lunes, 2 de agosto de 2010

Instrucciones para un doce de junio

 
Todos podemos necesitarlas algún día, eso nunca se sabe. Si no se quiere decir en alto, se puede pensar en tono bajito, solo para nosotros. Creemos tenerlo todo controlado y haberlo alcanzado todo,  llegamos a pensar que nada ni nadie nos pueden hacer desmoronar, qué fuertes nos sentimos. Y entonces va, y algo o alguien hace que nos desmoronemos. Si no existieran esos pinchazos cuando el coche va encarrilado en línea recta, pues no sería la vida, y también sería mala cosa, pues si no es la vida ¿qué otra cosa puede ser?

Hay quien se santigua, quien tiene corazonadas y afirma no fallar nunca, quien usa amuletos, quien cree en ellos,  quien dice que son supersticiones, quienes hacen pequeñas apuestas con ellos mismos (si pasa esto... pasará esto otro; si... saldrá bien...), y los hay que no hacen nada -bueno, sí, burlarse de los que sí lo hacen, que también es hacer, digo yo-. Nadie en cualquier caso se queda de brazos cruzados ante los dilemas y encrucijadas de la vida. Nadie deja de tener incertidumbre ante una señal con cuatro direcciones distintas. Todos dudamos.

Estas dicen que las elaboró el subcomandante Marcos en la selva Lacandona, en Chiapas, México, entre 1984 y 1989, influenciado por Cortázar y dentro de lo que la guerrilla llama "literatura de montaña". (aquí) Hay de todo, para todos, sin necesidad de untarse con excrementos, vestirse de payaso o emborracharse en las tumbas de los antepasados, como aconseja el otro.

PD: Solo advertir que cuando la decisión tenga que ver con otra persona, antes nos pongamos de acuerdo con ella,  no sea que los dos sintamos lo mismo y simplemente lo llamemos de distinto modo... (:P)

Para cambiar el mundo: 
Constrúyase un cielo más bien cóncavo. Píntese de verde o de café, colores terrestres y hermosos. Salpíquese de nubes a discreción. Cuelgue con cuidado una luna llena en occidente, digamos a tres cuartas sobre el horizonte respectivo. Sobre oriente inicie, lentamente, el ascenso de un sol brillante y poderoso. Reúna hombres y mujeres, hábleles despacio y con cariño, ellos empezarán a andar por sí solos. Contemple con amor el mar. Descanse el séptimo día.
  Para olvidar un amor:
Sáquese despacio ese amor que le duele al respirar.
Sacúdalo un poco para que despierte. Lávelo con cuidado, que no quede ni una sola impureza.

Limpio y oloroso proceda a doblarlo tantas veces como sea necesario para tener el tamaño de la uña del dedo gordo del pie derecho. Espere el paso de una hormiga, ser noble y generoso, y pásele la pesada carga. Ella lo llevará a guardar en alguna profunda caverna. Hecho esto, vaya y rellene, por enésima vez, la pipa de tabaco frente al mar de oriente. El olvido llegará conforme se termine el tabaco y el mar se acerque a usted.
Para recuperarlo:
Basta escribir una larga carta hablando de viajes desconocidos, hidras, molinos de viento, oficinas y otros monstruos igualmente terribles. A vuelta de correo tendrá su amor tal y como lo envió, acaso con un poco de polvo y sueño en la cubierta…
Para medir el desamor:
Basta el rencor y, finalmente, no vale la pena.
Para seguir adelante:
Frente a un espejo cualquiera, dese cuenta de que uno no es lo mejor de sí mismo. Pero siempre se puede salvar algo: una uña por ejemplo…
Para nuestra muerte:
Los que ahora dicen -¡Qué malo es!-, dirán entonces -¡Qué bueno era!-. Y nos iremos sonriendo, burlándonos siempre de ellos, es decir, de nosotros.
Para medir el silencio:
Basta con los suspiros. Pero no los cuente, el resultado suele ser desalentador.
Para medir la vida:
Se toma cordel a discreción y se empieza a meter en el bolsillo derecho del pantalón hasta que ocurra una de dos cosas:
a) Que el bolsillo se llene de cordel.
b) Que se canse uno de estar metiendo el cordel en el bolsillo.
Cuando ha ocurrido una de las dos cosas arriba señaladas, o las dos, espere una tarde lluviosa.

Justo cuando la lluvia empiece a titubear en caer o no sobre la tierra, saque el cordel y arrójelo hacia arriba, lo más alto posible, con un elegante ademán de mago y, simultáneamente, murmure las siguientes palabras: “Veo, mido, existo, la vida”. Si se han seguido las instrucciones al pie de la letra, el cordel permanecerá en el aire, suspendido por unos instantes, antes de volver a tierra en un manojo de hilos. Ahí tiene usted la medida de un pedazo de vida. Si no obstante haber seguido las instrucciones, el cordel no responde como arriba indicamos, no se preocupe y pruebe con otro cordel. Sucede que hay cordeles que se niegan, con desconcertante obstinación, a medir la vida de nadie (bastantes problemas tienen con amarrar botas, zapatos y otras cosas absurdas, dicen).
Para despedirse:
No mire hacia atrás.
Suele bastar con eso…
Aquí

P D: esto fue escrito -sin cambiar ni una coma- como pone en el título un doce de junio, antes de conocer muchos resultados; algunos eran realmente importantes, unos quedaron solapados por otros, perdiendo importancia (ya comentaré esto a propósito de Schopenhauer y el libro que ando leyendo a ratos), y el resto, pues bueno, quizá haya estado bien conocerlos en hora.


Feliz verano.

viernes, 23 de julio de 2010

Como Sheherezade


Esa noche volví a despertar de madrugada. No era insomnio, era solo que ya había dormido suficiente. Como hago muchas veces en esos casos, me coloqué la radio en los oídos -bueno, los auriculares, no vaya a ser que...-, y aunque la primera en mi dial es Radio 5- , esta vez di un repasito por varios canales, parándome ante una conversación fluida y atrayente en la SER.

Se llamaba Julia y hablaban de un libro suyo. Al principio dudé si Julia Otero habría escrito algún libro últimamente, pero no, lo descarté al escuchar -para mi alivio- una voz mucho menos nasal que la suya. Una voz suave contando cosas con pasión, subiendo y bajando el tono de manera tal que hubiera pasado horas escuchándola -no como los plomos que hablan siempre en monotono y se hacen insufribles, que dijo un sábado de abril María Teresa Campos :P-.

Julia Navarro, vaya. No la he leído, y confieso que descarté regalar un libro suyo a mi madre por temer que fuera otra más de las siguieron la estela del Código da Vinci -que tampoco he leído, por cierto-. Pero cómo cambia cuando "conoces" a la persona, ¿no? Ya comenté algo parecido de Joaquín Leguina. Hay gente interesante detrás de nombres comunes, hay voces interesantes detrás de gente de la que oímos hablar alguna vez en la vida y de la que nos formamos una idea a base de prejuicios, injustamente.

Cuando acabó la entrevista pensé en el valor que tiene para mí una buena conversación. Procuro no dejar pasar ninguna y, cuando encuentro a una persona capaz de proporcionármela y de notar que disfruta de la que yo soy capaz de darle, trato de no dejarla escapar, de mantener el vínculo sea como sea, como Sheherezade hilaba sus mil y un cuentos para no perder la cabeza.

Una asignatura en las escuelas que vendría bien para la vida sería la oratoria, como hacían los griegos, porque ¿de qué sirve tener muchos conocimientos si luego el habla es aburrida y gris? sí, se tendrá un buen trabajo, se llegará en ciertos aspectos "a lo más alto" -profesionalmente hablando-, pero nadie busca esa compañía para compartir su vida -por completo o a pizquitos y ratos-.

Habla poquísimo de ti, poco de los otros, mucho de las cosas
(Paolo Mantegazza)

viernes, 9 de julio de 2010

Una maravilla

 
Ya ni recordaba el tiempo que hacía que no me había enganchado a algo. Bueno, lo del solitario spider es algo provisional... :P-.

Fue de las primeras descargas que hice cuando me puse el ADSL en casa. Sus contemporáneas fueron las "Historias para no dormir", del gran Chicho, pero eso ya irá en otra entrada cuando le llegue el turno. No hay prisa.

La tele de esa época, pues bueno, ya se sabe. Una había y buena que era. En este caso, mejor quizás que en otros, la calidad vale toda la cantidad que se nos pueda poner a nuestro alcance.

Yo ese año -1982- estaba con la primera comunión, el Mundial del Naranjito y las ganas locas de que pasara el mes de mayo y mi madre me diera tijeretazo a la melena criada para un solo día, cómo somos las personas. Sacamos la tele al patio –antiguo corral que empisamos cuando desaparecieron las últimas gallinas-, y allí estaba yo, con una toalla sobre los hombros, viendo caer a ramalazos mechones largos y abundantes de pelo castaño rojizo. Ya entonces le cogí manía al pelo largo y es una de esas manías que aún me duran, fíjate.

De esa serie, que me entero ahora que fue la más demandada por los espectadores para que la revisaran, digitalizaran y no sé qué más “aran”, recordaba cosas difusas: el tono grisáceo, que la daban tarde y lo atrayente que me parecía Cayetano ese tiempo (glup). Lo que hace, hay que ver, el ver –valga la redundancia- las cosas desde una perspectiva distinta, de los ocho a los treinta y seis años, y sobre todo, entendiendo esa historia. Y eso que a veces, sea a los ocho, sea a los dieciséis, uno se ve con total capacidad crítica, y no exagero (aunque hablo por mí, que soy una exagerada).

Estos días me vi, como otros años, con tiempo libre, con muchas horas de luz, y  con alguna que otra preocupación en la cabeza que tenía que disipar del modo que fuera.  Este viaje los libros no me han servido para dejar de pensar en lo que no quería ni quiero pensar, y la gran adquisición que hice accidentalmente de un netbook me ha servido más tal vez de lo que pude imaginar.

La serie es, si no se ha adivinado ya, “Los gozos y las sombras”. Y qué serie, madre mía, qué cosa más bien hecha. Galicia lloviendo, Galicia siendo, con sus sonidos, con su ambiente, sus olores –se nota mi debilidad, creo-. Galicia detrás o encima de una gran historia en la que pasa de todo. Momento histórico, gran momento histórico de un gobierno que agonizaba o, mejor dicho, que estaba condenado a muerte, y no una muerte fortuita, sino cruenta y, según quien lo diga, según quien lo lea, injusta totalmente.

Piensa uno que el gris de los años previos al '36 era triste, como se ve en la serie (¿ya la he recomendado?), pero los siguientes años, los siguientes grises, esos sí fueron oscuros, siniestros, funestos. Como en todo, habrá quien piense que quitar Ilustración para meter lo que se metió estuvo bien. Allá ellos. Pero no vine aquí a hablar de política.

El elenco de actores, ¿acaso son buenos ahora que ya sabemos su trayectoria de los últimos treinta años? Yo diría que no, que ya eran inmejorables entonces, así como los decoradores, los guionistas, o quienes adaptaron ese guión, los encargados del vestuario. Todos.

A quien guste del costumbrismo del que tanto gusto yo, solo ver la preparación de los alimentos desde que se compran en el mercado hasta que se llevan al plato, con los instrumentos que se usaban entonces para cocinar… solo eso ya les llegará para decir: “qué bien mostrado”. A los que conozcan la novela –no ha sido mi caso-, poner cara a personajes tan bien armados como Carlos, Cayetano, Mariana, Juanito, Clara, Rosario…les llegará igual. Y a los románticos, deciros que esta historia supera con creces para mi gusto cualquier historia que haya conocido hasta ahora –haré la excepción de Fermina y Florentino, claro-.

Como diría aquella, con esa gracia que tenía: no perdérsela.

PD: el único pero, si es que tiene alguno, es esa sensación de vacío que siento ahora cuando pienso: “ y qué veo yo ahora después de esto?”

domingo, 13 de junio de 2010

Cinco en un vagón


Aunque dicen que las mejores cosas llegan sin buscarlas, hay cosas buenas que requieren un esfuerzo, mínimo o máximo. Y vale la pena :).

Siempre me gustaron los anuncios, en la tele y en las revistas -llegué a recortar los que más me llamaban la atención, como sigo haciendo con otros temas-. Viviendo unos años años en los que todo está en Internet, y a mí me sigue gustando archivar recortes de papel en carpesanos. Manías.

Cuando llegaba Navidad podéis imaginar cómo me ilusionaba, esperando esas microhistorias enlazadas con esa música y el efecto que me causaban. Dentro de los grandes anunciantes, la publicidad de Coca-Cola nunca me ha dejado indiferente, y cuando la veo -igual que la de BMW, por ejemplo-, me entran ganas de ser creativa, de haber estudiado -o aprendido- cómo se hace eso, de ser artista, de poder transmitir en pocos minutos tanto tanto...

Bueno, la cuestión es que llevaba años -literal- buscando un anuncio. Ver esta historia por primera vez me marcó, y de qué manera. Resumía un sentimiento que me era tremendamente familiar, y a la vez un poco lejano -aunque más tarde lo recuperé en cierto modo, no todos los fines de semana, sí cada X tiempo- : el de las mejores risas y las mayores anécdotas. Con la mejor gente. Gente con la que uno se cruza y se llega a sentir tanta química que consigue sacar lo mejor de nosotros, regalándonos recuerdos, buenísimos recuerdos. Siempre pensé que la juventud está para ser joven en ella, nada más simple; para aprovechar ese apetito por la vida que solo se tiene -a ese nivel- esos años.  Ójala  que el entusiasmo nos dure, que dure mucho..., que nos continuemos emocionando hasta el último día; que conservemos la cabeza lúcida -no hay cosa peor que morir mientras se está vivo-, que no olvidemos quiénes somos, ni quiénes son; que no perdamos esta memoria que somos nosotros, y con cuya ausencia seríamos solamente un cuerpo.

Eso es lo que a mí me transmitió el chaval que narra esta historia durante esos segundos que concentran tanto: la de ser consciente de estar viviendo algo importante en el preciso momento en que está sucediendo (¿otro Dejà-vu? :P).

Acabo de encontrarlo hace media hora escasa. Seguro que lo recordáis, y si no es así, me gustaría que os encantara tanto como me encantó a mí:


martes, 8 de junio de 2010

Calma


Cinco de la tarde en el invierno mediterráneo. El grupo riendo distendidamente, y todos mirando hacia arriba; unos con gafas de sol, otros desde el resol, sin nada en los ojos.

Y mi amiga me dice: ¿ves esta calma? pues aquí siempre es así...
-Qué gozada, digo yo.

Paseo a lo largo del río, otra vez la misma calma, el mismo cielo, completamente despejado. Los juncos agitándose. Las tarimas de madera de los pescadores, con sus accesos imposibles...

- No te tomes dos cervezas antes de pasar, un día de estos te vas a caer al río...

Patos surcando el agua y picoteando en los trozos de pan duro que mi amigo va tirando aposta, mientras imita su graznido y yo voy grabando con mi cámara.

Siete de la tarde en una primavera ya muy avanzada. Leyendo mis apuntes mientras el grupo de niños juega al fútbol y notando cómo quema el banco de piedra de la plaza. Y esa sensación, esa sensación tan chula de que con toda la confianza del mundo puedes hacer sonar el teléfono de alguien y preguntar cualquier chorradilla informática, dejar líneas perdidas de Msn sin temor a que piensen que hablas sola :P, o enviar un sms vacilando a alguien a quien has visto en persona una sola vez,  pese a no verse, pese a no escribirse, pese a no estar ya en el mismo sitio donde solíamos estar, pese a saber quizás -aunque amarga un poquito reconocerlo-, que seguramente no habrá otro encuentro real. Esa maravilla que es pensar -y lo habré repetido mil veces-, que cuando llegue el verano pueda escaparme un fin de semana largo y haya alguien a quien me ilusione ver y que, al tiempo, se ilusione también por verme. Y ver que puede que haya perdido un año entero de clase por malas entendederas puntuales (para matarme), pero pensar que tampoco acabó el mundo, que ahí queda también toda esa gente, todos esos móviles, esos correos. Y que vendrá otro curso en octubre, y si no puede ser con los mismos, será con otros que también serán gente, móviles y correos.

Y lo más: ese pararse en mitad de una conversación y decir -u oír que te dicen-, "qué bien estamos, ¿verdad?" .

Y mejor que estaremos... Tenemos todo un país por descubrir, a pequeños sorbos, y de verano en verano :)

jueves, 3 de junio de 2010

Todos los océanos de este mundo




Cuando se viene a filmar a sitios poco conocidos en el cine, pequeños o menos pequeños, se arma un revuelo inmenso. El primero que hubo aquí -que yo recuerde-  fue "El árbol de las cerezas". El último, "Amanecer de un sueño". Y entre medias, "Son de mar".

Pude ir un domingo al set de filmación porque, casualidades de la vida, mi padre se encargaba del mantenimiento del enorme jardín del chalet que aparece en la película. Por supuesto, esa tarde no había nadie allí. Fuera, en los laberintos de calles que suben al Montgó, los domingos por la tarde no es raro ver curiosos que se acercan a ver cómo viven los ricos. Riqueza como la que se nos enseña en la peli: ostentosa, exagerada,  incluso insultante.

No sé por qué tardé tanto en verla, pero ahora que acabo de hacerlo, pienso que ha sucedido en el momento adecuado. No sé si nueve, siete o cinco años antes hubiera podido entender tan bien la fascinación que puede causar una personalidad como la de Ulises -este y aquel-, y en cualquier caso, me encanta que una parte de mí quede tan bien fotografiada para que los que no la conocéis podáis sentir desde vuestras casas el murmullo de la lonja, la brisilla, otras gaviotas, el olor salado y el ambiente de los pueblos con mar que, para muchos de nosotros, son un ideal al que regresar aún no habiendo estado nunca antes: una Ítaca.

La reseña de la novela, escrita por Manuel Vicent, dice así:

Según el manual de la resurrección, el primer requisito que se exige para resucitar es estar vivo, aunque la vida te sumerja cada día en la profundidad de los mares (...); siempre habrá algún amante que te llame desde cualquier orilla y tú tendrás la necesidad de volver a ella.

Y podemos enlazar varios de estos océanos románticos, igual que ellos mismos se unen y enroscan entre sí formando una masa continuada de agua sobre el mundo, como los océanos de tiempo que cruzó Drácula para reencontrarse con Mina, como el mismo mar que se cruzó en La Odisea, bello, atrayente, peligroso:

Entretanto la sólida nave en su curso ligero se enfrentó a las Sirenas: un soplo feliz la impelía mas de pronto cesó aquella brisa, una calma profunda se sintió alrededor: algún dios alisaba las olas. Levantáronse entonces mis hombres, plegaron la vela, la dejaron caer al fondo del barco y, sentándose al remo, blanqueaban de espumas el mar con las palas pulidas.

PD: Quise ver Océanos antes de publicar esto, pese a llevar escrito muchos días. El azar -descargas fallidas- impidió que pudiera hacerlo, pese a hacerme muchísima ilusión por la apasionada recomendación de alguien que me apasiona a su vez. Dicen que cuando el sabio señala la luna, el tonto mira el dedo. Debo ser tonta. Hace relativamente poco,  ese alguien me explicó -mientras con su dedo silueteaba la figura de una ballena jorobada-, cómo eran, cómo vivían, por qué eran distintas y por qué le fascinaban tanto. Yo no podía dejar de mirar el dedo :$.

Marchamos en un mar de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas
(Edgar Morin)

martes, 25 de mayo de 2010

La muerte según Tolstoi

(León Tolstoi descansando en el bosque, 1891,  Ylia Yefimovich Repin)

Pese a las recomendaciones de dos de mis mejores amigos, y por una serie de circunstancias -las más importantes, el pasadísimo-por-agua otoño y el crudo invierno-, solamente leí las primeras páginas de "El maestro y Margarita". Esto, unido a las reticencias que tengo a la hora de enfrentarme a tochos como Ana Karenina o Guerra y Paz, han hecho que la literatura rusa y yo no nos conozcamos todavía. 

Pero siempre hay un día en que una reseña logra darte el empujoncillo que te hace meterte en jardines desconocidos, y las ganas de retomar un club de lectura en el que hace mucho que no participo, unidas a la brevedad del libro, hicieron que el domingo por la tarde disfrutara, en mi recién "reestrenada" hamaca, de una sobremesa de primavera como toca: siestecilla en el sofá y lectura de libro en el patio. Bueno, lo del patio es una gozada, lo he dicho siempre que he hablado de mi casa, pero es que es algo a lo que tenía tantas ganas que aún no me creo que tenga uno, con sus macetitas -que no cuido hasta allá :$-, su sol, su resol, y la música de los pajarillos -lo más-...

En fin, que al mínimo quec me pierdo en divagaciones...; vine a hablar de un libro, que por la gracia de Internet podéis leer aquí si os apetece: La muerte de Ivan Ilich (León Tolstoi).

Y ya no sé si es casualidad o qué que precisamente esta semana pasada me hablaron de la muerte, y, como sucede a veces, fue uno de esos momentos en los que piensas: mare meua, yo también he pensado bastante en ella estos días; no sé si por ir hace nada a un tanatorio, o por ver tanto cine español -que también :P-.

Aquí se nos muestra de manera angustiosísima lo que en sí es la muerte para un vivo: un absurdo final inevitable, una excusa para reflexionar sobre qué fue la vida y, también por qué fue, y, sobre todo, algo que normalmente sucede a otros. Y es en este aspecto donde el libro se aleja de lo que conocí hasta ahora.

Lo habitual es que se nos cuente la vida y obra de cualquier personaje  y se nos narre la muerte como broche final, sin más. Siempre la cuentan los demás, los que la lloran, los que añoran al que se fue, los que creyeron conocerlo. O leerla en cualquier entrada de enciclopedia en forma de fecha que se añade al principio de una biografía, acompañando a la otra fecha en que se nació.

En el caso de Ivan Ilich, se nos narra el desespero de alguien que sabe en todo momento que se está muriendo, y se le hace completamente insoportable el detalle de que para los demás, para los que lo rodean, es otro el que muere. Ser tan consciente de ello le hace rebelarse emocionalmente. Y sufrir demasiado.

Busco una imagen para esta entrada y encuentro, aparte, un texto muy interesante. No tiene desperdicio por tener que ver, otra vez, con la muerte:

 El amanecer del 28 de octubre de 1910, en pleno invierno ruso, León Tolstoi decidió alejarse definitivamente de su hogar, sin que nadie lo viera… antes le escribió una carta a su esposa Sofía:
“No puedo seguir viviendo en el lujo, y hago lo que los viejos de mi edad hacen generalmente, abandonar el mundo para vivir sus últimos momentos en la soledad y el silencio. Te agradezco los 48 años de vida honesta que has pasado conmigo, y te ruego me perdones todo el mal que te he hecho, como yo te perdono el que me has hecho tú”.
Con la intención de establecerse en el soleado Cáucaso y reencontrarse con los compañeros libres de su juventud, tomó el tren con dirección a las estepas… pero en el camino se enfermó de neumonía en el tren que lo llevaba, por lo que tuvo que quedarse en la pequeña estación de Astapovo. La fiebre lo consumía, su corazón latía irregularmente, ya no soportaba los fuertes dolores de cabeza y la ardiente sed que lo debilitaba… en esa agonía estuvo una semana.

Y así es como murió León Tolstoi, un 7 de noviembre de 1910, a los 82 años. Sus restos están enterrados en Iasnaia Poliana, en un claro, en aquel lugar donde su hermano Nicolás escondió durante su juventud el pequeño palo verde, talismán del amor, la armonía y la felicidad eternas.

No sé si todo el mundo piensa tanto en ella, si la ve como algo tan presente. Tampoco sé si a todos asusta, o si es más el desasosiego por dejar "desamparados" -aunque el cementerio esté lleno de gente que era imprescindible- a nuestros hijos, a nuestras parejas, familia... o el miedo por no ser ya nunca más, por nosotros mismos y nuestra desaparición tajante. Hay quien teme al dolor físico, otros temen que no se les recuerde.

Casi todos los escritores han escrito sobre ella; de pocos temas se ha escrito más sin conocerlo de primera mano, y pondría la mano en el fuego a que ninguno de nosotros vive ajeno a ella (nótese la ironía).

miércoles, 19 de mayo de 2010

Un país extraño


L.P. Hartley empezó una de sus novelas con una frase por la que quizás llegó a ser más conocido que por toda su obra. Fue tan simple en principio como:

"The past is a foreign country: they do things differently there"

(el pasado es un país extranjero: allí se hacen las cosas de otro modo)

Viendo que el hombre fue bastante prolífico y se le conoce por una única frase, me planteo si es bueno que te recuerden por un pequeño acierto entre varios, o resulta más bien frustrante. De cualquier modo, es mejor que sea así a que sea por un pequeño fallo entre varios aciertos, porque cuando sucede eso, que aquel nos pille confesados.

Hablaba hace poco el maestro Daniel Domínguez sobre la melancolía. Y habló tan bien y consiguió redondear tan bien ese texto que desde luego lo tendré mucho tiempo presente. ¿Mi idea de entrada perfecta? esa lo fue -hasta en el grabado-.  En ella se nos viene a recordar que es un estado elegido, que los melancólicos se (nos) recrean en ese punto muerto que hace que, cinco minutos después, ya echemos de menos lo que pasó hace seis.

Pero vengo a añadir yo algo a propósito de varias cosas que sucedieron hoy y que están todas bien relacionadas:

Primero, doy un vistazo como cada mañana laboral a El País digital, y corroboro que el pasado a veces vuelve sin avisar, sin ser buscado, como bromeando con nosotros -melancólicos e ilusionados por igual. Y nos desafía, como diciendo: "sí, miremos hacia adelante, mirad hacia adelante, no os recreéis, pero siempre hay rescoldos flotando, inéditos, y el día menos pensado llegarán a vosotros, casualmente.. o no". 

La noticia a la que me refiero es el hallazgo -cuarenta y siete años después-, de casi cuarenta fotografías nunca vistas de los Beatles (aquí). Puede que alguien preferiría no ver esos rostros adolescentes después de tanto tiempo y habiendo fallecido la mitad de ellos. Al resto les hará ilusión. Los contrarios, las reacciones antagónicas, como siempre. Pero, una vez más, el pasado es presente, al menos estos días que se ha conocido la noticia.

Esta tarde voy hacia clase y escucho en la radio del coche un tema que hace mucho que no elijo en mi MP3. Es de Alanis Morissette, que me encanta. Y recuerdo que reescribió su historia en cierta manera al volver a grabar su primer álbum de la forma en que veía la vida, la música y esas canciones el año en que se cumplían diez años de su publicación. En su día leí cómo explicaba que ella no era la misma y las canciones no podían ser las mismas. El disco, que os recomiendo íntegro, es Jagged Little Pill Acoustic. Otros grupos, como The Cure, también regrabaron sus mejores canciones con un enfoque más suave, tranquilo, maduro (aquí) varios años después. Imagino que si me pusiera a buscar habría cien ejemplos.

Termina la clase y conduzco de vuelta. Hay una recta de unos siete kilómetros digna de ser fotografiada y merecedora de varias entradas. Tiene árboles, muchos árboles, a ambos lados, y a medida que te vas acercando al pueblo forma un dibujo en perspectiva perfecto, con el campanario al final y las montañas rodeándolo todo. A esas horas a las que regreso, aparte, esos árboles tiene un verde indescriptible  mezclado con amarillo -siempre echo de menos la cámara de fotos en ese tramo-, y el sol está en una posición que deja ver los mosquitejos que ya flotan en el ambiente. Campo, al fin y al cabo.

Bajo la ventanilla cuatro dedos por primera vez esta temporada. Entonces se me cuela  una abeja o avispa, - no las distingo de normal, menos aún conduciendo-. Escucho primero su ruidito inconfundible. La música bastante alta. De pronto la veo, y me doy cuenta de eso,  de que no es una mosca ni un moscardón, porque lleva un vistoso traje a rayas negras y amarillas (blanca y en botella...).

Me viene al presente otro pasado. Esta vez el dramático día en que fallecieron tres mujeres jóvenes hace unos quince años. Con hijos adolescentes las tres, algunas incluso con niños pequeños. En un coche pequeño. Por culpa de una abeja que se les coló cuando volvían de la ciudad. De nuevo, el pasado estaba allí, sin buscarlo, sin pretenderlo. He bajado la ventanilla del todo para que se largara cuanto antes -la abeja y ese pasado que no busqué recordar-.


sábado, 15 de mayo de 2010

Desarrolla tu legítima rareza


Hace un par de años, en una repesca de concursantes "emblemáticos" del concurso Saber y Ganar, nos llamó a varios la atención la camiseta de Alberto Gálvez, un chaval con pinta de tener la mente muy sana en todos los aspectos. Era negra, y en letras de colores ponía: "Nadie es normal".

No tengo claro del todo con qué fin me habré definido yo misma medio en broma-medio en serio como "rarita", y con qué fin lo hacen los demás quizás no de manera directa afirmando: "es que soy raro", pero sí con sus actitudes (y más de lo que pueden pensar).

Xarito trabajó conmigo hace muchos años en un almacén de cítricos. Es dos años mayor que yo, rondando los veinte en esa época. El grupo con el que almorzábamos tanto ella como yo sentadas en los cajones de plástico era muy variopinto, de edades parecidas pero distintas y de gustos dispares pero con uno en común: salir.

Una tarde estuvimos empaquetando juntas, hablando de la vida que nos esperaba al salir de ese horario infernal, de los novietes, los ligues, los pubs. Y ella me dijo: "no hay nada que me guste más que ver el Un, dos, tres los viernes con mis padres y hermanos". Esa afirmación, tan sencilla, se me escapó en ese momento. Tal vez fue síntoma de mi grado de intolerancia -que toooodos tenemos en mayor o menor medida-, pero lo primero que me pasó por la cabeza fue que qué hacía una chica de veintipocos años un viernes noche en casa viendo la tele en vez de estar por ahí de marcha.

Me he acordado mucho estos años de ese momento, casi más que de la camiseta de Alberto Gálvez. Como me acordaré en un futuro del día en que le compré una colcha a mi hijo hace poco llena de dibujos de animales -lo que más le gusta del mundo- y dijo: "si viene un amiguito a casa y la ve se reirá, dirá que soy un bebé". No sabéis cómo me entristeció escuchar eso de alguien con seis años y pocos meses. Fui a devolverla porque no pude hacerle ver que lo que pensaran los demás era algo incontrolable, fuera esa colcha o fuera un determinado gusto.

Y lo he tenido presente estos días por cosas que he leído por la red. Esa tendencia -y necesidad - de dejar claro que se es "distinto". Pero no como una descripción de uno mismo igual que el color del pelo o los ojos, sino yendo más allá, marcando incluso distancias y más que queriendo decir "soy distinto", en el fondo adivinándose un "no soy como vosotros". ¿Más intelectual? ¿Más interesante? ¿más seguro de ti mismo? ¿mejor acaso? ¡Bah! Algunas afirmaciones parecen más bien sacadas de manuales estilo "triunfe en la vida" que de una convicción auténtica.

Es muy difícil -siendo humanos como somos y no personajes de nuestra propia ficción- engañar a todos todo el tiempo, como dice la famosa frase, y todos perdemos aire por algún lado. Hasta los coches de las mejores marcas tienen talones de Aquiles y les salen remesas que deben revisar al completo, y, como dijo  más o menos un psicólogo en un curso al que asistí, se podría pensar que juntando a los mejores jugadores ganarían todos los partidos, pero no, porque en ese conjunto se adivinaría un fallo, una falta de coordinación, de equipo, que harían que lo que no fallaba en cada uno individualmente fuera un punto débil en ese equipo ideal.

¿Es mal asunto contar las debilidades o lo que creemos que lo son? no lo sé, depende de a quién tememos defraudar. Ir por la vida en plan "estoy de vuelta de todo" mola, pero de forma coherente, que sea así, que no sea una imagen de fortaleza cuando la realidad es que se es tan débil e inseguro como el que más y se está bastante pendiente de no mancillar esa imagen que se cree proyectar.

¿Acaso soy "más" porque me guste la filosofía? y... ¿soy "menos" si digo que también leo el Pronto y la Cuore de vez en cuando?. Me apasiona un determinado estilo de música "de culto", pero al tiempo me emociono escuchando "Suspiros de España" en la voz de Conchita Piquer o "El emigrante" de Juanito Valderrama. Me reí con Torrente y no me dijo gran cosa El Sur. Sé que la belleza está en el interior, pero en no pocas ocasiones hubiera pactado con el diablo para tener el físico de Monica Bellucci. Y soy la misma persona siempre. Lo "sospechoso" que veo yo en este asunto no es el tener facetas variables, distintas y en ocasiones muy dispares entre sí, sino tratar de hacer creer que se sigue siempre una estela uniforme. La vida, los estados de ánimo, no son una planicie, sino más bien montañas rusas más o menos suaves.

Nadie es mejor que nadie, ya lo cantaron El Último de la Fila.

martes, 11 de mayo de 2010

Suave terciopelo


Puede que lo haya contado demasiadas veces, pero pienso que a veces uno define un gusto que lo va a acompañar durante toda su vida en un solo segundo o en unos pocos minutos. Así pasé de ser fan absoluta a los once, doce años de los Hombres G -como todas esos años-, a verme una noche de junio bajo las estrellas y el cielo violáceo siendo besada por primera vez mientras escuchábamos Heroin. La canción no fue esa por casualidad; era importante para el chico, y escucharlo con tanta pasión hablarme de ella -aunque lo que quería era llevarme al huerto, y nunca mejor dicho-, me permitió al menos acercarme a ese señor impreso en una portada con aspecto fantasmagórico que, resguardado por una caja de plástico mate de tanto ir y venir, formaba parte del paisaje del cuarto de mis hermanos.



Investigué sobre esa canción, Heroin, sabiendo ya esos días que a partir de esa noche de primeros de verano formaría parte para siempre jamás de mi vida y mis recuerdos, que siempre estaría en mi banda sonora. Y a medida que me fui adentrando en ese universo de blue notes, vanguardia y Nueva York, saboreando a Reed en compañía o en solitario, fui pasando por todas las etapas lógicas, empezando con la archiconocida Walk on the wild side, deteniéndome más tarde en las guitarras de Vicious, Sweet Jane o Rock and Roll, para recrearme finalmente con Satellite of love, Perfect Day, etc.

Pero la pasión por un estilo, por un grupo o por un cantante no termina nunca, si es verdadera pasión. Hubo incluso una etapa en la que -y ahora me pongo en plan abuelo cebolleta- me deshice de toda clase de corte y vergüenza y me arrimaba al micro invitada por el cantante de un grupo de música local precisamente cada vez que tocaban en los pubs de la zona cualquier canción de la Velvet -y, tengo que decirlo, Branquias bajo el agua, de Derribos Arias, mi himno esos años-.

A esta siguió la del descubrimiento de que a las buenas bandas les sucede como a los buenos pintores, los buenos directores o los buenos creadores, se cree lo que se cree: tienen un porcentaje de calidad altísimo en el total de lo que sea que hayan pintado, dirigido, creado o compuesto. Nunca se limitan a un solo éxito, nunca... Y no dejo de descubrir, día tras día, canciones que dicen cosas -y qué cosas-. Todo es ir buscando y buscando...

Imagino que el día que llegue a una ciudad a la que adoro sin conocer -aún-, lo haré en solitario, como viene siendo habitual estos años. Llegar sin más compañía que yo misma no es lo mismo que estar allí sola. Es ir a un sitio disfrutando de la soledad del trayecto y, al mismo tiempo, de la emoción del reencuentro. Esa ciudad es París. Para qué nombrar nada concreto, si su sola mención lo dice todo.

En la historia de cada uno de nosotros hay momentos simplemente perfectos, los hayamos vivido o los hayamos disfrutado porque alguien nos los ha contado: en junio de 1990, un junio después del de mi primer beso, Lou Reed se reunió de nuevo -años después-, con John Cale. Lo hicieron por un amigo común -de nuevo la amistad...- Y tocaron en un parque en París, al aire libre, dejando fluir su obra y dejando flipada -imagino- a la gente:



Just a perfect day;
problems all left alone.
weekenders on our own
it's such fun

(Un día perfecto;
olvidándonos de los problemas.
Domingueros de nosotros mismos
es tan divertido)

lunes, 3 de mayo de 2010

Caminos


Me senté ahorita a escribir mientras llueve -otra vez-. Últimamente diría que es casi normal que llueva a diario; sucede  sin avisar, y de forma tan suave que tropiezo con el suelo mojado cuando salgo a la calle, aunque nada me lo haya indicado, ni el olor -a geosmina-, ni ese ruido.

Me senté porque tenía ganas de contar una sensación, y me vienen a la cabeza muchas escenas de película para expresarla. Escenas que, sin música no serían las mismas; y tampoco lo serían sin esos crepúsculos y el sol cayendo de esa manera. Como se dice, las palabras solas no llegan. Necesitan música, enfoque, simbolismo, expresiones, emoción. Y todo eso junto solo puede darlo el cine, cómo no.

Hay un género que aglutina mejor que otro todo lo que significa el "soltar todo y largarse" con el que tanto me gusta fantasear, aparte de ese recuerdo constante que todo vivo debería tener de que la muerte vive junto a nosotros y hay que salir ¡ya! y hacer todo lo que queremos, porque ella está ahí, recordándonos que hoy puede ser el mejor día de nuestra vida.... pero también el último. Son las road movies.


Aunque las listas de cada género suelen ser interminables, de las que conozco, mis preferidas se cuentan con los dedos de una mano. A saber: Into the wild, Y tu mamá también, Diarios de motocicleta y Thelma y Louise. Como he dicho tantas veces, mi porcentaje en cultura cinematográfica trata de irse ampliando día tras día, y aunque me temo que ya renuncié a Tarantino, no me cierro a casi nada (tampoco en el cine, jeje :P). Podría enumerar un motivo o varios para cada una de ellas. El principal es el llenárseme los pulmones de oxígeno cada vez que las veo o pienso en ellas. Y no es poco eso. El resto, el ver en los parajes que conocemos y en los que desconocemos el modo de conocernos más, acompañados por la música y avanzando hacia muchos sitios que no llevan necesariamente un nombre de lugar.

Estos días vi la quinta, la que completaría mi mano. El cuatro queda siempre a medio camino,  como un "quiero y no puedo", siendo el cinco mucho más chulo -siempre lo imagino de color amarillo, qué cosas-...


La encontré de casualidad al leer el título mientras buceaba en los viejos tiempos de un foro: Viaje a Darjeeling. No tenía ninguna referencia más, pero el que llevara la palabra viaje hizo automáticamente que me atrajera, qué filón tienen en mí los publicistas y traductores. Al principio no me dijo nada especial -dejando aparte la luz, el color y la música: geniales-, y cuando ya prácticamente pensé en que no era lo que me esperaba, faltándome un trozo para ver -más largo de lo que pensaba-, sucedió una escena que hizo que me replanteara toda la película. Y que la guardara.

Curiosamente anoche, mi amigo me comentó que había hecho -él también-, una completa limpieza de primavera. De eso trata esa escena, de limpiezas, de equipajes, de ligereza y de replanteamiento.

Cómo no, os la recomiendo. Y esta entrada no significa tampoco lo mismo sin escuchar esta canción:

jueves, 29 de abril de 2010

Yo estuve allí


Me pregunto, cada vez que visito un lugar, qué motivaciones habrán llevado a las demás personas con las que coincido. No es plan de ponerme a preguntar al primero con el me tope en una visita guiada "- y ¿qué te trajo aquí? ¿qué sientes en este momento?", porque no estamos acostumbrados a ese tipo de preguntas en el día a día, y apurando, ni siquiera con gente con la que tenemos más confianza.

La verdad es que cuando llegamos a un sitio, estamos cansados como aquel que dice de verlo en fotos y películas. Conocemos antes la imagen que la esencia. Y aún así nos ilusiona ir. Quedarse callado ante el escenario donde tuvo lugar la batalla de Little Big Horn, observar el sky line de la capital escocesa desde Arthur's seat, admirar la majestuosidad del Gran Cañón...; interés espiritual, diría yo, como tratando de conectar de alguna manera con eso que sucedió tantos años antes o con esa gente que vivió en el mismo sitio que podemos pisar ahora por obra y gracia del tiempo libre.

Solía usar con una persona la frase que tal vez resumía ese afán por conocer lo ya conocido. Así, riendo, siempre decíamos: "yo estuve allí".

Por mi profesión debo ser imparcial totalmente a la hora de recomendar tal o cual visita, pero los nerviosillos no podemos a veces disimular nuestro entusiasmo, y de igual manera que paso muy rápidamente el apartado de Iglesias -no por nada, sino porque casi todas tienen elementos comunes y cuando el viajero entra en una, ya sabe más o menos lo que se va a encontrar-, se me nota a un kilómetro cuánto me gusta recomendar la visita a las montañas.

Ir ascendiendo suavemente hasta alcanzar los 700 metros de altitud y, al tiempo que se advierte cómo se cambia por completo el paisaje de regadío por el de secano, imaginar cómo vivían los últimos reductos de moriscos, o cómo se podría acceder a esas inexpugnables ruinas hace cientos de años. Ahí, el guía o el informador, ya debe tratar de explicar con qué predisposición se debe adentrar uno en esos parajes e insinuar que lea un poco de la información que se le ha proporcionado con tal de situarse mentalmente ante unas tierras que, en principio, no tienen resquicio de que hubieran sido pisadas alguna vez.

Bueno, viajar, cambiar, conocer, reconocer, saborear, apreciar. Disfrutar, al fin y al cabo.

Ayer, por cuestiones de trabajo precisamente -afortunada yo-, pude ir 157 km hacia el sur a un lugar que me hacía especial ilusión conocer. Para llegar a los postres a veces uno necesita pasar por platos que no le entusiasman, pero siempre ese dulce vale la pena, y es más, el sabor es el que prevalece, ya que es el último.

Era una tarde la de ayer de primavera cálida y muy soleada, pero con el resol de finales de abril, ese que no llega a quemar -aunque sí arrosa la cara ;)-. Era una casa luminosa, acogedora. En el tramo de la cocina al patio, se apreciaba una brisa suavísima. Quizás fue sensación mía, pero creo que nadie hablaba, como en un silencio respetuoso,  y que todo el grupo lo estaba disfrutando igual. Se oyeron más clics que en el resto de sitios que visitamos, e incluso había como una especie de sentimiento de ternura flotando en el ambiente. No era para menos. Estábamos en la casa donde vivió Miguel Hernández.

Sonreír con la alegre tristeza del olivo.
Esperar. No cansarse de esperar la alegría.
Sonriamos. Doremos la luz de cada día
en esta alegre y triste vanidad del ser vivo

No hubo pocos comentarios diciendo qué luminosa era, qué bien se estaba, qué patio tan relajante. Con la montaña inmediatamente detrás y las cuadras y todo encalado como se ha hecho siempre por estas tierras. Si bien llevaba leyendo sobre su vida los días previos, no imaginaba su casa tan cercana al monte y al campo, sino más bien entre medianeras, y me pareció que incluso tenía un microclima especial y que, estando dentro, al sol de su patio y a la sombra de su higuera, el tiempo era perfecto, y aparte, discurría más despacio...

Una vez más, cuánto hace el entorno para que broten unas u otras palabras.


Como la higuera joven
de los barrancos eras.
Y cuando yo pasaba
sonabas en la sierra.

Como la higuera joven,
resplandeciente y ciega.

Como la higuera eres.
Como la higuera vieja.
Y paso, y me saludan
silencio y hojas secas.

Como la higuera eres
que el rayo envejeciera.


Alto soy de mirar a las palmeras,
rudo de convivir con las montañas...
Yo me vi bajo y blando en las aceras
de una ciudad espléndida de arañas.
Difíciles barrancos de escaleras,
calladas cataratas de ascensores,
¡qué impresión de vacío!,
ocupaban el puesto de mis flores,
los aires de mis aires y mi río

Porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida.

miércoles, 21 de abril de 2010

Un pueblo, una playa

 
Uno llega la gran mayoría de veces como virgen a los lugares de la noticia. Los problemas de otros siempre son eso, y nos pueden afectar el segundo o minuto en que prestamos atención a la noticia en la tele, el periódico. Pasado ese breve lapso, ya se pasa a otra cosa -¿de dónde si no la expresión "pasar página"?-.

Luego uno continúa amargado tres, cuatro minutos más si está solo, y quince a lo sumo si está con alguien y lo comentan: "qué asquito de vida, oye". Segundos, minutos, los que se necesiten para terminar el bocado, el sorbo o simplemente aparcar, y problema olvidado.

Otro día resulta que alguien que está allí, que lo vive en directo, que está cien millones de veces más implicado y afectado que tú, va y te lo cuenta. Sí, será su versión, totalmente parcial, pero documentándote un poquito y viendo por donde van los tiros de cierto tipo de gente -que apuntan y disparan siempre hacia la misma dirección-, lo ves de otra manera.

Entonces, un domingo en una ciudad enorme y casi desierta, con las calles mojadas y un silencio especial, te diriges hacia ese lugar. Una simple vía cambia del todo lo que significó siempre una ciudad para ti. Hace cinco minutos era esa urbe enorme y luminosa, y ahora estás en un pueblo de casas bajas, fachadas alicatadas, persianas y rejas de hierro pintadas de negro. Un pueblo con mar.

Llevas varios días pensando de qué modo se puede ayudar a esa gente, a esas  hormiguitas fácilmente pisables y que no pintan nada. Y recuerdas un texto que es una verdadera maravilla, por delicado, por dulce, por evocador, por mil y un adjetivos suaves y agradables al oído. Un texto que leíste hace ya unos meses y recortaste en papel; y que ahora, gracias al bendito Internet, puedes mostrar a todo el mundo: a los que quizás no lo leyeron, a los que lo leyeron y al segundo -o al minuto- lo olvidaron, y a los que probablemente nunca lo hubieran leído por tener otros más interesantes por delante. Ya se sabe que el que mucho abarca, poco aprieta.

Abridlo, por favor, dadle una oportunidad de varias líneas, de muchas líneas, de todas sus líneas (y más  después de habérsela dado a las mías...).

Y, lo más importante, apuntad el barrio del Cabanyal y la playa de la Malvarrosa en vuestra agenda de futuros viajes. Esto se tiene que saber y este lugar se tiene que conocer.


lunes, 12 de abril de 2010

Vigo


Era el verano de 1989. La portada era de Batman, la primera de todas, la de Tim Burton. Estaría por encima de alguna de las sillas de bova que hay en la casa de la playa. A los casi dieciséis años uno siente curiosidad, a veces de esa de cosquilleo, por todo lo que tiene que ver con el mundo que empieza a descubrir. Era la revista Primera Línea, que empezó a comprar uno de mis hermanos. La devoré por entero. Imagino ahora que para muchos chavales sería como comprar la versión light de cualquier revista de tías buenorras. A mí esas fotos ni fu ni fa, clarostá, pero en cambio sí me apetecían -y mucho-, las entrevistas a gente del cine, los reportajes de películas de estreno y, sobre todo entonces, los de música.

No sé bien si era ese mismo número, pero sí que fue en verano, por lo que sería uno de esos números de esa temporada. Se hablaba en esa ocasión de una época en decadencia, de una movida pasada ya un poco de rosca y de una ciudad que lo había sido todo -y lo había dejado de ser también- en cuanto a irreversión, vanguardia y reinventiva: Vigo.

A todos los que nos hemos criado musicalmente con las cintas de cassette y los Discoplay de hermanos mayores nos tiene que sonar por narices. A muchísimos incluso nos fascinó. Siniestro o Aerolíneas Federales para los nostálgicos (aunque demasiado jóvenes para etiquetarnos así) del punk; Golpes Bajos uf, para todos, para todos. 

Hoy no dejo de emocionarme con los primeros acordes de "Soy una punk"; cada vez que lo escucho me dejo llevar por ese coro -aaaaahhh- de "Assumpta", y se me pone la carne de gallina directamente con la letra de "Escenas olvidadas", una de mis canciones preferidas de siempre, o la música e historia de "Cena recalentada"...

Ese verano se nombraba todo esto como quien nombra un reino perdido, como con mucha, muchísima nostalgia. Era el turno de los relevos, de los que empezaban. Y a veces uno empieza algo a sabiendas ya de que nunca será lo mismo, que podrá ser bueno, pero no aquello. Y esa época era de las que podían ser buenas, pero nunca como aquella otra. 

Y Vigo quedó "on my mind", como Georgia para Ray Charles. No la tenía en la cabeza como lo que tal vez fue realmente o es ahora. Yo sabía que tenía mar, mucha industria, cuestas -bastantes cuestas-, y que todo aquello había tenido que ver en esos grupos y en esas canciones. Uno tiene motivos suficientes para idealizar ciudades o lugares que forman parte de los recuerdos; existe una ley no escrita del derecho a recordar algo que no hemos conocido como queramos hacerlo, con nuestros adornos, nuestra percepción, las emociones que sintamos al pensar en ellas o en ellos. Me pasó con Edimburgo, me pasó con Londres... y me pasó con Vigo.

Es un privilegio enorme el que yo tuve de poder conocer un sitio al que tenía tantas ganas. Lo conocí del modo más perfecto, con la gente más perfecta para ello. Y ver desde allá arriba del puente de Rande las mejilloneras, y pasear por las calles de piedras oscurecidas, haciendo juego con el color del cielo de esos días. Y escuchar las gaviotas desde mi cama...

Uno no deja de preguntarse -yo por lo menos y no pocas veces- qué hubiera pasado de nacer en otros lugares y crecer con otra gente. Algunos dicen que el actor seguiría siendo el mismo y la película sería la misma. Yo no estoy tan segura de eso, como tampoco ellos pueden estarlo ya que quedará para siempre en el mundo de las hipótesis y el de los "y si".

Pero me gusta imaginarme allí entonces. Y, como en el cine, los programillas de retoque fotográfico son capaces también de hacer milagros y lograr que una foto de 2008 pueda parecer otra de cuando la de la foto tenía diez años, no se enteraba aún de nada, y allí sucedían aquellas cosas y nacían aquellas canciones...

Como remate, otra joya de otro grupo también vigués. No podía ser casualidad:


jueves, 8 de abril de 2010

Ver crecer la hierba


Hace unos días leíamos esto en el Blog de Amtispan. Quien me conoce sabe que es uno de los temas que más me toca la moral, por decirlo de algún modo como dejándolo caer - y por no decir directamente que es uno de los que más tarrofagias es capaz de causarme... uy, ya lo dije - :). Como creo que ya hay mucho dicho por mi parte, preferí no comentar nada allí. Tengo una etiqueta con letra mucho más grande que las demás llamada "Relacions", y ahi puede verse mi evolución/no-evolución/avance/retroceso/concluyendo... loop en este asunto. Y sí, como dice ella, los años y decepciones (sic) nos hacen aprender. Podría decirse que hacen bien su trabajo -aunque matizo que en ocasiones las segundas hacen mal el suyo, pagando luego justos por pecadores-.

Bueno, pero venía a otra cosa, aunque lo he hilado con su texto y luego veréis por qué.

Hace pocos días entrevistaron en la radio a Joaquín Leguina con motivo de la publicación de su último libro "La luz crepuscular". La mayoría de nombres de políticos me suenan, puedo asociarlos a su partido político e incluso a algún ministerio/s, pero quedan como eso, como nombres de señores de edad indefinida, pelo cano y gafas la mayoría de las veces. Sería como si el todo del típico político de renombre o ministro -el que usaríamos en una viñeta, caricatura o chiste-, fuese el que se me queda. Nombre, cara -más o menos-, y tendencia, pero el todo, no él como individuo.

Y entonces, como me pasa muchas veces con otros nombres tantas veces leídos o escuchados en las noticias, hasta que no le escucho hablar, de viva voz, como persona corriente, un simple nombre de político no me hace tener la curiosidad de acercarme a su biografía, su trayectoria, su literatura, y queda como en el cajón de "Política".

Algunos sabéis - y si no lo sabíais lo sabréis ahora-, que tuve un brevísimo pasado con muchísima afición a la misma, que incluso me llegué a meter en listas, y que precisamente  fue esa experiencia  la  que me hizo alejarme de ella más que acercarme, siendo bastante escéptica y no casándome con nadie en la actualidad -aunque, eso sí, votando todas las veces (señal de que aún me queda una miajita de esperanza en la especie política)-. Conociendo esto, podréis entender por qué el cajón ese me produce bastante indiferencia en la actualidad.

Pues a este señor daba gloria escucharlo, con esas risas, esa ironía, esa retranca... y en una de esas, el locutor le pregunta sobre su éxito con las mujeres, distendiendo todavía más la charla. Y Joaquín responde (más o menos, que no recuerdo las palabras exactas):

- "Ah, pero no, no tenía éxito. Yo me sentaba a esperar, y al final, si ellas elegían bien se quedaban conmigo".

Y ahi es donde yo vi la clave de todo, como "el rovellet de l'ou", que decimos aquí. Se trataba de eso... (aquí cara así asombrada :O). Cámbiese éxito con las mujeres por, yo qué sé, relaciones sanas con los demás. Fuera mal rollismo, fuera caras largas porque alguien no nos quiere (ni como quisiéramos que nos quisiera, ni a su manera, ni de ninguna otra forma, sin adornos ni florituras: no nos quiere). Ellos eligen, nosotros elegimos. Si al final todo se reduce a eso, no hay que intentarlo porque sí. No hay que obligar a que estén, a que continúen, a que se queden, a que no se vayan. Ellos eligen. Nosotros somos como somos, y lo más contraproducente siempre siempre es forzar. Forzar encuentros porque sí, forzar feedback porque sí. Escribo una carta, escribo un mail, hago una llamada, mando un sms. Porque sí, eso tiene que ser porque sí. La elección de quien no responde: porque no ve necesaria una respuesta, porque no le apetece, porque no le apeteces, porque no le da la real gana -y mira que detesto esta expresión-, porque se la sudas... es la elección de otra persona,  legítima, impepinable. Y tú sigues siendo el mismo. Siendo tal y como somos, sin cambiar un ápice ni pretenderlo, para unos seremos una joyita y para otros mierdecilla pura, así de simple.

Siendo capaces de gustarnos en algunas ocasiones, en días radiantes; tal vez no soportándonos delante del espejo otros días, con esas greñas y esos granos y otras veces viéndonos incluso pasables, resultones. Escribes, hablas, de esto, de lo otro, unos días más inspirado, otros de manera penosa, y así te relacionas, como ellos contigo. A ti te prende alguien, tú no le prendes tanto, o apenas, o casi nada, o en absoluto. Y su elección, tu elección , cuando decide si sigue queriendo estar contigo, hablar contigo, o cuando decide desaparecer de tu vida o no aparecer más por mil motivos, por jartura, porque eligió, porque hay otras prioridades y tú has ido quedándote abajo, más abajo, abajo del todo. ¿Y qué? ¿Y cuando eres tú quien lo hace? ¿Qué más da? ¿Por qué comer arroz caldoso si prefieres mil veces tortilla de patata, si te cuesta exactamente el mismo esfuerzo hacer una cosa que la otra y tienes los ingredientes, está en tu mano, y haces lo que te sale, lo que te nace,  lo que te apetece?. Ni más ni menos.

Entonces, Lady, perdón, Amtispan,  te propongo que nos sentemos, tú en el Mediterráneo norte, yo en el Mediterráneo más hacia el sur pero no tanto, y veamos crecer la hierba. Sin cerrar puertas, como dices tú, pero también sin pensar tanto, sin preguntarnos tantas cosas, cuando tenemos también la respuesta y es aplicable a otras preguntas que se hagan sobre nosotras.

"No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más" (Thomas de Kempis)