Me gustaría alguna vez ser esta chica que lee tranquilamente en un Café.
Ayer leí el entusiasmo de una chica de mi edad ante una nueva vivienda, un nuevo barrio y un todo nuevo que se abría ante ella. Sentí un poco de
envidieja :$.
Los cambios me atraen, pese a declararme
rutinófila convencida, y a veces fantaseo cuando veo las comedias románticas de la tele, con sus protagonistas de más o menos mi edad y esas vidas tan "fantásticas". Desde fuera se adivina un mundo ideal, lleno de independencia, con infinitas posibilidades culturales, con... quién sabe, nuevas aventuras al girar la esquina...
Esa fantasía de estar sentada leyendo en un Café, solitaria, una tarde de lluvia, y cruzar la mirada con un desconocido, entablar una conversación, intercambiar unos números
fónicos y empezar una aventura cuanto menos carnal. Eso sólamente pasa en las ciudades.
Luego, sin embargo, conozco a gente que tiene ésto que yo no tengo y se lamentan de su falta de compañía, de la frialdad de la gran ciudad, de la soledad no elegida, de su búsqueda infructuosa de amor.
Nadie aprecia lo que tiene.
No me quejo de mi vida independiente dentro de la dependencia que otorga un pueblo. Soy dueña de mi vida en el momento en que cruzo la puerta, y los domingos tarde "que libro" me pertenecen todos los minutos. Tengo una pila de libros pendientes, una colección de pelis almacenada en mi multimedia, paquetes de pipas
Tijuana en la despensa, helado de
stracciatella o leche merengada en el congelador y medio millar de canciones en el Mp3 para momentos de sofá, mantita y cerrar los ojos...
Imposible aburrirse, y menos después de semanas caóticas de trabajo, maternidad y cursos varios.
Y, lo que son las cosas, mucha gente detesta la soledad de los domingos tarde.
Hay quienes no son capaces de apreciar su vida siendo ellos, sin más compañía que la suya propia. Y ansían la media naranja que les complete.
Y sólamente tienen que salir a la calle y estar, sin esperar. Porque el que busca o espera algo, se lleva muchos desengaños. Y el que simplemente está, llega un día en que se lleva una sorpresa ;).
(Mural de John Pugh en el Café Trompe L'Oleil, California)