viernes, 31 de julio de 2009

Crecer, reír


Una de las personas que más me quieren trata de halagarme diciéndome que es una gran cualidad lo de poner tanto empeño en crecer.

No me halaga -porque yo soy así, desconfiada de lo bueno-, pero me quedo pensando...

Otra persona que también me quiere me repite por carta que le gusta esa capacidad que tengo... de intentar seguir creciendo.

Se me aleja gente por el camino, se me pierde -unos por indiferencia, otros por antipatía, hartazgo, lo que sea...- pero también ellos ayudan a crecer, dejándome al menos el recuerdo de sus réplicas, sus críticas, sus percepciones y sus impresiones generales.

Una se siente impotente. Son adioses dolorosos y algunos entre muchos se sienten como se siente un pinchazo en una rueda de bici, entorpeciendo el avance, haciendo duros y difíciles los siguientes metros.

Pero entonces me viene a la cabeza lo que lleva implícito el proceso de crecer como avance y no tengo más remedio que sorber los mocos y hacer caso a Manolo García:

"Reír, reír, de la risa saqué arrestos,
ánimos y un paso más.
Reír, reír, de la risa saqué fuerza,
que han sido muchos pasos si miro hacia atrás.

Reír, rudimentario cebo,
reír, para usar en los días inhóspitos,

reír, reírse de uno mismo,
cuando empezar el día es subir otro peldaño
de tu escalera hacia el cielo.

(...)

Ya pueden agitarse las ramas del árbol donde vivo

y susurrarme todo es nada.

(...)

Porque el futuro es un bello planeta a visitar en bicicleta"

viernes, 24 de julio de 2009

Un libro...

... me ha atrapado.

Con razón, los hindúes dijeron eso de "Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruído, un corazón que llora".

Si en cualquier época, encontrar uno bueno es de lo mejor que te puede pasar, si tienes esa suerte en una regularcilla, se convierte casi casi en medicina.

Casi siempre viene de forma casual, y sucede como con la gente que vas conociendo y te gusta, y le gustas, que vienen como saliendo a nuestro encuentro... y nosotros al suyo.

Parece que van a aparejados a nuestra cabeza, y así en tiempo próspero, en ese en que nos vemos en sintonía total con lo que sucede en el mundo, y notamos claramente que formamos parte de él, puede darnos por leer aquellos que están en boga, los que todo el mundo lee.

Otros momentos tenemos una sensación rara, como si la demás gente viviera y avanzara, y en cambio nosotros estuviéramos como empozados, tratando de luchar para salir, pero volviéndonos alguna vez abajo de nuevo, sin pretenderlo, pero sucediendo. Entonces, no sé si por asociar buenos recuerdos con títulos y nombres almacenados en carpetas archivadas en nuestra memoria, echamos mano de aquello que nos evoca esas épocas, en las que también sufríamos -es ley de vida eso-, pero con otro tipo de sufrimiento, más por la incerteza, o la ignorancia ante la vida misma, tan atrayente como peligrosamente desconocida, como de color azul marino.

Es un regalo tener buenos profesores en la niñez, y que ya te empiecen a hacer sentir, empezando con el brujo Mangas Anchas, como empezamos muchos, y más tarde, a los quince años, cuando uno ya empieza a apasionarse, que te hagan ellos apasionarte, que logren transmitirte lo que los grandes autores pretendieron con las únicas herramientas del lápiz y el papel -esto es para mí lo más alucinante y maravilloso de todo-.

Y sobre todo, alejarte de prejuicios que relacionan algunos nombres con pestiños, aburrimiento y cansinez, y presentarte primero al autor como ser humano pensante y sintiente ante todo, dejando aparte memorizaciones globales asociados a 98, o 27...

Una vez despojándonos de nuestra piel y circunstancias, hacer una especie de viaje hacia el mundo de cada escritor para sentir -o al menos, intentarlo-, lo que él sentía y por qué lo sentía.

Humanizar esas hojas, personalizar esas tipografías, olvidar clichés, desprendernos de esa capa de barniz simbólico que nos hace ver que un libro es un título, memorizado con un nombre de persona y dos líneas de reseña.

Así, es una gozada - como se goza comiendo, riendo, manchando, siendo lengüeteado- leer. Y hay joyas en las bibliotecas de nuestros padres o hermanos mayores, en ediciones del año de la picor, que nunca han llamado para nada nuestra atención.

Están esperando a que los cojamos y les demos su oportunidad ante nosotros, aunque solo sea para tratar de entender por qué conocemos sus nombres... los suyos y no otros, con tantísimos libros como existen.

Todo esto viene, como comenté al principio, porque el domingo en el Rastro hubiera podido cruzar los ojos con los de alguna otra persona, quizás fijarlos durante esos tres, cuatro segundos cruciales en que ves, sabes, notas, sientes, intuyes, que ese alguien es especial o puede llegar a serlo. Hubiera podido suceder eso, pero no fue precisamente así. Unos gitanos vendían sandías... y ¡libros!. Los regalaban mejor dicho, porque menuda ridiculez de precio, dicho sea de paso.

Y allí, en edición del Club Joven de Bruguera del año 1981, había un libro que conocía, como conocemos casi todos, pero de oídas, de cuentos, de adaptaciones. De un escritor al que conocía por anécdotas jotiles y poco más.

Era Platero y yo, y me he enamorado de él.

Ahora mismo lo estoy saboreando, y en cuanto lo acabe, si me da la vena, escribiré sobre él, sea aquí o sea allá.

sábado, 18 de julio de 2009

Lluvia




El día más lluvioso de su vida solo quería tener algo que hacer con sus manos y agachar su cabeza.
El tacto del pantalón vaquero, con sus decenas de estrías en diagonal, servía como distracción a sus dedos largos y torpes, que repasaban cada una de ellas, unas veces con las yemas y otras con sus uñas mordidas y escasas.

El verano puede ser una estación plena y feliz, o en cambio el conjunto de días seguidos más desolador de todo el año.

La existencia de un joven puede tener horizonte de playas llenas de velas de windsurf, extensiones de balas amarillas -se esté o no en Norteamérica-, o ríos anchos vistos desde pasarelas de madera. Pero sigue siendo verano. Y sigue estando todo muy idealizado, sobre todo si uno tiende a soñar cuando está despierto.

Ese día era verano y pensó que ójala lloviese, ójala pudiese estar en la buhardilla de la casa de sus padres sentado en un rincón y llorando si le daba la gana.

Pero no llovía.

El paisaje estaba horripilantemente quieto, con esa inflexión diaria que es el atardecer con sus naranjas, violetas y amarillos, y los sonidos del verano, adorados por unos y detestados por otros.

No estaba en esa buhardilla, estaba al final de la pasarela, y sentía que su vida era de color amarillo, como el color de los años cincuenta en las pelis americanas.

Ella no tenía rizos dorados, ni llevaba un vestido de niña azul. Más bien era de colores corrientes y neutros. Pero a él le encantaba. En cambio, parecía que a ella no le encantaba él, qué cosas. Y parecía que todas las veces que habían hablado, todos los libros que le había hecho llegar discretamente -con el único fin de que ella leyera lo mismo que él- desaparecían ahora como humo.

A veces el futuro cambia las cosas, a veces todo da un giro inesperado y las historias acaban bien; a veces los chicos sentados y pensativos consiguen lo que quieren.

Y esa lluvia se aleja.

viernes, 10 de julio de 2009

Cansancio

La Tierra

Niño indio, si estás cansado,
tú te acuestas sobre la Tierra,
y lo mismo si estás alegre,
hijo mío, juega con ella...

Se oyen cosas maravillosas
al tambor indio de la Tierra:
se oye el fuego que sube y baja
buscando el cielo, y no sosiega.

Rueda y rueda, se oyen los ríos
en cascadas que no se cuentan.
Se oyen mugir los animales;
se oye el hacha comer la selva.
Se oyen sonar telares indios.
Se oyen trillas, se oyen fiestas.

Donde el indio lo está llamando,
el tambor indio le contesta,
y tañe cerca y tañe lejos,
como el que huye y que regresa...

Todo lo toma, todo lo carga
el lomo santo de la Tierra:
lo que camina, lo que duerme,
lo que retoza y lo que pena;
y lleva vivos y lleva muertos
el tambor indio de la Tierra.

Cuando muera, no llores, hijo:
pecho a pecho ponte con ella,
y si sujetas los alientos
como que todo o nada fueras,
tú escucharás subir su brazo
que me tenía y que me entrega,
y la madre que estaba rota
tú la verás volver entera.

(Gabriela Mistral)

miércoles, 8 de julio de 2009

Abuelos

- Que no beba tanta gaseosa... que no haga tanta burrera a estas horas... dice mi madre al anochecer, cuando se sientan en la mesa de la terraza a hablar sobre la vida.

Y los escuchas reír sin parar, con ganas, con esa risa sanota que tanto me gusta.

Y cuando está enfurruñado con algo le digo siempre:

- Pau, que eres un suertudo, tío, que tienes cuatro abuelos, cuatro ¿sabes la suerte que es tenerlos?

Y parece que entra en razón, y no sé si es consciente, pero la cara que pone es de serlo.

Disfruto enormemente viéndolos juntos, escuchándolos.

Diez meses al año vamos a jugar a una plaza, y lo que son las cosas, justamente allí hay una residencia de ancianos. Las madres muchas veces lo comentamos, qué contraste, esas personas allí tan arrugadas, tan mayores, tan inmóviles, y esos niños correteando a su alrededor.

De vez en cuando se les acerca uno de ellos e interactúan. Me encanta quedarme mirando eso, y sin acercarme demasiado para no distraerlos trato de escuchar de qué hablan.

Cuando nací ya solo me quedaban dos abuelos, y antes de comulgar se me fue uno de ellos. Nunca había tenido demasiado trato no me preguntéis por qué. Cosas de mi madre, supongo, que no querría dar trabajo, molestar, qué sé yo...

Redescubrí a mi abue ya más mayorcita. Con mi hermano Salva, tan payaso o más que yo, le imitábamos a Juan Pardo cantando la canción "Caballo de batalla" con un cojín a modo de cola. Mi abue se moría de la risa. Los domingos nos traía pasteles de merengue a hora de ver a Buster Keaton a las cuatro de la tarde. También nos moríamos de risa con Buster Keaton, vaciando la barca a tacitas, con esa cara de palo...

Era castellana, hablaba mezclando las dos lenguas, a todo el que la conocía le hacía gracia eso.

Murió en casa de mis padres al amanecer. Nunca había tocado a una persona muerta, y ese día lo hice. Seguía con su pijama, claro, esperábamos a los de la funeraria. Y pude estar un ratín con ella mientras.

Para nada nos entristecimos, para nada. Nos dejó sensación de paz. Eso era, paz.

Ah, se llamaba Amelia. Qué cosas (yo sé por qué lo digo).

lunes, 6 de julio de 2009

Seda

Las historias se hacen de días importantes, de hechos importantes, de días relevantes, de hechos relevantes.
En una vida de 30.000 días sólo un puñado de ellos merecen su recuerdo. En días de 24 horas y semanas de siete días, solo unos minutos valen la pena la gran mayoría de veces.

Cuando leo este tipo de novelas basadas en "toda una vida", mi frustración y ansiedad desaparecen mágicamente. Esperar, esperar, esa es la palabra, esa es la clave. Viviendo, escribiendo a mano despacio, hablando menos, caminando más lentamente de lo que es habitual en uno.

Ver la vida como algo más largo de lo que pensamos, aunque tengamos la sensación de estar tocando fondo, de ese "no tengo remedio", de ese "no tiene remedio".

Lo que sea para uno llegará si es que ha de llegar, sin forzar, sólamente esperando, respirando más profundamente, hablando menos, contando menos cosas tontas, la mayoría de veces intrascendentes e innecesarias.

Con paciencia.

Baldabiou siguió escuchando, en silencio, hasta el final, hasta el tren de Eberfeld.
No pensaba en nada.
Escuchaba.

Le hizo daño oír, al final, cómo Hervé Joncour decía en voz baja:

-Ni siquiera llegué a oír nunca su voz.
Y al cabo de un momento:

-Es un dolor extraño.

En voz baja

-Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

sábado, 4 de julio de 2009

Palabras borrosas

¿Qué imagen transmitimos a los demás? ¿Por qué actuamos torpemente ante algunas personas vez tras vez, quedándonos con la sensación de haber metido la pata y haber sido desafortunados con nuestros comentarios? ¿Por qué en cambio con otras personas siempre parece que damos la talla? ¿Es la opinión que creemos que tiene de nosotros nuestro interlocutor la que determina la sensación que nos produce la interacción con esa persona? ¿Por qué ante determinada gente estamos en nuestra salsa (no hablo de un face to face, sino de un grupo), y ante otros nos sentimos como adolescentes patosos que no saben qué decir? Y sobre la química... ¿no se supone que es algo entre dos? ¿y qué pasa cuando sólo hay en una sola dirección? ¿es menos química esa?

Si una imagen vale más que mil palabras... ¿puede esa imagen valer más que un trillón de letras entremezcladas? Se me hace difícil pensar eso, y sin embargo todavía me viene a la mente mi amiga "la ligona", con la boca siempre cerrada, y a ese noviete que tuvo un verano confesándome que no le molestaba mi presencia (ese verano hice de farol, sí :$), sino más bien al contrario, que prefería que estuviera yo para poder hablar (sic).

Sí, muy guay todo, pero en ese caso la imagen tuvo más valor que todas mis palabras (hay que joderse cómo se nos quedan algunas cosas grabadas). Mucha belleza interior, pero creo que esa solo se aprecia cuando maduras, no antes.

Y es mejor que ahora calle :D.

No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras
(Joan Lluís Vives)

jueves, 2 de julio de 2009

Una mirada tendiendo a infinito

Necesito sentarme en el suelo, en un lugar donde, mire hacia donde mire, haya al menos cincuenta metros sin nada.

Los agricultores son el colectivo con menos incidencia de miopía. Porque miran a lo lejos, porque sus miradas tienden a infinito, y de hecho, mirar a los pájaros es un buen ejercicio para la vista, si no para mejorarla (que puede que también), al menos para relajarla y no dejar que se vicie de mirar siempre de cerca.

Necesito también una velada que no sea alrededor de una mesa, ni en una terraza, ni en una cama...

Sentarme en el suelo, y, a falta de una armónica, escuchar al menos una guitarra.

No me importaría oír solamente otra voz aparte de la mía. Parece que, poco a poco, voy tomando conciencia de que eso de "cuantos más, mejor", no siempre es así, no tiene por qué serlo,y aunque para mí siempre fue mejor que hubieran diez a tres, ahora no me importaría...

... y pensándolo bien, tampoco importa demasiado si no hay guitarra.



jueves, 25 de junio de 2009

Echar de menos


Me apenaría que, pese a todas las libertades que me tomo,
esto tomara un aire de antología.

Nunca quise mariposas clavadas en un cartón;
busco una ecología poética, atisbarme y a veces reconocerme desde mundos diferentes,
desde cosas que sólo los poemas no habían olvidado y me guardaban como viejas fotografías fieles.

No aceptar otro orden que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón,
otro horario que el de los encuentros a deshora,
los verdaderos.

Julio Cortázar
PD: demasiada melancolía prevista...

martes, 23 de junio de 2009

Dos ventanas... y una sorpresa


Mirad qué dos ventanas tan chulas. Una vista desde dentro y otra desde fuera. La segunda nos sirve como punto de unión entre la intimidad que habita entre esas paredes y la desnudez de la calle; la primera es el único nexo entre lo que sucede dentro de una estancia y lo que pasa fuera.

Trato de ver simbolismos en cada objeto, en cada hecho, y las ventanas están en un punto medio, perfectas, sin dejar ver más que lo suficiente si estamos fuera, dejando ver lo suficiente si estamos dentro...

Abriendo puertas se nos puede colar cualquier cosa que se arrastre; abriendo ventanas también (qué chorrada, si precisamente se pueden arrastrar en vertical), pero no os creáis que tanto, suponen un pequeño filtro; aparte, son más pequeñas que las puertas y es más difícil acceder a ellas.

Decimos "tengo las puertas abiertas...", dando opción a que entre todo. ¿No sería mejor decir "tengo las ventanas abiertas...?". ¿No valoramos más, aparte de lo que más bienestar nos proporciona, lo que nos ha costado más esfuerzo conseguir?

Si las puertas se idearon para entrar o salir, las ventanas fueron para dar aire, luz, frescor; para poder apoyarse en ellas y mirar cerca, o lejos, o al cielo, o al suelo.

PD: me gustó el día de hoy en su totalidad, y llego a casa y veo que mañana, el día después de una noche mágica, me conceden un honor.

Bueno, qué menos que decir gracias, es beneficioso en esta vida ser agradecidos.

sábado, 20 de junio de 2009

Sufrir gRatis

Jeje, Beautiful Mind dice que le hago gracia cuando imito a Punset. Me tiene algo de tirria porque pensaba que el único treintañero payasete que quedaba a este lado del Serengeti era él, y no, señores, aquí vivía una petarda patilarga que a la menor ocasión salta imitando voces con mayor o menor fortuna (menor diría yo, mayor dice él). Bueno, y si me lee algún publicista de Burriquín, decirle que a algunos todavía nos sigue haciendo muchísima gracia Chiquito, pese a haber pasado ya quince años desde aquel memorable Genio y Figura.

Aparte de envidiarme :P, también sabe que le doy demasiadas vueltas a cosas que deberían estar ya superadas y enterradas, y aunque a veces dice que le admira esa cualidad que él me ve (que yo considero defecto) de tratar siempre de llegar al fondo de todas las cosas, sabe que como contrapartida sufro, y no poco.

Cuando salió el tema de la Memoria Histórica contacté con la asociación por el tema de un familiar que no debería haber muerto a los dieciocho años y menos de la forma en que lo hizo. Mi madre, que es una tía estupenda, con una mente amplia que muchas de mi edad no tienen, trató de indagar, buscando testigos, entrevistando a nonagenarios e incluso a algún centenario. Otros familiares decían que para qué hurgar en el pasado, para qué remover cosas ya olvidadas.

No sé realmente si hay algo de beneficioso a nivel personal en tratar de esclarecer hechos que ya no tienen remedio. Una vez me dijeron que tal vez lo hacía porque buscaba respuestas, y si no encontraba las que quería seguía preguntando esperando la respuesta ansiada. Puede que haya algo de verdad en esa explicación, y que en el fondo piense que volviendo a preguntar las veces que haga falta llegará algún día esa explicación a mi incertidumbre en la forma en que yo quiero que llegue. Y mientras no sea así, como Penélope, seguiré tejiendo y tejiendo hasta que me salgan canas (por ahora tengo tres o cuatro).

Entresaco esto de la definición que la wiki hace del sufrimiento:

"Usualmente el sufrimiento se asocia con el dolor y la infelicidad, pero no tienen por qué estar vinculados dado que cualquier condición puede ser sufrimiento y causar dolor si se es consciente del desgaste que se está teniendo"

Me quiero centrar en la palabra desgaste, que es la que mejor se acerca a lo que siento cuando veo mi caso desde fuera. Se define desgastar como:

1. Quitar o consumir poco a poco por el uso o el roce parte de algo.

2. Pervertir, viciar.

3. Desperdiciar o malgastar.

4. Perder fuerza, vigor o poder.


¿Puede pues haber algo de positivo en sentir eso? ¿Compensa una hipotética "recompensa" emocional ese estado presente que, en realidad, es lo único que se tiene?
¿Qué compensación tengo yo al retraer, retraer y volver a traer hechos? ¿Acaso pienso que la vida es como un cuento y espero un desenlace feliz?

Cuando nos bloqueamos ante una entrevista de trabajo o examen nos dicen los que saben que pensemos en qué es lo peor que nos puede pasar para disipar esa ansiedad. Viendo la resolución con perspectiva se empequeñece, se hace menos "montaña". Yo por mi parte utilizo otro truco mental, que es el de pensar que en una semana o mes lo contaré sacando su parte cómica, aunque su resultado haya sido nefasto (bueno, "una anécdota más para contar" sería mi manera de positivizarlo).
Si se nos presentan dos alternativas solemos ponernos balanzas mentales. Muchos apuntan en un papel dos listas (dos trabajos, dos posibles viviendas, dos coches...); es algo democrático y utilísimo. Se ven físicamente las ventajas e inconvenientes de ambas decisiones.

En el acto de hurgar en heridas ni se puede ver como algo chistoso contado luego ni se puede poner una balanza en la cabeza. En todo caso, aún "resolviéndose" positivamente un asunto ... ¿sirve de algo" resolverlo" si ya no tiene remedio?

Entonces... ¡¿por qué lo hago, coño?¡

"El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional"
(Buda)

jueves, 18 de junio de 2009

Un cerebro más fuerte


Bueno, para dejarme -y dejaros- un tiempo de tarrofagias, pego algunos enlaces de algo que leí hace poco y me llamó la atención. Todo vino por la cara de sorpresa que pone mucha gente cuando asiste a una conversación entre gente bilingüe y ve que en nanosegundos se pasa de una lengua a otra sin mayor problema ni retardo. Para los que lo hemos mamado no nos resulta nada del otro mundo, aunque yo por mi parte alucino con la gente de Europa Central, que son capaces de expresarse perfectamente en lenguas tanto de origen románico como germánico, cosa que tiene más dificultad -para los que lo pensamos, no para ellos que han crecido sabiéndolas- que nuestro bilingüismo de lenguas romances.

Pues bien, según parece:

El bilingüismo mejora la atención

Fortalece el cerebro

Lo favorece

Más

Explicación

Bueno, poco tengo que aportar -está todo en los enlaces-, pero me apetecía hacer uso de una entrada de blog para dar ánimos a una persona-bilingüe- que sé que me lee y no está pasando buenos momentos. Valgan estas explicaciones pues para decirle que teniendo ese cerebro tan "fuerte" no hay mal trago que no pueda superar.

Sé que es una chorrada esta conclusión, pero no sabía de qué modo darle ánimos :$

lunes, 15 de junio de 2009

Magia




La una del mediodía de un domingo calurosísimo no es la hora habitual para estar donde estuve hoy.

La gente a esas horas toma la cervecita, las papas, las olivas rellenas, o el sol directamente. Duerme... todavía. O lee el dominical, qué sé yo.

Yo estaba asistiendo a un espectáculo de escapismo, con trucos de Houdini, que regresó en el tiempo con una máquina para hacernos sentir como en esos años en que vivió, cuando había tan pocas cosas descubiertas y, sin embargo, las que había eran todo para mucha gente.

En uno de los momentos del espectáculo dijo que nunca perdiéramos la ilusión ni la capacidad de asombro. Es algo muy oído, pero me llegó más por ver la cara que estaba poniendo mi hijo todo el rato, y pensé que, aunque es posible seguir teniendo, me parece imposible conservarla con las características vírgenes que se tienen a esa tierna edad.

Luego recordé -quizás por el tremendo calor-, que ya se acerca la Noche de San Juan, de especial repercusión para los que vivimos en zona de mar. Me vino a la memoria una de la quincena de noches mágicas vividas cuando creía en más cosas de las que creo ahora (sí, soy una descreída, lo sé, se siente :P), y cómo nos enfilamos un grupo de pelirrojas con la única luz de la luna en busca de alcachofas bordes para hacer un conjuro que acababa de relatar con esa voz tan chula Amàlia Garrigós (antes de malmeterse en camisa de once varas). ¡Qué risas!, y qué tembleque da pensar que muchos de nuestros deseos llegaron a cumplirse... quizás a causa de ese conjuro, quién sabe (buuu).

Es un disfrute escuchar la radio esas noches -bueno, ahora corroboro que todas las noches puede serlo- en que se habla de magia, y, entre músicas medievales, se van contando leyendas mientras los escuchantes aportan curiosidades, enriqueciendo el folklore ya de por sí tan llenito de cosas interesantes.

La RAE define magia como: "Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales"

Pero también como: "Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo"

Bien, yo he visto magia en corros de gente de distintas edades sentados en tertulias en noches de verano, y en amigos cantando a pleno pulmón mientras bajábamos con los vespinos de las fiestas del pueblo de turno hacia la playa. Es horrible esa sensación del vaquero mojado, y no digamos si lo acompaña arena mojada y pelo arenoso, pero es una sensación mágica. Y también esa otra en la que el bar se va vaciando, la música va bajando de volumen, y no notas nada de eso, sentada en una mesa debatiendo discusiones de besugos. O la del morreo improvisado de alguien que en principio no debería dártelo...

¿Podéis verla vosotros?

jueves, 11 de junio de 2009

La Muerte e Internet

Hace menos de dos semanas hablando con un amigo se me ocurrió el hipotético caso de que pudiera morir sin que mi hijo tuviera noticias de que su madre escribió por la Red durante un tiempo relativamente largo…

Le hice responsable de hacer llegar a los míos en caso de que eso sucediera las dos direcciones, porque poniéndome en sus lugares, me encantaría saber qué le pasaba por la cabeza a esa madre, hija y hermana durante esos años tan difíciles emocionalmente para ella.

Y recordé una frase que dijo una chica en el foro que frecuentaba que se me quedó grabada: “Si no estás en Internet, estás muerto”.

Nuestras vidas discurren ajenas al tecleteo, nos llenan (deberían llenarnos), y lo que plasmamos aquí es solo una parte más, una minúscula parte más, que sirve para liberarnos y al mismo tiempo nos completa a los ojos de los que nos leen –suponiendo que sean viejos conocidos-, que llegan así a facetas más íntimas de nuestro ser. Ante los nuevos conocidos, nos abrimos con todo al aire (a veces sin meditar antes, ejem), y cursimente hablando, cual flor que se presta a la polinización.

No tuve éxito alguna las veces que intenté que mis amigas o familiares me leyeran. Mandé alguna vez correos con el enlace, y finalmente lo dejé por imposible. Hay demasiado por leer, demasiado por vivir, y tampoco somos el ombligo del mundo para nadie.

Sin embargo, cuando sucede al revés, cuando lees esos blogs tan multitudinarios, ves que hay personas que con sus escritos llegan a ser si no ombligos grandes sí pequeños ombliguillos para las rutinas de esa gente. Y así, esperan cada nueva entrada que les alegre el día, les enseñe algo nuevo, les mantenga informados o les suscite un atractivo debate.

Hace cinco días entré en el blog de un hombre a través de uno de esos viajes laberínticos que hacemos todos cuando tenemos demasiado tiempo delante de la pantalla y un horario laboral que cumplir, -que no implica mucho trabajo por realizar- . Su título me llamó la atención y por eso hice clic. Este hombre hablaba con su perro, y sus entradas eran visiones del mundo a través de los ojos de ese perro. Muchos sabéis mi debilidad por los animales, y más concretamente por los perros, y ese tema me tocó.

Pues bien, leí su última entrada publicada, y cuando llegué a los comentarios me asabenté que ese hombre que ponía voz a un perro lanudo y marrón (casi idéntico a mi querida Rulla), había fallecido a los pocos días de esa publicación.

Muchos entraron después, y, acaso sin leer el resto de comentarios, le felicitaban por sus textos, le decían que lo habían enlazado… y la verdad es que esa persona ya no iba a leer eso (aquí se constata de nuevo la importancia de leer atentamente antes de lanzarse...).

Le di pues dos vueltas a eso. En ese caso alguien conocido del autor se tomó la molestia de dejar un comentario informando a sus lectores lo que había sucedido, pero imaginé que en otras ocasiones, quizás por la distancia física y emocional o la poca relación exterior con seguidores o lectores, quizás haya muchos blogs ahí estancados, sin refrescarse, sin novedad, y sea simplemente que el dueño haya dejado de existir.

Esa chica tenía parte de razón: si vives sin Internet no existes para una enorme parte del mundo, por lo que esa no-existencia puede equipararse a una no vida; por otro lado, si has existido en ese medio y dejas de hacerlo, en cierto modo poco importa si ha sido a causa de una muerte real o simbólica: estás muerto igual.

martes, 9 de junio de 2009

Naranjas

Hace poco constaté lo mucho que generalizaba la gente sobre algo tan diario y habitual como la naranja.

Para la gran mayoría es una fruta ácida, refrescante, con gajos de ese color rodeados de estopa casi blanca, piel brillante y pequeñas hendiduras redondeadas, como puntitos. En realidad, aparte de distinguir entre lo que muchos llaman naranjas genéricamente y las mandarinas (fruta completamente distinta, tanto en sabor como en época del año), dentro de esos subgrupos hay unas cuantas distintas entre sí.

Pego aquí dos enlaces donde se ven más gráficamente:

Variedades de cítricos

Más

Las circunstancias de la vida hicieron que pasara cuatro temporadas enteras (desde septiembre hasta abril-mayo) viendo toneladas de cítricos pasar por delante de mis ojos, tocando miles de unidades durante más de doce horas diarias seis -incluso siete- días a la semana (en plena campaña), y una de ellas tomando muestreos de partidas tal como venían del campo para elaborar estadísticas de podrido, destrío y demás daños. Esos años, con apenas un vistazo podía distinguir -quién no en esa situación- entre la veintena de mandarinas y la docena de naranjas. Unas por su forma (más o menos chata), su piel (más o menos firme), y su color (oscilante entre toda la gama de anaranajados).

Ni mucho menos estoy tratando de ilustraros sobre un tema del que tampoco sé tanto como gente más experta. Sólamente era una introducción a otra reflexión de las mías...

Me pregunto por qué generalizamos y me respondo que por ignorancia y desconocimiento. Así, dejamos de considerar al individuo como ser único e independiente y pasamos a verlo como un todo, que puede ser un grupo al que pertenece o un vicio adquirido por un grupo que frecuenta. Y se pasa a ser persona de pelo marrón (aunque oscile entre el chocolate, el café y la miel), izquierdista radical (aunque unos sean pacifistas y otros beligerantes), pepero retrógrado (aunque unos sean fachas y otros bellísimas personas), y así hasta la infinitud.

Conducimos por inercia, hablamos por inercia e incluso vivimos por inercia, y nos perdemos esos pequeños detalles de las personas que nos rodean, viéndolas -por inercia también- como parte de aquello o aquellos con que las relacionamos. Y pagan justos por pecadores, pudiendo ser todo injusto, muy injusto, o al contrario, totalmente verídico.

Solo una pequeña parte de lo que tocamos a diario, en nuestras vidas, trabajos o relaciones, llega a resultarnos tan familiar que llegamos a fijamos en cosas que de otra forma nos hubieran pasado totalmente desapercibidas. La misma costumbre nos hace abrir los ojos a detalles esenciales e invisibles (valga aquí un guiño al Principito) . Así, igual que una naranja no es lo que realmente la mayoría piensan que es, tampoco lo es una uva, un pino, un colectivo humano o más concretamente una persona.

Lo ideal sería pararnos y observar, tratando de ver al individuo por separado para llegar a ser capaces de distinguir que cada persona piensa y actúa por sí misma, como distintas eran entre sí todas las naranjas que pasaron esos años entre mis dedos.