En un final de año en que muchos medios de comunicación se hacen y harán cargo de recordarnos la efemérides de ese acto tan bello como simbólico que fue la caída del muro de Berlín, no puedo dejar de recordar cómo Víctor Chiner Belenguer -profe de Historia Contemporánea en COU-, entró un día en clase y nos empezó a contar y explicar algo que tal vez él mismo vivió con excitación por ser consciente de cómo podía influir en nosotros sus alumnos. Hasta el año anterior, la Historia nos había sido dada sin tocar el mundo moderno -por currículo- , y ese curso teníamos temas que nos tocaban más de cerca. Cambiaba la historia, cambiaban los mapas políticos - que no físicos- , y había sucedido precisamente el otoño anterior. Éramos, podría decirse, contemporáneos de un hecho histórico sin precedentes.
En un año en el que estábamos más pendientes de cómo nos saldría ese fin de semana el asunto del jijiji jajaja y el ligoteo, esa asignatura era nuestra toma de contacto con la actualidad del momento y con el pasado más reciente, que conocíamos de oídas y de alguna película suelta.
La revista Tiempo regaló incluso un trocito de muro del tamaño de una nuez, numerado y certificado. Nos mostró para ello un reportaje gráfico con diversas fotografías donde el equipo se retrataba con una enorme piedra, y cómo la habían trasladado a la redacción en España para hacerla añicos y meter cada uno de ellos en una bolsita (suena cutre, pero así fue). Es una putada enorme la infructuosidad de las veces que he tratado de encontrar esa piedra -que compró uno de mis hermanos-, pero si vivís en casa de pueblo típica, sabréis cómo son esas casas, con sus enormes cambras llenas de trastos y sus húmedos sótanos llenos de cajas donde se almacenan objetos que terminarán volviéndose inservibles por la misma humedad y el abandono. No pierdo la esperanza de encontrármela algún día, con lo tenaz que puedo llegar a ser cuando quiero. Y cuando llegue el día, ya procuraré que no vuelva a traspapelarse, ya.
Bueno, estos tiempos me llevan irremediablemente a Alemania. Me llevan por algunos de los más grandes filósofos a los que releeo ahora, por la lengua que estudio -ahora ya más en serio-, y por el mismo recuerdo del día en que se unió lo que nunca debería haberse separado. ¿Véis? es ley de vida, lo que tiene que ser, es, se necesite el tiempo que se necesite.
Hay una magnífica peli donde sale uno de esos actores con ángel que todo lo que hacen lo hacen bien. (expresión más propia de abuela de que de fan, jeje). Tenemos la enorme suerte de tenerlo entre "los nuestros" por tener doble nacionalidad, y al mismo tiempo, a los que lo admiramos no deja de alegrarnos verlo triunfar en todos los países en los que trabaja. El actor es, cómo no, Daniel Brühl, que nos enterneció en La última primavera, y nos hizo rabiar en Salvador. La película -que os recomiendo ver- es Good bye Lenin!, y es de esas que todos deberíamos ver, por contar una historia tan rocambolesca y al mismo tiempo tan creíble, viendo cómo está el mundo de loco.
Termino mi post con una canción dedicada a esa ciudad que es capaz de inspirar tanto con su mención: Beelin...
"In Berlin by the wall
You were five foot ten inches tall
It was very nice
Candlelight and Dubonnet on ice
We were in a small cafe
You could hear the guitars play
It was very nice
Oh, honey it was paradise"


