Dos que, pese a conocerse, no se conocen tanto. Dos que, pese a tener poco motivo y nula lógica para estar en el mismo lugar, coinciden allí. Dos que entran a cenar al primer sitio que ven, después de cervecear un rato entre risas y música de fondo. Dos que se intercambian cucharadas de postre, o postres enteros. Dos que deciden tomar la última en el primer sitio ruidoso que pillan. Dos que cierran el garito, pero el destino o llamémosle X, juega con la luz exterior -a su favor- y sigue siendo de noche, porque así es mejor. Dos que deciden dar un rodeo riendo sin parar, y parándose a terminar de contar aquello que se están contando. Dos que se encienden un cigarro, aunque uno ya apenas fume -o no fume ya para nada-. Dos que se paran unos instantes y advierten el frío que hace, exhalando vapor por sus bocas y llevándose las manos a los bolsillos. Parados y hablándose, en mitad de la noche.
Hay miradas que lo dicen todo. Hay miradas que hacen que un pato feo se sienta menos feo, y uno no se imagina su rostro como el que ve a diario en el espejo del baño cuando se levanta de la cama, o cuando tiene días malos... si es mirado así. En ese instante, uno ve lo mejor de su rostro. Su cuerpo e imperfecciones poco cuentan, y sus ojos son vistos como únicos, pese a ser del color de la mayoría de ojos que conoce, o sea nada del otro mundo. Y uno sonríe ante el otro, que lo mira, y es consciente de que en ese momento su sonrisa es cautivadora, seductora, atractiva.
Dos que no deberían estar allí, insisto. Con sus parejas respectivas -si es que las tienen- con sus empleos tan dispares y lejanos. Con sus edades tan distintas.
Dos, que, diez años antes, nunca hubieran imaginado conocerse y estar allí en ese momento. Dos que no quieren admitir -ni siquiera para sí- que se gustan de cierta manera, que se quieren de cierta forma. Que cualquier excusa es buena para verse, que cualquier excusa sirve para descararse ante sus más allegados, para así sentirse bien, pese a ni ellos mismos saber qué les está pasando.
Dos, que llegado el momento de despedirse, no saben cómo hacerlo, y tienen presente que ese momento está ahí, existe, pero sólo durará un ratín. Y uno no sabe qué hacer, el otro no sabe si arriesgarse. Mientras, el frío aumenta, el tiempo pasa; no saben cuándo será la próxima, ni si estarán solos como ahora.
Dos que quieren probar al otro, rozando aunque sea los labios, y no osan hacerlo para no fastidiarlo, quizás temiendo el rechazo, y quizás ambos esperándolo.
Quién sabe...

