miércoles, 9 de septiembre de 2009

Sumas y restas


A veces lo he usado, sobre todo cuando he tenido grandes dosis de confianza con alguien:
- "Vaya, ya he perdido diez puntos..."


- "No te preocupes, solo has perdido cinco puntitos de nada..."

Para nada significa esto que uno vaya contabilizando los agravios en una hoja de Excel, qué va...

Era solo la manera más gráfica que se me ha ocurrido siempre para ver el balance actual en una relación, como eso de las "balanzas mentales", o la metáfora de "regar" las relaciones para que no se sequen, que son igualmente ejemplos simplones y fáciles de entender.

Pero mira tú por dónde, que al verlo por escrito en el semanal de El País, me sentí algo menos rarita, y por supuesto, algo menos "calculadora".
Paso a copiar casi íntegramente el artículo, que pienso que vale mucho la pena. Lo escribió en la sección de Psicología Ferran Ramón-Cortés, y él lo tituló: "Aprenda a ser afectivo":

"Estamos acostumbrados a decir a los demás todo lo que no nos parece bien de ellos. Pero raras veces les decimos lo que sí nos gusta. Comunicamos lo que nos separa, pero casi nunca lo que nos une. Esta carencia de halagos y exceso de reproches nos acaba afectando. Daña nuestra autoestima (uno se lo acaba creyendo) y daña también inevitablemente nuestras relaciones.

Stephen Covey nos sugiere la metáfora de la cuenta corriente emocional para entender cómo se construye (o se destruye) la confianza entre dos personas. Nos explica que funciona como una cuenta bancaria: si hago ingresos (soy amable, honesto, me comunico positivamente y mantengo mis compromisos), voy llenando la cuenta. Pero si hago reintegros (soy irrespetuoso, traiciono la confianza, critico, juzgo, lanzo reproches y falto a mis compromisos), la cuenta se vacía. Cuando los reintegros superan los ingresos, la cuenta está en números rojos, y se pierde la confianza.

Además, es importante saber que en esta particular cuenta corriente, la relación entre ingresos y reintegros no es paritaria, porque somos mucho más sensibles a los reintegros que a los ingresos. Hay reintegros que afectan a la confianza, que necesitarán de muchos ingresos para compensarse. James Hunter nos revela el dato: por cada reintegro hacen falta cuatro ingresos para equilibrar la cuenta.

Siguiendo esta metáfora, podríamos inferir que cada vez que comunicamos al otro algo que nos une, estamos haciendo un ingreso en nuestra cuenta de confianza, mientras que cada vez que le hacemos un reproche, estamos haciendo un reintegro. Si los reproches predominan, aparecen de nuevo los números rojos.

Desde que leí esta metáfora de Covey, quiser fijarme en lo que ocurría a mi alrededor, tanto en el trabajo como fuera de él. ¿Cuál era la proporción entre alabanzas y reproches?¿se acercaba a la mínima relación de cuatro halagos por reproche que -según Hunter- equilibraría la balanza? (...) No encontré ni uno solo en que se llegase a la proporción de cuatro a uno (...) Incluso en un caso extremo, la proporción que pude observar fue de uno a cinco, pero a favor de los reproches. El 100% de las cuentas corrientes en números rojos. Relaciones en las que la confianza se había necesariamente esfumado.

Puede que no sea así en todos los casos, pero lo que es seguro es que estamos muy lejos de un balance sano. Un balance que nos permita mantener un saldo suficiente como para compensar reintegros esporádicos (reproches que creemos necesario hacer en determinadas ocasiones) o reintegros accidentales (reproches que hacemos a diario sin ni siquiera darnos cuenta).

¿Y por qué actuamos así? No creo que el comunicar más reproches que alabanzas sea una actitud consciente. Porque no creo que ninguno de nosotros tenga como objetivo debilitar sus relaciones o "minar la moral" al prójimo. Creo que, así como no dejamos de fijarnos y comunicar a los demás sus fallos, con la loable intención de que rectifiquen, lo que nos une, simplemente, lo damos por supuesto. Esto hace que nunca dejemos de decir a los demás lo que no nos gusta, pero raramente compartamos con ellos lo que nos gusta.

No somos conscientes, pero nos olvidamos. Pensamos que lo que nos gusta de los demás los otros "ya lo captan", o ya lo saben, y la realidad es que no siempre es así.
Deberíamos hacer más ingresos en la cuenta, no dejar ningún halago por comunicar. Y ahorrarnos reproches. Como nos recuerda John Powell: "Debemos ser cuidadosos y no asumir la vocación de hacer ver a los demás sus errores".

Para tomar la senda de comunicar lo que nos une, puede ayudarnos el recordar que las cualidades humanas siempre tienen dos caras: la cara positiva y la cruz. Así, una persona que es sensible, será también con toda probabilidad una persona susceptible. No hay sensibilidad sin una cierta susceptibilidad, como no se puede ser susceptible si uno no es sensible.

Conociendo esta dualidad de las cualidades, ante una persona susceptible podemos hacer dos cosas: criticar permanentemente su susceptibilidad, y hacer continuos reintegros en nuestra cuenta de confianza, o descubrir la cara positiva de su susceptibilidad, que será su sensibilidad. Si la valoramos y se lo comunicamos, podemos hacer un importante ingreso en la cuenta.

Además del refuerzo que supone para nuestra relación, esta segunda opción tiene un efecto sobre la persona: cuanto más valoramos la cara de una cualidad, menos importancia tiene la cruz. La acabamos aceptando como parte integrante de la personalidad única e irrepetible del otro, como reverso de la moneda de esta virtud a la que no renunciaríamos por nada del mundo, con lo cual, cada día se hace menos visible. La cruz de una cualidad se desvanece ensalzando la cara. Reforzar las virtudes es la mejor manera de vencer los defectos.

A menudo nos cuesta decir a los demás lo que nos gusta de ellos. Lo que están haciendo bien. Lo que más valoramos. Y lo cierto es que hacerlo es una gran fuente de motivación. Todos necesitamos pequeñas "palmaditas en la espalda" que nos den energía y confianza. El que alguien reconozca nuestras habilidades y nos lo diga es signo de que nos valora y nos presta atención.

Algo tan importante para nuestra motivación no podemos dejarlo implícito. No es suficiente con que se sobreentienda. Debemos ser explícitos con los halagos. Tan explícitos, al menos, como somos con los reproches. Y en mucha mayor proporción si queremos que sirvan de motivación. Pensar que "el otro ya lo sabe" es una mala excusa. Muchas veces no lo hacemos porque nos incomoda. Pero ahorrarnos los halagos es en cualquier caso una mala estrategia.

Ser explícito con los halagos no siempre significa transmitirlos verbalmente. Hay muchas maneras de hacer llegar al otro un halago. Hay muchos detalles, muchos gestos que no pasarán desapercibidos. Y que a veces son más claros y más explícitos que las palabras. Los halagos no siempre hace falta decirlos, pero sí comunicarlos.

Comunicar lo que nos une no debe confundirse con adular. Todo lo bueno que tienen los halagos, lo tiene de malo la adulación. Cuando adulamos se nota. Y lejos de nutrir nuestra cuenta corriente emocional, estaremos haciendo, de nuevo, grandes reintegros. ¿Cómo podemos halagar sin adular? Siendo sinceros, haciéndolo con naturalidad, y halagando situaciones concretas, logros concretos. Los halagos genéricos, sin motivo aparente, se convierten fácilmente en adulación.

A veces nos incomoda que nos halaguen o que nos comuniquen cosas positivas. Lo cierto es que la forma en que aceptamos los halagos dice mucho de nuestra seguridad y de nuestra autoestima. Es bueno saber recibir los halagos y saborearlos debidamente. Si son cosas que ya sabemos de nosotros mismos, nos dan energía y vemos confirmadas nuestras virtudes. Si nos descubren habilidades nuevas, nos ayudan a crecer y a conocernos mejor.

Hemos de aprender a recibir halagos, y una buena manera de hacerlo es empezar por recibir nuestros propios halagos. Si nos incomoda lo que nosotros mismos nos digamos, seguro que nos costará mucho más aceptar los halagos que vengan de fuera."

¿Qué os ha parecido?

Pienso que no puede estar mejor expresado. Se dice mucho y claro, ¿eh? ;)
"El éxito o el fracaso en las relaciones humanas viene principalmente determinado por el éxito o fracaso en la comunicación"
(John Powell)

jueves, 3 de septiembre de 2009

Una canción


Hay canciones con las que podría decirse que nacemos, que de tan oídas pasan a ser como "algo innato" en nosotros. De la verde Irlanda, con un origen antibelicista (aquí), "vio" cómo se le daba un giro a su sentido primitivo al ser adoptada y adaptada por los estadounidenses, pasando a ser, si no pro, al menos "compañera de fatigas" de los Confederados.

La hemos escuchado de mil maneras: en pelis (La conquista del Oeste, Antz, Teléfono Rojo volamos hacia Moscú, Un taxi para Tobruk...), en anuncios de la Tele (Los animales de dos en dos du wap, du wap...).

Yo -de momento-, me quedo con la versión que hicieron de ella Luar Na Lubre:



(Os Animais, versión de la original Johnny I hardly Knew ye, conocida también como When Johnny comes marching home y The animals went in two by two)

sábado, 29 de agosto de 2009

Viernes

De siempre ha sido y es mi día preferido de la semana. Los viernes a la salida del colegio los bocatas de Nocilla sabían mejor... Caminábamos más rápido, haciendo la típica ronda recogiendo meriendas para terminar jugando en aquella callejuela donde nos encaramábamos a la reja de aquella casa abandonada. Apenas se adivinaban algunos cuadros colgando de gente ya antigua, ya mayor, ya vieja, ya muerta.... Tratábamos de imaginar cómo había sido la vida allí dentro, y contábamos cosas que daban miedo.

Viernes era el rato del Musical Expres, con Ángel Casas; y un viernes me quedé embobada viendo en la tele pequeñita -del cuarto donde mi madre preparaba anzuelos con aquella máquina enganchada a la mesa camilla- a Jim Morrison. Llevaba su camisa negra, su pelo ondulado y rebelde, y cantaba Light my Fire. Nunca olvidaré ese momento.

Viernes era la noche del Un, dos, tres; la antesala del Sabadabadá del día siguiente, de ver a José Ramón Sánchez dibujando a la velocidad del rayo, a Horacio Pinchadiscos y a nuestro Torrebruno.

Los viernes de después, ya "con pelo", eran los de la mejor tarde cervecera de la semana, la mejor noche para salir. La noche en que solían tocar los grupitos en los Pubs, la noche en la que no salía todo el mundo pero sí los mejores :D. La noche en que no se aglomeraban los sitios, donde nos sentábamos en la barra y debatíamos hasta altas horas, con la música que pedíamos al dueño del Pub a un volumen aceptable para hablar.

Los viernes se hacían amigos, se intimaba. No sabía igual la copa que cualquier otro día.

El viernes era como el hermano pobre del siempre magnificado sábado, ese sábado en que salíamos vestidas para matar, en que salían todos, en que estaban todos. El viernes a veces no nos cambiábamos de ropa, si acaso nos planchábamos un poco el pelo y tirábamos de labio rojo -a esas edades todos los colores quedan bien-.

Las mejores risas siempre fueron en viernes, las mejores improvisaciones, los mejores corrillos, los lazos más duraderos con la gente.

Donde esté un viernes, que se quiten todas las Fiebres del Sábado Noche... , todas las bolas luminosas, todas las poses, todas las ilusiones...

... porque en viernes suelen pasar las mejores cosas ;).

jueves, 20 de agosto de 2009

Cumples




No recuerdo cuándo empecé a quitar importancia a "las fechas importantes", la verdad. No sería de un día para el otro, ni por ninguna pataleta de la que recuerdas el motivo y por tanto, puedes situar fácilmente en el tiempo con un antes y un después, pero si fue algo gradual, debió ser seguramente cuando la gente empezó a olvidarse de los míos.

Digo yo que debí creer que era ley de vida, que los años felices de los Reyes Magos, Navidad y cumples habían quedado atrás con mi inocencia, y que llegada a la adultez, "es lo que tiene".

El día que nací, bueno, mejor dicho los siguientes, je, siempre nos pillaba a casi todos los de casa en plena campaña de producción de naranja, en días sin demasiadas horas libres, ni sábados ni domingos. Unos metidos a cortarla, otros a que se la cortaran, otras como locas empaquetando, o calibrando, o destriando, o...

Recuerdo habérselo reprochado un par de veces a mi madre, y ante su respuesta...

"¿Cómo quieres que me acuerde, si no sé en qué día estoy?"

... pues como que me mentalicé, y me hice a la idea de que cuanto más mayor menos importante era para el resto.

No sé, digo que aquello sería la excusa perfecta para que en casa se olvidaran de ese día y fuese solapado y condenado al ostracismo entre muchos días parecidos, que en lo único que se diferenciaban básicamente era en que en aquellos no tenía nada que celebrar ni conmemorar.

Más tarde, sí recuerdo que cada vez menos personas -imagino que algunas con una agenda en sus ordenadores y otros con buena memoria- seguían acordándose de ese día, y quieras que no, como que fui perdiendo interés (o haciendo como que lo perdía...). Pensé que esos días chulos habían quedado en los ochenta, y que a partir de la veintena, una ya no tenía derecho a ilusionarse consigo misma, ni siquiera una vez al año, y que a nadie importaba que un sábado a la una y pico del mediodía de hacía veinticinco, veintiséis años, había venido al mundo, fuera para lo que fuera.

Celebré mi último cumple pues de manera simbólica a los veinte años. No fue con mi familia, sino con el extenso grupo con el que salía entonces. Tampoco aquel fue especial, porque éramos varios los nacidos con pocas semanas de diferencia y lo celebramos tres a la vez. Impersonal a más no poder, vamos.

A partir de ahí, como que me hice tan práctica que me empeciné en admitir que todos los días eran iguales, que un número concreto de un mes concreto era solo una circunstancia, ni más ni menos, y que poco había cambiado el mundo por haber nacido otra persona. Así pues, aprendí esa coletilla y la suelo largar a la mínima ocasión, como digo: "no sirvo para los números", o "se me da fatal la Historia"...

Dejó también de importarme la Navidad, el día de mi santo (uno de los dos), las Nocheviejas, el Año Nuevo, el día del Trabajo... y preferí desde entonces vivir todos los días como días, sin ponerles adjetivos "de".

Ahora pienso que fue más bien una manera de autoprotegerme y autoconsolarme cuando, llegado ese día, cada año se acordara de mí un número menor de gente.

Y no creáis, a todo se acostumbra una, y de esta forma los días pasan a ser todos del mismo color, como sin picos, ni altos ni bajos. Lo paradójico de la cosa es que nunca dejé de recordar ni felicitar el aniversario de toda la gente que ha significado algo en mi vida desde que era pequeñita hasta ahora.

Bueno, pues resulta que hablando con un amigo el otoño pasado, y dándole toda esta explicación detallada y explicada, me dijo algo que me hizo casi llorar:

-"Claro que fue un día importante. Debes tenerlo en cuenta, no es un día normal. Naciste tú"

Y ese momento, como que me cayeron todas las caretas de indiferencia, y todas las barreras emocionales, y admití dentro, muy dentro, que en realidad me encantaba que la gente recordara ese día y lo asociara con mi persona, y que tuvieran un detalle, una palabra, una línea de sms. Que no era indiferencia, sino tristeza por volverse uno tan insignificante, por verse y admitirse tan olvidado.

Ahora que soy madre, procuro que mi hijo sepa que cada seis de noviembre es uno de los mejores días del año, y lo seguirá siendo. Que nació un jueves, que eran las cuatro y diez de la tarde, y sobre todo, y lo más importante, que no llegue nunca a menospreciarse ni a olvidarse de él mismo.

jueves, 13 de agosto de 2009

Dudas II (y la solución :P)

Inspirada por un proverbio que me encantó cuando lo leí por primera vez hace ya unos años y he vuelto a releer hace un ratín...

"Si tu problema tiene solución, ¿por qué te preocupas?
Si tu problema no tiene solución, ¿por qué te preocupas?"

... me parece que he dado con la pregunta que me da la respuesta que ando buscando desde hace ya unos años:

¿De qué sirve todo si no hay afecto?

"Al afecto se debe el noventa por ciento de toda felicidad sólida y duradera"
(Clive Staples Lewis)

martes, 11 de agosto de 2009

Realidad

Suelo tirar directamente a la papelera los pps, más que nada porque suelen venir en grupo y no me da tiempo para verlos directamente. Peeero... mira tú por dónde que recibí uno hace un par de semanas que me paré a ver, y me gustó hasta el punto de poner aquí la historia, que se resumiría así:

"Una mujer miraba siempre desde su ventana el jardín de su vecina, y viendo la colada tendida le comentaba a su marido:
- Hay que ver qué sucias tiene las sábanas la vecina... ¿no habrá nadie que se lo diga? ¿no se da cuenta y pone remedio?
Así una y otra vez, hasta que un día se levantó, fue a mirar y vio que las sábanas ese día colgaban completamente blancas.
- ¡Anda! mira, ya era hora de que se diera cuenta, alguien se lo habrá dicho...
Respondió el marido:
- Nada de eso. Simplemente limpié los cristales de nuestra ventana ;)"


La realidad objetiva acaba de evaporarse
(Werner Karl Heisenberg)

miércoles, 5 de agosto de 2009

¡Arriba!

Fueron los veinte minutos más silenciosos en mucho tiempo, habiendo tanta gente a mi alrededor (y tantos niños)...

La sensación de nudo en la garganta -aplaudo al que la definió así por primera vez-, las lágrimas contenidas -por pudor-. ¡Qué cosa tan bonita!. De veras, solo por esos veinte minutos primeros ya vale la pena la película entera.

Personajes recordando rostros. Vi a Spencer Tracy, a Kirk Douglas, a Errol Flynn...

Pero... qué cosa tan bonita (y van dos) la historia de este hombre y su Elly. Sin palabras, sin desperdicio.

Hace casi un año, después de mucho pensar y repensar, me decidí a emprender un viaje, casi de la noche a la mañana, concordando muchos factores a la vez para que fuera posible.

Dudas, siempre, qué asquito a veces dudar tanto :(.

Pero recuerdo perfectamente esa sensación, dirigiéndonos a cenar la primera noche, en la que me giré hacia mi anfitrión (uno de ellos), y le dije:

-"¿Ves? Solo por este momento ya ha valido la pena todo".

No creo que en todos los buenos momentos esto sea necesariamente así. Hay viajes inolvidables, reuniones amenísimas..., pero ese momento, esa sensación en que uno observa esa milésima de segundo y piensa: "esto me lo compensa todo", es indescriptible.

No sé explicarlo mejor, pero sería como un pequeño gran premio entre medias de grandes pequeños momentos, pero valiendo solo él cien veces más que el resto. Como un instante tocado por algo mágico, sin suceder nada del otro mundo.

Pues eso, eso existe, es posible, es factible. En un año una semana puede haber valido la pena. O un día, o un rato, o... veinte minutos.

viernes, 31 de julio de 2009

Crecer, reír


Una de las personas que más me quieren trata de halagarme diciéndome que es una gran cualidad lo de poner tanto empeño en crecer.

No me halaga -porque yo soy así, desconfiada de lo bueno-, pero me quedo pensando...

Otra persona que también me quiere me repite por carta que le gusta esa capacidad que tengo... de intentar seguir creciendo.

Se me aleja gente por el camino, se me pierde -unos por indiferencia, otros por antipatía, hartazgo, lo que sea...- pero también ellos ayudan a crecer, dejándome al menos el recuerdo de sus réplicas, sus críticas, sus percepciones y sus impresiones generales.

Una se siente impotente. Son adioses dolorosos y algunos entre muchos se sienten como se siente un pinchazo en una rueda de bici, entorpeciendo el avance, haciendo duros y difíciles los siguientes metros.

Pero entonces me viene a la cabeza lo que lleva implícito el proceso de crecer como avance y no tengo más remedio que sorber los mocos y hacer caso a Manolo García:

"Reír, reír, de la risa saqué arrestos,
ánimos y un paso más.
Reír, reír, de la risa saqué fuerza,
que han sido muchos pasos si miro hacia atrás.

Reír, rudimentario cebo,
reír, para usar en los días inhóspitos,

reír, reírse de uno mismo,
cuando empezar el día es subir otro peldaño
de tu escalera hacia el cielo.

(...)

Ya pueden agitarse las ramas del árbol donde vivo

y susurrarme todo es nada.

(...)

Porque el futuro es un bello planeta a visitar en bicicleta"

viernes, 24 de julio de 2009

Un libro...

... me ha atrapado.

Con razón, los hindúes dijeron eso de "Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruído, un corazón que llora".

Si en cualquier época, encontrar uno bueno es de lo mejor que te puede pasar, si tienes esa suerte en una regularcilla, se convierte casi casi en medicina.

Casi siempre viene de forma casual, y sucede como con la gente que vas conociendo y te gusta, y le gustas, que vienen como saliendo a nuestro encuentro... y nosotros al suyo.

Parece que van a aparejados a nuestra cabeza, y así en tiempo próspero, en ese en que nos vemos en sintonía total con lo que sucede en el mundo, y notamos claramente que formamos parte de él, puede darnos por leer aquellos que están en boga, los que todo el mundo lee.

Otros momentos tenemos una sensación rara, como si la demás gente viviera y avanzara, y en cambio nosotros estuviéramos como empozados, tratando de luchar para salir, pero volviéndonos alguna vez abajo de nuevo, sin pretenderlo, pero sucediendo. Entonces, no sé si por asociar buenos recuerdos con títulos y nombres almacenados en carpetas archivadas en nuestra memoria, echamos mano de aquello que nos evoca esas épocas, en las que también sufríamos -es ley de vida eso-, pero con otro tipo de sufrimiento, más por la incerteza, o la ignorancia ante la vida misma, tan atrayente como peligrosamente desconocida, como de color azul marino.

Es un regalo tener buenos profesores en la niñez, y que ya te empiecen a hacer sentir, empezando con el brujo Mangas Anchas, como empezamos muchos, y más tarde, a los quince años, cuando uno ya empieza a apasionarse, que te hagan ellos apasionarte, que logren transmitirte lo que los grandes autores pretendieron con las únicas herramientas del lápiz y el papel -esto es para mí lo más alucinante y maravilloso de todo-.

Y sobre todo, alejarte de prejuicios que relacionan algunos nombres con pestiños, aburrimiento y cansinez, y presentarte primero al autor como ser humano pensante y sintiente ante todo, dejando aparte memorizaciones globales asociados a 98, o 27...

Una vez despojándonos de nuestra piel y circunstancias, hacer una especie de viaje hacia el mundo de cada escritor para sentir -o al menos, intentarlo-, lo que él sentía y por qué lo sentía.

Humanizar esas hojas, personalizar esas tipografías, olvidar clichés, desprendernos de esa capa de barniz simbólico que nos hace ver que un libro es un título, memorizado con un nombre de persona y dos líneas de reseña.

Así, es una gozada - como se goza comiendo, riendo, manchando, siendo lengüeteado- leer. Y hay joyas en las bibliotecas de nuestros padres o hermanos mayores, en ediciones del año de la picor, que nunca han llamado para nada nuestra atención.

Están esperando a que los cojamos y les demos su oportunidad ante nosotros, aunque solo sea para tratar de entender por qué conocemos sus nombres... los suyos y no otros, con tantísimos libros como existen.

Todo esto viene, como comenté al principio, porque el domingo en el Rastro hubiera podido cruzar los ojos con los de alguna otra persona, quizás fijarlos durante esos tres, cuatro segundos cruciales en que ves, sabes, notas, sientes, intuyes, que ese alguien es especial o puede llegar a serlo. Hubiera podido suceder eso, pero no fue precisamente así. Unos gitanos vendían sandías... y ¡libros!. Los regalaban mejor dicho, porque menuda ridiculez de precio, dicho sea de paso.

Y allí, en edición del Club Joven de Bruguera del año 1981, había un libro que conocía, como conocemos casi todos, pero de oídas, de cuentos, de adaptaciones. De un escritor al que conocía por anécdotas jotiles y poco más.

Era Platero y yo, y me he enamorado de él.

Ahora mismo lo estoy saboreando, y en cuanto lo acabe, si me da la vena, escribiré sobre él, sea aquí o sea allá.

sábado, 18 de julio de 2009

Lluvia




El día más lluvioso de su vida solo quería tener algo que hacer con sus manos y agachar su cabeza.
El tacto del pantalón vaquero, con sus decenas de estrías en diagonal, servía como distracción a sus dedos largos y torpes, que repasaban cada una de ellas, unas veces con las yemas y otras con sus uñas mordidas y escasas.

El verano puede ser una estación plena y feliz, o en cambio el conjunto de días seguidos más desolador de todo el año.

La existencia de un joven puede tener horizonte de playas llenas de velas de windsurf, extensiones de balas amarillas -se esté o no en Norteamérica-, o ríos anchos vistos desde pasarelas de madera. Pero sigue siendo verano. Y sigue estando todo muy idealizado, sobre todo si uno tiende a soñar cuando está despierto.

Ese día era verano y pensó que ójala lloviese, ójala pudiese estar en la buhardilla de la casa de sus padres sentado en un rincón y llorando si le daba la gana.

Pero no llovía.

El paisaje estaba horripilantemente quieto, con esa inflexión diaria que es el atardecer con sus naranjas, violetas y amarillos, y los sonidos del verano, adorados por unos y detestados por otros.

No estaba en esa buhardilla, estaba al final de la pasarela, y sentía que su vida era de color amarillo, como el color de los años cincuenta en las pelis americanas.

Ella no tenía rizos dorados, ni llevaba un vestido de niña azul. Más bien era de colores corrientes y neutros. Pero a él le encantaba. En cambio, parecía que a ella no le encantaba él, qué cosas. Y parecía que todas las veces que habían hablado, todos los libros que le había hecho llegar discretamente -con el único fin de que ella leyera lo mismo que él- desaparecían ahora como humo.

A veces el futuro cambia las cosas, a veces todo da un giro inesperado y las historias acaban bien; a veces los chicos sentados y pensativos consiguen lo que quieren.

Y esa lluvia se aleja.

viernes, 10 de julio de 2009

Cansancio

La Tierra

Niño indio, si estás cansado,
tú te acuestas sobre la Tierra,
y lo mismo si estás alegre,
hijo mío, juega con ella...

Se oyen cosas maravillosas
al tambor indio de la Tierra:
se oye el fuego que sube y baja
buscando el cielo, y no sosiega.

Rueda y rueda, se oyen los ríos
en cascadas que no se cuentan.
Se oyen mugir los animales;
se oye el hacha comer la selva.
Se oyen sonar telares indios.
Se oyen trillas, se oyen fiestas.

Donde el indio lo está llamando,
el tambor indio le contesta,
y tañe cerca y tañe lejos,
como el que huye y que regresa...

Todo lo toma, todo lo carga
el lomo santo de la Tierra:
lo que camina, lo que duerme,
lo que retoza y lo que pena;
y lleva vivos y lleva muertos
el tambor indio de la Tierra.

Cuando muera, no llores, hijo:
pecho a pecho ponte con ella,
y si sujetas los alientos
como que todo o nada fueras,
tú escucharás subir su brazo
que me tenía y que me entrega,
y la madre que estaba rota
tú la verás volver entera.

(Gabriela Mistral)

miércoles, 8 de julio de 2009

Abuelos

- Que no beba tanta gaseosa... que no haga tanta burrera a estas horas... dice mi madre al anochecer, cuando se sientan en la mesa de la terraza a hablar sobre la vida.

Y los escuchas reír sin parar, con ganas, con esa risa sanota que tanto me gusta.

Y cuando está enfurruñado con algo le digo siempre:

- Pau, que eres un suertudo, tío, que tienes cuatro abuelos, cuatro ¿sabes la suerte que es tenerlos?

Y parece que entra en razón, y no sé si es consciente, pero la cara que pone es de serlo.

Disfruto enormemente viéndolos juntos, escuchándolos.

Diez meses al año vamos a jugar a una plaza, y lo que son las cosas, justamente allí hay una residencia de ancianos. Las madres muchas veces lo comentamos, qué contraste, esas personas allí tan arrugadas, tan mayores, tan inmóviles, y esos niños correteando a su alrededor.

De vez en cuando se les acerca uno de ellos e interactúan. Me encanta quedarme mirando eso, y sin acercarme demasiado para no distraerlos trato de escuchar de qué hablan.

Cuando nací ya solo me quedaban dos abuelos, y antes de comulgar se me fue uno de ellos. Nunca había tenido demasiado trato no me preguntéis por qué. Cosas de mi madre, supongo, que no querría dar trabajo, molestar, qué sé yo...

Redescubrí a mi abue ya más mayorcita. Con mi hermano Salva, tan payaso o más que yo, le imitábamos a Juan Pardo cantando la canción "Caballo de batalla" con un cojín a modo de cola. Mi abue se moría de la risa. Los domingos nos traía pasteles de merengue a hora de ver a Buster Keaton a las cuatro de la tarde. También nos moríamos de risa con Buster Keaton, vaciando la barca a tacitas, con esa cara de palo...

Era castellana, hablaba mezclando las dos lenguas, a todo el que la conocía le hacía gracia eso.

Murió en casa de mis padres al amanecer. Nunca había tocado a una persona muerta, y ese día lo hice. Seguía con su pijama, claro, esperábamos a los de la funeraria. Y pude estar un ratín con ella mientras.

Para nada nos entristecimos, para nada. Nos dejó sensación de paz. Eso era, paz.

Ah, se llamaba Amelia. Qué cosas (yo sé por qué lo digo).

lunes, 6 de julio de 2009

Seda

Las historias se hacen de días importantes, de hechos importantes, de días relevantes, de hechos relevantes.
En una vida de 30.000 días sólo un puñado de ellos merecen su recuerdo. En días de 24 horas y semanas de siete días, solo unos minutos valen la pena la gran mayoría de veces.

Cuando leo este tipo de novelas basadas en "toda una vida", mi frustración y ansiedad desaparecen mágicamente. Esperar, esperar, esa es la palabra, esa es la clave. Viviendo, escribiendo a mano despacio, hablando menos, caminando más lentamente de lo que es habitual en uno.

Ver la vida como algo más largo de lo que pensamos, aunque tengamos la sensación de estar tocando fondo, de ese "no tengo remedio", de ese "no tiene remedio".

Lo que sea para uno llegará si es que ha de llegar, sin forzar, sólamente esperando, respirando más profundamente, hablando menos, contando menos cosas tontas, la mayoría de veces intrascendentes e innecesarias.

Con paciencia.

Baldabiou siguió escuchando, en silencio, hasta el final, hasta el tren de Eberfeld.
No pensaba en nada.
Escuchaba.

Le hizo daño oír, al final, cómo Hervé Joncour decía en voz baja:

-Ni siquiera llegué a oír nunca su voz.
Y al cabo de un momento:

-Es un dolor extraño.

En voz baja

-Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

sábado, 4 de julio de 2009

Palabras borrosas

¿Qué imagen transmitimos a los demás? ¿Por qué actuamos torpemente ante algunas personas vez tras vez, quedándonos con la sensación de haber metido la pata y haber sido desafortunados con nuestros comentarios? ¿Por qué en cambio con otras personas siempre parece que damos la talla? ¿Es la opinión que creemos que tiene de nosotros nuestro interlocutor la que determina la sensación que nos produce la interacción con esa persona? ¿Por qué ante determinada gente estamos en nuestra salsa (no hablo de un face to face, sino de un grupo), y ante otros nos sentimos como adolescentes patosos que no saben qué decir? Y sobre la química... ¿no se supone que es algo entre dos? ¿y qué pasa cuando sólo hay en una sola dirección? ¿es menos química esa?

Si una imagen vale más que mil palabras... ¿puede esa imagen valer más que un trillón de letras entremezcladas? Se me hace difícil pensar eso, y sin embargo todavía me viene a la mente mi amiga "la ligona", con la boca siempre cerrada, y a ese noviete que tuvo un verano confesándome que no le molestaba mi presencia (ese verano hice de farol, sí :$), sino más bien al contrario, que prefería que estuviera yo para poder hablar (sic).

Sí, muy guay todo, pero en ese caso la imagen tuvo más valor que todas mis palabras (hay que joderse cómo se nos quedan algunas cosas grabadas). Mucha belleza interior, pero creo que esa solo se aprecia cuando maduras, no antes.

Y es mejor que ahora calle :D.

No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras
(Joan Lluís Vives)

jueves, 2 de julio de 2009

Una mirada tendiendo a infinito

Necesito sentarme en el suelo, en un lugar donde, mire hacia donde mire, haya al menos cincuenta metros sin nada.

Los agricultores son el colectivo con menos incidencia de miopía. Porque miran a lo lejos, porque sus miradas tienden a infinito, y de hecho, mirar a los pájaros es un buen ejercicio para la vista, si no para mejorarla (que puede que también), al menos para relajarla y no dejar que se vicie de mirar siempre de cerca.

Necesito también una velada que no sea alrededor de una mesa, ni en una terraza, ni en una cama...

Sentarme en el suelo, y, a falta de una armónica, escuchar al menos una guitarra.

No me importaría oír solamente otra voz aparte de la mía. Parece que, poco a poco, voy tomando conciencia de que eso de "cuantos más, mejor", no siempre es así, no tiene por qué serlo,y aunque para mí siempre fue mejor que hubieran diez a tres, ahora no me importaría...

... y pensándolo bien, tampoco importa demasiado si no hay guitarra.