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viernes, 20 de junio de 2014

Solamente teníamos que esperar



Avanzando junio tengo por fin las llaves de mi casa. Luminosa, amarilla, de techos altísimos. La nevera baja y llena de cosas, plantas aromáticas en el balcón, y un bañerón.

Entré redonda, y llorando me arrodillé en el suelo: no podía parar, no podía; fuera, una parra.

Se ha llenado la casa de gente, la gata blanca y negra que acabó casi en un contenedor allá en Polop se pasea entusiasmada buscando sol; no ha tardado en adueñarse de un cojín rosa oscuro. Por todos lados huele a romero. Fumamos de nuevo.

Las horas del día se miden según el color del vino y el tiempo por fin pasa suave y despacito. Como bromeamos los amigos de toda la vida del pueblo, llevábamos nada más que 40 años ensayando para llegar hasta aquí. Solamente teníamos que esperar procurando no ser mala gente.

Todavía nos hablamos, todavía nos juntamos. Es casi verano y se presenta gente cuando menos lo esperamos. Con kilos de más y más viajes que contar. Hace tiempo que decidimos no dejar de viajar y marcar chinchetitas en nuestro mapa.

Superamos juntos tantas cosas y tantas idas y vueltas que nos regaló la vida, allá entre montes en aquel hondo caluroso y agobiante.

Nos queremos. Todos. Es una felicidad a los cuarenta reunir gente y quererse aún. Con la que nos ha caído a veces.

La vida parece sonreír por todos lados. Las paredes amarillas huelen a campo. Llegó el sol y vino para quedarse.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Un texto enrollado en un tallo


Marché uno de estos días a la playa con frío... a mi playa con frío. Iba sola, y miraba abajo, hacia donde suelen mirar las personas que buscan cosas, o buscan algo, o se tratan de buscar a ellas mismas. Entre los miniplataneros había un diente de león, y a riesgo de considerarme planticida, o floricida, o como sea que se diga esa cida, lo arranqué. Resultó tener una raíz inmensamente larga, y con un mínimo movimiento de mi pulgar y mi índice cedió, desplegando un lienzo con dibujos y textos. Abrí la puerta de la casita, la puerta llena de arena pegada y suciedad de todos los meses transcurridos desde el último verano. La chimenea, que nunca funcionó bien -la maldición de mis chimeneas :)- me regaló un fuego constante y limpio de repente. Empecé a leer sobre el fondo verde del tronquito de mi nuevo y muertecito diente de león:

"Es cierto que el paisaje empezó a ser distinto, y de repente empezaron a  vivir a mi alrededor los colores y sensaciones que el cine me había proporcionado los años anteriores. Olvidé quién había sido hasta la treintena, y ya solo eran flashes de memorias difusas, anécdotas magnificadas por la percepción errónea quizás de mis recuerdos y poco más. Me levanté, llené el coche de lo necesario para no morir al menos de hambre y sed y marché en el que había estado acompañada hacía bien poco. Esa vez fue el color, la luz y el verano mismo. Nunca hasta entonces había visto una estación condensada en una visión como aquella tarde,  y ese sol del atardecer, y el calor, y por primera vez en tiempo puede compartir esa sensación. Ahora estaba sola, con mi alma, mi pensar y mi sentir como en conserva, cerrados al vacío. Si bien nadie es perfecto, no es de recibo que se te recuerde continuamente lo imperfecta que eres. La hierba estaba húmeda en aquel punto, seguro que algo de lluvia había caído. Encuentro preciosas las montañas, disfruto admirándolas. Necesitaba llorar. Más, porque esta vez solamente lo había hecho durante un día entero; no era posible que no me quedara más dolor dentro. O sí, si había ido saliendo a goteo los meses anteriores. Paré el coche, estaba sola, completamente sola, y al bajar y no poder comentar con nadie lo que sentía me vine abajo, llorando amargamente, enrollada en el suelo, sintiéndome morir..."

Lamento profundamente el daño que me he hecho a mí misma, y el daño que he hecho a la gente que me quiere mostrándoles tristeza casi a días alternos. Pero me alegro de haberles mostrado alegría también un día de cada dos. Me alegro de contar con Arcade Fire, Yo la tengo, Wilco, Band of Horses, Van Morrison y Neil Young... porque me han hecho sentir muy bien. Y de mi recientísimo encuentro con Melville y Bartleby, por supuesto un personaje mil veces más sombrío de lo que lo he sido yo estos meses. De lo que lo he sido...

Feliz Año Nuevo

lunes, 12 de diciembre de 2011

If you see what I've seen with your eyes...


Ella sentada sobre una piedra. La mañana ha nacido brumosa, el paisaje está impresionante. Él la observa con ese fondo de impotencia de aquello que se desea de vez en cuando y está prohibido tocar. Se le tuerce el gesto al recordar ese pacto, y siente el pequeñísimo nudo que forma parte de su persona desde aquella conversación.

- "No me dejes", había suplicado ella.
-"No, no lo haré, solo dime qué debo hacer para que no me dejes tú a mí", recuerda haber dicho él... contra todo pronóstico.

La mira, y en ese momento moriría por dibujarla entera solamente aproximando un centímetro las yemas de sus dedos; sin tocarla, sin dañarla. En ese momento... no en otro, ni en todos los momentos.

El corazón de ella ya no se cree nada. Está hibernando de nuevo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Divina vesperam y odiseas espaciales


En la tarde más bonita de aquel verano tocaste mi pelo. Nos pilló el agua finita cayendo del cielo estando en la playa, llenos de arena porque las ganas de sentarnos y hablar nos dieron de repente, y tú en tu coche no llevabas toallas, ni estora, ni nada de nada. También yo solía ser como tú, hasta que me volví constructora de momentos y sueños, llenando mi maletero de objetos porsi, como los llamábamos bromeando.

Te dije la frase que tanto me había gustado de la última maravilla que había visto de Kubrick: “bésame, muchacho, porque no volveremos a vernos”. Pusiste ojos raros, de asustado; todavía no conocías mi faceta peliculera. Te hizo gracia, pero no sé si llegaste a creerme del todo cuando te dije que solo eran frases bonitas de películas, pero que sentía como mías. Debiste pensar tal vez que era un recurso nomás, pero no, no, piensa que salían del mismo lugar que si las hubiera compuesto yo.

A muchos les asustó que tuviera esa juventud tan romántica, tan de color rosa, y mi forma de acariciar cuando amaba: apenas rozando la piel el mínimo posible, en silencio y cuando la persona parecía que dormía. Ahora me importaba bien poco, qué más dará, si uno adora lo que otro aborrece...

Esa tarde nos refugiamos en la primera casita que vimos con un cartel de "se vende/se alquila" colgando. Llegar a ese riurau fue como llegar al hogar, y allí pudimos sentarnos y dejar que parase el tormentón en que se habían convertido aquellas finas gotitas.

Luego, lo bonito se esfumó, como tantas otras veces, y quedamos en no vernos más. Te noté el nudo en la garganta por comprobar que la frase de Kubrick había tenido un algo de premonitoria, dejándonos con una sensación fea, pero a la vez era una despedida con paz, sin lloros, reproches ni excusas como las veces anteriores.

El largo puente en que se convirtieron mis días –nuestros días- hasta que llegó el otoño fue más bien un paseo dulce y reposado, como yendo por un laberinto inglés. Oliendo el camino, sin prisa por encontrar la salida, dejándonos llevar.

Algunas noches tocaba tu cuerpo ausente sin darme cuenta, en sueños. Pensé en la teletransportación de caricias y sensaciones, y en ese duermevela llegabas a estar conmigo allí tumbado, mientras mis dedos esbozaban el recuerdo que tenía de tus formas.

Y Bowie y su "Space Oddity" volvieron a mí. Ya contaré cómo fue...

lunes, 7 de marzo de 2011

Dibujos en el cielo de noche


(Foto de Brenda Tharp)

Un grupo de gente rodea una hoguera. Pese a estar prácticamente en mitad de un desierto... no hay frío; solo una brisilla templada muy muy agradable. Con cualquier tipo de prenda, incluso sin nada, es una temperatura perfecta, de esas que se advierten -para bien- y provocan que las personas dejen de hacer lo que traen entre manos solamente para tener ese sentir placentero de la calidez golpeando levemente sus caras, sus brazos, sus piernas y sus manos. Puede que sea mayo, pero también es probable que sea junio. Importa poco eso. Solo ese bienestar en esa noche.

La hoguera no quema, qué contradictorio, si el fuego quema siempre si uno se acerca demasiado... pero pueden estar perfectamente a tres metros de ella -un círculo pues de tres metros y toda la gente que quepa a su alrededor- sin necesidad de apartarse. Primero cuentan historias; luego alguien pide silencio. Y callan todos, sintiendo plenamente ese momento, a la vez que la brisa sigue dando pequeños toquecillos agradables, apenas despeinando pelos, como bailando y serpenteando entre ellos.

Durante el silencio se escucha la soledad;  no es fácil eso. La mayoría empieza a dejar caer los párpados. y, cuando los ojos se cierran, parece como si todo se moviera, y la primera vista con ellos cerrados es un color naranja muy apagado que da paso a un blanco con manchas negras. Desasosiego. La misma sensación de  otras veces, como de vivir a medias. Y al poco se escucha a alguien llorar. Y ya no hay nada.

En sus cabezas se montan historias. Fuera de cada cerebro hay otro completamente distinto: distintas conexiones con distintas neuronas; distintos problemas y distintos propósitos para resolverlos. Empatía... la justa. En este mundo cada uno va a su historia, y el problema que atormenta a la mente de la izquierda se queda ahí encerradito, sin afectar lo más mínimo a la mente de la derecha. Es una empatía a ratos, el rato que se da cuando se cuentan las cosas, se escuchan y dos se abrazan. Terminado el abrazo, el oyente ha olvidado prácticamente el tema del hablante, y así es todo.

Entonces alguien coge una astilla finita y larga y la moja en el fuego. Girándose, ante el lienzo negro que es  ese enorme cielo de noche, empieza a dibujar espirales que duran apenas segundos, pero el resto lo observa maravillado.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Manos despeinando tristezas

(Florencia Torisi)

Me dijo "dame un abrazo". Ante mi reticencia, que se notó en una milésima, añadió "aunque sea falso... aunque este sea falso"; "Es que no sé, es que soy fría". "No, no. Tienes calidez, la tienes, solo que algo te sucede que te impide abrazar".

Me quedé mejor que antes de saberlo. Los "soy", los "no sé", los "no puedo". Los que sé que no existen, pero mira, ahí están en la práctica de mi habla, del habla de mucha gente.

Hay casi siempre una segunda ocasión. "¿Y si probamos con el dorso de la mano?" Así es más suave, y la electricidad se genera de manera muy sutil pero con bastante eficacia, desembocando en una combustión cálida y constante. "¿Y si cierro los ojos y me olvido de la expresión de mi cara... aunque sepa que me estás mirando?". "Hazlo así, hazlo como tú prefieras, yo solamente te repasaré... pero con el dorso de mi mano". Apenas me entero de ese dorso que apenas me roza. Pero tiemblo... y no me aparto. "Va, déjate llevar. Yo cuido de ti, no me marcho". No es fin de semana, la gente debe estar trabajando -lo que se suele hacer entre semana-. No solamente son bonitos los días de fiesta. Hay lunes, martes, miércoles y jueves sumamente agradables. "¿Cómo puede ser todo tan tan perfecto y hacer este día?. ¿Va a ser que será verdad toda esa parafernalia mágica de los eclipses y las lunas raras?". "¿Acaso la viste?". "¿Si vi... qué?". "La luna, qué va a ser?". "No, qué va... yo no creo en esas cosas... pero ¿por qué no paras de hablar  ... para variar?"."Qué susto". "¿Por qué te asustas?"... "Pensé que hablabas en serio... porque no lo hacías... ¿no?". "Bueno, mírame, estoy sonriendo... a ti qué te parece?". "Me parece que... me olvidé de tus manos, por completo. Olvidé de dónde surgía esta corriente". "¿Te molesta?". "No, para nada; mira, estoy temblando, pero no te preocupes, no es miedo ni frío ni nervio... es... no sé explicarlo... algo". "¿Puede existir algo así?". "Algo... ¿cómo?". "No sé, algo tan suave en su resultado, que recuerda a cosas suaves también; al talco, a las fresas de chuche rellenas de esa especie de esponja blanca que sabe tan bien, al olorcito a lavanda.. : "O al sol cuando no pica demasiado". "¡Justo!". "Siento paz, mucha paz, ¿sabes?". "Y... ¿es por mí?". No sé, debes ser tú, a no ser que tus manos por sí solas puedan funcionar sin ser parte tuya... no sé si me explico". "¿Imaginas? Mis manos sin nada más mío, pero... ¿y después de ellas?, ¿es que no hay nada más?". "Sí, bobo. Sin  ese algo más solamente serían... manos"

martes, 22 de febrero de 2011

La ceremonia del té en la casita de los domingos

(Foto de Rafael Bracho)

No había demasiada parsimonia, solo que hay gente que gusta de poner nombres complicados a las cosas y actos que no lo son en absoluto. Gente normal, vamos.
 
Tampoco era nada del otro mundo. Solo un tiempo bonito en una casa pequeña, estrecha toda ella, pero a la que uno no tardaba en acostumbrarse. Pintada de un blanco muy muy blanco y con las cortinas, rejas, marcos de ventana y todo eso de un azul muy muy eléctrico. Médem seguía estando presente en sus vidas, aunque la vivienda permaneciese fijada al suelo y los únicos que se movieran fueran ellos.

Nada de japonesas de rostro blanco ni genuflexiones empalagosas y servilistas. Nada de sumisos, que a esos "no se les ama... simplemente se les quiere", como cantaron Golpes Bajos. La luz, eso sí, siempre era tenue, dibujando rallitas en el suelo de madera de haya, o de material parecido a la madera con un color parecido a la haya, vete tú a saber.

Y poco más, solo se echaban, y  pasaban las horas escuchando música, contándose cosas -que no hablando-, bebiendo... y usando todos los gerundios del mundo.

Ninguna otra época era tan feliz como la de cuando el día empezaba a estirarse. El optimismo daba codazos a los malos rollos y ella estaba pletórica, luminosa. Solía sentarse dejando a su izquierda la puerta de la terraza de la cortina azul, y escribía cosas durante horas.

La otra persona... solo observaba. Y le gustaba lo que veía. Nada duraba siempre, ni siquiera la sensación y el recuerdo de esos momentos. Pero esa sensación y esos momentos siempre terminaban volviendo. Y, a su modo, eran felices.

PD: esto se pudo "materializar" cuando encontré la casa, que vino tras el texto, y no después. La idea lleva al hecho, pero nunca el hecho lleva a la idea, sobre todo si sabemos cuál es esa idea.

sábado, 29 de enero de 2011

Cuando me empeñé en encontrarte


Fue una época extraña de mi vida. La época que me marqué para encontrarte. Ya no te buscaba; te tenía en mi cabeza, puede que desde que había nacido, porque debe ser así, y algo tiene que suceder en el Universo años antes o años después para que por fin dos choquen y se unan.

Conducía de manera un tanto temeraria, advirtiendo por instantes que lo hacía por inercia pura, siguiendo de noche los rastros de luces y poco más, y de día los coches donde podía verte a ti conduciendo. Oteaba cada uno con el que me cruzaba, y llegaba a distraerme de tal forma, que en demasiadas ocasiones era el sonido del claxon de algún amargado el que me despertaba de ese especial ensoñamiento, con la radio de fondo y dejando que fuera mi coche el que me llevara, y no al revés.

Me sorprendí observando los ojos de todos con los que me cruzaba, intimidándolos puede, manteniendo dos segundos al menos ese primer contacto visual. Pensaba que sería así quizás como iba a conocerte, y que me pararías por la calle, me cogerías una de mis manos y dirías: "te estuve buscando todo este tiempo... ¿dónde te habías metido?"

Luego fue en la Escuela, cuando iba a cogerme el chocolate habitual. Esperaba un ratín después de tenerlo para ver si eras tú el que venías a por tu café o lo que fuera. Mis compañeras me miraban raro, y yo parecía vivir dos segundos más lenta que el resto del mundo, como a la expectativa.

Más tarde, en mi época más oscura, donde digamos que toqué fondo, solía vestir de negro ajustado, y me echaba el pelo hacia atrás con gomina, cargando los ojos de khol y perfumando hasta el último rincón de mis curvas para ver si me olías, me captabas, me mirabas... Salía por las noches resultando patética, acabando casi al amanecer más sola que la una, con toda la cara emborronada e inmensas ganas de llorar, y casi parecía que algunas de las mejores canciones de perdedoras habían sido escritas para mí. Y me hundí.

Fue esa época, la de la casa en la playa en invierno, cuando dejé de quererte encontrar -que no buscar-, y en cambio la vida me trajo a mí misma. Renové toda mi sangre por entero dejando de beber, blanqueé mis pulmones y dejé crecer mi pelo. Fueron esos días de madrugar mucho mucho y ver cómo amanecía a pocos metros del mar. Nunca reprimí mis lágrimas esos meses, nunca más me teñí el pelo y asesiné y enterré mi ansiedad corriendo por la orilla hasta que ya no recordaba esos tiempos en que dejé, en que me dejaron, en que fui rechazada...

Pero sucedió que empecé a temer la vida, y no, para nada era inmune al dolor, sino más bien había logrado alejarlo tanto tanto que regresó el miedo, pero no ese miedo que me había hecho dormir mal durante un año y medio, sacándome arrugas y envejeciendo mi expresión más que cinco años de abandono, sino el miedo mismo a salir ahí fuera, a estar expuesta a un algo, a un alguien, a ti.

jueves, 14 de octubre de 2010

Ushuaia y los finales felices


Cuando embarcamos en el avión rumbo a Ushuaia noté en cierto modo que estábamos muriendo. Los dos. Ahorraste para ese vuelo durante dos largos años, y francamente pensé que no ibas a regresar jamás aquí. Yo no lo tenía tan claro, por eso supe que a medio o largo plazo, algo iba a morir: lo nuestro; tú... o yo.

Te miraba de reojo en el asiento, con esa mirada curiosa. Creo que tú a mí no me miraste ni una sola vez, emocionado ante la visión de tu nueva vida. Mi vida... bueno, no formaba parte de la tuya, lo supe desde el primer momento en que nos vimos. Al menos en esos momentos.

Allá nos esperaban días de lluvia, muchos más de los que a priori imaginábamos. Serían fáciles de soportar si estábamos juntos. Si nos separábamos nos invadiría irremediablemente esa melancolía que formaba parte de los dos, pero aún así arriesgamos todo, dejamos todo. Cuando vimos con qué rapidez cambiaba el tiempo supimos que aquella historia sería rara, distinta, especial. Porque nuestras cabezas eran así, cambiantes, volubles, como aquel cielo, como aquellas nubes.

Las risas entre varitas de incienso y copas nos hicieron ser los mejores amigos del mundo, los mejores amantes del mundo y los mejores enamorados del mundo. En ese orden. Y me mirabas; entonces sí me mirabas, y te quedabas quieto, y yo lo sabía porque mis ojos tenían -tienen- esa capacidad extraña de ver sin ser vistos. Y seguía a mi bola, sabiendo en todo momento que seguías cada uno de mis movimientos.

El invierno nos sorprendió en Ushuaia a los dos, que veníamos del sitio más opuesto a aquello. Envueltos en mil capas de lana y pellizas dejamos ambos crecer nuestros pelos, rejuveneciendo sin darnos cuenta. No sé si recuerdas la sensación de las tazas de té hirviendo en nuestras manos violáceas una tarde de cada dos. En el único bar, nuestro bar. Hablando en voz alta, y tú estremeciéndote cada vez que te rozaba la pierna bajo la mesa, como si lo estuviera viendo, notando... ahora en estos momentos.

Te gustaba llevarme a ver mar y espacios abiertos. No sabía exactamente lo que era aquello, unos días calidez, otros tal vez dependencia, otros ganas de mandarlo todo lejos y dejarte... Pero no podía. Cuando te veía llorar tenía que hacer mil trucos de magia para que te sosegaras, como se hace a los niños pequeños. Y te enjabonaba con mimo y ternura antes de secarte y abrazarte fuerte, muy fuerte. Solo tenía que dejar que el tiempo pasara, y me largaba al bar yo sola, cruzando aquella ventisca, notando al entrar cuánto me faltabas.

La primavera llegó con toda aquella gente de visita. Los primeros cinco minutos, cuando la viste a ella, ya empecé lentamente mi retirada. No tenía que alejarme con dramatismo, pero aquella historia, nuestra historia, no podía mantenerse, lo sabíamos los dos. Porque no hay nada que dure demasiado, y menos para siempre. Tenía que pasar porque sí, tenía que ser algún motivo, algún hombre, alguna mujer, pero algo. Y eso fue: pasó.

Lloraste cuando empecé a empacar mis cosas, pero estaba ya tan acostumbrada a verte hacerlo que ni siquiera me conmoviste. Otra vez esa horrible sensación de olvido de raíz que tan poco me gustaba sentir, notar... pero ahí estaba de nuevo, solapando mi fondo sensiblón que tanto te gustaba.

Hace ya mucho de todo esto, ya olvidé el frío de allá, y aunque los primeros años conservé algunas prendas de aquella vida y aquella temperatura, terminé tirándolo todo a la basura. Y quemé otro incienso con otros hombres, escuchando la música que tanto nos gustaba a nosotros, y decepcionándome cada vez que notaba cómo a otros no les conmovía ni lo más mínimo.

Sé que terminaste muriendo, como muere la gente, a diario. Me tuve que enterar por los seis grados de separación esos, y me dio pena ver que no había notado nada, y que seguí riendo y flirteando cuando tú justo te estabas marchando... Ese día pedí un té y apreté mis manos fuertemente, abrasándome yo sola. No me salió ni una sola lágrima, solo me sentía rara. Y culpable... por haberte abandonado allá, sabiendo que esa chica no significó gran cosa. Ni la siguiente, ni la otra.

Los escucho ahora...¿puedes oírlos?

Quiero creer que sí. Tú y yo jamás nos hubiéramos conocido si no llega a ser por ellos.

domingo, 7 de febrero de 2010

Dos ríen juntos


 - Hey, qué risas...
- Pozí.
- Míranos, antes cabalgábamos juntos, ahora ... reímos juntos.
- Sí, pero mira, creo que esto es mucho mejor...
- ¿Qué debió pasar?
- No sé, el deseo es tan delicado, va siempre tan tambaleándose, debió caerse sin más.
- Ya, también pienso eso. O tal vez no sé, fue tu olor, dejó de gustarme el olerte... o tu mirada no me aceleró infinito...
- Puede, puede que fuera eso. Recuerdo que tu voz dejó de sonarme susurrante, ya no arrastrabas tanto la s.
- Eeeen fin...

- Hey, ¿cómo te va la vida?
- Bien, bien
(...)
- Y qué, ¿cabalgas con alguien ahora?
- Sí, sí, estoy muy ilusionado, la verdad.
- Anda, qué bien. Ahora puedo decir que me alegro de veras, ha pasado el tiempo necesario... pero dime... ¿hay deseo?
- Uf, qué te voy a contar... podría decir que alcancé la plenitud...
- ... esa que tanto anhelabas, ¿cierto?
- Sí, esa. Se conjugaron todos los factores, así fue.
- Y dime, ¿reís juntos?
- Sí, sí...

- Holita, ¿qué tal?
- Bueeeeno.
- ¿Y eso?
- Nada, mejor en soledad, de vez en cuando me apetece respirar, ya tú sabes.
- Qué cosas, ahora ya encontré a mi compañero de viaje...
- Jajajaja, nunca estuvimos sincronizados, ¡qué curioso!, pero vaya que me alegro, eso siempre. Y dime, ¿te lleva al séptimo cielo?
- Sí, uf, ya lo creo. Fluimos, esa es la palabra, jeje.
- ¿Reís juntos?
- Sí, claro.

- ¡Cuánto tiempo! ¿cómo va tu vida?
- Bien... conseguí la plaza ¿sabes?
- ¡¡¡Eso es estupendo!!!
- Finalmente compré aquella casa también...
- Bueno, bueno, no te puedes quejar ¿eh?
- Ya sabes cómo somos los humanos, siempre hay algo que nos falta...
- Ya.
- Bueno, me corre algo de prisa, a ver si coincidimos de nuevo... o te llamo, o...
- Ok.

- Hola, me apetecía saber de ti, de tu vida...
- Bueno, cómo se nos echó el tiempo encima, ¿eh?
- Yo a ti te veo estupenda.
- :$
- Pensé un tiempo en ti, ¿sabes? eché bastante de menos aquellas risas...
- ¿Bastante? yo las eché muchísimo de menos, ahí te gané, je.
- Bueno, pasamos de cabalgar juntos a reír juntos. Hay una frontera ahí, un paso que cambia del todo las cosas.
- He pensado mucho en ti.
- Y yo...
- No voy a andarme con rodeos... creo que lo que de veras necesitamos los dos es... 
- ... ¿sí?
 - ... ejem... echar un buen polvo.
- Jajaja, y dime... ¿quién va a querer acostarse ahora con nosotros?

jueves, 7 de enero de 2010

El chico del Cabanyal


Fue una tarde festiva de invierno. Me encontraba recostada en el sofá con la estufa a dos palmos y medio , y tapada con una manta polar. Hacía mucho que no veía la tele, acostumbrada más al ordenador, y esa tarde no sé si mi espalda, mi cabeza o ambos me pidieron una tregua de cojín lumbar. Jugueteaba con el mando, con la P+, como suelo hacer siempre. Y entonces lo vi.

El reportaje trataba sobre unas expropiaciones en el barrio del Cabanyal, sobre la gente a la que habían hecho la vida imposible para que se fuera de allí, y a la que le habían hecho lo imposible para que no fuera allí. Entre este último grupo salió un chico. Sería de mi edad más o menos, de pelo oscuro, ojos castaños. Lo presentaron como alguien que, contra viento y marea, se había empecinado en comprar allí una vivienda, aún sabiendo que quizás el Molt Il.lustríssim se la iba a expropiar por cuatro perras.

Se le veía bohemio, pero no del tipo bohemio con rastas y pantalones de colores, que más bien pertenece a otra generación demasiado alejada de la mía. Era una bohemia reposada, madura. Me fijé en la puerta de su casa, parecía una planta baja. En medio de una gran ciudad que cada vez aspira a ser más alta, una sencilla planta baja. Y tenía un adorno de esos de bambú que se cuelgan de la puerta para que suene al abrirla. Me gustó al instante.

Cuando acabé de verlo, contacté por todos los medios posibles con el programa. Sabía su nombre, la fecha de emisión y en qué barrio vivía. No sé si fue suerte, si creer en el destino -que lo digo siempre, a veces me sirve y a veces no-, o si fue chorra, pero lo localicé en Facebook. Fue un arrebato quinceañero cometido veinte años después de tener quince años, una locura, un salto al vacío, pero sin nada que perder.

Nunca había improvisado así una relación, todos mis contactos habían sido viejos y nuevos conocidos, no desconocidos del todo. Puede que lo pillara también en un momento receptivo, pero me aceptó, sin saber cómo era, y conociendo solo mi nombre, tan común por otra parte.
Sabiendo que andaba por ahi, empecé a cogerle más el gusto. La gente se mueve a veces por alicientes así, por ensoñaciones y romanticismo, aún en un entorno en ocasiones frío y superficial.

No me preguntéis cómo fue, pero se interesó en privado por mi persona. Esas palpitaciones ya me sonaban de antes, y tampoco esta vez pude anticiparme, medirme, frenarme. Pensé que no tenía por qué terminar saliendo mal, y era absurdo dejar de ser quien era, con mis fluideces y mis improvisaciones. A alguien terminaría encajándole todo eso, fuera cuando fuera, y podía ser entonces y con esa persona.

Hablamos primero por teléfono, luego quedamos. Nos vimos un par de veces, primero en algún bar cerca de la Estació del Nord, luego en esa casa del Cabanyal con el adorno de bambú en la puerta. Los primeros momentos, con esa luz indirecta que entraba por el Este, me descolocaron, nos descolocaron. Rodábamos por todas partes, lo único ajeno a nosotros que nos hizo falta esos días fue agua, mucha agua, jaja.

Dios, qué feliz me sentía cuando cruzábamos de noche el puente de les Flors, sin apenas tráfico, y me arrimaba a su lado, estrujándome, apretándome. O cuando tomábamos un chocolate en las inmediaciones de la Plaça Redona. Nunca había sido dada a esas demostraciones afectuosas, menos en público. Puede que porque nunca las había necesitado de esa manera, tal vez porque nunca las había sentido así.

Lo mejor de toda esta historia fue esperar un final -como siempre- que ni llegó por sí mismo ni vimos necesario que llegara -ninguno de los dos-. Como se dice, todo era cosa de que algo fluyera, y si bien antes de cruzar ese río desconocido tuve que dejar en la otra orilla mi piano y muchísimos objetos personales que me dolió dejar atrás, también a mí me terminó saliendo bien, como a muchos de aquellos colonos de Norteamérica que abandonaban sus pertenencias para que pasara mejor su carro.

Y apenas nos dimos cuenta de cómo fuimos creciendo juntos, almacenando experiencias comunes en nuestras cabezas, al tiempo que nos deshacíamos cada vez de más objetos que solo eran objetos y poco nos aportaban. Amanecía por el Este, y yo lo veía a mi lado cada mañana. Bajábamos algunos domingos por la tarde a la playa para terminar la semana, y nos inventamos un ejercicio dominical consistente en discutir cada asunto, por pequeño que fuera, siempre en domingo, siempre por la tarde, y siempre en esa playa. Cuando regresábamos, el bambú y su murmullo nos recibían, limpios totalmente de reproches y dudas. Plenos.

martes, 10 de noviembre de 2009

Dos


Dos que, pese a conocerse, no se conocen tanto. Dos que, pese a tener poco motivo y nula lógica para estar en el mismo lugar, coinciden allí. Dos que entran a cenar al primer sitio que ven, después de cervecear un rato entre risas y música de fondo. Dos que se intercambian cucharadas de postre, o postres enteros. Dos que deciden tomar la última en el primer sitio ruidoso que pillan. Dos que cierran el garito, pero el destino o llamémosle X,  juega con la luz exterior -a su favor- y sigue siendo de noche, porque así es mejor. Dos que deciden dar un rodeo riendo sin parar, y parándose a terminar de contar aquello que se están contando. Dos que se encienden un cigarro, aunque uno ya apenas fume -o no fume ya para nada-. Dos que se paran unos instantes y advierten el frío que hace, exhalando vapor por sus bocas y llevándose las manos a los bolsillos. Parados y hablándose, en mitad de la noche.

Hay miradas que lo dicen todo. Hay miradas que hacen que un pato feo se sienta menos feo, y uno no se imagina su rostro como el que ve a diario en el espejo del baño cuando se levanta de la cama, o cuando tiene días malos... si es mirado así. En ese instante, uno ve lo mejor de su rostro. Su cuerpo e imperfecciones poco cuentan, y sus ojos son vistos como únicos, pese a ser del color de la mayoría de ojos que conoce, o sea nada del otro mundo. Y uno sonríe ante el otro, que lo mira, y es consciente de que en ese momento su sonrisa es cautivadora, seductora, atractiva.

Dos que no deberían estar allí, insisto. Con sus parejas respectivas -si es que las tienen- con sus empleos tan dispares y lejanos. Con sus edades tan distintas.

Dos, que, diez años antes, nunca hubieran imaginado conocerse y estar allí en ese momento. Dos que no quieren admitir -ni siquiera para sí- que se gustan de cierta manera, que se quieren de cierta forma. Que cualquier excusa es buena para verse, que cualquier excusa sirve para descararse ante sus más allegados, para así sentirse bien, pese a ni ellos mismos saber qué les está pasando.

Dos, que llegado el momento de despedirse, no saben cómo hacerlo, y tienen presente que ese momento está ahí, existe, pero sólo durará un ratín. Y uno no sabe qué hacer, el otro no sabe si arriesgarse. Mientras, el frío aumenta, el tiempo pasa; no saben cuándo será la próxima, ni si estarán solos como ahora.

Dos que quieren probar al otro, rozando aunque sea los labios, y no osan hacerlo para no fastidiarlo, quizás temiendo el rechazo, y quizás ambos esperándolo.

Quién sabe...

sábado, 18 de julio de 2009

Lluvia




El día más lluvioso de su vida solo quería tener algo que hacer con sus manos y agachar su cabeza.
El tacto del pantalón vaquero, con sus decenas de estrías en diagonal, servía como distracción a sus dedos largos y torpes, que repasaban cada una de ellas, unas veces con las yemas y otras con sus uñas mordidas y escasas.

El verano puede ser una estación plena y feliz, o en cambio el conjunto de días seguidos más desolador de todo el año.

La existencia de un joven puede tener horizonte de playas llenas de velas de windsurf, extensiones de balas amarillas -se esté o no en Norteamérica-, o ríos anchos vistos desde pasarelas de madera. Pero sigue siendo verano. Y sigue estando todo muy idealizado, sobre todo si uno tiende a soñar cuando está despierto.

Ese día era verano y pensó que ójala lloviese, ójala pudiese estar en la buhardilla de la casa de sus padres sentado en un rincón y llorando si le daba la gana.

Pero no llovía.

El paisaje estaba horripilantemente quieto, con esa inflexión diaria que es el atardecer con sus naranjas, violetas y amarillos, y los sonidos del verano, adorados por unos y detestados por otros.

No estaba en esa buhardilla, estaba al final de la pasarela, y sentía que su vida era de color amarillo, como el color de los años cincuenta en las pelis americanas.

Ella no tenía rizos dorados, ni llevaba un vestido de niña azul. Más bien era de colores corrientes y neutros. Pero a él le encantaba. En cambio, parecía que a ella no le encantaba él, qué cosas. Y parecía que todas las veces que habían hablado, todos los libros que le había hecho llegar discretamente -con el único fin de que ella leyera lo mismo que él- desaparecían ahora como humo.

A veces el futuro cambia las cosas, a veces todo da un giro inesperado y las historias acaban bien; a veces los chicos sentados y pensativos consiguen lo que quieren.

Y esa lluvia se aleja.

domingo, 3 de mayo de 2009

Danzando entre las algas


-Tú y yo nunca nos hubiéramos conocido en un bar…

Su sonrisa no es perfecta, pero a él le parece Giocondesca, incluso en ocasiones Binochesca. Un efecto no buscado, casual, por su tendencia a cerrar la boca para sonreír cuando tiene a alguien a pocos centímetros de su cara.

A ella, en cambio, no le gusta que él cierre la boca para sonreír cuando están muy cerca; se lo ha dicho entremezclando su voz con los arrullos de las gaviotas muchos meses antes.

Todos los ojos que la han enamorado desde que tiene uso de razón -o mejor dicho, todos los ojos cuyos propietarios le han gustado más de la cuenta- son de un color no terrenal, más tirando a los ríos, el mar, el cielo.

A ella le hace gracia pensar que si hubiera nacido en Escandinavia se habría enamorado muchas más veces, atendiendo a esa fijación por el color de los ojos. ¿O acaso es todo una azul o verde casualidad? ¿Se ha enamorado todas esas veces de un color, de unos ojos, sin mirar quién los lleve? ¿O ha coincidido así? ¿Acaso se puedo uno enamorar de unos ojos? ¿Es eso factible?

Piensa durante un segundo –suficiente-, que siempre se necesita un clic, un chispazo, y que para unos será una mirada, para otros una palabra, un gesto, una sonrisa. Y que se necesita sólo un segundo –suficiente- para darse cuenta.

- Oye… ¿te has enamorado de nuevo de mí?
- No (silencio)… es sólo ternura...

Concluye que cuando tiene tiempo para pararse a pensar esas cosas tan simplonas es porque sus problemas son así, de pensar. Y ver que a su alrededor todo se mantiene en cierto modo estable, aunque estable en ocasiones signifique sólo eso –estable-, le proporciona tranquilidad, como cuando despertamos de un mal sueño y somos conscientes de que no ha pasado nada que nos afecte en nuestra rutina (¿hay acaso mejor noticia?).

No, hay personas a las que nunca hubiéramos conocido en un bar. La música tan alta y el estado de semiembriaguez nos hubieran hecho perdernos esos detalles.

Y… ¿qué más da?



jueves, 5 de marzo de 2009

Otra historia errante...

Hace unos meses era El sueño del arlequín.

Ayer Dí.verso comenzó otra historia errante.

Quien quiera, que la siga en su blog dejando un aviso para que la podamos seguir...
Las reglas son:
-Nadie puede llevarse la historia más de una vez.
-El que se la lleve, copiará y pegará en su blog los anteriores párrafos.
-Las aportaciones serán cortas para facilitar su lectura completa.



Todo empezó sin una clara intención, como un juego adolescente por descubrir lo desconocido, por no ser el reprimío o la reprimía de la clase y empezamos a dejarnos notas, a ver fotos y oír canciones... (Clem, dedicado a Rosa).

El tedio se iba transformando poco a poco en entusiasmo, y el pudor en voces cada vez más fuertes. Un día, cuatro meses después de que todo comenzara... (Cris).

... cruzaron por vez primera sus miradas durante más de tres segundos... Nerviosos, siguieron con lo que estaban haciendo, y a partir de ese instante, cada vez que quedaban en silencio y sin tema de conversación, se notaba un ambiente raro, como de tensión no resuelta entre ambos (Majo).

jueves, 18 de diciembre de 2008

Redes y desencuentros

Los primeros desencuentros fueron ajenos a los dos: pequeños cortes virtuales, dando a entender que tal vez la tecnología fuera sabia; más tarde, maneras distintas de entender el mundo y las cosas hicieron que, cuando la línea fluía, no fluyeran las frases, que ahora salían costosamente como en cuentagotas.

Y virtualmente se fueron alejando... hasta no recordar ya qué era lo que los había unido.

Gaviota blanca sobre cielo gris...

Rodeada de muebles de estilo clásico -no exentos de "clase", pese a distar bastante de su gusto-, se desperezó semidesnuda, lentamente, mirando hacia el único rayo de luz que entraba por la ventana a su izquierda. El color de ese rayo no era el mismo al que ella estaba acostumbrada. Claro, diferentes colores de cielo, diferentes matices de luz...

A lo lejos oyó una gaviota; definitivamente, no soñaba.

Cuando él se acercó a saludarla y la miró con sus ojos verdeazulados, ella fue consciente de que el viaje había merecido la pena.

Antropofagia romántica

Cómo le gustaba esa chica... Esa piel blanca y suave, ese aroma que emanaba a jabón de bebé; esas falanges cortitas, de uñas rosadas. Le gustaba tanto que realmente no sabía por dónde empezar. Después de pensarlo durante dos minutos, se decidió por los dedos de los pies, había menos carne en ellos y le resultarían menos indigestos...

Cuento amargo

Subió las escaleras con toda la parsimonia, dejando que la cola de su vestido rozara los escalones uno a uno, ennegreciéndola a cada milímetro. Su perfil era majestuoso, distinguido, de nariz importante y cutis perfecto. A medida que iba avanzando hacia el dormitorio conyugal mil ideas bullían en su mente, como una maraña de sentimientos, deseos, miedos. Su flamante marido la esperaba tumbado en la cama, excitado, nervioso, expectante.

Encima de la mesilla de noche, una bandeja con dos copas de cava y una botella recién descorchada la aguardaban, al igual que un futuro -planificado mucho antes- lleno de tópicos. Y entonces ella, con una media sonrisa, se atusó el pelo, se dirigió hacia el balcón y se tiró al vacío. Bah, había pensado, total tomo el camino más corto.

Palabras amarillas

A menudo le venían al pensamiento aquellos tiempos en que el mundo era en blanco y negro, y, mientras escribía como una autómata en el ordenador del trabajo, recordaba aquella caja de metal, aquel aroma a talco, las flores secas, y como, en una especie de escondite bien planificado, se adivinaban trozos de papel amarillento. Su abuela murió sin saber que aquellas cartas serían leídas por alguien algún día, y tuvieron que pasar dos generaciones para que se descubriera su secreto.

Entonces un día, aquel señor sin nombre y con apellido, que se hacía llamar jefe, le mandó la distraída tarea de eliminar archivos innecesarios de su equipo. Pasaron varios días y fueron cayendo a la Papelera de reciclaje montones de documentos obsoletos, uno tras otro; y fue en uno de esos momentos, cuando, de repente, encontró aquella carpeta sin nombre... La hubiera eliminado sin más, como había hecho con tantas otras sin apenas pestañear, pero un raro impulso la empujó a abrirla, y ver como, a su vez, ésta se abría en otra, y la otra en otra más, y, como en aquella caja oxidada que guardaba en el armario de su casa, se fueron desplegando hasta veinticinco carpetas más, amarillas como aquel papel, y detrás de todas ellas, y en formato word, encontró una historia de amor.