Allí estuve, sola en aquella montaña, tras haberme empapado de Krakauer y después de releer y subrayar Walden infinitas veces: al final había conseguido lo que perseguí con auténtica ansiedad desde hacía tres veranos. Aguanté horas sin comer y sin que me bramara el estómago. Conté cincuenta tonalidades de verde y marrón distintas, y aprecié el alivio del agua cuando nos cae de repente después de patear durante horas. Pero también resulta que la soledad y el monte sabemos lo que son capaces de conseguir, y no siempre se está preparado para que de golpe, en ese estado tibio de duermevela causado por el hambre y el cansancio, acabes preguntándote por qué, -si tenían que acabar queriéndonos-, nos habían hecho tantísimo daño durante el costoso proceso. Y volvieron canciones, y volvieron sonrisas olvidadas, y aquello que hubo bueno -que habíamos olvidado que también había sucedido-, también volvió. Pero fue una vuelta tenue, borrosa, y no vino para quedarse, sino para solamente despedirse para siempre de nosotros. Lloramos durante tres días seguidos acurrucados en la tienda de campaña y al cuarto día regresamos al estado placentero que por suerte se había instalado en nuestras vidas. Al poco, leí "el ser humano no tiene problemas psicológicos. Tiene problemas de recuerdos". Será eso, pues.
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lunes, 16 de septiembre de 2013
sábado, 23 de julio de 2011
Blue
Malibú resultó ser cortita desde las casas al mar, y muy muy luminosa. Casas que parecían flotar con largas y flacas patas de madera, como de pirata gigante. Las bases, de tanto oleaje, tanto golpe y tanto desgaste, estaban negruzcas, estropeadas, feas...
Había perros grandotes jugando, mucha espuma empuntillando las olas, gente pescando.
Me giré hacia arriba, mirando una de las casas y fantaseando en cómo sería la vida allí dentro, tan cerquita del mar -imaginando el mar en invierno-. Y allí estaba, colgada de una pared. Tristona y azul.
Había perros grandotes jugando, mucha espuma empuntillando las olas, gente pescando.
Me giré hacia arriba, mirando una de las casas y fantaseando en cómo sería la vida allí dentro, tan cerquita del mar -imaginando el mar en invierno-. Y allí estaba, colgada de una pared. Tristona y azul.
Esa visión me hizo pensar que, "incluso en días luminosos y casas blancas, siempre hay un puto huequín para la tristeza".
PD: pero, pese a algunos días feíllos, poquito a poco voy notándome más ubicada y feliz :).
lunes, 23 de mayo de 2011
Y el mundo se balanceaba
De niñita engendré una utopía. Colinas de verde terciopelo, suaves, ondulantes y acogedoras. Y las veía de vez en cuando en la sobremesa, la hora del día que prefiero, cuando el día se parte en dos y el mundo queda quieto, estable, en paz.
Me sentaba en un sillón cuando el suelo quedaba ya limpio del estropicio de la hora de comer, y mi madre bajaba la persiana hasta la mitad, como dando la señal de que empezaba el rato del descanso. Y entonces el Oeste, los desiertos y las llanuras cobraban vida por la magia de la tele en la casa de la playa. Yo quería vivir allí, y cabalgar sin límites, y correr sin topes, lindes, paredes ni finales. Libre. Sintiendo la brisa en mi cara. Era un imaginar la felicidad -y un llegar a sentirla por proyección- en el que la única protagonista de mi estado era yo. El estado ideal que poquísimos alcanzan.
Otra vez sucedió. La música. Despertarme en mitad de un ciclo escuchando una canción concreta. Y abrir los ojos, mirar a mi lado izquierdo y al frente unos segundos después y ver que era justo esa música, ese ritmo repetitivo y suave, el que mejor se ajustaba a lo que vi en esos momentos: varias motos circulando plácidamente, dejándose llevar por aquel mundo ondulante y suave. Y yo en aquel extraño bus, sola, sin nadie a quien poder dirigirme en el idioma de mis pensamientos, ni el de mis sentires. Poderse comunicar no es hablar; poderse hacer entender no es poderse expresar. No se saca la esencia exacta ni se la puede ofrecer en bandeja de plata al otro. Es limitado. Y el ser humano, el cerebro y el corazón no tienen límites...
(Neighborhood #4 (Kettles), de Arcade Fire)
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domingo, 3 de abril de 2011
Heart of Gold
(30-12/2010) Mil elementos o más directos a la papelera de reciclaje. Ni tiempo me doy para recapacitar y tenerlos en ese limbo unos días porsiaca. Suprimidos definitivamente. Un año extraño, ansioso, triste, esperanzador, emotivo, Frustrante también, al ver que mis momentos dentro del pozo no dependen de quién me acompañe, sino de mí. De admitirlo por fin y ver que le puedo dar la vuelta a eso y pensar al revés, y notar que mi ánimo risueño nunca nunca dejará de serlo, sean cuales sean las circunstancias.
Demasiadas horas quizás para hacer memoria y entender por qué coño se queja uno cuando no tiene nada especialmente importante de qué quejarse. Al parecer ya nacemos complicados -algunos-, y nos gusta regodearnos en nuestro estado anímico de neurona negra (:)). Malo no es; se termina cogiendo el gusto a sentir, a cerrar los ojos, ponerse música y evadirse. También a llorar. Hay cierto peligro, sutil, suave y adictivo, en el disfrute de ese estado. Como un masoquismo muy fino, similar al dolor que nosotros mismos nos causábamos moviéndonos constantemente los dientes de leche cuando empezaban a obligarnos a crecer y nos alejaban de ser niños, y se iban de nosotros para siempre.
Y cuando ves que ninguna muleta cura, que las noches horrorosas sin dormir no remiten con pastillas de hierbas que prometen darte paz, sino solo con una buena conversación íntima en ambiente oscuro con luz indirecta, o junto al fuego -aunque sean dos fuegos distintos-, y resulta que tampoco tienes esa conversación, recurres a un remedio que nunca defrauda, y al contrario, solo puede hacerte sentir mejor sacando cosas de tu interior, o, en el peor de los casos, conseguirá provocarte otras sensaciones y anhelar viajes ya de por sí anhelados, esperados; viajes que más que viajes parecen metas y puntos de inflexión; que tienen toda la pinta de cambiar tu vida, y que hay que aprovechar.
(3-4-2011) Entonces es cuando empieza a sonar la música, ese medidor exacto de nostalgia, la única prueba capaz de asegurar que una herida está ya completamente cicatrizada cuando el Yo consciente no lo tiene demasiado claro.
"Tienes un don", me dijo la persona que está ayudando a que me entienda y conozca a mí misma: "tienes la capacidad de olvidar por completo". Pero ojo, "es un don con su contrapartida emocional: eres incapaz de guardar rencor ni emociones negativas ante un recuerdo... pero tampoco recuerdas las cosas bonitas y las emociones que no deberían olvidarse". "¿Eso es bueno o es malo?". Para tu ser, para ti como persona es bueno, porque tus emociones siempre son completamente puras, como una niña, como el que parte de cero".
Bueno, yo solo sé que el verano pasado crucé el país llorando, sin atreverme a quitarme las gafas de sol. Había quedado en visitar a un amigo, y fuesen cuales fuesen las cosas que sucedieron los días previos, ese amigo nada tenía que ver con mis asuntos, y merecía mi visita, merecía que yo cumpliera esa promesa. Aunque llegase hecha un palillo -más aún- y con las emociones a flor de piel.
(3-4-2011) Entonces es cuando empieza a sonar la música, ese medidor exacto de nostalgia, la única prueba capaz de asegurar que una herida está ya completamente cicatrizada cuando el Yo consciente no lo tiene demasiado claro.
"Tienes un don", me dijo la persona que está ayudando a que me entienda y conozca a mí misma: "tienes la capacidad de olvidar por completo". Pero ojo, "es un don con su contrapartida emocional: eres incapaz de guardar rencor ni emociones negativas ante un recuerdo... pero tampoco recuerdas las cosas bonitas y las emociones que no deberían olvidarse". "¿Eso es bueno o es malo?". Para tu ser, para ti como persona es bueno, porque tus emociones siempre son completamente puras, como una niña, como el que parte de cero".
Bueno, yo solo sé que el verano pasado crucé el país llorando, sin atreverme a quitarme las gafas de sol. Había quedado en visitar a un amigo, y fuesen cuales fuesen las cosas que sucedieron los días previos, ese amigo nada tenía que ver con mis asuntos, y merecía mi visita, merecía que yo cumpliera esa promesa. Aunque llegase hecha un palillo -más aún- y con las emociones a flor de piel.
(24-3-2011)"Asegúrate de llevar flores en el pelo", dice una de las canciones que más me remueven por dentro per se. No, no va asociada a momentos tristes ni festivos, ni sexuales, ni melancólicos. Una canción bonita sin más.
Y asegúrate también de mirar siempre siempre hacia arriba y hacia adelante. Y pisar el acelerador solamente en las rectas anchas y seguras. Y proteger tus ojos del sol, y cubrir tu piel aunque sea con una fina capa de cebolla imaginaria para no dañarte, para no rasgarte, para no sangrar.
Ya se irán yendo las penas. Con solo dos días de sol -diciendo adiós por fin a la horrorosa humedad-, el personal se notará felizmente relajado. No será -cuando quiera que sea- solo mi sensación, mi sentir y mi estado, sino que se notará a mi alrededor. Una euforia mínima pero constante e increíblemente positiva.
Ya se ve a la gente pedir color, pedir sensaciones, preguntar por árboles, por las flores de esos árboles, por las frutas de esos árboles. Y hay ganas de salir para tomar fotos, y de coger coches, trenes y aviones.
(3-4-2011) Dentro de tres semanas y un par de días cruzaré por fin el océano. Me da vértigo pensar en todas las horas que voy a pasar solamente yendo. Y seguro que también lloraré. Las lágrimas salen solas, no se equiparan las emociones ni se deberían comparar, porque cada lloro es distinto. Y puede que una vez llorara de pena y otra de decepción. Que una vez esperara algo que era imposible que viniera porque ya se había ido, muerto completamente, y que esta vez llore por algo que nunca llegó a arrancar y por un viaje planeado durante muchos meses entre dos y al que solo irá una persona. Parece como si la vida jugara un poco conmigo, y me da rabia a veces. Me proporciona compañía para empujarme... y luego me la quita para que marche sola...
Cruzaré el desierto de Arizona; dibujaré con mi dedo el skyline desde las colinas de la ciudad de clima suave, pararé en gasolineras solamente para tomar la fotografía soñada bajo un cartel con dos seises; observaré el cielo de noche desde aquel sitio tan mágico y para mí tan especial que inspiró mi último texto; veré luces y colores en esa ciudad imposible en mitad de la nada; fotografiaré carreteras anchas e inteminables; escucharé rugidos de vehículos de dos y cuatro ruedas transportando a soñadores. Tendré presente a toda la gente que me ha acompañado en tantas y tantas noches de insomnio con su música y sus letras -la mayoría de América del Norte-, y seguramente no sentiré nada aparte del placer de escucharles, pero a quién voy a engañar, no va a ser lo mismo.
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viernes, 3 de diciembre de 2010
Todos duermen
(Fotografía "cobertera sedimentaria despegada", por popsique)
"Todos, todos duermen. Todos están durmiendo en la colina"
Estos días recuerdo una frase. La leí por primera vez el 21 de octubre de 2009. Lo que tiene dejar las cosas por ahí flotando, que luego sabes exactamente cuándo leíste, qué pensaste y qué sentiste y el cerebro no necesita apenas esfuerzo para ubicar sentimientos, y se lee lo que se sentía en ese instante justo, al igual que sabemos qué hora era, qué día y qué modelo de cámara utilizamos un instante concreto. Antes puede que todo fuera más emocionante, usábamos la palabra "aproximadamente"... ;ahora nada es aproximado en la memoria, todo queda escrito, de manera explícita u oculta, y aunque huyéramos y quisiéramos borrar algo del mapa, incluso a nosotros mismos, siempre quedaría algún chispotazo minúsculo en cualquier lado, una huella, con un nick, con otro, en nuestra época oscura, en nuestra época clara, cuando éramos ecologistas radicales, cuando lo fuimos menos porque nos acoplamos al mundo, qué remedio, cuando fuimos totalmente transparentes, sin importarnos compartirnos totalmente a la vista de los demás, porque nos sentíamos felices, porque queríamos que el resto del mundo fuera más bonito y destilábamos amor por todos nuestros poros... y cuando nos arrastramos contra todo pronóstico.
Cuando leí esa frase, que yo recuerde, no había para tanto. Pero eso lo pienso ahora, claro. Si veo el momento justo en que la plasmé por ahí, con otro nick y en otro sitio, recuerdo que veía el mundo como una película. Me autodisculpo porque empecé a adorar el cine hace relativamente poco, y fue como cuando se descubre el mundo, que se va a trompicones, torpemente, con el pie redondo, dando tumbos. La realidad vista con ojos de recién enamorada del cine: todo un guión, todo una imagen, historias más o menos bonitas, conversaciones afectadas, dramatismo también, necesidad de que sucedieran cosas porque sí, porque al fin y al cabo era mi historia y tenía que resultar(me) perfecta.
Hoy recuerdo pues esa frase, sacada de Spoon River, pueblo de muertos, microhistorias y epitafios. Dejé de pensar en la vida dentro de un rectángulo luminoso en una sala a oscuras y me vino como una bofetada. La busqué pensando por qué ese 21de octubre me hizo llorar y seguro, fijo, que el año que viene vuelve a venirme y me preguntaré -otra vez- por qué volvió a principios de este diciembre dejándome de nuevo traspuesta.
"This life's sorrow: (...); (...)that our hearts are drawn to stars Which want us not"
"Esto es lo triste de la vida:
que nuestros corazones se sienten atraídos por estrellas
que no nos quieren"
(Herbert Marshall, Antología de Spoon River, Edgar Lee Masters, 1915)Interesantísimo artículo sobre Spoon River aquí.
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sábado, 4 de abril de 2009
Otra del Oeste

"No puedo describir cómo me sentía... Un enemigo me había salvado la vida gracias al violento asesinato de uno de mis mejores amigos. Qué disparatado mundo era aquel.."
Sí, la contradicción humana no tiene límites. No es necesario que se hable de muerte, como en este pensamiento que le viene a la cabeza a Little Big Man cuando ve alejarse río abajo el cuerpo sin vida de Sombra, uno de sus mejores amigos.
Extraña contradicción la que nos hace comportarnos injustamente con gente que nos aprecia -quizás porque sabemos que nos lo disculparán, como si el precio que pagamos y cobramos por el cariño y la confianza tuviera que ser necesariamente podernos faltar al respeto sin miramientos.
La misma también que nos hace ser indulgentes con quienes -tal vez- no lo serían tanto con nosotros. Qué difícil todo, ¿verdad?
En cualquier caso, centrémonos en esta película. Como tantas, la historia de un perdedor, de un chaquetero, de un cobarde... que va sobreviviendo mientras el resto cae poco a poco a su alrededor.
Por el año en que fue rodada -1970-, bebe del pacifismo que se respiraba entonces en los Estados Unidos (en plena guerra del Vietnam). Cómo no, el cine como escaparate mundial, con más medios y más alcance que otras vías, se utiliza para hacernos ver la absurdez de esa, aquella y todas las guerras.
Me gusta especialmente el tremendo contraste al que asistimos gracias a las temporadas alternas que pasa Jack Crabb en sus dos medios naturales: con los seres humanos (los Cheyenes), y con los hombres blancos. Cómo se entremezclan la vida pacífica, armoniosa y casi contemplativa con la vida anhelando siempre algo más que se vive en las ciudades. Como si a una vida le faltara de todo y la otra fuera sencillamente perfecta.
También se agradece el tremendo sentido del humor y las escenas absolutamente cómicas que nos hacen aflorar sonrisas. Ah, y Dustin Hoffman se sale, como siempre.
El título: Pequeño Gran Hombre.
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jueves, 2 de abril de 2009
Like teen Spirit

No es la primera vez que me reafirmo en mi pasión por los Estados Unidos y su historia, denostada por muchos europeos viejos por su... ¿"contemporaneidad"? No sé, algo no deja de ser interesante por ser relativamente nuevo, y tanto me vale hablar con una persona joven como con una anciana, siempre que tengan algo que decirme.
Y a mí todo lo que a ese país incumbe tiene que decirme, y mucho. No entraré en valoraciones históricas ni en el relato de los hechos -para eso está la Wiki-; sólo trataré de plasmar en pocas líneas (espero), mis sensaciones, que, aún habiéndolas enumerado una y mil veces, nunca me canso de evocar.
Cierro los ojos, por ejemplo, me retrotraigo decenas de décadas atrás, y estoy tumbada en una pradera; por más que miro y miro, nunca acaba, nunca... Y entonces siento esa pureza, esa fresca calidez, ese cosquilleo de que algo nuevo está a punto de empezar. Con sus erratas -como todo-, con sus logros, con sus pasos, zancadas y saltos...
Los abro, y me veo ahora mismo en esa misma pradera, y prácticamente esos paisajes de las Four Corners siguen igual. Y si avanzo hacia el Este, los campos de cereales que pisó Dorothy para alcanzar la Tierra de Oz siguen intactos. Prácticamente, sí. Y el Mississipi sigue siendo igual de ancho como cuando Tom Sawyer y Huckleberry Finn corrieron aquellas aventuras tan inolvidables (aún me estremezco con la escena de la cueva y el indio,uf)
Hay algo de hechizante en todo ello. Cuando somos pequeños nos quedamos pegados a la tele viendo las películas del Oeste. Tal vez a los niños sólo les llame la atención la lucha entre indios y vaqueros, pero puede que a algunos de ellos -digo yo que habrá niños pacifistas :P-, lo que realmente guste sea esa riqueza paisajística.
Y a los mayores a los que nos siguen gustando esas pelis quizás nos atraigan los mismos paisajes -servidora- y esa juventud. No sé si entrecomillar o no esta palabra, pero es para mí la que mejor lo define: juventud. Con su mención se "perdona" la torpeza y se valora el entusiasmo.
Y no pararía, no pararía. Y me parece que ese espíritu joven es el que hace a muchos estadounidenses -sí, sin pudor, dije a muchos estadounidenses- ser más abiertos de mente que lo que muchos europeos- presumimos ser. Luego nos rasgamos las vestiduras porque ellos nos quieren inculcar su "incultura", cuando somos nosotros mismos los que la tomamos, ensimismados por el estilo de vida que nos vende su Cine. Y criticamos, despreciamos el conjunto del Cine de ese país aún siendo los primeros que nos lo tragamos entero, sin apenas pestañear, sólo porque viene de allí.
¿Qué culpa tienen ellos? ¿qué culpa tienen la Coca-Cola, las tortitas, el sirope, las hamburguesas, los batidos y los cines de verano? ¿culpa de habernos gustado y haber "desplazado"nuestra cultura?
No nos engañemos, nadie nos puso un puñal apuntando a la yugular.
Y a mí todo lo que a ese país incumbe tiene que decirme, y mucho. No entraré en valoraciones históricas ni en el relato de los hechos -para eso está la Wiki-; sólo trataré de plasmar en pocas líneas (espero), mis sensaciones, que, aún habiéndolas enumerado una y mil veces, nunca me canso de evocar.
Cierro los ojos, por ejemplo, me retrotraigo decenas de décadas atrás, y estoy tumbada en una pradera; por más que miro y miro, nunca acaba, nunca... Y entonces siento esa pureza, esa fresca calidez, ese cosquilleo de que algo nuevo está a punto de empezar. Con sus erratas -como todo-, con sus logros, con sus pasos, zancadas y saltos...
Los abro, y me veo ahora mismo en esa misma pradera, y prácticamente esos paisajes de las Four Corners siguen igual. Y si avanzo hacia el Este, los campos de cereales que pisó Dorothy para alcanzar la Tierra de Oz siguen intactos. Prácticamente, sí. Y el Mississipi sigue siendo igual de ancho como cuando Tom Sawyer y Huckleberry Finn corrieron aquellas aventuras tan inolvidables (aún me estremezco con la escena de la cueva y el indio,uf)
Hay algo de hechizante en todo ello. Cuando somos pequeños nos quedamos pegados a la tele viendo las películas del Oeste. Tal vez a los niños sólo les llame la atención la lucha entre indios y vaqueros, pero puede que a algunos de ellos -digo yo que habrá niños pacifistas :P-, lo que realmente guste sea esa riqueza paisajística.
Y a los mayores a los que nos siguen gustando esas pelis quizás nos atraigan los mismos paisajes -servidora- y esa juventud. No sé si entrecomillar o no esta palabra, pero es para mí la que mejor lo define: juventud. Con su mención se "perdona" la torpeza y se valora el entusiasmo.
Y no pararía, no pararía. Y me parece que ese espíritu joven es el que hace a muchos estadounidenses -sí, sin pudor, dije a muchos estadounidenses- ser más abiertos de mente que lo que muchos europeos- presumimos ser. Luego nos rasgamos las vestiduras porque ellos nos quieren inculcar su "incultura", cuando somos nosotros mismos los que la tomamos, ensimismados por el estilo de vida que nos vende su Cine. Y criticamos, despreciamos el conjunto del Cine de ese país aún siendo los primeros que nos lo tragamos entero, sin apenas pestañear, sólo porque viene de allí.
¿Qué culpa tienen ellos? ¿qué culpa tienen la Coca-Cola, las tortitas, el sirope, las hamburguesas, los batidos y los cines de verano? ¿culpa de habernos gustado y haber "desplazado"nuestra cultura?
No nos engañemos, nadie nos puso un puñal apuntando a la yugular.
(Mural de Thomas Hart Benton en el Missouri State Museum)
PD: procuro que las canciones tengan letras acordes con los temas. En este caso no es así, obviamente, ejem, aunque cuando escuché esta estremecedora versión de Patti Smith no pude dejar de ponerla... y aparte el título era simplemente perfecto.
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jueves, 26 de marzo de 2009
Walden... siempre

Esta vez mis palabras como que sobran. Mejor que lo diga él:
"A veces, en una mañana de verano, después de haber tomado mi baño habitual, me sentaba en la soleada puerta de mi casa, desde la salida del sol hasta el mediodía, transportado en un ensueño, en medio de los pinos y nogales y zumaques, en soledad y tranquilidad imperturbadas, mientras los pájaros cantaban alrededor, o volaban sin ruido a través de la casa, hasta que el sol, entrando por la ventana del oeste, o el ruido del coche de algún viajero en la distante carrera me recordaban el transcurso del tiempo.
Yo crecía en aquellos momentos como el maíz de noche, y eran mucho mejores de lo que hubiera podido ser cualquier trabajo de las manos. No fue tiempo sustraído a mi vida, sino, al contrario, vida más alta y más digna que la que usualmente me permitía.
Realizaba lo que los orientales entienden por contemplación y abandono de las obras.
Por lo general, no me daba cuenta de cómo pasaban las horas. El día avanzaba como para alumbrar algún trabajo mío; era de mañana, y hete aquí que anochecía, y yo no había hecho nada recordable. En lugar de cantar como los pájaros, yo sonreía silencioso a mi incesante buena fortuna. Como el gorrión tenía sus trinos, posado en el nogal frente a mi puerta, así tenía yo mi risita o gorjeo contenido, que él podía oír partir de mi nido.
Mis días no eran los de la semana, no llevaban el sello de deidades paganas, ni estaban desmenuzados en horas, ni inquietados por el tic-tac de un reloj, pues vivía como los indios Puri, de los cuales se dice que "para ayer, hoy y mañana sólo tienen una palabra, cuya variación de significado expresan señalando atrás para decir ayer, adelante para mañana, y encima de la cabeza para el día que pasa".
Esto para mis conciudadanos era sin duda pura haraganería, pero si los pájaros y las flores me juzgaran conforme a sus modelos, no me encontrarían deficiente.
Tenía esta ventaja a lo menos, en mi modo de vivir, sobre aquellos que están obligados, para divertirse, a dirigir su mirada hacia fuera, hacia la sociedad o el teatro; mi vida se había vuelto mi diversión y nunca cesaba de ser nueva. Era un drama con muchas escenas y sin conclusión. (...)
El quehacer doméstico era para mí un agradable pasatiempo. Cuando el piso estaba sucio, me levantaba temprano, y, poniendo todos mis muebles afuera -el catre y las cobijas en su solo bulto sobre la hierba-, echaba agua sobre el piso, esparcía arena blanca del lago, y con una escoba lo frotaba hasta dejarlo limpio y blanco; y cuando los habitantes del pueblo recién se desayunaban, el sol de la mañana ya había secado mi casa como para volver a poner todo adentro, y mi meditación casi no se había interrumpido.
Resultaba agradable ver todos los objetos de la casa sobre la hierba, formando una pequeña pila, semejante al fardo de un gitano, y mi mesa de tres patas, de la que no había movido los libros, la plumas y la tinta, parada en medio de pinos y nogales. Parecían contentos de estar a la intemperie, y sin ganas de que los entrasen. Estuve tentado a veces de cubrirlos con un toldo y sentarme allí.
El quehacer doméstico era para mí un agradable pasatiempo. Cuando el piso estaba sucio, me levantaba temprano, y, poniendo todos mis muebles afuera -el catre y las cobijas en su solo bulto sobre la hierba-, echaba agua sobre el piso, esparcía arena blanca del lago, y con una escoba lo frotaba hasta dejarlo limpio y blanco; y cuando los habitantes del pueblo recién se desayunaban, el sol de la mañana ya había secado mi casa como para volver a poner todo adentro, y mi meditación casi no se había interrumpido.
Resultaba agradable ver todos los objetos de la casa sobre la hierba, formando una pequeña pila, semejante al fardo de un gitano, y mi mesa de tres patas, de la que no había movido los libros, la plumas y la tinta, parada en medio de pinos y nogales. Parecían contentos de estar a la intemperie, y sin ganas de que los entrasen. Estuve tentado a veces de cubrirlos con un toldo y sentarme allí.
Valía la pena ver brillar el sol por encima de estas cosas, y oír soplar el viento libremente. ¡Cuánto más interesantes parecían esos objetos familiares afuera que en la casa! Un pájaro se posa en las ramas vecinas, la siempreviva crece bajo la mesa, y zarzamoras se enredan en las patas; piñas, cáscaras de castañas y hojas de frutilla están esparcidas por allí. Parecería que de ese modo esas formas fueran transferidas a nuestros muebles, a mesa, silla y catre: porque una vez estuvieron en medio de ellas"
Henry David Thoreau (Walden, Life on the Woods, 1854)
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miércoles, 28 de enero de 2009
Leyenda Sioux
Siguiendo con mi particular interés por los Estados Unidos y las tribus nativas norteamericanas (América, Grandes Llanuras, Atrapasueños, Oest) os hago llegar una leyenda Sioux:"Cuenta una vieja leyenda que una vez, hasta la tienda del viejo brujo de la tribu llegaron, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.
- Nos amamos -empezó el joven.
- Y nos vamos a casar -dijo ella.
- Y nos queremos tanto que tenemos miedo.
- Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán. - Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos. - Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.
- Por favor -repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?
El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.
- Hay algo… -dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé… es una tarea muy difícil y sacrificada.
- No importa -dijeron los dos.
- Lo que sea -ratificó Toro Bravo.
- Bien -dijo el brujo-, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio.
- Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo-, deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más brava de todas las águilas y sólamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta… salgan ahora.
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur… El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.
- ¿Volaban alto? -preguntó el brujo.
- Sí, sin dudas. Como lo pediste… ¿y ahora? -preguntó el joven- ¿lo mataremos y beberemos el honor de su sangre?
- No -dijo el viejo.
- Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne -propuso la joven.
- No -repitió el viejo-. Hagan lo que les digo. Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero… Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.
El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritados por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.
- Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos pero jamás atados."
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lunes, 16 de junio de 2008
"Atrapasueños"

Hace mucho tiempo cuando el mundo era joven, un viejo líder espiritual Lakota estaba en una montaña alta y tuvo una visión. En esta visión Iktomi, el gran maestro bromista de la sabiduría apareció en la forma de una araña. Iktomi le habló en un lenguaje sagrado, que sólo los líderes espirituales de los Lakotas podían entender.
Mientras le hablaba Iktomi, la araña tomó un aro de sauce, el de mayor edad, que también tenía plumas, pelo de caballo, cuentas y ofrendas, y empezó a tejer una telaraña. Él habló con el anciano acerca de los círculos de la vida: de cómo empezamos la vida siendo bebés, pasando a la niñez y a la edad adulta. Finalmente llegamos a la ancianidad, donde deberíamos ser cuidadosos como cuando éramos bebés, completando así el círculo.
Pero Iktomi dijo -mientras continuaba tejiendo su red- : en cada tiempo de la vida hay muchas fuerzas, algunas buenas, otras malas. Si te encuentras en las buenas, ellas te guiarán en la dirección correcta. Pero si tú escuchas a las malas, éstas te lastimarán y te guiarán en la dirección equivocada. Hay muchas fuerzas y diferentes direcciones y pueden ayudar a interferir con la armonía de la naturaleza y con el gran Espíritu y sus maravillosas enseñanzas.
Mientras hablaba continuaba entretejiendo su telaraña, empezando de fuera y trabajando hacia el centro. Cuando Iktomi terminó de hablar, le dió al anciano Lakota la red y le dijo: la telaraña es un círculo perfecto, pero en el centro hay un agujero; usa la telaraña para ayudarte a ti mismo y a tu gente, para alcanzar tus metas y hacer buen uso de las ideas de la gente, sueños y visiones. Si tú crees en el gran Espíritu, la telaraña atrapará tus buenas ideas y las malas se irán por el agujero.
El anciano Lakota le pasó su visión a su gente y ahora los indios Sioux usan el Atrapasueños como la red de su vida. Creen que éste sostiene el destino de su futuro.
Se cuelga encima de sus camas para escudriñar sus sueños y visiones. Lo bueno de estos es capturado en la telaraña de la vida y enviado con ellos. Lo malo escapa a través del agujero y no será más parte de ellos.
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