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viernes, 8 de noviembre de 2013

Días de luz


Llevo varios días más sensiblona de lo normal, llorando por frases sueltas que leo en las noticias, por el asco que me da lo que está pasando a nivel político, y también por lo que veo delante y a mi izquierda cuando conduzco de nuevo hacia mi Dénia varias veces por semana. 

A lo largo de cinco años de carretera nacional, ese acto, ese rato, se había terminado mecanizando, pero resulta que ahora han cortado el mejor acceso que tenía, y no he tenido más remedio que desviarme por les Marines. Parece tontería, pero no lo es en absoluto, por ese sitio se va con menos prisa, en un eterno verano, como en un día de fiesta. Es triste y decadente el turismo de sol y playa cuando ya nadie va a la costa, pues porque es noviembre, porque ya "no toca", por lo que sea, pero a mí me gusta, y lo disfruto. Y salgo antes de casa para poderme parar y tomar alguna foto de un contraste que me guste (cualquiera no lo haría, con esta luz que tenemos). Y eso me hace regresar a tiempos más despreocupados, en los que todavía no tenía el arrugón que adorna hoy mi frente. No diría que si lloro sea melancolía, no: es por la sensación de tener por fin los  pies completamente sobre el suelo. De tenerlos, de saberlo y de sentirme muy bien por ello. De que el colador de la vida me dejara lo que más me convenía y lo que menos triste me hacía estar.

Pasan buenas cosas últimamente, y lo mejor está por llegar, como todos sabemos. Vendrá quizás el libro, vendrá el hotelito, vendrá la Provenza y mi París, lleno de coulants caseros y paseos sobre piedras redondeadas. Como las de la Almadrava, y como las que solía coleccionar, las que solía regalar. Espero que sigan en los cajones o en los bolsillos, y que sigan transmitiendo algo mío. Todos dejamos algo en aquellos que nos conocieron, más grande y presente y luego quizá mucho más difuminado y ausente, pero estamos en aquello que regalamos, aunque solo fuesen piedras.

Dénia pues me hace sentir siempre en casa, y la de personas que me quedan por conocer, justo en la mitad potencial de mi vida. Es comer bien, es buscar libros, comprar juguetes...

Las cosas suceden como encadenadas, y ayer alguien vestido de amarillo y azul me trajo al trabajo esa cosa tan pequeña como útil que es la guía Au, y allí que vi que, veinticinco años después, un conjunto de canciones que todavía hoy me sorprenden y me hacen sentir muy muy bien van a poder escucharse en directo el próximo 30 de noviembre, y a un precio bastante asequible.

Eran canciones de mar, y de aquel niño rubio de pueblo marinero para quien me inventé una historia y una vida. Cosa dulce.


domingo, 21 de octubre de 2012

Un pequeño regreso




Ayer tarde regresé a Petracos. Los oídos taponados, escuchando al aire fresco después de la tormentaza, respirando silencio después del guirigai de los sitios con gente -casi todos los sitios-. Recordaba escalones, verjas y pinturas, pero no esa cueva. Me tumbé mirando el techo, negro de humo de hace muuuchos años... y me sentí como en casa.

Es que terminamos regresando allí donde estamos a gusto, se tarde lo que se tarde en bajar de las montañas rusas en las que nos montamos. La sorpresa es que te reciban con los brazos abiertos. La no sorpresa es que las montañas siempre siempre son preciosas.

sábado, 14 de julio de 2012

Árboles en un lugar solitario


A veces no se entiende el lloro público, el palmeo público, el enfado público. Todo es farsa: poco quererse y dependencia total de otras letras dirigidas a uno. Porque no son más que eso, letras vacías, sin sentimiento, sin intención. Todo es sencillo en Internet: parecer interesante, parecer interesado, dar pena, dar consuelo... llamar la atención.

Tuve un minidebate hace unos meses con ulls blaus "Qué propones tú pues? Pues no sé, belleza, pienso yo. ¿Belleza... cómo?. Belleza sin más. Quince mil muros llenos de mierda, gente indignada y malas noticias. Hagamos prácticamente lo único que podemos hacer para el resto. No puedo obviamente hacer feliz  a la gente, ni hacerles olvidar sus malos rollos y angustias. No soy tan poderosa, ni yo ni nadie. Puedo elegir aumentar el pozo de la porquería o buscar cosas más bonitas. Es fácil. Me gusta. Me apunto contigo"

Todos somos capaces de escribir el texto más triste y desagradable del mundo. Y llorar haciéndolo. De hecho yo lo he hecho infinitas veces en mi vida. Y luego el gran alivio al quemar esas hojas o más acorde al mundo de ahora darle al Supr. Por suerte existen los borradores y Big Brother aún es incapaz de espiar las carpetas de nuestros portátiles. La terapia a veces es eso: dejar fluir pero solo para uno mismo. Lo otro es exhibicionismo, y éste siempre persigue un fin dirigido a alguien de fuera para que nos consuele, salve o rescate. Pero la ayuda no viene de otro, eso te lo dice el psicólogo en la primera charla. Un bucle llenito de parches aparentando sellar fisuras. "Solución" provisional, frágil... e inútil.

También sale suciedad a veces de un dibujo. Ante veinticuatro tonos, elegir los más decadentes. Y enseñarlos. O elegir los armoniosos, trazar formas suaves y escribir un buen guión para ellos. Y darles movimiento, vida. Hay gente capaz de hacerlo, de embellecer y dar tranquilidad. Alcanzada esta, releer por ejemplo los cuentos que nunca nadie tiró en casa de nuestros padres. Haced una prueba: si se leyeron mil veces, hacerlo una vez más aún habiendo pasado veinticinco años pondrá la mente en otro punto de partida limpio y lleno de nuevas ilusiones, como cuando teníamos diez años. Ilusiones no causadas por personas, sino por sensaciones que todos somos capaces de sentir también estando solos. Como entonces.

Y este es el video inspirador de estas letras. Invertid media horita de vuestra vida en verlo (si queréis):

"El hombre que plantaba árboles"



jueves, 3 de mayo de 2012

Como el lenguaje de las olas


N cantaba al hablar, musicando sus pensamientos. En un dibujo hubiese sido una cabeza con pelo rizado alborotado soplando notas musicales por su boca.

Disfrutaba al escucharme contar las historias de naufragios ingleses que un tiempo fueron de veras, y pasear junto a mi personita ladeando la orilla en meses fríos -el llenguatge de les ones és d'entendre universal-. Con él aumentaba de estatura algo así como cinco cariñosos centímetros. Exactos.

El tercer día de mayo del año en que proféticamente terminaban mundos e historias, oí que mi amor era distinto al que podían dar las demás, que no estaba contaminado. Porque yo no era capaz de contaminar algo tan puro. En una jornada de problemas grandes y pequeños, esas letras juntas rebotaron en mi conciencia. Hasta ese momento nunca había asociado los conceptos de amor y suciedad. A partir de ya los asociaría siempre.

Todo era fácil... solamente palabras, cosidas artesanalmente. Y obraban magia si eran dichas con plena sinceridad: "- no me digas cositas así, que me da vergüenza"- Sin cursiladas... sin contaminación.

domingo, 25 de marzo de 2012

Somos animales

 
Hesse reposa en mi mesilla de noche desde hace meses. Sin prisa. Ganitas le tengo, pero tendrá que esperar, como Huxley y Kundera. ¡Qué va a ser lo mismo a los dieciséis que a los treinta y ocho! ni seguramente hubiese sido igual a los treinta y cinco, sin irme tan lejos. Tengo tiempo de sobra para observarlo todo atentamente, y corroboro que el pensamiento vuela libre desde siempre, pero las acciones pueden verse limitadas dependiendo de lo que escojamos. Yo escojo la libertad.

Si dos almas tocadas -pese a carecer de sentimientos entre ellas- amarran sus manos con absoluta, total, completa, plena y rebosante sinceridad... un camino de apoyo y confianza se amplía y purifica todo a su paso: AMISTAD.

La primavera llegó este año bullendo por todos lados; por la mente, por el cuerpo, por el pecho, por las manos, por el estómago... Me encantó su venida calurosa, tierna, sensual. Se deshizo un enorme nudo que interfería y bloqueaba cosas buenas y, a la vez, rompí varias veces las normas de la amistad (que, por cierto, no existen :)). O sea... no rompí nada.

Esta noche pasada dormí con una sensación muy placentera de plenitud y tranquilidad. Al despertar necesité solo un par de minutos para encontrar la frase justa que resume a la perfección mi sentir de hoy domingo. El primer domingo de primavera. Es de Hesse:
"Sin el animal que habita dentro de nosotros, somos ángeles castrados"
(El lobo estepario)
Amo a mis amigos de la manera que explican las cinco primeras acepciones del diccionario. Individual o mezcladamente. Soy amable porque se me ama fácilmente. Así de simple. Soy achuchable, molestable y querible. Aborrecible, detestable, cansina, insistente. También adorable y besable. Como todas las personas. Y sigo siempre mis instintos. Como los animales.

lunes, 13 de febrero de 2012

Oda a la dulzura

(Un trocito de belleza sobre una mano)

La vida de uno parece enmadejarse a veces, y al tirar del hilo y mirar desde muy cerca, se muestran ante nuestros ojos las decenas de hilillos-bebé que forman parte de él -de ella-, como los vellitos de los brazos, que aparecen y desaparecen del mundo según les dé la luz. Son como nuestras experiencias, tan importantes... mientras duran. Ahora nos morimos de llanto, luego nos morimos de risa. Y siempre es así, con independencia del mundo más allá de nuestra aura, de esos 45 cm aproximados de proxemia. Viéndose o no esas hebras, el hilo sigue ahí.

Cada vez noto, afirmo y me convenzo más de que partimos de la felicidad completa, y la vamos boicoteando, descoloriendo, poniendo fea, y lanzando a perder... porque nos da la gana.
Osho nos habla de cumbres y valles; inexistentes unas sin los otros, y nos invita a disfrutar de ambos estados. Pero nosotros estamos cumpliendo años -no somos una doctrina inmortal ni una utopía-, y soñamos con algo estable, pacífico y constante, como una colina de verde terciopelo. Pensamos que "si..." nos dejaríamos caer sin miedo al daño, al despeñe tantas veces repetido, al precipicio, y nunca nunca lo hacemos por estar esperando no se sabe bien qué. Pero podemos probar ahora a tumbarnos y soltarnos, ya que ese condicional no es real. Y seguramente nos sorprendamos al ver que llegamos suavemente al fondo, exactamente de la misma manera, sin el "si...". Porque una colina tiene algo en su nombre que evoca dulzura y tranquilidad, y existe si queremos que exista. Así de simple.

Nada nuevo bajo el sol... Anoche me preguntaron :"¿existe eso?" yo creo que sí; el campo mismo con todos sus matices, el monte con sus vistas y esa sensación al llegar arriba de "meta alcanzada", una costa de la Calma llenita de piedrecitas de la gratitud para buscar y regalar, la conducción sin prisa solo para oír música y sentir cosas... entre un obvio y largo etcétera. Todo eso YA existe. Azorín lo (d)escribió así de bonito: "Entre todas las alegrías, la absurda es la más alegre; es la alegría de los niños, de los labriegos y de los salvajes; es decir, de todos aquellos seres que están más cerca de la Naturaleza que nosotros"

Ben Bridwell repite en una canción que me encanta: "The world is such a wonderful place" y me duermo con una especie de nana pesimista pero con una melodía tan dulce que es imposible que no haga sentir bien. Un regalito si alguien ha leído este texto. Hoy prohíbo estar triste sin motivos serios :):

(Sweet, sweet, The Smashing Pumpkins)



viernes, 30 de diciembre de 2011

Un texto enrollado en un tallo


Marché uno de estos días a la playa con frío... a mi playa con frío. Iba sola, y miraba abajo, hacia donde suelen mirar las personas que buscan cosas, o buscan algo, o se tratan de buscar a ellas mismas. Entre los miniplataneros había un diente de león, y a riesgo de considerarme planticida, o floricida, o como sea que se diga esa cida, lo arranqué. Resultó tener una raíz inmensamente larga, y con un mínimo movimiento de mi pulgar y mi índice cedió, desplegando un lienzo con dibujos y textos. Abrí la puerta de la casita, la puerta llena de arena pegada y suciedad de todos los meses transcurridos desde el último verano. La chimenea, que nunca funcionó bien -la maldición de mis chimeneas :)- me regaló un fuego constante y limpio de repente. Empecé a leer sobre el fondo verde del tronquito de mi nuevo y muertecito diente de león:

"Es cierto que el paisaje empezó a ser distinto, y de repente empezaron a  vivir a mi alrededor los colores y sensaciones que el cine me había proporcionado los años anteriores. Olvidé quién había sido hasta la treintena, y ya solo eran flashes de memorias difusas, anécdotas magnificadas por la percepción errónea quizás de mis recuerdos y poco más. Me levanté, llené el coche de lo necesario para no morir al menos de hambre y sed y marché en el que había estado acompañada hacía bien poco. Esa vez fue el color, la luz y el verano mismo. Nunca hasta entonces había visto una estación condensada en una visión como aquella tarde,  y ese sol del atardecer, y el calor, y por primera vez en tiempo puede compartir esa sensación. Ahora estaba sola, con mi alma, mi pensar y mi sentir como en conserva, cerrados al vacío. Si bien nadie es perfecto, no es de recibo que se te recuerde continuamente lo imperfecta que eres. La hierba estaba húmeda en aquel punto, seguro que algo de lluvia había caído. Encuentro preciosas las montañas, disfruto admirándolas. Necesitaba llorar. Más, porque esta vez solamente lo había hecho durante un día entero; no era posible que no me quedara más dolor dentro. O sí, si había ido saliendo a goteo los meses anteriores. Paré el coche, estaba sola, completamente sola, y al bajar y no poder comentar con nadie lo que sentía me vine abajo, llorando amargamente, enrollada en el suelo, sintiéndome morir..."

Lamento profundamente el daño que me he hecho a mí misma, y el daño que he hecho a la gente que me quiere mostrándoles tristeza casi a días alternos. Pero me alegro de haberles mostrado alegría también un día de cada dos. Me alegro de contar con Arcade Fire, Yo la tengo, Wilco, Band of Horses, Van Morrison y Neil Young... porque me han hecho sentir muy bien. Y de mi recientísimo encuentro con Melville y Bartleby, por supuesto un personaje mil veces más sombrío de lo que lo he sido yo estos meses. De lo que lo he sido...

Feliz Año Nuevo

miércoles, 21 de diciembre de 2011

La amabilidad del cosmos


Más allá de todo lo que no se ve, de bruces con una afirmación certera y preciosa. Ayer hizo quince años que Carl Sagan viajó a las estrellas -sus estrellas-. Fuera incertidumbres, deseos...; estamos hechos del mismo material del que están hechas ellas. Hay algo luminoso en mí... y en ti.

No es fácil escribir sobre algo que solamente los demás podéis ver... o no ver.
¿Qué imaginas tú? la mirada... tan importante. No sé si sabré hablar a través de ella, voy a intentarlo al menos. Pero no será fácil sin derribar antes algunos muros. Mis -minúsculos ya- traumas, la contradicción ante el espejo, la actitud, la pose... Borra de mis ojos esa tristeza bella, como la describiste en el momento en que nos miramos más segundos de los que son habituales entre desconocidos.

Si algo me han enseñado los desencantos es a saberme bien o mal mirada. No sé cómo será nuestro próximo cortocircuito, porque sucede siempre: se explosiona en positivo o en negativo, pero algo estalla, se rompe.. o empieza. No tengo ya ningún rechazo ni reparo ante mi cuerpo, espero que tú tampoco lo tengas, ni que te incomodes ni me hagas sentir incómoda a mí. Nunca más. Serás una vía para que yo me deslice, con suavidad, y puede realmente resultar algo placentero, bello y deseado.

Me di cuenta hace ya tres años de que se plasmaba solamente aquello que veía el que enfoca y dispara. De ahí las sorpresas -agradables sorpresas-, y las subidas de autoestima -sin pasarse-, y el sentirse bien, y el proyectar ese sentir, y y...

Podría sobrar el color, o jugar a magnificar los míos naturales. Pueden resultarte agradables, al menos son cálidos y armoniosos, sin contrastes.

Empezar las cosas al revés tiene su punto.Y hubo algo mágico en que nuestros duendecillos comunes nos acompañaran ese rato raro pero bonito.

Fue un bálsamo para mí el modo en que me miraste, pese a ser un despojo triste en esa madrugada de viernes a sábado improvisada, fría, húmeda y loca. Unas horas antes había implorado cariño y un abrazo de forma totalmente humillante... Me fue negado, y en cambio tú te ofreciste a mí sin conocerme...

¿Te animas a cavar conmigo? puede que nos encontremos...

sábado, 23 de julio de 2011

Blue


Malibú resultó ser cortita desde las casas al mar, y muy muy luminosa. Casas que parecían flotar con largas y flacas patas de madera, como de pirata gigante. Las bases, de tanto oleaje, tanto golpe y tanto desgaste, estaban negruzcas, estropeadas, feas...

Había perros grandotes jugando, mucha espuma empuntillando las olas, gente pescando.

Me giré hacia arriba, mirando una de las casas y fantaseando en cómo sería la vida allí dentro, tan cerquita del mar -imaginando el mar en invierno-.  Y allí estaba, colgada de una pared. Tristona y azul.

Esa visión me hizo pensar que, "incluso en días luminosos y casas blancas, siempre hay un puto huequín para la tristeza".

PD: pero, pese a algunos días feíllos, poquito a poco voy notándome más ubicada y feliz :).

lunes, 27 de junio de 2011

I ventured in the slipstream


Pensaba sobre el ese de vivir, y las carreras serpenteantes y subibajas agitándonos las emociones. Seguramente las adrenalinas están bien precisamente porque pasan - porque sabemos que pasan-, y yo no quiero vivir siempre al límite, sino bajarme ya y poderme acurrucar, mirar a los ojos y reír, sobre todo reír mucho. Sentir duele a veces cuando no se siente bien. Por eso a ratos me he notado como perdida en una fiesta nocturna, y, aunque me ha gustado dejarme llevar por esas luces y esa química, ha resultado ser todo artificial y efímero. Puede que por ello a la mañana siguiente, el día después de haber experimentado la emoción vibrante, he ido en busca de la tranquilidad, como el prota de una peli infantil de aventuras que solamente quiere llegar a su casa y dormir en su cama después del jabón y las toallas suaves. Estabilidad, equilibrio mental... La armonía genera paz, otra forma de sensualidad; expresión de calma en la cara, suavidad en la piel, alboroto o enmarañamiento de pelo rojizo, kohl redibujando los ojos. Ternura. Al final será eso lo que mueve el mundo.

viernes, 31 de diciembre de 2010

The best is yet to come


Solo cerrando algunos círculos vamos redondeando la vida. Tiene que ver, y qué cosas,  lo primero suena triste, y lo segundo, sumamente alegre. Una vez traté de explicarle a un amigo por qué el círculo simbolizaba la perfección. Él, como siempre :P, trató de que se lo demostrara con datos científicos, que yo, como siempre también, desconocía.

Solo sé que es así, no me preguntéis por qué. Me consta. Que un círculo a medio cerrar es vicioso, y sin embargo, cuando ha tenido un buen clic, pasa a ser virtuoso. Y se sienta uno ante una taza de té -verde o rojo-, y puede empezar a narrar su vida sin que en ninguna parte de la historia un molesto nudo impida seguir hablando y ahogue. Fluyen las palabras, las anécdotas, las experiencias, las risas y las emociones. Ciertos hechos no han hecho más que completar y adornar el conjunto de nuestra vida. Porque una vida llana y tranquila no se aprecia si no se ha probado la otra: la que duele quizás, la excitante. Lo bueno es contarlo.

Lo mejor está por venir :)

martes, 16 de noviembre de 2010

De colisiones y cuevas


El que va de paso emprende el camino, normalmente ascendente, zigzagueante, sinuoso; a veces duro, a veces suave; siempre imprevisible.

Asciende, y a la vez que deja de escuchar sonidos que diez minutos antes eran claros y cotidianos, el silencio inmenso de la montaña va haciéndose espacio en sus oídos, acoplándose, retorciéndose, hasta terminar ocupando todo, y aislando a cada caminante en sí mismo. Pensando...
Siempre, desde lo más inmenso, desde esos lugares y esas vistas, el individuo, como dijo Nietzsche, deja de ser absorbido por la tribu, y cada nueva roca lo acerca más y más a la cima y es un tramo menos de apego. Y sube él solo. Puede haber otras voces... otra voz, pero sube a solas.

Y piensa, valga la redundancia, en qué pensarían hace tantísimos años aquellas personas con preocupaciones puede que no tan banales como las suyas, pero igual de inútiles, ya que al final las cosas son o no son siempre por ellas mismas, sea conseguir una pieza de caza, encontrar un trabajo o cimentar una amistad. Dejamos de ser parte implicada cuando en nuestro rumbo se cruzan y mezclan otros planetas, estrellas y asteroides que vienen de galaxias diferentes y a ellas vuelven. Solo son rozamientos, pequeñas colisiones casuales, inexplicablemente casuales, que por lógica no deberían haberse dado. De una colisión nunca se sale sin dejar pedazos esparcidos. Pero al final, la vida es ese ir dejando miguitas de goma de borrar, y en trozos tan tan pequeños que no nos damos cuenta, pero nos van moldeando –o quitando-, y no somos iguales que la semana pasada, ni nuestra mirada es la misma, y solamente ha pasado un espacio minúsculo de tiempo, pero ya no somos iguales.

Los ojos descansan, la mirada se relaja. Sorprende encontrarse a las mil una florecilla que contrasta con el monotono, y dan ganas de hacerle una foto, pero la cámara está cada vez más lejos…

A esos sitios hay que ir con los cinco sentidos, pero pese a la nariz bloqueada, uno imagina esos olores, y de paso recuerda que no está oyendo nada, que cada vez está más y más solo. Y piensa que, si pasara mucho tiempo allá arriba, terminaría volviéndose loco.

Al final siempre se llega a la meta, es inevitable. Y desde arriba observa el paisaje en semicírculos, los mismos que dibujábamos como montañas cuando éramos pequeños y pintábamos en tres tonos distintos de verde, pese a vivir en otras más bien grisáceas. De niño, los cuentos llevan siempre las montañas verdes, y uno tiene que llegar a mayor y girar su cabeza en el coche, para darse cuenta de que la realidad estaba fuera de la caverna, y que ese verde lo causaba una percepción distorsionada –con hoguera o sin hoguera-, y sobre todo, una cadena en el cuello, que era la infancia misma, que nos hacía pensar que el mundo era tal y como lo veíamos nosotros, que siempre todo sería feliz como entonces.

De espaldas a las formas semicirculares, está el abrigo, la cueva, el refugio. Mucho más grande de lo esperado e imaginado. Y se convierte en una especie de lugar mágico, donde la mentira sobra, donde claramente uno expone lo que piensa y escucha al otro pensar. Como una especie de catarsis. Pero muy necesaria.  Después se pregunta uno si la verdad que es en ese momento seguirá siéndolo un tiempo después, y, si no es así,  si será menos verdad que la que existe en ese presente y en esa cueva mágica. Y si se puede afirmar algo rotundamente cuando depende de un pensamiento, y este es, a su vez, quizás lo más variable que tiene el ser humano.
 
Alcanzado todo, se desciende, menos cargado de equipaje que al subir, pero también pensando y en silencio. Hay historias en las que ya se ha dicho todo; que más palabras no van ya a mejorar, ni empeorar, ni embellecer, ni afear. Que de algo ha servido subir hasta allá arriba... aparte de para conseguir un pisapapeles natural :).

viernes, 5 de noviembre de 2010

La sinceridad enmascarada en una pirueta

 
Leía ayer que ese gran laberinto sin solución aparente que es nuestro cerebro guarda nuestras habilidades entre recovecos, como los recuerdos, como las experiencias bonitas y no las feas. Que el cerebro -nosotros- es listo -nosotros también lo somos- y nunca nunca nos deja ser masocas ni fatalistas cuando se trata de mirar atrás (¿arma de doble filo?... puede).

Me decía esta mañana una persona que agradezca a cada ser que entró y salió en mi vida el bien que me hizo, que ese es el modo de decir adiós. Se giró hacia sus papeles y me dio un papelito rectangular: que lo guardara, que lo leyera una y mil veces y lo tuviera presente a diario. Lloré al escucharla leérmelo, como lloraré dentro de diez años y como hubieseis llorado vosotros. Porque es bonito que alguien haya pensado en ti y te haya escrito un papelito como ese, aunque te haya causado una emoción tremenda. Aunque esa emoción haya durado solamente los tres minutos que he tardado en volver a mis rutinas y mi día a día. Estuve ese rato pues en una nube, como en una nave del tiempo. Un momento especial, algo bonito.

Mucha gente me pregunta si sigo dibujando, y digo que no, que pasé de los colores y las formas redondeadas grandotas al azul marino y blanco y a las formas redondeadas pero más pequeñas que son las letras, las palabras. Que me dio por escribir, mira tú, y aquello otro que tantos buenos ratos me hizo pasar... que aquello otro lo fui dejando, y ya no servía, y ya no...

Elegí hace tres años un dibujo al azar. Mi tía hacía un curso de mandalas y yo elegí uno que simbolizaba la amistad. Entonces no lo sabía, ni fantaseaba en cómo iba a cambiar mi vida los siguientes años. Ni que unos años después iba a tener a una personita rubia con gafas colgando de mis pechos -alternando mis pechos- todas las horas del día. Que la amistad me causaría las mejores satisfacciones. Lo que no sabía era que podía quizás confundirse con otras cosas, o puede que el amor sea eso, amistad de la buena, ese estar a gusto -muy a gusto-, reír muchísimo y amar... a ratos. Que puede que si es eso acaso no haya nada mejor, y si no lo es... puede que sea lo mismo... y que la ternura supere a la fiereza, y aquello imperfecto sea lo que echemos de menos cuando hay ausencia... y que cuando hay presencia queramos morirnos en ese momento y que se pare el tiempo justo ahí.

Empezaré hoy, viernes tarde, lluvioso, gris y con paz ambiental...a dibujar de nuevo. Tengo las plantillas de mandalas, todos los colores del mundo y más necesidad que nunca de expresarme por otras vías. Y empezaré al azar, dejándome llevar, sin creer que estoy siendo iluminada ni soy alguien divino haciendo algo que todo el mundo puede hacer. Solamente disfrutando el momento y deslizando lápices de madera...

Y cuando vuelva a acostumbrarme a combinar colores de nuevo... saldrán las formas, las imágenes y todo lo que llevo dentro... ya que están latentes dentro de mi cabeza; que veinte años no es nada...  :).

PD: la frase que da título a esto es de Claude Serre. Me ha encantado.

lunes, 2 de agosto de 2010

Instrucciones para un doce de junio

 
Todos podemos necesitarlas algún día, eso nunca se sabe. Si no se quiere decir en alto, se puede pensar en tono bajito, solo para nosotros. Creemos tenerlo todo controlado y haberlo alcanzado todo,  llegamos a pensar que nada ni nadie nos pueden hacer desmoronar, qué fuertes nos sentimos. Y entonces va, y algo o alguien hace que nos desmoronemos. Si no existieran esos pinchazos cuando el coche va encarrilado en línea recta, pues no sería la vida, y también sería mala cosa, pues si no es la vida ¿qué otra cosa puede ser?

Hay quien se santigua, quien tiene corazonadas y afirma no fallar nunca, quien usa amuletos, quien cree en ellos,  quien dice que son supersticiones, quienes hacen pequeñas apuestas con ellos mismos (si pasa esto... pasará esto otro; si... saldrá bien...), y los hay que no hacen nada -bueno, sí, burlarse de los que sí lo hacen, que también es hacer, digo yo-. Nadie en cualquier caso se queda de brazos cruzados ante los dilemas y encrucijadas de la vida. Nadie deja de tener incertidumbre ante una señal con cuatro direcciones distintas. Todos dudamos.

Estas dicen que las elaboró el subcomandante Marcos en la selva Lacandona, en Chiapas, México, entre 1984 y 1989, influenciado por Cortázar y dentro de lo que la guerrilla llama "literatura de montaña". (aquí) Hay de todo, para todos, sin necesidad de untarse con excrementos, vestirse de payaso o emborracharse en las tumbas de los antepasados, como aconseja el otro.

PD: Solo advertir que cuando la decisión tenga que ver con otra persona, antes nos pongamos de acuerdo con ella,  no sea que los dos sintamos lo mismo y simplemente lo llamemos de distinto modo... (:P)

Para cambiar el mundo: 
Constrúyase un cielo más bien cóncavo. Píntese de verde o de café, colores terrestres y hermosos. Salpíquese de nubes a discreción. Cuelgue con cuidado una luna llena en occidente, digamos a tres cuartas sobre el horizonte respectivo. Sobre oriente inicie, lentamente, el ascenso de un sol brillante y poderoso. Reúna hombres y mujeres, hábleles despacio y con cariño, ellos empezarán a andar por sí solos. Contemple con amor el mar. Descanse el séptimo día.
  Para olvidar un amor:
Sáquese despacio ese amor que le duele al respirar.
Sacúdalo un poco para que despierte. Lávelo con cuidado, que no quede ni una sola impureza.

Limpio y oloroso proceda a doblarlo tantas veces como sea necesario para tener el tamaño de la uña del dedo gordo del pie derecho. Espere el paso de una hormiga, ser noble y generoso, y pásele la pesada carga. Ella lo llevará a guardar en alguna profunda caverna. Hecho esto, vaya y rellene, por enésima vez, la pipa de tabaco frente al mar de oriente. El olvido llegará conforme se termine el tabaco y el mar se acerque a usted.
Para recuperarlo:
Basta escribir una larga carta hablando de viajes desconocidos, hidras, molinos de viento, oficinas y otros monstruos igualmente terribles. A vuelta de correo tendrá su amor tal y como lo envió, acaso con un poco de polvo y sueño en la cubierta…
Para medir el desamor:
Basta el rencor y, finalmente, no vale la pena.
Para seguir adelante:
Frente a un espejo cualquiera, dese cuenta de que uno no es lo mejor de sí mismo. Pero siempre se puede salvar algo: una uña por ejemplo…
Para nuestra muerte:
Los que ahora dicen -¡Qué malo es!-, dirán entonces -¡Qué bueno era!-. Y nos iremos sonriendo, burlándonos siempre de ellos, es decir, de nosotros.
Para medir el silencio:
Basta con los suspiros. Pero no los cuente, el resultado suele ser desalentador.
Para medir la vida:
Se toma cordel a discreción y se empieza a meter en el bolsillo derecho del pantalón hasta que ocurra una de dos cosas:
a) Que el bolsillo se llene de cordel.
b) Que se canse uno de estar metiendo el cordel en el bolsillo.
Cuando ha ocurrido una de las dos cosas arriba señaladas, o las dos, espere una tarde lluviosa.

Justo cuando la lluvia empiece a titubear en caer o no sobre la tierra, saque el cordel y arrójelo hacia arriba, lo más alto posible, con un elegante ademán de mago y, simultáneamente, murmure las siguientes palabras: “Veo, mido, existo, la vida”. Si se han seguido las instrucciones al pie de la letra, el cordel permanecerá en el aire, suspendido por unos instantes, antes de volver a tierra en un manojo de hilos. Ahí tiene usted la medida de un pedazo de vida. Si no obstante haber seguido las instrucciones, el cordel no responde como arriba indicamos, no se preocupe y pruebe con otro cordel. Sucede que hay cordeles que se niegan, con desconcertante obstinación, a medir la vida de nadie (bastantes problemas tienen con amarrar botas, zapatos y otras cosas absurdas, dicen).
Para despedirse:
No mire hacia atrás.
Suele bastar con eso…
Aquí

P D: esto fue escrito -sin cambiar ni una coma- como pone en el título un doce de junio, antes de conocer muchos resultados; algunos eran realmente importantes, unos quedaron solapados por otros, perdiendo importancia (ya comentaré esto a propósito de Schopenhauer y el libro que ando leyendo a ratos), y el resto, pues bueno, quizá haya estado bien conocerlos en hora.


Feliz verano.

viernes, 23 de julio de 2010

Como Sheherezade


Esa noche volví a despertar de madrugada. No era insomnio, era solo que ya había dormido suficiente. Como hago muchas veces en esos casos, me coloqué la radio en los oídos -bueno, los auriculares, no vaya a ser que...-, y aunque la primera en mi dial es Radio 5- , esta vez di un repasito por varios canales, parándome ante una conversación fluida y atrayente en la SER.

Se llamaba Julia y hablaban de un libro suyo. Al principio dudé si Julia Otero habría escrito algún libro últimamente, pero no, lo descarté al escuchar -para mi alivio- una voz mucho menos nasal que la suya. Una voz suave contando cosas con pasión, subiendo y bajando el tono de manera tal que hubiera pasado horas escuchándola -no como los plomos que hablan siempre en monotono y se hacen insufribles, que dijo un sábado de abril María Teresa Campos :P-.

Julia Navarro, vaya. No la he leído, y confieso que descarté regalar un libro suyo a mi madre por temer que fuera otra más de las siguieron la estela del Código da Vinci -que tampoco he leído, por cierto-. Pero cómo cambia cuando "conoces" a la persona, ¿no? Ya comenté algo parecido de Joaquín Leguina. Hay gente interesante detrás de nombres comunes, hay voces interesantes detrás de gente de la que oímos hablar alguna vez en la vida y de la que nos formamos una idea a base de prejuicios, injustamente.

Cuando acabó la entrevista pensé en el valor que tiene para mí una buena conversación. Procuro no dejar pasar ninguna y, cuando encuentro a una persona capaz de proporcionármela y de notar que disfruta de la que yo soy capaz de darle, trato de no dejarla escapar, de mantener el vínculo sea como sea, como Sheherezade hilaba sus mil y un cuentos para no perder la cabeza.

Una asignatura en las escuelas que vendría bien para la vida sería la oratoria, como hacían los griegos, porque ¿de qué sirve tener muchos conocimientos si luego el habla es aburrida y gris? sí, se tendrá un buen trabajo, se llegará en ciertos aspectos "a lo más alto" -profesionalmente hablando-, pero nadie busca esa compañía para compartir su vida -por completo o a pizquitos y ratos-.

Habla poquísimo de ti, poco de los otros, mucho de las cosas
(Paolo Mantegazza)

sábado, 15 de mayo de 2010

Desarrolla tu legítima rareza


Hace un par de años, en una repesca de concursantes "emblemáticos" del concurso Saber y Ganar, nos llamó a varios la atención la camiseta de Alberto Gálvez, un chaval con pinta de tener la mente muy sana en todos los aspectos. Era negra, y en letras de colores ponía: "Nadie es normal".

No tengo claro del todo con qué fin me habré definido yo misma medio en broma-medio en serio como "rarita", y con qué fin lo hacen los demás quizás no de manera directa afirmando: "es que soy raro", pero sí con sus actitudes (y más de lo que pueden pensar).

Xarito trabajó conmigo hace muchos años en un almacén de cítricos. Es dos años mayor que yo, rondando los veinte en esa época. El grupo con el que almorzábamos tanto ella como yo sentadas en los cajones de plástico era muy variopinto, de edades parecidas pero distintas y de gustos dispares pero con uno en común: salir.

Una tarde estuvimos empaquetando juntas, hablando de la vida que nos esperaba al salir de ese horario infernal, de los novietes, los ligues, los pubs. Y ella me dijo: "no hay nada que me guste más que ver el Un, dos, tres los viernes con mis padres y hermanos". Esa afirmación, tan sencilla, se me escapó en ese momento. Tal vez fue síntoma de mi grado de intolerancia -que toooodos tenemos en mayor o menor medida-, pero lo primero que me pasó por la cabeza fue que qué hacía una chica de veintipocos años un viernes noche en casa viendo la tele en vez de estar por ahí de marcha.

Me he acordado mucho estos años de ese momento, casi más que de la camiseta de Alberto Gálvez. Como me acordaré en un futuro del día en que le compré una colcha a mi hijo hace poco llena de dibujos de animales -lo que más le gusta del mundo- y dijo: "si viene un amiguito a casa y la ve se reirá, dirá que soy un bebé". No sabéis cómo me entristeció escuchar eso de alguien con seis años y pocos meses. Fui a devolverla porque no pude hacerle ver que lo que pensaran los demás era algo incontrolable, fuera esa colcha o fuera un determinado gusto.

Y lo he tenido presente estos días por cosas que he leído por la red. Esa tendencia -y necesidad - de dejar claro que se es "distinto". Pero no como una descripción de uno mismo igual que el color del pelo o los ojos, sino yendo más allá, marcando incluso distancias y más que queriendo decir "soy distinto", en el fondo adivinándose un "no soy como vosotros". ¿Más intelectual? ¿Más interesante? ¿más seguro de ti mismo? ¿mejor acaso? ¡Bah! Algunas afirmaciones parecen más bien sacadas de manuales estilo "triunfe en la vida" que de una convicción auténtica.

Es muy difícil -siendo humanos como somos y no personajes de nuestra propia ficción- engañar a todos todo el tiempo, como dice la famosa frase, y todos perdemos aire por algún lado. Hasta los coches de las mejores marcas tienen talones de Aquiles y les salen remesas que deben revisar al completo, y, como dijo  más o menos un psicólogo en un curso al que asistí, se podría pensar que juntando a los mejores jugadores ganarían todos los partidos, pero no, porque en ese conjunto se adivinaría un fallo, una falta de coordinación, de equipo, que harían que lo que no fallaba en cada uno individualmente fuera un punto débil en ese equipo ideal.

¿Es mal asunto contar las debilidades o lo que creemos que lo son? no lo sé, depende de a quién tememos defraudar. Ir por la vida en plan "estoy de vuelta de todo" mola, pero de forma coherente, que sea así, que no sea una imagen de fortaleza cuando la realidad es que se es tan débil e inseguro como el que más y se está bastante pendiente de no mancillar esa imagen que se cree proyectar.

¿Acaso soy "más" porque me guste la filosofía? y... ¿soy "menos" si digo que también leo el Pronto y la Cuore de vez en cuando?. Me apasiona un determinado estilo de música "de culto", pero al tiempo me emociono escuchando "Suspiros de España" en la voz de Conchita Piquer o "El emigrante" de Juanito Valderrama. Me reí con Torrente y no me dijo gran cosa El Sur. Sé que la belleza está en el interior, pero en no pocas ocasiones hubiera pactado con el diablo para tener el físico de Monica Bellucci. Y soy la misma persona siempre. Lo "sospechoso" que veo yo en este asunto no es el tener facetas variables, distintas y en ocasiones muy dispares entre sí, sino tratar de hacer creer que se sigue siempre una estela uniforme. La vida, los estados de ánimo, no son una planicie, sino más bien montañas rusas más o menos suaves.

Nadie es mejor que nadie, ya lo cantaron El Último de la Fila.

jueves, 29 de abril de 2010

Yo estuve allí


Me pregunto, cada vez que visito un lugar, qué motivaciones habrán llevado a las demás personas con las que coincido. No es plan de ponerme a preguntar al primero con el me tope en una visita guiada "- y ¿qué te trajo aquí? ¿qué sientes en este momento?", porque no estamos acostumbrados a ese tipo de preguntas en el día a día, y apurando, ni siquiera con gente con la que tenemos más confianza.

La verdad es que cuando llegamos a un sitio, estamos cansados como aquel que dice de verlo en fotos y películas. Conocemos antes la imagen que la esencia. Y aún así nos ilusiona ir. Quedarse callado ante el escenario donde tuvo lugar la batalla de Little Big Horn, observar el sky line de la capital escocesa desde Arthur's seat, admirar la majestuosidad del Gran Cañón...; interés espiritual, diría yo, como tratando de conectar de alguna manera con eso que sucedió tantos años antes o con esa gente que vivió en el mismo sitio que podemos pisar ahora por obra y gracia del tiempo libre.

Solía usar con una persona la frase que tal vez resumía ese afán por conocer lo ya conocido. Así, riendo, siempre decíamos: "yo estuve allí".

Por mi profesión debo ser imparcial totalmente a la hora de recomendar tal o cual visita, pero los nerviosillos no podemos a veces disimular nuestro entusiasmo, y de igual manera que paso muy rápidamente el apartado de Iglesias -no por nada, sino porque casi todas tienen elementos comunes y cuando el viajero entra en una, ya sabe más o menos lo que se va a encontrar-, se me nota a un kilómetro cuánto me gusta recomendar la visita a las montañas.

Ir ascendiendo suavemente hasta alcanzar los 700 metros de altitud y, al tiempo que se advierte cómo se cambia por completo el paisaje de regadío por el de secano, imaginar cómo vivían los últimos reductos de moriscos, o cómo se podría acceder a esas inexpugnables ruinas hace cientos de años. Ahí, el guía o el informador, ya debe tratar de explicar con qué predisposición se debe adentrar uno en esos parajes e insinuar que lea un poco de la información que se le ha proporcionado con tal de situarse mentalmente ante unas tierras que, en principio, no tienen resquicio de que hubieran sido pisadas alguna vez.

Bueno, viajar, cambiar, conocer, reconocer, saborear, apreciar. Disfrutar, al fin y al cabo.

Ayer, por cuestiones de trabajo precisamente -afortunada yo-, pude ir 157 km hacia el sur a un lugar que me hacía especial ilusión conocer. Para llegar a los postres a veces uno necesita pasar por platos que no le entusiasman, pero siempre ese dulce vale la pena, y es más, el sabor es el que prevalece, ya que es el último.

Era una tarde la de ayer de primavera cálida y muy soleada, pero con el resol de finales de abril, ese que no llega a quemar -aunque sí arrosa la cara ;)-. Era una casa luminosa, acogedora. En el tramo de la cocina al patio, se apreciaba una brisa suavísima. Quizás fue sensación mía, pero creo que nadie hablaba, como en un silencio respetuoso,  y que todo el grupo lo estaba disfrutando igual. Se oyeron más clics que en el resto de sitios que visitamos, e incluso había como una especie de sentimiento de ternura flotando en el ambiente. No era para menos. Estábamos en la casa donde vivió Miguel Hernández.

Sonreír con la alegre tristeza del olivo.
Esperar. No cansarse de esperar la alegría.
Sonriamos. Doremos la luz de cada día
en esta alegre y triste vanidad del ser vivo

No hubo pocos comentarios diciendo qué luminosa era, qué bien se estaba, qué patio tan relajante. Con la montaña inmediatamente detrás y las cuadras y todo encalado como se ha hecho siempre por estas tierras. Si bien llevaba leyendo sobre su vida los días previos, no imaginaba su casa tan cercana al monte y al campo, sino más bien entre medianeras, y me pareció que incluso tenía un microclima especial y que, estando dentro, al sol de su patio y a la sombra de su higuera, el tiempo era perfecto, y aparte, discurría más despacio...

Una vez más, cuánto hace el entorno para que broten unas u otras palabras.


Como la higuera joven
de los barrancos eras.
Y cuando yo pasaba
sonabas en la sierra.

Como la higuera joven,
resplandeciente y ciega.

Como la higuera eres.
Como la higuera vieja.
Y paso, y me saludan
silencio y hojas secas.

Como la higuera eres
que el rayo envejeciera.


Alto soy de mirar a las palmeras,
rudo de convivir con las montañas...
Yo me vi bajo y blando en las aceras
de una ciudad espléndida de arañas.
Difíciles barrancos de escaleras,
calladas cataratas de ascensores,
¡qué impresión de vacío!,
ocupaban el puesto de mis flores,
los aires de mis aires y mi río

Porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida.

sábado, 27 de febrero de 2010

Feos


Hablaba hace poco con mi amigacho sobre algo tan tan dicho y tan tan repetido que, seguramente sonará cansino... pero no importa, y siempre es algo digno de recordar, en nuestros momentos bajos sobre todo. 

Imagino que muchos de vosotros -al menos yo sí- hemos culpado a nuestro físico de la mayoría de hechos que solamente han sido causados, provocados o derivados por/de nuestro cerebro. Nada nuevo bajo el sol, pero me apetece explicarlo algo más.

Caso práctico: "yo nunca ligué, claro, estando como estaba..." (aquí se pone flaco/gordo, normalmente los "defectos" más cantosos).
¡Toing! ¡¡¡Error!!!. Tú nunca ligaste (o tu vecina, o yo misma para no escaquearme) porque tu manera de ser, tus (in)habilidades sociales o tu sosez lo impidieron, y, aparte, tu propio pensamiento sobre tu físico y por ende sobre ti mismo construyó una barrera invisible pero tremendamente alta y poderosa entre los hombres/las mujeres y tú. Uno puede ser objetivamente feo (sí, sí, dije la palabra más contraindicada de todas cuando hablamos de algo tan... subjetivo, paradójicamente), porque a mi parecer sí hay fealdad objetiva, y pondré dos ejemplos:


 Ummm, ya que estamos, dos más, venga (con truqui):


... pero la gran mayoría de los que se consideran feos o no merecedores de gustar no llegan a serlo, y apostaría a que si mostrásemos imágenes suyas a mil personas al azar gustarían o disgustarían (tanto da), al 50%, como suele ser. Incluso los guapos oficiales gustan al mismo porcentaje de gente, ahí no somos tan distintos unos de otros, tratándose de gustos (nunca entendí qué atractivo tenía George Hamilton, :S, por poner un ejemplo)

Lo que me hace gracia es que esa barrera que pusimos en su día o contamos ahora como excusa para unos hechos que no salieron como queríamos que salieran sirve a la vez como razón y motivo principal para algo mucho más profundo que tal vez no nos guste remover, y es donde radica el gustar o no gustar directamente, que en principio no tendría por qué estar relacionado con la percha y la cara. ¿Gordos?¿flacos?¿con granos?¿desgarbados? de todos estos tipos de gente hay ejemplos que desmontan en un abrir y cerrar de ojos cualquier argumento que los justifique como impedimentos para gustar.

Algo está -más o menos- claro: si uno se siente poco agraciado, así lo transmitirá y esa será la imagen que reflejará al mundo, aunque ojo, a veces no sucede así y termina gustando a alguien...  Lo que sí está claro -sin más o menos- es que si alguien se siente agraciado, existe un porcentaje muy alto de probabilidades de que los demás lo perciban como "atractivo" al menos.

¿Consuela más a la gente el pensamiento de que "uno nació así y así le fue en la vida" que el que seguramente sea más real de "la poca gracia que tengo o mi poco éxito con el sexo opuesto -o el mismo, que también- no viene precisamente de mi cara o cuerpo..."? Yo creo que sí, que excusar una trayectoria "poco fructífera" en algo visible pero que, al fin y al cabo caduca, es mucho más cómodo que reconocer que carecemos de encanto o de ese "algo" que tienen las personas bellas.

Cuando leí una entrevista que concedió Gaborey Sidibe me vino a la cabeza todo esto. Eran solamente respuestas sobre papel, pero a cada renglón se adivinaba encanto, confianza, atractivo. Y me acordé de los que no ligaban. Son gustos, claro, pero como digo siempre, qué cosas...

PD: por cierto, los ejemplos de arriba del todo son dos debilidades mías :)

martes, 2 de febrero de 2010

El telescopio de Klimt


Una de las noticias "anecdóticas" de la última semana fue la subasta del cuadro de Gustav Klimt Iglesia en Cassone (aquí el artículo). Argumento totalmente cinematográfico, tremendo contraste entre el mundo  corriente de los mercados de abasto -por poner un ejemplo-, con sus puestos de frutas, carne, embutido, la clientela, los que despachan... y ese otro -tan lejano y distante- de las obras de arte, las herencias... y sus desapariciones. No menos mundo, no menos real, pero sí tan poco mundano -tremenda contradicción, ups- e inaccesible, que parece de otro planeta.

A los amantes de la temática Segundaguerramundialesca -que se cuentan por millones-, les gustará por añadir un episodio más a toda esa telaraña tejida alrededor de ese punto de la Historia. A los amantes del cine basado en hechos reales, les hará frotarse las manos ante una probable película.

Lo cierto es que de Klimt, como de la mayoría de artistas o escritores, me interesa su vida. Hay quien prefiere llegar a sus obras sin importarle ni sentir curiosidad por la circunstancia personal que las rodeó,  y precisamente eso, una vez conocidas, leídas, saboreadas y disfrutadas, es lo que más pasa a interesarme a mí. Gustos.

Parece ser que fue a su vez promiscuo y fiel, si es que pueden simultanearse ambas tendencias. Amó sexualmente a varias mujeres, pero fue fiel toda su vida a su compañera, amiga y musa Emilie Flöge, por lo que podría decirse que la amó intelectualmente... siempre. Junto a ella se encontraba precisamente cuando se enamoró de una visión: una iglesia. Y aquí llega el punto romántico de la historia entre la visión, el cuadro y el pintor. Si aquella imagen no se le ponía a tiro para pintarla plácidamente, él se acercaría a ella, del modo que fuese, y así se sirvió de la ayuda de un telescopio para pintarla. Podía haber sido algo más cercano, más a mano, palpable... pero fue algo que le quedaba físicamente lejos. Y gracias a la técnica -cómo no-, la visión,  la obsesión y el deseo del pintor pudieron materializarse.

Luego, ohh, ese romanticismo resulta que no era tal, y era una constante en su manera de plasmar las cosas:
"(...) tenía la costumbre de utilizar diversos telescopios para enmarcar el paisaje. Así condensaba la imagen, acercaba distancias, eliminaba perspectivas y se recreaba en texturas planas. Solía también otear a través de un pequeño marco de cartón o de marfil, como un fotógrafo que busca el enfoque a través del visor" (más)
Fuese como fuese, al igual que uno escucha el mismo cuento que su vecino quedándose con el halo acogedor de la casita del bosque mientras que otro adquiere miedo ante el peligro que acecha entre los árboles, de esta historia -que me encantó leer-,  yo me quedo con que nada estuvo demasiado lejos, y - queriendo- alcanzó lo inalcanzable. 

viernes, 1 de enero de 2010

Cada luna azul


Decían hace dos noches en la radio que los anglosajones expresan "de Pascuas a Ramos", "de higos a brevas" o "de uvas a peras" con algo tan musical y poético como "once in a blue moon". Este tema, el de la luna azul, es uno de los que más se ha hablado estos días, junto al de la omnipresente -y espero que agonizante ya en unos meses- crisis (al menos en la emisora que escucho cada noche).

Este fenómeno sucede aproximadamente cada dos años y medio cuando en un mismo mes coinciden dos lunas llenas. A la segunda se la llama azul, aunque sea del mismo color que la primera. En 1883, sin embargo, sí se dijo que llegó a verse una luna de ese color, pero fue un efecto causado tras la erupción del volcán indonesio Krakatoa, que llenó la atmósfera de agentes químicos que la tiñeron visualmente de azul durante un tiempo.

La temporalidad con la que hacemos las cosas podría llegar a asustarnos si nos paráramos a ver qué pocas veces son en una vida. A partir de cierta edad las semanas vuelan, algo lógico y universal (aquí y aquí). Ahora, lo normal es decir "hasta pronto", "hasta la próxima", a semanas o meses vista,  y ese pronto, cuando teníamos quince años podía habernos significado toda una vida. Los dos largos meses de verano quebraban algunas relaciones en cierta forma. Quebrarse, no romperse, pero cambiar, al fin y al cabo. Amigos con los que jugábamos a diario hasta junio, llegado septiembre se nos hacían en ocasiones desconocidos, física y mentalmente. Era cada vez un nuevo arranque,  un nuevo "decíamos ayer", que a veces no salía como imaginábamos, no sé si por timidez o porque ya cada cual pensaba un poco distinto del otro, como si esa temporada nos hubiera desamarrado a unos de otros.

A mí el final de agosto me daba cosquillas en la barriga. Tenía ganas de reencuentros, pero a veces se me hacían difíciles los primeros reacercamientos; llegaba un punto en que ese volver a ver se solapaba con aquella última vez, mezclándose dos personas distintas, la que habíamos  dejado al despedirnos y la que re-conocíamos.

Ahora nos sonreímos al despedirnos de la gente; ese mirarnos a los ojos, olernos, escucharnos, vernos reír -qué importante es eso, sobre todo las veces en que uno no ríe a carcajadas ni las escribe, pero sí está riendo-, se esfuma con los dos besazos de despedida y una frase hecha. Nos sonreímos, decía, porque sabemos una cosa que antes no sabíamos: el tiempo es más rápido ahora.

La próxima despedida, para que no sea tan convencional como lo son todas, podríamos sellarla  con los mismos dos besazos pero diciendo: "hasta la próxima luna azul".