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miércoles, 3 de abril de 2013

El mundo era el mismo para todos



Con lo que me costó llegar al estadio presente... como para recular ahora. Ví al menos a dos personas conocidas los últimos cinco-seis años que habían vuelto a sus puntos de origen. Primero, ganas tremendas de bronquearlas, a una más que a la otra porque a la segunda persona nunca la había conocido de la misma manera. De todos modos dejé pasar algunos meses hasta que esa pseudorrabia mía en absoluto justificada  se secó como una costra de herida y terminó cayendo a trocines. Es cosa injusta juzgar, cuando uno mismo ha estado también metido en casi el mismo pozo (casi). La primera persona se me presentó al cabo de esos meses, y, sin yo decir nada, se me derrumbó mediante un wasap de mil caracteres que me salpicó antes de leerlo de puro largo, y me entristeció, aliviándome a la vez... una vez leído. Tampoco es buen asunto aconsejar, cuando uno ha ido dando bandazos el segundo y primer trimestre de dos años consecutivos, sin atender a realidades, y siendo prácticamente incapaz de razonar y aceptar la pura verdad. A la segunda persona la hubiera abrazado sin dudarlo y le hubiese dicho lo mucho que vale, de no ser porque seguramente solo iba a creerlo oyéndolo de la boca de un individuo que siempre la devaluó. Taytantos ya bastante largos que cada vez van pesando menos, para poder ver que incluso la compañía de la persona más intrigante del mundo puede llegar a cansar, y que la de la persona más transparente puede simplemente atrapar.
El mundo resultó al final ser exactamente el mismo para todos.

lunes, 5 de diciembre de 2011

El mundo está parado


Esta mañana escuché por la radio a la ministra italiana tropezando bruscamente con un nudo de emociones (aquí). Luego, al primer ministro renunciando a más dinero público a su favor, que total, no le hubiese servido absolutamente para nada. Son absurdas algunas cifras llamadas sueldos. Vergonzantes.
La radio me hace compañía en mis domingos, y algunos ratos incluso me da alegrías. Noticias sobre récords en donaciones de órganos hace unos diez días (vaya, esa noticia no está en primeros resultados de google :O).

Cristina vino a visitarme hace poco. Es sencilla, vive austeramente, como todos; no trabaja, como la mayoría. Hablamos de unos días recientes sin tele en la casa de sus padres, y cómo se rieron todos; los imaginé a gusto, hablando y mirándose a los ojos, como antes. Muchos de nosotros, de niños agradecíamos a quien fuese que se fuera la luz. Era ese el momento en que sin distractores disfrutábamos de nuestros papis y hermanos. No nos veíamos -la luz solía irse en meses húmedos, cuando el día dura tan poquito-, pero pocas veces me sentí más unida a ellos. Y luego hay quien no cree en esos lazos invisibles que nos unen casualmente.
El mundo está quietecito ahora, echando mano de despensas -reales o figuradas-, hablando más en las plazas, tratando de alegrarnos más unos a otros. Somos más altruistas, más generosos, como si lo anterior hubiese simplemente desaparecido. Más buena gente.
Siento cosas buenas que me vienen en forma de pensamientos. De vez en cuando recibo emails o mensajes internos de feisbuc sorpresivos. A veces parece que no vengan de personas concretas, porque no los veo, no huelen, ni saben, no sé si son de textura suave, ni siquiera sé si tienen voz ni cómo se mueven. Sin entrar en temas religiosos, con los que no comulgo -nunca mejor dicho-, puede que sean ángeles.
Me quejo porque me parece poco, porque necesito más el contacto físico que otra gente y que otras veces. Hace mucho tiempo que dejé de tenerlo, y cuando tuve esa posibilidad... tampoco podía tocar, ni ser tocada.

El mundo está como parado. Visto desde arriba es un todo difuso. Visto desde abajo es como una capa gris, pero llena de muchísimos dientes de león volando. Son pensamientos, que van uniendo personas, aunque apenes lleguen a conocerse más allá de algunos ratos. No me encuentro bien, todo me da vueltas  y creo que soy yo la única que gira.

Pd: Totalmente improvisada. A ver si tú puedes ayudarme :)

jueves, 3 de noviembre de 2011

Un baile de lunas

 Mun

Por una de esas casualidades que tanto asustan a veces, he conocido a un chico, y hoy he sabido que él y yo tomamos una foto de la Luna exactamente desde la misma distancia,  con el mismo encuadre y el mismo día... pero con tres años de diferencia.

Fue el día de San José y seguramente sea normal la coincidencia de factores fotiles y de plenilunios llegando la primavera; no llevo la cuenta de sus fases desde que me desmontaron la relación entre ella suspendida en su fondo negro negrísimo, tan lejana y tan divina... y nosotros los humanos -o humanoides-, tan lejitos y con nuestros pies arraigados por ese tremendo imán a un lugar tan enigmático -mucho más que cualquier otro, desde luego- llamado Tierra.

Bailó la luna esa noche, y yo me sentí tristísima, con ganas de amor, de un abrazo fuerte y sentido. Y la realidad me dejó sin nada. Me sentí vacía. 

También baila estos días, y hace de las suyas. Marea al personal, y como una gomita elástica el mareo regresa a mí estampándose en mi pecho. Y duele mucho. Duele sobre todo notarlo tanto. Saber las cosas.

Creo que hasta ahora rechacé los abrazos por temor a romperme, como las cosas delicadas y simples. Carezco de adornos que puedan servirme de amortiguación, y tampoco tengo varias caras que puedan destrozarse en vez de la verdadera y me resguarden.

Un millón de buenas vibraciones, cariños infinitos que noto y agradezco. Pero ni un solo abrazo físico y nada de amor. Son días tristes.


sábado, 8 de octubre de 2011

Una muerte dulce


Es triste y no. Me llegaron mucho aquellas palabras de Buzz Lightyear: "yo quería arreglar el mundo... pero solo soy un juguete". Amor para mí es admiración, y todo lo demás que puede confundirme cuando alguien me gusta, me atrae o me produce curiosidad es otra cosa. Seguramente es esa certeza la que distingue lo que siento o no siento, mi varita de medir. Dejar de admirar es dejar de sentir amor, por muchos resquicios, ternura o recuerdos que queden. Hace un rato estaba cenando en una terraza; con las montañas azul marino ante mí -mis montañas de los viernes noche-. Dicen que cuando hablas mirando arriba y a la izquierda, buscas imágenes recordadas. A mi izquierda he visto luces de lejos, distinguia el cielo perfectamente, y quise justificar sentimientos por el mero recuerdo que me siguen produciendo, en un intento agonizante de rescatar momentos bonitos llenísimos de admiración. Admirando la sensibilidad, la delicadeza de carácter y la belleza plasmada tras otros ojos capaz de emocionarme una y otra vez.

Alguien me dijo hace un par de días que si eso había sido amor, era patético. Imaginé el amor materializado en objeto, en mueble carcomido, con agujeritos pequeños disimulados con barniz, y lleno de túneles huecos y siniestros fragilizando totalmente la madera. No me gustó verlo de ese modo, aún usando la balanza de los hechos. Me sentí mal y triste.

A mí me gusta contribuir a que todo sea más bonito. Inventé un lenguaje hace muchos años: un idioma con miles de diminutivos, otra forma de ver las mismas cosas que para muchos pasan desapercibidas.  Y me gusta cómo me he sentido con determinadas compañías. Ese amor sin condiciones que nos hace mejores solamente por el hecho de existir esa personita admirable -aunque solamente la admires tú-. Amar es aceptar defectos, terminar siempre sonriendo, no sentir enfado. Amar es que te motiven, que te animen a probar cosas nuevas, que alguien convierta un día normal en otro muy especial. Llenar.

Puede que solo haya sabido amar de manera patética últimamente, y que haya ido en cierto modo contracorriente, justificando unos actos poco bonitos con una manera de ser bonita. Siendo "indulgente hasta mi propio patetismo" ("indigna", han pensando algunos). Yo no me siento así. No se puede ser indigno por tener buenos sentimientos. Solo he visto las cosas -mis cosas- llenas de colores, quedándome con lo pequeño, corto y bueno, y tratando de no pensar ni recrearme demasiado en las zonas de niebla. Coloreando mis sensaciones. Todo va emborronándose, muriendo poco a poco; es lógico cuando no se alimenta... entonces,  ¿por qué no hacer que la muerte sea más dulce... ya que no tiene remedio?

lunes, 27 de junio de 2011

I ventured in the slipstream


Pensaba sobre el ese de vivir, y las carreras serpenteantes y subibajas agitándonos las emociones. Seguramente las adrenalinas están bien precisamente porque pasan - porque sabemos que pasan-, y yo no quiero vivir siempre al límite, sino bajarme ya y poderme acurrucar, mirar a los ojos y reír, sobre todo reír mucho. Sentir duele a veces cuando no se siente bien. Por eso a ratos me he notado como perdida en una fiesta nocturna, y, aunque me ha gustado dejarme llevar por esas luces y esa química, ha resultado ser todo artificial y efímero. Puede que por ello a la mañana siguiente, el día después de haber experimentado la emoción vibrante, he ido en busca de la tranquilidad, como el prota de una peli infantil de aventuras que solamente quiere llegar a su casa y dormir en su cama después del jabón y las toallas suaves. Estabilidad, equilibrio mental... La armonía genera paz, otra forma de sensualidad; expresión de calma en la cara, suavidad en la piel, alboroto o enmarañamiento de pelo rojizo, kohl redibujando los ojos. Ternura. Al final será eso lo que mueve el mundo.

lunes, 10 de enero de 2011

Tres rosas y un recuerdo


Me entristecí hace poco al pensar por qué te había olvidado tan pronto. Fue cuando recibí tu postal, la que ironías -o no- de la vida, tenía un ángel dibujado. He tratado de recuperarte en mi memoria con imágenes y no he tenido más remedio que recurrir a las -antiguas ya- fotografías. No puedo ser tan fría, no me lo explico, y tampoco la vida tiene por qué ser tan injusta con ciertos recuerdos. ¿No quedamos en que olvidábamos lo malo? entonces, ¿qué me pasó a mí contigo? ¿por qué me vienen estos años a la memoria y solo recuerdo muchas horas de reclusión en casa esperando llamar, esperando que me llamaras?. Las personas con las que nos mezclamos vinieron a nosotros por algo, y era frustrante que hasta las risas se fueran diluyendo de manera tan tan precipitada. No le encontraba el sentido a tu paso por mi vida.

Pero ayer, casualidades de la vida, volví a recordarte. Serían las cinco y pico de la tarde. Y fue por una rosa. Puede parecer contradictorio que te dedique un texto, pero ahora verás -veréis- por qué. Y lo reconfortada que me he sentido esta mañana pensando en el bien que me hiciste, que me servirá a partir de ahora para no caer en mi tendencia a subestimarme, tú que conseguiste que una "piltrafilla" pasara a ser la mismísima princesa Buttercup.

Lo que vino después confío en superarlo en un futuro próximo, e incluso sonreír al recordarlo... ; lo que vino antes fueron todas las explicaciones que me hiciste cuando hablábamos de literatura norteamericana y Whitman nos incitaba a coger las rosas mientras pudiéramos, a que aprovecháramos el momento ya que puede que después fuese demasiado tarde y estuvieran ya muertas; o la rosa de Shakespeare, a la que daba igual el nombre que pusiéramos, porque ¿dejaba acaso de oler bien por ello?. Me hiciste apreciar así el valor de las personas visto con otros ojos, y me sentí incluso bonita en las pocas ocasiones en las que me miraste, pero que fueron todas ellas. Luego, cómo no -y por eso me acordé de ti-, vino la rosa del Principito, la que tenías en tu firma y que valía tanto por el tiempo que le habíamos dedicado, tratándola siempre con delicadeza.

En ese segundo en que el amigo Pere me señaló las figuritas del aviador que adornaban su tele, me vino a la cabeza ese libro en edición bilingüe que compré por duplicado y te regalé en Morrazo, y de ahí a ser consciente de tu función en mi vida no necesité ni un pestañeo: el valor que me habías dado como persona para incluso yo verme con otros ojos y no dejar nunca que lo que pensaran los demás consiguiera hundirme. Tú veías sonrisa y ojos bonitos donde yo solamente veía acné y delgadez. Y aceptaste la estrechez de mis hombros y la longitud de mis piernas como si fueran lo más valioso. Tú, que podías tener a la chica que quisieras, me elegiste a mí, viste más allá de una barrera de carne y huesos, lo que nadie hasta la fecha había logrado ver. Y me sentía en paz en mis bajones cuando me reconfortabas con tus palabras a más de mil kilómetros de distancia. Puede que acabara de llorar, pero entonces me miraba al espejo y te daba la razón porque qué menos podía hacer por mí misma y en deferencia a tu paciencia.

Hay pocos como tú, que, como escribió en forma de frase-mantra Sáint-Exupéry, consigan  ver con los ojos del corazón, porque lo esencial es invisible a los ojos.  Hay pocos, pero me quedo con que sí existen, como exististe tú, por ahí esparcidos, y esperando que nos encontremos. Una vez más, vuelvo a devolverte las gracias. Así todo tiene ya sentido.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Como una isla


Me acerqué a Gloria Fuertes por Ant, claro. La recordaba -como imagino la mayoría de gente de mi generación-, por la gata chundarata y rimas parecidas (confieso que he tenido que buscar porque recordaba más la parodia de Martes y Trece que a ella misma :$). Luego, lo que tiene el tratar de quitar las capas de una persona o un autor: despojarse de la primera impresión, de los prejuicios, del desinterés, de la no-prioridad, de los nomeapetece, nomellamanadalaatención y demás razones o excusas, como quieran ser llamadas. Pero mira, qué bien escribía esa mujer. Y cómo fue capaz bastante joven de acotar al menos su estado de ánimo y reflejarlo tan bien con palabras.

Estos días nos repitieron por segunda vez en un mes que uno no es que no sea comprendido, sino que simplemente no se explica bien. Que no debemos decir: "¿me has entendido?", sino "¿me he explicado?" (al parecer es la primera lección que estudian los coach...), porque uno rumia y vomita palabras sabiendo qué siente al escribirlas, al decirlas, pero el resto... pues no tiene por qué saberlo. E incluso a veces releemos algo escrito años antes y ni nosotros mismos sintonizamos con ese texto, y es como si leyéramos a un desconocido del que no sabemos siquiera el nombre ni  el sexo ni la edad, incapaces de ubicarnos o sentir empatía, solamente porque no se le entiende nada :).

Dejo pues esta poesía, porque Gloria sí sabía cómo explicar cómo se sentía, y tomo prestado pues su sentir:
Soy como esa isla que ignorada,
late acunada por árboles jugosos,
en el centro de un mar
que no me entiende,
rodeada de nada,
—sola solo—.

Hay aves en mi isla relucientes,
y pintadas por ángeles pintores,
hay fieras que me miran dulcemente,
y venenosas flores.

Hay arroyos poetas
y voces interiores
de volcanes dormidos.

Quizá haya algún tesoro
muy dentro de mi entraña.
¡Quién sabe si yo tengo
diamante en mi montaña,
o tan sólo un pequeño
pedazo de carbón!

Los árboles del bosque de mi isla,
sois vosotros mis versos.
¡Qué bien sonáis a veces
si el gran músico viento
os toca cuando viene el mar que me rodea!

A esta isla que soy, si alguien llega,
que se encuentre con algo es mi deseo;
—manantiales de versos encendidos
y cascadas de paz es lo que tengo—.

Un nombre que me sube por el alma
y no quiere que llore mis secretos;
y soy tierra feliz —que tengo el arte
de ser dichosa y pobre al mismo tiempo—.

Para mí es un placer ser ignorada,
isla ignorada del océano eterno.

En el centro del mundo sin un libro
sé todo, porque vino un mensajero
y me dejó una cruz para la vida
—para la muerte me dejó un misterio.
(Isla Ignorada, 1950)

sábado, 15 de mayo de 2010

Desarrolla tu legítima rareza


Hace un par de años, en una repesca de concursantes "emblemáticos" del concurso Saber y Ganar, nos llamó a varios la atención la camiseta de Alberto Gálvez, un chaval con pinta de tener la mente muy sana en todos los aspectos. Era negra, y en letras de colores ponía: "Nadie es normal".

No tengo claro del todo con qué fin me habré definido yo misma medio en broma-medio en serio como "rarita", y con qué fin lo hacen los demás quizás no de manera directa afirmando: "es que soy raro", pero sí con sus actitudes (y más de lo que pueden pensar).

Xarito trabajó conmigo hace muchos años en un almacén de cítricos. Es dos años mayor que yo, rondando los veinte en esa época. El grupo con el que almorzábamos tanto ella como yo sentadas en los cajones de plástico era muy variopinto, de edades parecidas pero distintas y de gustos dispares pero con uno en común: salir.

Una tarde estuvimos empaquetando juntas, hablando de la vida que nos esperaba al salir de ese horario infernal, de los novietes, los ligues, los pubs. Y ella me dijo: "no hay nada que me guste más que ver el Un, dos, tres los viernes con mis padres y hermanos". Esa afirmación, tan sencilla, se me escapó en ese momento. Tal vez fue síntoma de mi grado de intolerancia -que toooodos tenemos en mayor o menor medida-, pero lo primero que me pasó por la cabeza fue que qué hacía una chica de veintipocos años un viernes noche en casa viendo la tele en vez de estar por ahí de marcha.

Me he acordado mucho estos años de ese momento, casi más que de la camiseta de Alberto Gálvez. Como me acordaré en un futuro del día en que le compré una colcha a mi hijo hace poco llena de dibujos de animales -lo que más le gusta del mundo- y dijo: "si viene un amiguito a casa y la ve se reirá, dirá que soy un bebé". No sabéis cómo me entristeció escuchar eso de alguien con seis años y pocos meses. Fui a devolverla porque no pude hacerle ver que lo que pensaran los demás era algo incontrolable, fuera esa colcha o fuera un determinado gusto.

Y lo he tenido presente estos días por cosas que he leído por la red. Esa tendencia -y necesidad - de dejar claro que se es "distinto". Pero no como una descripción de uno mismo igual que el color del pelo o los ojos, sino yendo más allá, marcando incluso distancias y más que queriendo decir "soy distinto", en el fondo adivinándose un "no soy como vosotros". ¿Más intelectual? ¿Más interesante? ¿más seguro de ti mismo? ¿mejor acaso? ¡Bah! Algunas afirmaciones parecen más bien sacadas de manuales estilo "triunfe en la vida" que de una convicción auténtica.

Es muy difícil -siendo humanos como somos y no personajes de nuestra propia ficción- engañar a todos todo el tiempo, como dice la famosa frase, y todos perdemos aire por algún lado. Hasta los coches de las mejores marcas tienen talones de Aquiles y les salen remesas que deben revisar al completo, y, como dijo  más o menos un psicólogo en un curso al que asistí, se podría pensar que juntando a los mejores jugadores ganarían todos los partidos, pero no, porque en ese conjunto se adivinaría un fallo, una falta de coordinación, de equipo, que harían que lo que no fallaba en cada uno individualmente fuera un punto débil en ese equipo ideal.

¿Es mal asunto contar las debilidades o lo que creemos que lo son? no lo sé, depende de a quién tememos defraudar. Ir por la vida en plan "estoy de vuelta de todo" mola, pero de forma coherente, que sea así, que no sea una imagen de fortaleza cuando la realidad es que se es tan débil e inseguro como el que más y se está bastante pendiente de no mancillar esa imagen que se cree proyectar.

¿Acaso soy "más" porque me guste la filosofía? y... ¿soy "menos" si digo que también leo el Pronto y la Cuore de vez en cuando?. Me apasiona un determinado estilo de música "de culto", pero al tiempo me emociono escuchando "Suspiros de España" en la voz de Conchita Piquer o "El emigrante" de Juanito Valderrama. Me reí con Torrente y no me dijo gran cosa El Sur. Sé que la belleza está en el interior, pero en no pocas ocasiones hubiera pactado con el diablo para tener el físico de Monica Bellucci. Y soy la misma persona siempre. Lo "sospechoso" que veo yo en este asunto no es el tener facetas variables, distintas y en ocasiones muy dispares entre sí, sino tratar de hacer creer que se sigue siempre una estela uniforme. La vida, los estados de ánimo, no son una planicie, sino más bien montañas rusas más o menos suaves.

Nadie es mejor que nadie, ya lo cantaron El Último de la Fila.

miércoles, 21 de abril de 2010

Un pueblo, una playa

 
Uno llega la gran mayoría de veces como virgen a los lugares de la noticia. Los problemas de otros siempre son eso, y nos pueden afectar el segundo o minuto en que prestamos atención a la noticia en la tele, el periódico. Pasado ese breve lapso, ya se pasa a otra cosa -¿de dónde si no la expresión "pasar página"?-.

Luego uno continúa amargado tres, cuatro minutos más si está solo, y quince a lo sumo si está con alguien y lo comentan: "qué asquito de vida, oye". Segundos, minutos, los que se necesiten para terminar el bocado, el sorbo o simplemente aparcar, y problema olvidado.

Otro día resulta que alguien que está allí, que lo vive en directo, que está cien millones de veces más implicado y afectado que tú, va y te lo cuenta. Sí, será su versión, totalmente parcial, pero documentándote un poquito y viendo por donde van los tiros de cierto tipo de gente -que apuntan y disparan siempre hacia la misma dirección-, lo ves de otra manera.

Entonces, un domingo en una ciudad enorme y casi desierta, con las calles mojadas y un silencio especial, te diriges hacia ese lugar. Una simple vía cambia del todo lo que significó siempre una ciudad para ti. Hace cinco minutos era esa urbe enorme y luminosa, y ahora estás en un pueblo de casas bajas, fachadas alicatadas, persianas y rejas de hierro pintadas de negro. Un pueblo con mar.

Llevas varios días pensando de qué modo se puede ayudar a esa gente, a esas  hormiguitas fácilmente pisables y que no pintan nada. Y recuerdas un texto que es una verdadera maravilla, por delicado, por dulce, por evocador, por mil y un adjetivos suaves y agradables al oído. Un texto que leíste hace ya unos meses y recortaste en papel; y que ahora, gracias al bendito Internet, puedes mostrar a todo el mundo: a los que quizás no lo leyeron, a los que lo leyeron y al segundo -o al minuto- lo olvidaron, y a los que probablemente nunca lo hubieran leído por tener otros más interesantes por delante. Ya se sabe que el que mucho abarca, poco aprieta.

Abridlo, por favor, dadle una oportunidad de varias líneas, de muchas líneas, de todas sus líneas (y más  después de habérsela dado a las mías...).

Y, lo más importante, apuntad el barrio del Cabanyal y la playa de la Malvarrosa en vuestra agenda de futuros viajes. Esto se tiene que saber y este lugar se tiene que conocer.


miércoles, 4 de noviembre de 2009

Señales


 Cuando conduzco por carreteras escondidas es normal encontrarme con reclamos con globos de colores amarrados a un margen, indicando un cumpleaños en alguna casa esparcida por el término. Da igual que sea en mi pueblo que en los andurriales de las ciudades. Allí están esos globos, señalando cercanos griteríos de niños, velas sopladas y trozos de papel de regalo roto esparcidos por el suelo.

A veces, me encuentro ramos de flores en curvas malditas, o cruces plateadas, o señales de mordisco donde alguien tuvo un accidente.

Cuando entro en la capital, leo mensajes de amor escritos con letras enormes en las inmediaciones de las vías del tren, con grandes corazones y flechas cruzándolos.

Antes, cuando era menos ingenua, me gustaba esparcir señales, guiños, por donde fuera que escribiera, por donde fuera que pasara. No me paraba a comprobar que la persona o personas destinatarias se dieran por enteradas. Lo dejaba al azar, confiando en que si alguien lo leía, se pudiera sonreír con aquel detalle insignificante. Si no reía, si no se daba cuenta, era porque realmente entre nosotros no había nada. Porque cuando hay algo, no es necesario más;  se ve, se intuye, se lee entre líneas. Se sabe.

No la llegué a conocer nunca en persona; de hecho, desconozco cuál era su nombre. Sí la intuía amable, risueña. El trozo de mundo donde nos cruzamos la hacía distraerse de sus problemas, que no eran pocos.

Hay ausencias que se notan. Y así, después de intercambiar algunos correos cortos y llenos de buenos augurios, ella desapareció.

No fuí la única que se dio cuenta, a decir verdad nunca podré saber cuántos fuimos los que nos dimos cuenta. Yo, por si acaso, poniéndome en su lugar y pensando en qué me haría ilusión a mí, le dejé miguitas para cuando regresara.

Fueron pasando los meses y ella no regresaba. Tampoco me respondió las últimas veces, claro.

Ayer "la vi" de nuevo paseando entre el resto de gente. El corazón me dio un vuelco, y ya pensé que al final las cosas siempre salen bien cuando uno es joven y tiene ganas.

No me respondió, pero no me importó en absoluto. Un regreso después de un tiempo tan prolongado tiene que tomarse su tiempo, y habituarse de nuevo poco a poco, reacostumbrarse a la rutina.

Hoy recibí una carta: no era ella quien paseaba, era su hija. Mediante una intermediaria, me hizo llegar un mensaje.

Ella nunca pudo leer aquellos mensajes, ni tampoco responderlos. Aquello no salió bien.

Me quedo con su pensamiento, que -como bien me comentó un día-, se parecía mucho al mío:

"Cada día cuenta; si hoy no es bueno, mañana puede ser el mejor"

viernes, 18 de septiembre de 2009

Reflexión de la penúltima semana de septiembre


(Ilustración de Jo Parry)

Aunque lo normal en mí es que me enrolle como una persiana y me ponga a divagar, a veces (solo a veeeeces) me vienen reflexiones que no necesitan mucho desbarre.

La que me ha venido estos días es la de que en ocasiones uno tarda en darse cuenta de que lo que más le gusta hacer no es necesariamente lo que mejor se le da (hacer).

En un primer momento se siente como una bofetada de realidad, a la que sigue -después de unas horas de reposo, reflexión y aceptación-  una sensación  como de tristeza; luego simplemente puede interpretarse como una señal para parar a tiempo, mirar un poco desde fuera (todavía más) con perspectiva, y después ya replantearse las cosas.

jueves, 20 de agosto de 2009

Cumples




No recuerdo cuándo empecé a quitar importancia a "las fechas importantes", la verdad. No sería de un día para el otro, ni por ninguna pataleta de la que recuerdas el motivo y por tanto, puedes situar fácilmente en el tiempo con un antes y un después, pero si fue algo gradual, debió ser seguramente cuando la gente empezó a olvidarse de los míos.

Digo yo que debí creer que era ley de vida, que los años felices de los Reyes Magos, Navidad y cumples habían quedado atrás con mi inocencia, y que llegada a la adultez, "es lo que tiene".

El día que nací, bueno, mejor dicho los siguientes, je, siempre nos pillaba a casi todos los de casa en plena campaña de producción de naranja, en días sin demasiadas horas libres, ni sábados ni domingos. Unos metidos a cortarla, otros a que se la cortaran, otras como locas empaquetando, o calibrando, o destriando, o...

Recuerdo habérselo reprochado un par de veces a mi madre, y ante su respuesta...

"¿Cómo quieres que me acuerde, si no sé en qué día estoy?"

... pues como que me mentalicé, y me hice a la idea de que cuanto más mayor menos importante era para el resto.

No sé, digo que aquello sería la excusa perfecta para que en casa se olvidaran de ese día y fuese solapado y condenado al ostracismo entre muchos días parecidos, que en lo único que se diferenciaban básicamente era en que en aquellos no tenía nada que celebrar ni conmemorar.

Más tarde, sí recuerdo que cada vez menos personas -imagino que algunas con una agenda en sus ordenadores y otros con buena memoria- seguían acordándose de ese día, y quieras que no, como que fui perdiendo interés (o haciendo como que lo perdía...). Pensé que esos días chulos habían quedado en los ochenta, y que a partir de la veintena, una ya no tenía derecho a ilusionarse consigo misma, ni siquiera una vez al año, y que a nadie importaba que un sábado a la una y pico del mediodía de hacía veinticinco, veintiséis años, había venido al mundo, fuera para lo que fuera.

Celebré mi último cumple pues de manera simbólica a los veinte años. No fue con mi familia, sino con el extenso grupo con el que salía entonces. Tampoco aquel fue especial, porque éramos varios los nacidos con pocas semanas de diferencia y lo celebramos tres a la vez. Impersonal a más no poder, vamos.

A partir de ahí, como que me hice tan práctica que me empeciné en admitir que todos los días eran iguales, que un número concreto de un mes concreto era solo una circunstancia, ni más ni menos, y que poco había cambiado el mundo por haber nacido otra persona. Así pues, aprendí esa coletilla y la suelo largar a la mínima ocasión, como digo: "no sirvo para los números", o "se me da fatal la Historia"...

Dejó también de importarme la Navidad, el día de mi santo (uno de los dos), las Nocheviejas, el Año Nuevo, el día del Trabajo... y preferí desde entonces vivir todos los días como días, sin ponerles adjetivos "de".

Ahora pienso que fue más bien una manera de autoprotegerme y autoconsolarme cuando, llegado ese día, cada año se acordara de mí un número menor de gente.

Y no creáis, a todo se acostumbra una, y de esta forma los días pasan a ser todos del mismo color, como sin picos, ni altos ni bajos. Lo paradójico de la cosa es que nunca dejé de recordar ni felicitar el aniversario de toda la gente que ha significado algo en mi vida desde que era pequeñita hasta ahora.

Bueno, pues resulta que hablando con un amigo el otoño pasado, y dándole toda esta explicación detallada y explicada, me dijo algo que me hizo casi llorar:

-"Claro que fue un día importante. Debes tenerlo en cuenta, no es un día normal. Naciste tú"

Y ese momento, como que me cayeron todas las caretas de indiferencia, y todas las barreras emocionales, y admití dentro, muy dentro, que en realidad me encantaba que la gente recordara ese día y lo asociara con mi persona, y que tuvieran un detalle, una palabra, una línea de sms. Que no era indiferencia, sino tristeza por volverse uno tan insignificante, por verse y admitirse tan olvidado.

Ahora que soy madre, procuro que mi hijo sepa que cada seis de noviembre es uno de los mejores días del año, y lo seguirá siendo. Que nació un jueves, que eran las cuatro y diez de la tarde, y sobre todo, y lo más importante, que no llegue nunca a menospreciarse ni a olvidarse de él mismo.

viernes, 31 de julio de 2009

Crecer, reír


Una de las personas que más me quieren trata de halagarme diciéndome que es una gran cualidad lo de poner tanto empeño en crecer.

No me halaga -porque yo soy así, desconfiada de lo bueno-, pero me quedo pensando...

Otra persona que también me quiere me repite por carta que le gusta esa capacidad que tengo... de intentar seguir creciendo.

Se me aleja gente por el camino, se me pierde -unos por indiferencia, otros por antipatía, hartazgo, lo que sea...- pero también ellos ayudan a crecer, dejándome al menos el recuerdo de sus réplicas, sus críticas, sus percepciones y sus impresiones generales.

Una se siente impotente. Son adioses dolorosos y algunos entre muchos se sienten como se siente un pinchazo en una rueda de bici, entorpeciendo el avance, haciendo duros y difíciles los siguientes metros.

Pero entonces me viene a la cabeza lo que lleva implícito el proceso de crecer como avance y no tengo más remedio que sorber los mocos y hacer caso a Manolo García:

"Reír, reír, de la risa saqué arrestos,
ánimos y un paso más.
Reír, reír, de la risa saqué fuerza,
que han sido muchos pasos si miro hacia atrás.

Reír, rudimentario cebo,
reír, para usar en los días inhóspitos,

reír, reírse de uno mismo,
cuando empezar el día es subir otro peldaño
de tu escalera hacia el cielo.

(...)

Ya pueden agitarse las ramas del árbol donde vivo

y susurrarme todo es nada.

(...)

Porque el futuro es un bello planeta a visitar en bicicleta"

sábado, 4 de julio de 2009

Palabras borrosas

¿Qué imagen transmitimos a los demás? ¿Por qué actuamos torpemente ante algunas personas vez tras vez, quedándonos con la sensación de haber metido la pata y haber sido desafortunados con nuestros comentarios? ¿Por qué en cambio con otras personas siempre parece que damos la talla? ¿Es la opinión que creemos que tiene de nosotros nuestro interlocutor la que determina la sensación que nos produce la interacción con esa persona? ¿Por qué ante determinada gente estamos en nuestra salsa (no hablo de un face to face, sino de un grupo), y ante otros nos sentimos como adolescentes patosos que no saben qué decir? Y sobre la química... ¿no se supone que es algo entre dos? ¿y qué pasa cuando sólo hay en una sola dirección? ¿es menos química esa?

Si una imagen vale más que mil palabras... ¿puede esa imagen valer más que un trillón de letras entremezcladas? Se me hace difícil pensar eso, y sin embargo todavía me viene a la mente mi amiga "la ligona", con la boca siempre cerrada, y a ese noviete que tuvo un verano confesándome que no le molestaba mi presencia (ese verano hice de farol, sí :$), sino más bien al contrario, que prefería que estuviera yo para poder hablar (sic).

Sí, muy guay todo, pero en ese caso la imagen tuvo más valor que todas mis palabras (hay que joderse cómo se nos quedan algunas cosas grabadas). Mucha belleza interior, pero creo que esa solo se aprecia cuando maduras, no antes.

Y es mejor que ahora calle :D.

No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras
(Joan Lluís Vives)

miércoles, 22 de abril de 2009

Una bocanada de aire fresco

Hilando ideas mientras me duchaba (hay que ver lo que da de sí el anochecer en que la ducha va acompañada de una depilación previa...), y pensando en esta entrada y en una conversación de final algo brusco pero intermedio muy interesante he decidido hablar de lo que yo entiendo por destacar.

La persona que me sufría en mi tarde laboral a través de una ventanita de chat decía que cualquiera puede sacarse una carrera. Yo decía que no pensaba así en absoluto -quizás porque me puse en la piel de un estudiante de alguna carrera "con muchos números" y vi que yo ahí no tendría nada que hacer-.

Seguimos, y él remarcó: "he dicho aprobar". Yo respondí: "Ah, pero yo me refería a aprender".

Una vez más, hablábamos de temas distintos y empecé a pensar sobre ello en mi entorno con aroma a flor de loto y jazmín :D.

Llegué a la conclusión de que él tenía razón. ¿Importaría sacarla curso por curso? ¿Importaría sacarla rozando el aprobado o sobresaliendo de la media? ¿Quién iba a saber si un licenciado -o graduado- en X había llegado a asimilar todo lo que presuntamente tenía que saber o sólamente tenía en su poder un título con el cual optar a un puesto A en la administración pública, ir a recoger aceitunas, querer realmente dedicarse a él o fardar (que de todo hay)?

Y más complicado se me puso el tema en la cabeza cuando empecé a pensar en aquellos oficios más maleables, en los que incluso los colegas siguen distintas escuelas y no se ponen de acuerdo entre ellos.

Hace un par de meses fuí a Urgencias por un problemilla y cuando le dije al médico de turno la pauta que me estaba tomando para unas anginas se puso las manos en la cabeza: "¿Cómo puede haberte recetado tal cantidad de...?". "Hostias", pensé, "pues bien estamos, si se supone que incluso habrán estudiado sus carreras en el mismo país, y puede que incluso en la misma Universidad..."

Sí, mi interlocutor tenía razón -más que un santo-, cuando dijo cualquiera.

Y estuve pensando en qué es lo que hace que destaque la gente que destaca. No se trata de que ocupen un lugar de trabajo relativamente importante (ahí se puede entrar por recomendación, nepotismo o enchufe directamente), ni de tener una licenciatura, siquiera un doctorado -¿cuántos hay hoy día?-.

En la época de mis padres el médico era toda una eminencia, y el farmacéutico, y el abogado, y no digamos el notario.

Ahora salen cienes cada año, sumándose a los cienes del año anterior y del otro...

La gente que destaca es por lo que crea en su cabeza. No me extraña que a Dylan le hicieran Honoris Causa, y desconozco si tiene estudios. De todos es conocido que Gates no acabó los suyos, García Márquez cursó derecho por obligación... así podría seguir.

No, no se trata de echar por tierra la falta que tiene una sociedad de titulados en todos los campos; hablo de que, roda i volta, en un mundo en el que la mayoría tienen lo que tienen muchos ya, el que sobresale es por aquello que nace dentro de su cabeza.

Puede que sea un escritor, un pintor, un empresario modelo, un músico, un revolucionario en el campo que sea (medicina, biología...) Pero uno no destaca por ser algo que cualquiera podría ser en un momento dado.

¿Acaso no es infinitamente más "meritorio" el que compone una melodía que traspasa los años, o el que escribe una novela que sobrevive siempre o quien descubre algo en lo que nadie había reparado? ¿Puede haber algo más difícil en esta vida que eso, que sacar algo donde no lo hay?

Pensar sobre ello puede ser una cura de humildad para la gente que tiene el ego un poco inflamado. Valorarse sólamente por ser lo que pone en un papel resta muchas posibilidades a la hora de ser valorado simplemente por ser, tal vez ahí radiquen algunas búsquedas infructuosas...

martes, 21 de abril de 2009

Breve historia de esto




Bueno, como Marqus me emplaza a contar qué me ha aportado el blog, y a mí lo que más me gusta del mundo es escribir, con sumo placer le sigo la corriente:

Mi blog no es éste. Mi blog es el que tengo enlazado a éste, que fue en realidad el original, creado a principios de 2006 después de leer un reportaje sobre lo que eran y lo sencillo que era abrir uno.

La idea era empezar a contar una historia que tengo aparcada desde hace seis años. Una novela corta empezada en 2002 y que quería presentar a los premios Ciutat d'Alzira, convocados por la editorial Bromera. Llevo suscrita a la Revista de Lletres L'Illa desde el primer día, y cada número que recibo en mi buzón físico (no virtual), cada pequeña reseña que se hace de un libro modesto, y por supuesto, cada entrega de premios, me hace ser consciente de que -ya que no logré finalmente ser nadie- lo que más feliz me haría en esta vida sería ganar un certamen literario.

Mi pretensión era optar a los premios de las categorías juveniles, y por ello empecé en primera persona un relato, que se llamaría provisionalmente como el primer título que tuvo el blog: "Marc, història d'un llaurador pegolí"

Dado mi gusto manifiesto por la novela costumbrista y por todo lo que tenga que ver con la esencia del campo, la vida rural y las cosas sencillas del día a día, no tuve dificultad alguna en recrear la historia de un chico joven que, en pleno siglo XXI-, se dedicaba únicamente a la agricultura. Habiéndome criado en un pueblo, y siendo educada por una familia modestísima dedicada básicamente al campo (aunque los últimos años mi padre trabajó en la jardinería), he tenido siempre dentro de casa los aperos, la ropa sucia de tierra, los capazos...

He conocido el placer de ir con mi padre y mi perra Perla un domingo por la tarde (la gente del campo no descansa ningún día de la semana) con el Citroen 2 CV ("la Cabra") a verlo hacer cavallones y ruedos. Me sentaba en la acequia a observarlo trabajar y paseaba hasta el final de una senda de un km que se me hacía larguísima y que supongo que ahora me llevaría pocos minutos de recorrer (mis piernas crecieron hasta el infinito y más allá).

La cosa fue que, entre unas cosas y otras, avatares de la vida mediante, dejé aparcada aquella historia en unos 80.000 caracteres aproximadamente, y difícilmente veo el momento de retomarla, ya que mi cabeza ha cambiado bastante estos años, y no sé si vería las cosas con la misma inocencia con la que las veía Marc esos años...

El blog lo tenía ahí, y como nunca fue de entradas masivas de gente a comentar, era mi refugio y mi joyita. Pocos lo conocían, y la verdad es que amigos y conocidos a los que lo nombraba tampoco mostraban mayor interés en él. Escribía cuando me apetecía, pasaran semanas o meses incluso, y tampoco leía otros.

El tema de crear otro en castellano surgió una noche en un chat que frecuentaba, cuando dos chicos me comentaron que habían entrado a leerme pero al estar en catalán, no entendían ni papa. Me planteé entonces escribir alguna entrada aislada en castellano, hasta que acabé haciéndolas todas en esta lengua. Esos chicos no sé siquiera si llegaron a saberlo ni a entrar siquiera, pero curiosamente, empecé a tener algunos comentarios de gente que no eran conocidos ni amigos, cosa que me extrañó sobremanera.

A día de hoy, nunca pararía de escribir. Anoche, sin ir más lejos, estuve un rato escribiendo borradores de ideas que me pasan por la cabeza y necesito materializar. Algunas de esas entradas son tan personales y llevan tanta miga dentro que finalmente no las publico, pero el proceso "creativo" me ayuda por lo menos a sacar cosas fuera.

Me resulta muy reconfortante leer comentarios de gente con la que tengo relación directa, porque quizás al conocerme tanto saben por qué he escrito eso o aquello otro, y me ayudan expresando su punto de vista (aunque haya terminado de hablar con ellos hace cinco minutos). Y me resulta muy de agradecer que gente que no me ha visto ni ha hablado nunca conmigo entre a leer mis continuas tarrofagias y deje también su opinión (más imparcial que las otras).

De todos modos, como le dije a alguien la otra noche, no sé cuándo durará este proceso de entrar y plasmar, entrar y plasmar. Sé por experiencia que toda fiebre pasa, y llegará un día en que me quedaré sin ganas, o simplemente ya lo habré dicho todo...

Emplazo a contar su historia a cualquiera que quiera hacerlo.

martes, 7 de abril de 2009

Prisa





Salió el tema por otro lugar virtual. Y fuí consciente de algo que me había reportado alguna mala experiencia y algún cruce de malentendidos:

casi siempre leo por encima

Veo las frases como un todo; no las palabras separadas entre sí con todo su significado, sino una línea total que leo de un vistazo. Ganando tiempo, pero perdiendo comprensión.

No sé si es un defecto cerebral, una ansiedad solapada, prisa por terminar, o mi tendencia a ser siempre rápida. Competente, pero rápida... quizás demasiado rápida.

Y me exaspera la lentitud en los demás: la parsimonia en sus reflejos, la aparente calma cuando el tiempo apremia, la falta de sagacidad de los que comparten cualquier clase de tiempo conmigo. Y yo los debo exasperar a ellos, y deben imaginarme como alguien siempre al acecho, siempre esperando una respuesta o reacción, sea del tipo que sea.

En serio que me encantaría ser a la que los demás esperan, llegar tarde alguna vez, o llegar nunca...

Y no pretender tener todo hecho cuando tengo seis cosas distintas para hacer. Aplicar lo que me solía decir un jefe que tuve: "-detrás del uno, viene el dos". Aunque el dos llegara al día siguiente, o no llegara, que nunca se sabe.

Y me encantaría prestar más atención antes de darle al Intro, en esta circunstancia en la que me hallo ahora o en cualquier otra similar. Y leer bien antes, leer bien antes, leer bien antes...

El hombre corriente, cuando emprende una cosa, la echa a perder por tener prisa en terminarla

(Lao-Tsé)


lunes, 6 de abril de 2009

Amor




Enamorarse y no

Cuando uno se enamora las cuadrillas
del tiempo hacen escala en el olvido
la desdicha se llena de milagros
el miedo se convierte en osadía
y la muerte no sale de su cueva

enamorarse es un presagio gratis
una ventana abierta al árbol nuevo
una proeza de los sentimientos
una bonanza casi insoportable
y un ejercicio contra el infortunio

por el contrario desenamorarse
es ver el cuerpo como es y no
como la otra mirada lo inventaba
es regresar más pobre al viejo enigma
y dar con la tristeza en el espejo

Mario Benedetti


¿Por qué antes me enamoraba de un todo? ¿Por qué ahora me enamoro de un momento, una mirada, una sonrisa, unos ojos o una frase en un momento dicha? ¿Por qué siento que soy incapaz de volver a hacerlo plenamente? ¿Por qué me enamoro en instantes, e instantes después todo me pasa? ¿Por qué mi amor es disperso, extraño y dura tan poquito? ¿Por qué me enamoro de una risotada, de una voz, de una temática o de una canción? ¿Y por qué no de alguien, como hace todo el mundo?

martes, 24 de marzo de 2009

Cuerdas




La cuerda es ancha, de color hueso y está formada por decenas de finos hilos. Trato de romperla cortándolos poco a poco para ver si así -casi sin darse cuenta ella, casi sin darme cuenta yo-, cede, sin dolor, sin brusquedad, y deja de formar parte de mi vida.

Otras veces trato de cortarla de un tajo, y entonces la fuerza que hago con mis dedos y las tijeras me daña, y me salen dos ampollas que tardan unos días en dejar de escocerme.

A veces pienso que la mejor solución es no mirarla siquiera, no acordarme de su existencia y tratar de borrar de mi mente los momentos en que me dañó, pero a día de hoy todavía no he conseguido perdonarla del todo, pese a que precisamente el perdón es algo que se me hace fácil de aceptar... y de pedir.

Hace un año ella trató de ahogarme. Me dañó con su despecho y desprecio, para mí del todo inesperados e inexplicables, y atribuidos quizás a mi excesiva blandura y al exceso de confianza (ahh, a ella no le va a importar... ahhh, a ella no le faltará compañía..., ahhh, ella se encargará de todo (siempre lo hace))

Hace un año la cuerda que se me antojaba suave, acogedora y mullida se me transformó súbitamente en áspera, rígida y hostil. A día de hoy todavía me pregunto por qué.

Se me derrumbó todo un mundo encima y empecé a ver a la gente de otra manera.

Una persona que me quiere y a la que quiero me propuso anoche que escribiera sobre todo esto. Sus consejos suelen hacerme mucho bien.

Yo le he hecho caso, pero eso sí, he de reconocer que ha quedado una entrada bastante feosa :(

martes, 17 de marzo de 2009

Soltaremos la cabeza hacia las nubes...


Era una imagen de una playa, se veían rocas en la orilla. Me parece que la foto era de Lanzarote. En la arena, una palabra lapidaria. En el sur de la foto, una frase, ésta:

"Sin esperanza, se encuentra lo inesperado"

Parece ser que fue escrita por Heráclito de Éfeso. Se le llamó "El oscuro", quizás por su tendencia a los textos crípticos (más aquí). Otro que tal, en todo caso...

Luego me mandaron un pps de estos que parecen no ser hoax. Trataba sobre una chica que se casó cinco días antes de su muerte, que estaba escrita. Aquí.

Es tremendamente contradictorio sentirse mal en ocasiones. No podemos quejarnos, no debemos quejarnos. ¿Acaso no es vergonzoso hacerlo después de leer ese caso por ejemplo?

Está mal visto dejar traslucir nuestras miserias, parecer siempre taciturno. Hay quienes hemos pecado de hipermegaoptimismo, y éste mismo se ha vuelto en nuestra contra... quizás por confiarnos.

No, no hablo de buenismo, ese sería otro cantar, como bien nos explicó el amigo A través del Espejo hace unos meses.

Todos hemos sido niños, adolescentes y jóvenes. Algunos incluso lo seguimos siendo... a pesar de ver el mundo con ojos más entrenados y escépticos. Y sin embargo, tratamos de mantener siempre el sentido del humor en lo más alto (porque qué asco sería todo sin sentido del humor).

Me encanta la gente con sentido del humor. Yo misma tengo mucho sentido del humor, aunque no me encante.

Y me cae genial esta chica, a la que han criticado hasta la saciedad desde sus tiempos de top-model. La acusaban de robamaridos, y ella dijo sin despeinarse (y con una mala leche tremenda :P):

"A los maridos de otras no se los roba. Simplemente hay mujeres que saben conservarlos, y otras que no"

Os dejo pues con ella. Además, la canción es preciosa ;):



PD: Finalmente, cambié de pensar y no publiqué aquel borrador :D