces, sea a los ocho, sea a los dieciséis, uno se ve con total capacidad crítica, y no exagero (aunque hablo por mí, que soy una exagerada).
Estos días me vi, como otros años, con tiempo libre, con muchas horas de luz, y con alguna que otra preocupación en la cabeza que tenía que disipar del modo que fuera. Este viaje los libros no me han servido para dejar de pensar en lo que no quería ni quiero pensar, y la gran adquisición que hice accidentalmente de un netbook me ha servido más tal vez de lo que pude imaginar.
La serie es, si no se ha adivinado ya, “Los gozos y las sombras”. Y qué serie, madre mía, qué cosa más bien hecha. Galicia lloviendo, Galicia siendo, con sus sonidos, con su ambiente, sus olores –se nota mi debilidad, creo-. Galicia detrás o encima de una gran historia en la que pasa de todo. Momento histórico, gran momento histórico de un gobierno que agonizaba o, mejor dicho, que estaba condenado a muerte, y no una muerte fortuita, sino cruenta y, según quien lo diga, según quien lo lea, injusta totalmente.
Piensa uno que el gris de los años previos al '36 era triste, como se ve en la serie (¿ya la he recomendado?), pero los siguientes años, los siguientes grises, esos sí fueron oscuros, siniestros, funestos. Como en todo, habrá quien piense que quitar Ilustración para meter lo que se metió estuvo bien. Allá ellos. Pero no vine aquí a hablar de política.
El elenco de actores, ¿acaso son buenos ahora que ya sabemos su trayectoria de los últimos treinta años? Yo diría que no, que ya eran inmejorables entonces, así como los decoradores, los guionistas, o quienes adaptaron ese guión, los encargados del vestuario. Todos.
A quien guste del costumbrismo del que tanto gusto yo, solo ver la preparación de los alimentos desde que se compran en el mercado hasta que se llevan al plato, con los instrumentos que se usaban entonces para cocinar… solo eso ya les llegará para decir: “qué bien mostrado”. A los que conozcan la novela –no ha sido mi caso-, poner cara a personajes tan bien armados como Carlos, Cayetano, Mariana, Juanito, Clara, Rosario…les llegará igual. Y a los románticos, deciros que esta historia supera con creces para mi gusto cualquier historia que haya conocido hasta ahora –haré la excepción de Fermina y Florentino, claro-.
Como diría aquella, con esa gracia que tenía: no perdérsela.
PD: el único pero, si es que tiene alguno, es esa sensación de vacío que siento ahora cuando pienso: “ y qué veo yo ahora después de esto?”
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jueves, 3 de junio de 2010
Todos los océanos de este mundo
Cuando se viene a filmar a sitios poco conocidos en el cine, pequeños o menos pequeños, se arma un revuelo inmenso. El primero que hubo aquí -que yo recuerde- fue "El árbol de las cerezas". El último, "Amanecer de un sueño". Y entre medias, "Son de mar".
Pude ir un domingo al set de filmación porque, casualidades de la vida, mi padre se encargaba del mantenimiento del enorme jardín del chalet que aparece en la película. Por supuesto, esa tarde no había nadie allí. Fuera, en los laberintos de calles que suben al Montgó, los domingos por la tarde no es raro ver curiosos que se acercan a ver cómo viven los ricos. Riqueza como la que se nos enseña en la peli: ostentosa, exagerada, incluso insultante.
No sé por qué tardé tanto en verla, pero ahora que acabo de hacerlo, pienso que ha sucedido en el momento adecuado. No sé si nueve, siete o cinco años antes hubiera podido entender tan bien la fascinación que puede causar una personalidad como la de Ulises -este y aquel-, y en cualquier caso, me encanta que una parte de mí quede tan bien fotografiada para que los que no la conocéis podáis sentir desde vuestras casas el murmullo de la lonja, la brisilla, otras gaviotas, el olor salado y el ambiente de los pueblos con mar que, para muchos de nosotros, son un ideal al que regresar aún no habiendo estado nunca antes: una Ítaca.
La reseña de la novela, escrita por Manuel Vicent, dice así:
Según el manual de la resurrección, el primer requisito que se exige para resucitar es estar vivo, aunque la vida te sumerja cada día en la profundidad de los mares (...); siempre habrá algún amante que te llame desde cualquier orilla y tú tendrás la necesidad de volver a ella.
Y podemos enlazar varios de estos océanos románticos, igual que ellos mismos se unen y enroscan entre sí formando una masa continuada de agua sobre el mundo, como los océanos de tiempo que cruzó Drácula para reencontrarse con Mina, como el mismo mar que se cruzó en La Odisea, bello, atrayente, peligroso:
Entretanto la sólida nave en su curso ligero se enfrentó a las Sirenas: un soplo feliz la impelía mas de pronto cesó aquella brisa, una calma profunda se sintió alrededor: algún dios alisaba las olas. Levantáronse entonces mis hombres, plegaron la vela, la dejaron caer al fondo del barco y, sentándose al remo, blanqueaban de espumas el mar con las palas pulidas.
PD: Quise ver Océanos antes de publicar esto, pese a llevar escrito muchos días. El azar -descargas fallidas- impidió que pudiera hacerlo, pese a hacerme muchísima ilusión por la apasionada recomendación de alguien que me apasiona a su vez. Dicen que cuando el sabio señala la luna, el tonto mira el dedo. Debo ser tonta. Hace relativamente poco, ese alguien me explicó -mientras con su dedo silueteaba la figura de una ballena jorobada-, cómo eran, cómo vivían, por qué eran distintas y por qué le fascinaban tanto. Yo no podía dejar de mirar el dedo :$.
Marchamos en un mar de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas
(Edgar Morin)
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martes, 25 de mayo de 2010
La muerte según Tolstoi
(León Tolstoi descansando en el bosque, 1891, Ylia Yefimovich Repin)
Pese a las recomendaciones de dos de mis mejores amigos, y por una serie de circunstancias -las más importantes, el pasadísimo-por-agua otoño y el crudo invierno-, solamente leí las primeras páginas de "El maestro y Margarita". Esto, unido a las reticencias que tengo a la hora de enfrentarme a tochos como Ana Karenina o Guerra y Paz, han hecho que la literatura rusa y yo no nos conozcamos todavía.
Pero siempre hay un día en que una reseña logra darte el empujoncillo que te hace meterte en jardines desconocidos, y las ganas de retomar un club de lectura en el que hace mucho que no participo, unidas a la brevedad del libro, hicieron que el domingo por la tarde disfrutara, en mi recién "reestrenada" hamaca, de una sobremesa de primavera como toca: siestecilla en el sofá y lectura de libro en el patio. Bueno, lo del patio es una gozada, lo he dicho siempre que he hablado de mi casa, pero es que es algo a lo que tenía tantas ganas que aún no me creo que tenga uno, con sus macetitas -que no cuido hasta allá :$-, su sol, su resol, y la música de los pajarillos -lo más-...
En fin, que al mínimo quec me pierdo en divagaciones...; vine a hablar de un libro, que por la gracia de Internet podéis leer aquí si os apetece: La muerte de Ivan Ilich (León Tolstoi).
Y ya no sé si es casualidad o qué que precisamente esta semana pasada me hablaron de la muerte, y, como sucede a veces, fue uno de esos momentos en los que piensas: mare meua, yo también he pensado bastante en ella estos días; no sé si por ir hace nada a un tanatorio, o por ver tanto cine español -que también :P-.
Aquí se nos muestra de manera angustiosísima lo que en sí es la muerte para un vivo: un absurdo final inevitable, una excusa para reflexionar sobre qué fue la vida y, también por qué fue, y, sobre todo, algo que normalmente sucede a otros. Y es en este aspecto donde el libro se aleja de lo que conocí hasta ahora.
Lo habitual es que se nos cuente la vida y obra de cualquier personaje y se nos narre la muerte como broche final, sin más. Siempre la cuentan los demás, los que la lloran, los que añoran al que se fue, los que creyeron conocerlo. O leerla en cualquier entrada de enciclopedia en forma de fecha que se añade al principio de una biografía, acompañando a la otra fecha en que se nació.
En el caso de Ivan Ilich, se nos narra el desespero de alguien que sabe en todo momento que se está muriendo, y se le hace completamente insoportable el detalle de que para los demás, para los que lo rodean, es otro el que muere. Ser tan consciente de ello le hace rebelarse emocionalmente. Y sufrir demasiado.
Busco una imagen para esta entrada y encuentro, aparte, un texto muy interesante. No tiene desperdicio por tener que ver, otra vez, con la muerte:
No sé si todo el mundo piensa tanto en ella, si la ve como algo tan presente. Tampoco sé si a todos asusta, o si es más el desasosiego por dejar "desamparados" -aunque el cementerio esté lleno de gente que era imprescindible- a nuestros hijos, a nuestras parejas, familia... o el miedo por no ser ya nunca más, por nosotros mismos y nuestra desaparición tajante. Hay quien teme al dolor físico, otros temen que no se les recuerde.
Casi todos los escritores han escrito sobre ella; de pocos temas se ha escrito más sin conocerlo de primera mano, y pondría la mano en el fuego a que ninguno de nosotros vive ajeno a ella (nótese la ironía).
En fin, que al mínimo quec me pierdo en divagaciones...; vine a hablar de un libro, que por la gracia de Internet podéis leer aquí si os apetece: La muerte de Ivan Ilich (León Tolstoi).
Y ya no sé si es casualidad o qué que precisamente esta semana pasada me hablaron de la muerte, y, como sucede a veces, fue uno de esos momentos en los que piensas: mare meua, yo también he pensado bastante en ella estos días; no sé si por ir hace nada a un tanatorio, o por ver tanto cine español -que también :P-.
Aquí se nos muestra de manera angustiosísima lo que en sí es la muerte para un vivo: un absurdo final inevitable, una excusa para reflexionar sobre qué fue la vida y, también por qué fue, y, sobre todo, algo que normalmente sucede a otros. Y es en este aspecto donde el libro se aleja de lo que conocí hasta ahora.
Lo habitual es que se nos cuente la vida y obra de cualquier personaje y se nos narre la muerte como broche final, sin más. Siempre la cuentan los demás, los que la lloran, los que añoran al que se fue, los que creyeron conocerlo. O leerla en cualquier entrada de enciclopedia en forma de fecha que se añade al principio de una biografía, acompañando a la otra fecha en que se nació.
En el caso de Ivan Ilich, se nos narra el desespero de alguien que sabe en todo momento que se está muriendo, y se le hace completamente insoportable el detalle de que para los demás, para los que lo rodean, es otro el que muere. Ser tan consciente de ello le hace rebelarse emocionalmente. Y sufrir demasiado.
Busco una imagen para esta entrada y encuentro, aparte, un texto muy interesante. No tiene desperdicio por tener que ver, otra vez, con la muerte:
El amanecer del 28 de octubre de 1910, en pleno invierno ruso, León Tolstoi decidió alejarse definitivamente de su hogar, sin que nadie lo viera… antes le escribió una carta a su esposa Sofía:
“No puedo seguir viviendo en el lujo, y hago lo que los viejos de mi edad hacen generalmente, abandonar el mundo para vivir sus últimos momentos en la soledad y el silencio. Te agradezco los 48 años de vida honesta que has pasado conmigo, y te ruego me perdones todo el mal que te he hecho, como yo te perdono el que me has hecho tú”.
Con la intención de establecerse en el soleado Cáucaso y reencontrarse con los compañeros libres de su juventud, tomó el tren con dirección a las estepas… pero en el camino se enfermó de neumonía en el tren que lo llevaba, por lo que tuvo que quedarse en la pequeña estación de Astapovo. La fiebre lo consumía, su corazón latía irregularmente, ya no soportaba los fuertes dolores de cabeza y la ardiente sed que lo debilitaba… en esa agonía estuvo una semana.
Y así es como murió León Tolstoi, un 7 de noviembre de 1910, a los 82 años. Sus restos están enterrados en Iasnaia Poliana, en un claro, en aquel lugar donde su hermano Nicolás escondió durante su juventud el pequeño palo verde, talismán del amor, la armonía y la felicidad eternas.
No sé si todo el mundo piensa tanto en ella, si la ve como algo tan presente. Tampoco sé si a todos asusta, o si es más el desasosiego por dejar "desamparados" -aunque el cementerio esté lleno de gente que era imprescindible- a nuestros hijos, a nuestras parejas, familia... o el miedo por no ser ya nunca más, por nosotros mismos y nuestra desaparición tajante. Hay quien teme al dolor físico, otros temen que no se les recuerde.
Casi todos los escritores han escrito sobre ella; de pocos temas se ha escrito más sin conocerlo de primera mano, y pondría la mano en el fuego a que ninguno de nosotros vive ajeno a ella (nótese la ironía).
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lunes, 29 de marzo de 2010
Contadores de historias
Quinientos gramos de palomitas de maíz. Ocho cabecitas de perfil mirando hacia el mismo punto. Reflejos blancos, reflejos de colores, dragones, rocas... No pude dejar de asociar el rato que pasamos en el cine disfrutando de "Cómo entrenar a tu dragón", con la capacidad que tienen algunas personas para entretener y distraer desde siempre a los espectadores más difíciles y exigentes que existen: los niños. Y, claro, pensé en ese oficio que espero que nunca se pierda: el de cuentacuentos.
Hace tres años fui mare-contacontes en el cole de mi hijo... y fracasé en el intento. Mira que disfruto contando anécdotas, explicando situaciones, no se me dan mal los chistes (dicen...), y me encanta el mundo de la literatura infantil y juvenil -menuda colección me estoy haciendo gracias a El País de las Joyas Literarias Juveniles-. Pues bien, quise escapar de los cuentos más utilizados y conocidos en los primeros cursos de infantil, y sin calentarme demasiado la cabeza, pensé que una buena historia que de seguro engancharía a veinticuatro locos bajitos sería la del Flautista de Hamelín. Qué ilusa fui. Puede que tenga cuerda y rollo para rato, pero no conseguí que mantuvieran su atención en mí más de diez minutos, y qué cosas que precisamente no supe tocar la flauta en sentido figurado y no solo no conseguí que me siguieran, sino que se dispersaron por todos lados. Bueno, si de mi buen hacer hubiera dependido el transcurrir de esa historia, los niños nunca hubieran estado en peligro, hay que ver lo positivo.
Puede pensarse que, teniendo unos buenos ingredientes -seres fantásticos, personajes carismáticos, una buena historia... - y agitándolos, cualquiera puede servir para eso, y no, mare meua, ¡eso es un error! (valga yo misma como ejemplo):
Puede pensarse que, teniendo unos buenos ingredientes -seres fantásticos, personajes carismáticos, una buena historia... - y agitándolos, cualquiera puede servir para eso, y no, mare meua, ¡eso es un error! (valga yo misma como ejemplo):
"Las historias son utilizadas para compartir un mensaje, dar una explicación mágica, divertir, criticar, aportar posibles soluciones a conflictos..."
"El cuentero recaba su material de fuentes de tradición oral o de la literatura, pero lo resignifica y recodifica a la oralidad, deviniendo el contenido en su mensaje personal y único, con el cual, como un fuego que sigue devorando y expandiéndose, va atrapando a su oyente y lo va abrazando y abrazando con imágenes, percepciones y sensaciones que previamente modificaron e hicieron vibrar su propio ser. El cuentero narra para alejar, engañar y posponer eternamente la muerte"
"El narrador no es para nada prisionero de un personaje, es prisionero de la historia que narra. Dispone de técnicas de narración y experimenta el placer de coexistir con esos seres imaginarios"
Sirva esta entrada como homenaje a todos los que tienen ese don.
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sábado, 13 de marzo de 2010
Buen viaje
Qué cosas. Hace una semana justa me vino Machado a la cabeza, sevillano de nacimiento y castellano -entre otros muchos gentilicios- de corazón. Ahora se nos ha marchado el castellano que más habló y amó a su tierra; y no desde la distancia -como hacen muchos a veces eligiéndolo-, sino siguiendo allí. En una entrevista dijo que una vez viudo de su Ángeles -"la mejor mitad de mí mismo"-, solamente le hubiera faltado ser viudo también de su Castilla y de su campo...
Desde todos lados hay un bombardeo de información sobre su persona estos días. Se nombran todas las facetas que tuvo como hombre y humanista. Me permito elegir la que más me llega, la de amante del sitio donde nació y de sus paisajes. Sin ellos nunca hubiera podido contar las cosas como lo hizo:
Si el cielo de Castilla es alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo
D.E.P Miguel Delibes
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viernes, 29 de enero de 2010
Tres minutos
Las grandes mentes son geniales, y son grandes precisamente por ser geniales, nunca al contrario. Buscando un artículo que leí en El País este verano sobre la psicología del llanto -bueno, algo así :$-, me he encontrado este texto de un grande, Julio Cortázar, que inevitablemente me ha hecho sonreír. Me apetece compartirlo con vosotros:
Instrucciones para llorar
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
(Historias de Cronopios y Famas)
¿Lo mejor para mí? lo de los tres minutos. Leí en un libro sobre asertividad que deberíamos dedicar solamente media hora al día a preocuparnos, instaurar esos treinta minutos en nuestra rutina, y de algún modo programar el cerebro para dejar de estarlo las 23 horas y media restantes. No es mal plan ¿verdad? Pues eso, preocupémonos media hora... y lloremos solo tres minutos.
PD: estoooo, al menos, intentémoslo ;)
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viernes, 11 de diciembre de 2009
Boz
Érase un niño que, de pequeño, paseando por los alrededores de una gran casa, soñaba con tenerla algún día. Cuando somos niños no hay nada que parezca demasiado lejano ni inalcanzable, nuestra vida marcha de cero a cien, y todo es una subida. Parece entonces que lo mejor está por llegar, sin saber que lo mejor es ese mientras.
Érase un niño con memoria fotográfica, que trató de empaparse de todo lo que le sucedió en sus primeros años, y -aunque puede que sea egoísta por nuestra parte pensar así- tuvo la inmensa suerte de pasar por varias etapas oscuras, de esas que amargan, pero a su vez fortalecen. A él, aparte de fortalecerle, le hicieron crear un mundo en su cabeza del que escribió y escribió y escribió...
"Yo no tenía ningún consejo, ningún apoyo, ningún estimulante, ninguna consolación, ninguna asistencia de ningún tipo, de nadie que me pudiera acordar. ¡Cuánto desearía ir al cielo!"
Érase pues, que ese niño no se escolarizó hasta los nueve años. Mientras, su entorno le iba educando, pero con lo que veía en su día a día, y no con lo que se escribía en una pizarra. Mucha gente confunde educación con escolarización, y qué diferencia abismal hay, es enorme. Hasta hay animales corteses que nunca fueron educados -ni por supuesto escolarizados- , y gente educada completamente asalvajada. Y tampoco los salvajes dejan de estar educados. Sería como un gran círculo con dos grandes distinciones: se es persona o no se es, simplemente.
Érase que ese niño creció...
... y formó una gran familia con diez hijos, y compró esa casa con la que soñaba, y alcanzó notoriedad. Gustó a unos y disgustó a otros, como tiene que ser. Nadie hace todo bien siempre. A nadie le puede gustar todo lo que escribe una persona todo el tiempo -a no ser que se tenga un editor particular que diga sobre qué se tiene que escribir... o a no ser que se escriba lo que se sabe que va a gustar a alguien en concreto y lo convierta en el mayor lector y por ende en el mayor admirador.
Érase que, ya estabilizado sentimentalmente, vio cómo su vida amorosa hacía aguas -hastío, aburrimiento, desamor al fin y al cabo- y volvió a buscar a su primer amor, cual pirata Roberts. Pero ay, que los primeros amores quedan en el recuerdo con el pensar que se tiene en esos años. Y los pensares cambian, y las caras cambian, y lo que entonces hace a la gente estremecerse puede resbalar unos años después... y ella ya no era la que él recordaba, y por supuesto ya no sintió al verla lo que había sentido en su época...
El niño, el hombre, el escritor, fue incinerado y reposa en la esquina de los poetas de la Abadía de Westminster. Su epitafio dice:
Érase que, ya estabilizado sentimentalmente, vio cómo su vida amorosa hacía aguas -hastío, aburrimiento, desamor al fin y al cabo- y volvió a buscar a su primer amor, cual pirata Roberts. Pero ay, que los primeros amores quedan en el recuerdo con el pensar que se tiene en esos años. Y los pensares cambian, y las caras cambian, y lo que entonces hace a la gente estremecerse puede resbalar unos años después... y ella ya no era la que él recordaba, y por supuesto ya no sintió al verla lo que había sentido en su época...
"Cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender"
El niño, el hombre, el escritor, fue incinerado y reposa en la esquina de los poetas de la Abadía de Westminster. Su epitafio dice:
"Él fue un simpatizante del pobre, del miserable, y del oprimido; y con su muerte, el mundo ha perdido a uno de los más grandes escritores ingleses"
Sin embargo, yo me quedo con una de las enseñanzas que nos regaló y que nos ha sido recordada luego en otros muchos libros y películas:
"No fracasa en este mundo quien le haga a otro más llevadera su carga"
miércoles, 14 de octubre de 2009
El mundo según Alicia
Si hace unos años fue considerado un fenómeno el libro de Lou Marinoff Más Platón y menos prozac por "(...) en lugar de ofrecer enfoques pseudomédicos orientados a las patologías o proponer superficiales principios propios de la New Age, presentar una sabiduría puesta a prueba por el tiempo y adaptada específicamente para ayudar a vivir con plenitud e integridad (...)", yo -como muchísima gente ha hecho antes - me iría bastantes años atrás para poner en el lugar que se merece a un clásico como es Alicia en el País de las Maravillas, enfocado no sólamente al divertimento, sino al poder clarificador de lo que sus textos encierran, unas veces claramente, otras crípticamente.
Conviene recordar -o dar a conocer si se da el caso de que se desconozca el dato-, que Lewis Carroll fue, antes que escritor, lógico y matemático. Puede no ser relevante esto, puede serlo. En cualquier caso, la óptica que da la exactitud en la manera de estar acostumbrado a ver y observar "los problemas", puede significar un punto de vista a tener en cuenta respecto a una filosofía de vida (;)), y, por lo visto, Carroll hizo uso de la parte más digamos "científica" de su cabeza para contarnos/contarle una historia.
Partes más o menos "oscuras" hay en su biografía, pero de las gentes quedan las obras, y como yo no estuve allí, y "de lo que oigas nada, y de lo que veas la mitad", que suele decirse, me centro en plasmar hasta donde Don Google y algún libro me han dejado, unas cuantas de sus citas célebres:
"Puedes llegar a cualquier parte, siempre que andes lo suficiente."
"¡Qué pobre memoria es aquella que sólo funciona hacia atrás!"
"Si así fue, así pudo ser; si así fuera, así podría ser; pero como no es, no es. Es cuestión de lógica."
"La regla es, mermelada mañana, y mermelada ayer... pero nunca mermelada hoy". "Algún día tiene que ser mermelada hoy día, objetó Alicia".
Finalizaré mi modesto homenaje con un fragmento muy interesante sobre la identidad y la empatía misma:
-¿Puede saberse quién eres tú?- preguntó la Oruga. (...) Alicia contestó, algo intimidada:
- La verdad, señora, es que en estos momentos no estoy muy segura de quién soy. El caso es que sé muy bien quién era esta mañana, cuando me levanté, pero desde entonces he debido sufrir varias transformaciones.
- ¿Qué es lo que tratas de decirme?-dijo la Oruga con toda severidad-. ¡Explícate, por favor!
-¡Ésa es justamente la cuestión! - exclamó Alicia-. No me puedo explicar a mí misma porque yo no soy yo, ¿se da usted cuenta?
- Pues no, no me doy cuenta - dijo la Oruga.
- Siento no poder explicárselo a usted con mayor claridad- dijo Alicia en un tono muy cortés- porque, para empezar, ni yo misma lo entiendo... ¡Comprenderá usted que cambiar tantas veces de tamaño en un solo día no es fácil de entender!
- Sí es fácil, le replicó la Oruga.
- Bueno, lo que ocurre es que usted todavía no ha pasado por ello- dijo Alicia-, pero llegará el día en que se convertirá en crisálida y después en mariposa, y entonces ¡ya veremos lo que siente usted!
-¿Y qué iba a sentir? ¡Pues nada!
- Está bien -concedió Alicia- Es posible que sus sentimientos y los míos sean muy distintos, pero puedo decirle que yo en su lugar me sentiría muy rara.
- ¡Tú! -exclamó con desdén la Oruga- ¿Y quién eres tú, si se puede saber?
PD: mención especial a una noche agostomadrileña en una taberna errante. Se habló de Despertares, se habló de un viaje A través del Espejo; habló Alicia, habló el Espejo. Esos días fueron perfectos porque todo salió bien, de principio a fin. Besos a los cuatro si me leéis...
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viernes, 24 de julio de 2009
Un libro...
... me ha atrapado.Con razón, los hindúes dijeron eso de "Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruído, un corazón que llora".
Si en cualquier época, encontrar uno bueno es de lo mejor que te puede pasar, si tienes esa suerte en una regularcilla, se convierte casi casi en medicina.
Casi siempre viene de forma casual, y sucede como con la gente que vas conociendo y te gusta, y le gustas, que vienen como saliendo a nuestro encuentro... y nosotros al suyo.
Parece que van a aparejados a nuestra cabeza, y así en tiempo próspero, en ese en que nos vemos en sintonía total con lo que sucede en el mundo, y notamos claramente que formamos parte de él, puede darnos por leer aquellos que están en boga, los que todo el mundo lee.
Otros momentos tenemos una sensación rara, como si la demás gente viviera y avanzara, y en cambio nosotros estuviéramos como empozados, tratando de luchar para salir, pero volviéndonos alguna vez abajo de nuevo, sin pretenderlo, pero sucediendo. Entonces, no sé si por asociar buenos recuerdos con títulos y nombres almacenados en carpetas archivadas en nuestra memoria, echamos mano de aquello que nos evoca esas épocas, en las que también sufríamos -es ley de vida eso-, pero con otro tipo de sufrimiento, más por la incerteza, o la ignorancia ante la vida misma, tan atrayente como peligrosamente desconocida, como de color azul marino.
Es un regalo tener buenos profesores en la niñez, y que ya te empiecen a hacer sentir, empezando con el brujo Mangas Anchas, como empezamos muchos, y más tarde, a los quince años, cuando uno ya empieza a apasionarse, que te hagan ellos apasionarte, que logren transmitirte lo que los grandes autores pretendieron con las únicas herramientas del lápiz y el papel -esto es para mí lo más alucinante y maravilloso de todo-.
Y sobre todo, alejarte de prejuicios que relacionan algunos nombres con pestiños, aburrimiento y cansinez, y presentarte primero al autor como ser humano pensante y sintiente ante todo, dejando aparte memorizaciones globales asociados a 98, o 27...
Una vez despojándonos de nuestra piel y circunstancias, hacer una especie de viaje hacia el mundo de cada escritor para sentir -o al menos, intentarlo-, lo que él sentía y por qué lo sentía.
Humanizar esas hojas, personalizar esas tipografías, olvidar clichés, desprendernos de esa capa de barniz simbólico que nos hace ver que un libro es un título, memorizado con un nombre de persona y dos líneas de reseña.
Así, es una gozada - como se goza comiendo, riendo, manchando, siendo lengüeteado- leer. Y hay joyas en las bibliotecas de nuestros padres o hermanos mayores, en ediciones del año de la picor, que nunca han llamado para nada nuestra atención.
Están esperando a que los cojamos y les demos su oportunidad ante nosotros, aunque solo sea para tratar de entender por qué conocemos sus nombres... los suyos y no otros, con tantísimos libros como existen.
Todo esto viene, como comenté al principio, porque el domingo en el Rastro hubiera podido cruzar los ojos con los de alguna otra persona, quizás fijarlos durante esos tres, cuatro segundos cruciales en que ves, sabes, notas, sientes, intuyes, que ese alguien es especial o puede llegar a serlo. Hubiera podido suceder eso, pero no fue precisamente así. Unos gitanos vendían sandías... y ¡libros!. Los regalaban mejor dicho, porque menuda ridiculez de precio, dicho sea de paso.
Y allí, en edición del Club Joven de Bruguera del año 1981, había un libro que conocía, como conocemos casi todos, pero de oídas, de cuentos, de adaptaciones. De un escritor al que conocía por anécdotas jotiles y poco más.
Era Platero y yo, y me he enamorado de él.
Ahora mismo lo estoy saboreando, y en cuanto lo acabe, si me da la vena, escribiré sobre él, sea aquí o sea allá.
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lunes, 6 de julio de 2009
Seda
Las historias se hacen de días importantes, de hechos importantes, de días relevantes, de hechos relevantes.En una vida de 30.000 días sólo un puñado de ellos merecen su recuerdo. En días de 24 horas y semanas de siete días, solo unos minutos valen la pena la gran mayoría de veces.
Cuando leo este tipo de novelas basadas en "toda una vida", mi frustración y ansiedad desaparecen mágicamente. Esperar, esperar, esa es la palabra, esa es la clave. Viviendo, escribiendo a mano despacio, hablando menos, caminando más lentamente de lo que es habitual en uno.
Ver la vida como algo más largo de lo que pensamos, aunque tengamos la sensación de estar tocando fondo, de ese "no tengo remedio", de ese "no tiene remedio".
Lo que sea para uno llegará si es que ha de llegar, sin forzar, sólamente esperando, respirando más profundamente, hablando menos, contando menos cosas tontas, la mayoría de veces intrascendentes e innecesarias.
Con paciencia.
Baldabiou siguió escuchando, en silencio, hasta el final, hasta el tren de Eberfeld.
No pensaba en nada.
Escuchaba.
Le hizo daño oír, al final, cómo Hervé Joncour decía en voz baja:
-Ni siquiera llegué a oír nunca su voz.
Y al cabo de un momento:
-Es un dolor extraño.
En voz baja
-Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.
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sábado, 30 de mayo de 2009
Ir a buscarla
(Robert Louis Stevenson)
De siempre existieron los espíritus libres.
Me gusta indagar en las biografías de los "grandes" escritores -oficio que admiro sobre todas las cosas-, y, entre frases escritas en sus textos que luego forman parte de sidebars de blogs o notas en las contraportadas de carpetas adolescentes, leo entre líneas auténticos actos de reafirmación, de afán de conseguir sus objetivos vitales. Solían ser éstos de tipo humanístico y romántico (pocos aspiraron/aspiran a crear grandes Holdings empresariales), y desafiaron en esas épocas más conservadoras que la actual -ahí radica mucho de su mérito- prejuicios tan tontainas como la diferencia de edad o el estado civil de la gente que los enamoró. Escaparon de corsés y etiquetas sociales que les agobiaban y ahogaban.
Cruzaron océanos (no de tiempo, como el Drácula de Bram Stoker, sino físicos, en viajes que duraban semanas) para ir en búsqueda de su felicidad (aunque ésta no haya que buscarla, porque entonces se hace escurridiza, como la cola de un gatito). Y les importó un pito lo que pensara la otra gente.
Se negaron a dejarse llevar por sus destinos prefijados, y se lanzaron en busca de aventuras que no hubieran ido a buscarlos de no haber salido ellos a su encuentro. Ellos perfeccionaron a su manera su paso por el mundo, moldeándolo a su antojo, como quien moldea plastilina.
Y así, sus vidas no se limitaron a esas oscuras e inspiradoras ciudades europeas o del Este norteamericano, sino que buscaron islas, sus islas, y allí, entre brisas cálidas y rostros sonrientes encontraron más y más inspiración. Los samoanos llamaron Tusitala ("el que cuenta historias") a Robert Louis Stevenson, que ha hecho y sigue haciendo soñar a niños y hombres de todo el mundo con sus aventuras en islas con tesoros y mares del sur... ¿imagináis que alguien os llamara así? ¿puede haber un apodo más maravilloso?
Soñar es gratis, pero creer en que las cosas puedan mejorar y llevarlo a cabo no es un sueño, es real, está ahí. Lo tenemos a nuestro alcance. Sólamente hay que dejar atrás el miedo y la incertidumbre, palabras negativas, paralizantes y malosas.
Y mirad cómo son las cosas. Stevenson fue una gran influencia para Borges... que dijo lo siguiente:
Me gusta indagar en las biografías de los "grandes" escritores -oficio que admiro sobre todas las cosas-, y, entre frases escritas en sus textos que luego forman parte de sidebars de blogs o notas en las contraportadas de carpetas adolescentes, leo entre líneas auténticos actos de reafirmación, de afán de conseguir sus objetivos vitales. Solían ser éstos de tipo humanístico y romántico (pocos aspiraron/aspiran a crear grandes Holdings empresariales), y desafiaron en esas épocas más conservadoras que la actual -ahí radica mucho de su mérito- prejuicios tan tontainas como la diferencia de edad o el estado civil de la gente que los enamoró. Escaparon de corsés y etiquetas sociales que les agobiaban y ahogaban.
Cruzaron océanos (no de tiempo, como el Drácula de Bram Stoker, sino físicos, en viajes que duraban semanas) para ir en búsqueda de su felicidad (aunque ésta no haya que buscarla, porque entonces se hace escurridiza, como la cola de un gatito). Y les importó un pito lo que pensara la otra gente.
Se negaron a dejarse llevar por sus destinos prefijados, y se lanzaron en busca de aventuras que no hubieran ido a buscarlos de no haber salido ellos a su encuentro. Ellos perfeccionaron a su manera su paso por el mundo, moldeándolo a su antojo, como quien moldea plastilina.
Y así, sus vidas no se limitaron a esas oscuras e inspiradoras ciudades europeas o del Este norteamericano, sino que buscaron islas, sus islas, y allí, entre brisas cálidas y rostros sonrientes encontraron más y más inspiración. Los samoanos llamaron Tusitala ("el que cuenta historias") a Robert Louis Stevenson, que ha hecho y sigue haciendo soñar a niños y hombres de todo el mundo con sus aventuras en islas con tesoros y mares del sur... ¿imagináis que alguien os llamara así? ¿puede haber un apodo más maravilloso?
Soñar es gratis, pero creer en que las cosas puedan mejorar y llevarlo a cabo no es un sueño, es real, está ahí. Lo tenemos a nuestro alcance. Sólamente hay que dejar atrás el miedo y la incertidumbre, palabras negativas, paralizantes y malosas.
Y mirad cómo son las cosas. Stevenson fue una gran influencia para Borges... que dijo lo siguiente:
"He cometido el peor pecado que un hombre puede cometer: no he sido feliz"
Procuremos que no venga nunca este pensamiento a nuestra cabeza...
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lunes, 25 de mayo de 2009
Añoranza
(Rolla, Henri Gervex)"Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco"
Con esta introducción, traducción directa de un fragmento de Macbeth, nos lleva Javier Marías a una historia donde los protagonistas son los pensamientos. El escritor -al que he leído ahora por primera vez-, demuestra una habilidad enorme para adentrarse en la psicología humana, empezando por la de los personajes de su novela, y terminando con la del lector, que asiste a una descripción detallada de todo aquello que nos pasa por la cabeza a la mayoría, y casi nadie se atrevería a firmar.
Entre todo lo que en ella se cuenta -y no voy a destripar nada-, una de sus historias me ha llamado la atención más que las demás. Mejor dicho, un matiz de una de sus historias. Habla sobre una relación especial de amistad que mantienen un hombre y una mujer:
"Entonces, cuando éramos estudiantes, esto es, en Madrid y hace ya quince años, nos acostamos dos veces aisladas, o quizá fueron tres o puede que cuatro (no más), seguramente ninguno de los dos nos acordamos bien de esas veces, pero sin embargo sabemos de ellas, y el conocimiento de ese dato, mucho más el conocimiento que el hecho mismo, nos hace tratarnos con delicadeza en nuestro caso y a la vez con gran confianza, quiero decir que nos lo contamos todo y nos decimos palabras de consuelo o distracción o ánimo cuando advertimos que esas palabras nos son necesarias al uno o al otro. También nos echamos de menos (vagamente de menos) cuando no estamos juntos, una de esas personas (en la vida de cada cual hay cuatro o cinco, y de ellas se sufre en verdad la pérdida) a las que uno está acostumbrado a informar de lo que le ocurre, es decir, en las que uno piensa cuando le sucede algo, divertido o dramático, y para las que uno acumula hechos y anécdotas. De buena gana se aceptan reveses porque van a relatarse a esas cinco personas. “Esto tengo que contárselo a Berta”, piensa uno (pienso yo, muchas veces). "
Todos -estoy de acuerdo con Marías- tenemos a esas cuatro o cinco personas; yo diría que son menos, pero na, puede que sea sólamente mi caso. Y sucede así como él bien describe, vives las situaciones, los momentos (diría que sólamente los buenos), con la ilusión de poder compartirlos el día que sea con alguna o algunas personas. Para el resto no te importa tanto, no te molestas en esperar sus llamadas o sus encuentros para decirles: "- ahh, que el otro día me acordé de tí porque vi/leí/me encontré...". Pero para esas personas escogidas, elegidas, procuras guardar cada detalle, cada sensación. Y parece como si esas historias estuvieran en cierto modo incompletas si no llegan a sus oídos u ojos.
Este fragmento me llevó a estar pensado largo rato. A pensar en la nostalgia, pero no la del pasado como algo lejano, sino la que sentimos hacia las personas, aún antes de que se vayan de nuestro lado para siempre. Curiosamente, la lengua castellana carece en sus orígenes de una palabra que describa ese sentimiento. Ha tomado prestado del portugués incluso la expresión echar de menos (achar menos), y del catalán el verbo más conciso: añorar (enyorar), o sea "recordar con pena la ausencia, privación o pérdida de alguien o algo muy querido".
En el caso del narrador de esta historia que terminé ayer de leer, un cambio de vida y hábitos zarandea la rutina de ese par de amigos:
"Hace unos días hablé con Berta, llamó, y cuando llama es que está un poco triste o demasiado sola. Ya no será fácil que pase temporadas en su casa si abandono del todo mi trabajo de intérprete, tendré que guardar durante mucho más tiempo los hechos y anécdotas que siempre pienso en contarle, dramáticos o divertidos, o escribirle cartas, rara vez lo hemos hecho."
Es obvio que esa pareja de amigos - hombre y mujer-, no vivieron, no sintieron, no fueron imaginados por el autor en plena época de Redes y Desencuentros.
Pero pienso que hay veces que se cambia de escalón como sin darnos cuenta, y aunque sea por centímetros, ya no estamos al mismo nivel. Y ahí se gesta ya esa añoranza.
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lunes, 27 de abril de 2009
Libertad

Si Juan Salvador Gaviota hacía caso a su familia y al resto de la manada, si elegía para sí volar siempre en bandada, haciendo lo que todos querían que hiciera y cumpliendo con las expectativas que los demás esperaban de él, todo el mundo se sentiría más feliz.
Pero ¿qué pensaba él al respecto?
Si hacía eso que le suplicaban los otros ya no habría nada que le atara a la fuerza que le impulsaba a aprender, no habría más desafíos... ni más fracasos.
Está claro que el precio que debía pagar por dejar de ser como él quería ser era la felicidad de los demás. Pero ¿y la suya propia?
Hace una semana justa pasé una tarde estupenda de Sant Vicent con dos amigas de la infancia. Fuimos a la playa con los niños a comernos el bizcocho, como manda la costumbre. Nos conocemos desde siempre y ahí seguimos, con ese vínculo que da el cariño verdadero de quien no te exige nada, sino que te deja ser libre.
Cuando pudiendo no hacerlo vuelo a buscar espontáneamente la compañía de esas personas es porque así lo quiero, ya que a ciertas edades uno ya maneja la circunstancia de la distancia como mejor le place, sea con búsquedas, sea con excusas.
Me he dado cuenta estos meses de que en el momento en que empiezan las exigencias uno deja ya de ser libre. Y si bien al principio le das vueltas a la cabeza pensando si las razones de la otra gente son más importantes que tus motivos para ser de una determinada manera, terminas sintiéndote en ocasiones como en un escaparate donde se te juzga por ser como en el fondo quieres ser.
Y ahí ya notas opresión en pecho y cuello.
¿Por qué tengo que hacer uso de la falsedad e hipocresía si no quiero?
Una de esas dos amigas con las que estuve hace una semana es alguien a quien yo admiro. Y digo claramente que es una de las personas más especiales y a las que más quiero de las que he conocido en toda mi vida. Se llama Noe, y me dijo: "Majo -ella siempre me llama así-, sólo tenemos un ticket de ida, tenlo siempre muy presente".
Le haré caso, que por algo nació en mayo y yo en octubre y es mayor que yo :P.
También haré un poco más de caso a la frase de Nietzsche que tengo desde hace años en el mundo de Internet como distintivo de pensamiento... y seré como a mí me de la gana ser.
Le haré caso, que por algo nació en mayo y yo en octubre y es mayor que yo :P.
También haré un poco más de caso a la frase de Nietzsche que tengo desde hace años en el mundo de Internet como distintivo de pensamiento... y seré como a mí me de la gana ser.
"La libertad es la obediencia a la ley que uno mismo se ha trazado"
(Jean Jacques Rousseau)
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