jueves, 29 de abril de 2010

Yo estuve allí


Me pregunto, cada vez que visito un lugar, qué motivaciones habrán llevado a las demás personas con las que coincido. No es plan de ponerme a preguntar al primero con el me tope en una visita guiada "- y ¿qué te trajo aquí? ¿qué sientes en este momento?", porque no estamos acostumbrados a ese tipo de preguntas en el día a día, y apurando, ni siquiera con gente con la que tenemos más confianza.

La verdad es que cuando llegamos a un sitio, estamos cansados como aquel que dice de verlo en fotos y películas. Conocemos antes la imagen que la esencia. Y aún así nos ilusiona ir. Quedarse callado ante el escenario donde tuvo lugar la batalla de Little Big Horn, observar el sky line de la capital escocesa desde Arthur's seat, admirar la majestuosidad del Gran Cañón...; interés espiritual, diría yo, como tratando de conectar de alguna manera con eso que sucedió tantos años antes o con esa gente que vivió en el mismo sitio que podemos pisar ahora por obra y gracia del tiempo libre.

Solía usar con una persona la frase que tal vez resumía ese afán por conocer lo ya conocido. Así, riendo, siempre decíamos: "yo estuve allí".

Por mi profesión debo ser imparcial totalmente a la hora de recomendar tal o cual visita, pero los nerviosillos no podemos a veces disimular nuestro entusiasmo, y de igual manera que paso muy rápidamente el apartado de Iglesias -no por nada, sino porque casi todas tienen elementos comunes y cuando el viajero entra en una, ya sabe más o menos lo que se va a encontrar-, se me nota a un kilómetro cuánto me gusta recomendar la visita a las montañas.

Ir ascendiendo suavemente hasta alcanzar los 700 metros de altitud y, al tiempo que se advierte cómo se cambia por completo el paisaje de regadío por el de secano, imaginar cómo vivían los últimos reductos de moriscos, o cómo se podría acceder a esas inexpugnables ruinas hace cientos de años. Ahí, el guía o el informador, ya debe tratar de explicar con qué predisposición se debe adentrar uno en esos parajes e insinuar que lea un poco de la información que se le ha proporcionado con tal de situarse mentalmente ante unas tierras que, en principio, no tienen resquicio de que hubieran sido pisadas alguna vez.

Bueno, viajar, cambiar, conocer, reconocer, saborear, apreciar. Disfrutar, al fin y al cabo.

Ayer, por cuestiones de trabajo precisamente -afortunada yo-, pude ir 157 km hacia el sur a un lugar que me hacía especial ilusión conocer. Para llegar a los postres a veces uno necesita pasar por platos que no le entusiasman, pero siempre ese dulce vale la pena, y es más, el sabor es el que prevalece, ya que es el último.

Era una tarde la de ayer de primavera cálida y muy soleada, pero con el resol de finales de abril, ese que no llega a quemar -aunque sí arrosa la cara ;)-. Era una casa luminosa, acogedora. En el tramo de la cocina al patio, se apreciaba una brisa suavísima. Quizás fue sensación mía, pero creo que nadie hablaba, como en un silencio respetuoso,  y que todo el grupo lo estaba disfrutando igual. Se oyeron más clics que en el resto de sitios que visitamos, e incluso había como una especie de sentimiento de ternura flotando en el ambiente. No era para menos. Estábamos en la casa donde vivió Miguel Hernández.

Sonreír con la alegre tristeza del olivo.
Esperar. No cansarse de esperar la alegría.
Sonriamos. Doremos la luz de cada día
en esta alegre y triste vanidad del ser vivo

No hubo pocos comentarios diciendo qué luminosa era, qué bien se estaba, qué patio tan relajante. Con la montaña inmediatamente detrás y las cuadras y todo encalado como se ha hecho siempre por estas tierras. Si bien llevaba leyendo sobre su vida los días previos, no imaginaba su casa tan cercana al monte y al campo, sino más bien entre medianeras, y me pareció que incluso tenía un microclima especial y que, estando dentro, al sol de su patio y a la sombra de su higuera, el tiempo era perfecto, y aparte, discurría más despacio...

Una vez más, cuánto hace el entorno para que broten unas u otras palabras.


Como la higuera joven
de los barrancos eras.
Y cuando yo pasaba
sonabas en la sierra.

Como la higuera joven,
resplandeciente y ciega.

Como la higuera eres.
Como la higuera vieja.
Y paso, y me saludan
silencio y hojas secas.

Como la higuera eres
que el rayo envejeciera.


Alto soy de mirar a las palmeras,
rudo de convivir con las montañas...
Yo me vi bajo y blando en las aceras
de una ciudad espléndida de arañas.
Difíciles barrancos de escaleras,
calladas cataratas de ascensores,
¡qué impresión de vacío!,
ocupaban el puesto de mis flores,
los aires de mis aires y mi río

Porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida.

miércoles, 21 de abril de 2010

Un pueblo, una playa

 
Uno llega la gran mayoría de veces como virgen a los lugares de la noticia. Los problemas de otros siempre son eso, y nos pueden afectar el segundo o minuto en que prestamos atención a la noticia en la tele, el periódico. Pasado ese breve lapso, ya se pasa a otra cosa -¿de dónde si no la expresión "pasar página"?-.

Luego uno continúa amargado tres, cuatro minutos más si está solo, y quince a lo sumo si está con alguien y lo comentan: "qué asquito de vida, oye". Segundos, minutos, los que se necesiten para terminar el bocado, el sorbo o simplemente aparcar, y problema olvidado.

Otro día resulta que alguien que está allí, que lo vive en directo, que está cien millones de veces más implicado y afectado que tú, va y te lo cuenta. Sí, será su versión, totalmente parcial, pero documentándote un poquito y viendo por donde van los tiros de cierto tipo de gente -que apuntan y disparan siempre hacia la misma dirección-, lo ves de otra manera.

Entonces, un domingo en una ciudad enorme y casi desierta, con las calles mojadas y un silencio especial, te diriges hacia ese lugar. Una simple vía cambia del todo lo que significó siempre una ciudad para ti. Hace cinco minutos era esa urbe enorme y luminosa, y ahora estás en un pueblo de casas bajas, fachadas alicatadas, persianas y rejas de hierro pintadas de negro. Un pueblo con mar.

Llevas varios días pensando de qué modo se puede ayudar a esa gente, a esas  hormiguitas fácilmente pisables y que no pintan nada. Y recuerdas un texto que es una verdadera maravilla, por delicado, por dulce, por evocador, por mil y un adjetivos suaves y agradables al oído. Un texto que leíste hace ya unos meses y recortaste en papel; y que ahora, gracias al bendito Internet, puedes mostrar a todo el mundo: a los que quizás no lo leyeron, a los que lo leyeron y al segundo -o al minuto- lo olvidaron, y a los que probablemente nunca lo hubieran leído por tener otros más interesantes por delante. Ya se sabe que el que mucho abarca, poco aprieta.

Abridlo, por favor, dadle una oportunidad de varias líneas, de muchas líneas, de todas sus líneas (y más  después de habérsela dado a las mías...).

Y, lo más importante, apuntad el barrio del Cabanyal y la playa de la Malvarrosa en vuestra agenda de futuros viajes. Esto se tiene que saber y este lugar se tiene que conocer.


lunes, 12 de abril de 2010

Vigo


Era el verano de 1989. La portada era de Batman, la primera de todas, la de Tim Burton. Estaría por encima de alguna de las sillas de bova que hay en la casa de la playa. A los casi dieciséis años uno siente curiosidad, a veces de esa de cosquilleo, por todo lo que tiene que ver con el mundo que empieza a descubrir. Era la revista Primera Línea, que empezó a comprar uno de mis hermanos. La devoré por entero. Imagino ahora que para muchos chavales sería como comprar la versión light de cualquier revista de tías buenorras. A mí esas fotos ni fu ni fa, clarostá, pero en cambio sí me apetecían -y mucho-, las entrevistas a gente del cine, los reportajes de películas de estreno y, sobre todo entonces, los de música.

No sé bien si era ese mismo número, pero sí que fue en verano, por lo que sería uno de esos números de esa temporada. Se hablaba en esa ocasión de una época en decadencia, de una movida pasada ya un poco de rosca y de una ciudad que lo había sido todo -y lo había dejado de ser también- en cuanto a irreversión, vanguardia y reinventiva: Vigo.

A todos los que nos hemos criado musicalmente con las cintas de cassette y los Discoplay de hermanos mayores nos tiene que sonar por narices. A muchísimos incluso nos fascinó. Siniestro o Aerolíneas Federales para los nostálgicos (aunque demasiado jóvenes para etiquetarnos así) del punk; Golpes Bajos uf, para todos, para todos. 

Hoy no dejo de emocionarme con los primeros acordes de "Soy una punk"; cada vez que lo escucho me dejo llevar por ese coro -aaaaahhh- de "Assumpta", y se me pone la carne de gallina directamente con la letra de "Escenas olvidadas", una de mis canciones preferidas de siempre, o la música e historia de "Cena recalentada"...

Ese verano se nombraba todo esto como quien nombra un reino perdido, como con mucha, muchísima nostalgia. Era el turno de los relevos, de los que empezaban. Y a veces uno empieza algo a sabiendas ya de que nunca será lo mismo, que podrá ser bueno, pero no aquello. Y esa época era de las que podían ser buenas, pero nunca como aquella otra. 

Y Vigo quedó "on my mind", como Georgia para Ray Charles. No la tenía en la cabeza como lo que tal vez fue realmente o es ahora. Yo sabía que tenía mar, mucha industria, cuestas -bastantes cuestas-, y que todo aquello había tenido que ver en esos grupos y en esas canciones. Uno tiene motivos suficientes para idealizar ciudades o lugares que forman parte de los recuerdos; existe una ley no escrita del derecho a recordar algo que no hemos conocido como queramos hacerlo, con nuestros adornos, nuestra percepción, las emociones que sintamos al pensar en ellas o en ellos. Me pasó con Edimburgo, me pasó con Londres... y me pasó con Vigo.

Es un privilegio enorme el que yo tuve de poder conocer un sitio al que tenía tantas ganas. Lo conocí del modo más perfecto, con la gente más perfecta para ello. Y ver desde allá arriba del puente de Rande las mejilloneras, y pasear por las calles de piedras oscurecidas, haciendo juego con el color del cielo de esos días. Y escuchar las gaviotas desde mi cama...

Uno no deja de preguntarse -yo por lo menos y no pocas veces- qué hubiera pasado de nacer en otros lugares y crecer con otra gente. Algunos dicen que el actor seguiría siendo el mismo y la película sería la misma. Yo no estoy tan segura de eso, como tampoco ellos pueden estarlo ya que quedará para siempre en el mundo de las hipótesis y el de los "y si".

Pero me gusta imaginarme allí entonces. Y, como en el cine, los programillas de retoque fotográfico son capaces también de hacer milagros y lograr que una foto de 2008 pueda parecer otra de cuando la de la foto tenía diez años, no se enteraba aún de nada, y allí sucedían aquellas cosas y nacían aquellas canciones...

Como remate, otra joya de otro grupo también vigués. No podía ser casualidad:


jueves, 8 de abril de 2010

Ver crecer la hierba


Hace unos días leíamos esto en el Blog de Amtispan. Quien me conoce sabe que es uno de los temas que más me toca la moral, por decirlo de algún modo como dejándolo caer - y por no decir directamente que es uno de los que más tarrofagias es capaz de causarme... uy, ya lo dije - :). Como creo que ya hay mucho dicho por mi parte, preferí no comentar nada allí. Tengo una etiqueta con letra mucho más grande que las demás llamada "Relacions", y ahi puede verse mi evolución/no-evolución/avance/retroceso/concluyendo... loop en este asunto. Y sí, como dice ella, los años y decepciones (sic) nos hacen aprender. Podría decirse que hacen bien su trabajo -aunque matizo que en ocasiones las segundas hacen mal el suyo, pagando luego justos por pecadores-.

Bueno, pero venía a otra cosa, aunque lo he hilado con su texto y luego veréis por qué.

Hace pocos días entrevistaron en la radio a Joaquín Leguina con motivo de la publicación de su último libro "La luz crepuscular". La mayoría de nombres de políticos me suenan, puedo asociarlos a su partido político e incluso a algún ministerio/s, pero quedan como eso, como nombres de señores de edad indefinida, pelo cano y gafas la mayoría de las veces. Sería como si el todo del típico político de renombre o ministro -el que usaríamos en una viñeta, caricatura o chiste-, fuese el que se me queda. Nombre, cara -más o menos-, y tendencia, pero el todo, no él como individuo.

Y entonces, como me pasa muchas veces con otros nombres tantas veces leídos o escuchados en las noticias, hasta que no le escucho hablar, de viva voz, como persona corriente, un simple nombre de político no me hace tener la curiosidad de acercarme a su biografía, su trayectoria, su literatura, y queda como en el cajón de "Política".

Algunos sabéis - y si no lo sabíais lo sabréis ahora-, que tuve un brevísimo pasado con muchísima afición a la misma, que incluso me llegué a meter en listas, y que precisamente  fue esa experiencia  la  que me hizo alejarme de ella más que acercarme, siendo bastante escéptica y no casándome con nadie en la actualidad -aunque, eso sí, votando todas las veces (señal de que aún me queda una miajita de esperanza en la especie política)-. Conociendo esto, podréis entender por qué el cajón ese me produce bastante indiferencia en la actualidad.

Pues a este señor daba gloria escucharlo, con esas risas, esa ironía, esa retranca... y en una de esas, el locutor le pregunta sobre su éxito con las mujeres, distendiendo todavía más la charla. Y Joaquín responde (más o menos, que no recuerdo las palabras exactas):

- "Ah, pero no, no tenía éxito. Yo me sentaba a esperar, y al final, si ellas elegían bien se quedaban conmigo".

Y ahi es donde yo vi la clave de todo, como "el rovellet de l'ou", que decimos aquí. Se trataba de eso... (aquí cara así asombrada :O). Cámbiese éxito con las mujeres por, yo qué sé, relaciones sanas con los demás. Fuera mal rollismo, fuera caras largas porque alguien no nos quiere (ni como quisiéramos que nos quisiera, ni a su manera, ni de ninguna otra forma, sin adornos ni florituras: no nos quiere). Ellos eligen, nosotros elegimos. Si al final todo se reduce a eso, no hay que intentarlo porque sí. No hay que obligar a que estén, a que continúen, a que se queden, a que no se vayan. Ellos eligen. Nosotros somos como somos, y lo más contraproducente siempre siempre es forzar. Forzar encuentros porque sí, forzar feedback porque sí. Escribo una carta, escribo un mail, hago una llamada, mando un sms. Porque sí, eso tiene que ser porque sí. La elección de quien no responde: porque no ve necesaria una respuesta, porque no le apetece, porque no le apeteces, porque no le da la real gana -y mira que detesto esta expresión-, porque se la sudas... es la elección de otra persona,  legítima, impepinable. Y tú sigues siendo el mismo. Siendo tal y como somos, sin cambiar un ápice ni pretenderlo, para unos seremos una joyita y para otros mierdecilla pura, así de simple.

Siendo capaces de gustarnos en algunas ocasiones, en días radiantes; tal vez no soportándonos delante del espejo otros días, con esas greñas y esos granos y otras veces viéndonos incluso pasables, resultones. Escribes, hablas, de esto, de lo otro, unos días más inspirado, otros de manera penosa, y así te relacionas, como ellos contigo. A ti te prende alguien, tú no le prendes tanto, o apenas, o casi nada, o en absoluto. Y su elección, tu elección , cuando decide si sigue queriendo estar contigo, hablar contigo, o cuando decide desaparecer de tu vida o no aparecer más por mil motivos, por jartura, porque eligió, porque hay otras prioridades y tú has ido quedándote abajo, más abajo, abajo del todo. ¿Y qué? ¿Y cuando eres tú quien lo hace? ¿Qué más da? ¿Por qué comer arroz caldoso si prefieres mil veces tortilla de patata, si te cuesta exactamente el mismo esfuerzo hacer una cosa que la otra y tienes los ingredientes, está en tu mano, y haces lo que te sale, lo que te nace,  lo que te apetece?. Ni más ni menos.

Entonces, Lady, perdón, Amtispan,  te propongo que nos sentemos, tú en el Mediterráneo norte, yo en el Mediterráneo más hacia el sur pero no tanto, y veamos crecer la hierba. Sin cerrar puertas, como dices tú, pero también sin pensar tanto, sin preguntarnos tantas cosas, cuando tenemos también la respuesta y es aplicable a otras preguntas que se hagan sobre nosotras.

"No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más" (Thomas de Kempis)

lunes, 5 de abril de 2010

Carencias


El amor, algo tan complicado de definir y algo a lo que muchas veces se teme definir... porque ni sé sabe cómo hacerlo. Hace unos meses leí en una revista las claves -tan subjetivas como respetables- mediante las cuales se podía saber si era o no era, con tal de no confundirlo con "deseo sexual, interés o costumbre" (sic). Paso a pegar aquí los indicios que harían aclarar los sentimientos del lector  de esa revista en caso de dudar (sobra decir que los copié en word :P):

- La sola presencia de la persona amada te alegra y reconforta. Junto a ella, los problemas parecen menos graves y la tristeza desaparece como por arte de magia.

- Su felicidad también es la tuya. Te alegras de sus éxitos y te entristeces con sus fracasos. Por esta razón, te empleas al máximo para ayudarle a que pueda conseguir sus objetivos.

- Cuando hay un problema, tienes un gran interés por solucionarlo de la mejor manera posible, sin dañar al otro ni perjudicarlo.

- La felicidad y estabilidad que te da su amor te hace sentir con mucha más fuerza y energía para mejorar como persona.

- Tenéis planes y deseos conjuntos. No concibes el futuro sin su presencia y tienes muy en cuenta su opinión a la hora de tomar una decisión importante.

- Su amor da sentido a tu existencia. A su lado, tienes la impresión de que la vida, a pesar de que no siempre es agradable, merece ser vivida.

Bien, tengo algo que decir ahora. Si alguien ha leído hasta aquí con algún tipo de interés me pregunto si es que acaso ha tenido o tiene ese tipo de dudas hacia su relación, pasada o presente. Si alguien lo ha hecho por curiosidad, puede haber pensado que sí, que más o menos se trata de "lo de siempre", o sea, la sensación de que alguien puede completar (aquí los más acérrimos defensores del individualismo de la persona hasta el infinito y más allá quizás piensen que "no, nunca, uno puede "ser" plenamente sin necesidad de otra persona"), complementar (bueeeeno, puede, pero "a ver si pensando esto pongo en entredicho que necesito complementarme para ser yo..., y no, no quiero admitirlo... ni siquiera insinuarlo"), o tal vez  enriquecer (mucho mucho mejor, eso sí, "estar contigo me hace ser mejor").

Vale -o fale, como dice mi profesor de alemán desde el día que le dijimos que los catalanoparlantes somos capaces de pronunciar clara y diferenciadamente la "b" y la "v" sin esfuerzo (desde entonces enfatiza esa "f"...)-. Estaba hablando de amor, del amor, de un amor. Pero entonces... ¿qué sucede dentro de la cabeza de quien está sintiendo exactamente eso por alguien, hacia alguien, con alguien o junto a alguien... y sin embargo puede sentirlo "casi" o "parecido" por otra persona?. Ya he tocado en este blog varias veces el tema de la atracción, del morbillo, del deseo... No hablo ahora de eso, y vuelvo a recordar que pienso que nuestro cuerpo -entendido como nuestra parte física, sexual- nace pidiendo poligamia a gritos... y la cultura, las costumbres y la repetición hacen que nos conformemos -aunque el verbo conformarse suene un poco mal, la verdad- con ser monógamos. No entraré ahora a aportar datos o referencias, ya que, habiéndolo dicho Punset, sé que tengo el aval suficiente para que al menos dudéis :P...

Yo hablaba del sentimiento más puro y platónico, nada de cuerpos ni olores ni químicas. Hay una película reciente que toca este tema y que vi hace un par de días; se trata de "Castillos de cartón". No desvelo apenas, es mejor verla, pero diré que donde normalmente hay un dúo encontramos un trío y que todo empieza por un casual... y algunas carencias.  Es de cajón pensar que cuando dudamos de nuestros sentimientos hacia alguien -en el estadio en que aparentemente "todo está bien" y somos correspondidos, solo hay una posible causa: hay algo que no nos termina de cuadrar, convencer, gustar. Ahí tenemos una carencia, un eslaboncito que hace que la cadena no gire del todo. Y con toda la lógica que se puede usar en estos asuntos, podrá ser bastante probable que, cuando conozcamos o intimemos más con un tercero, esa sea la cualidad que más nos atraiga. Atracción, interés, gusto... amor ¿por qué no?

¿Que el todo compensa las partes? sí, seguramente sea así, nadie es perfecto -ni siquiera yo, y esto es un guiño, por supuesto ;)-. Pero que la cualidad que tanto nos gusta en las personas y que oh, no tiene la persona que nos gusta no deja ni tiene por qué dejar de llamarnos la atención en otra gente.  Seguramente, para más inri -el cerebro y sus caprichos-, si resulta que no estamos en el momento que nombré antes de "todo está bien", puede que seamos capaces solamente de ver esa virtud y ser ciegos a los defectos (y eso sin estar aún en modo-enamoramiento-ceguera total).  Y ahora llega el punto en que no es necesario volver a enumerar el proceso por el que algo empieza. A mí me sigue haciendo gracia a estas alturas que digamos -incluida yo- "de este agua no beberé" en este y otros asuntos. Todo empieza un día. Todo.

lunes, 29 de marzo de 2010

Contadores de historias

 
Quinientos gramos de palomitas de maíz. Ocho cabecitas de perfil mirando hacia el mismo punto. Reflejos blancos, reflejos de colores, dragones, rocas... No pude dejar de asociar el rato que pasamos en el cine disfrutando de "Cómo entrenar a tu dragón", con la capacidad que tienen algunas personas para entretener y distraer desde siempre a los espectadores más difíciles y exigentes que existen: los niños. Y, claro, pensé en ese oficio que espero que nunca se pierda: el de cuentacuentos.

Hace tres años fui mare-contacontes en el cole de mi hijo... y fracasé en el intento. Mira que disfruto contando anécdotas, explicando situaciones, no se me dan mal los chistes (dicen...), y me encanta el mundo de la literatura infantil y juvenil -menuda colección me estoy haciendo gracias a El País de las Joyas Literarias Juveniles-. Pues bien, quise escapar de los cuentos más utilizados y conocidos en los primeros cursos de infantil, y sin calentarme demasiado la cabeza, pensé que una buena historia que de seguro engancharía a veinticuatro locos bajitos sería la del Flautista de Hamelín. Qué ilusa fui. Puede que tenga cuerda y rollo para rato, pero no conseguí que mantuvieran su atención en mí más de diez minutos, y qué cosas que precisamente no supe tocar la flauta en sentido figurado y no solo no conseguí que me siguieran, sino que  se dispersaron por todos lados. Bueno, si de mi buen hacer hubiera dependido el transcurrir de esa historia, los niños nunca hubieran estado en peligro, hay que ver lo positivo.

Puede pensarse que, teniendo unos buenos ingredientes -seres fantásticos, personajes carismáticos, una buena historia... - y agitándolos, cualquiera puede servir para eso, y no, mare meua, ¡eso es un error! (valga yo misma como ejemplo):

"Las historias son utilizadas para compartir un mensaje, dar una explicación mágica, divertir, criticar, aportar posibles soluciones a conflictos..."
 
 
"El cuentero recaba su material de fuentes de tradición oral o de la literatura, pero lo resignifica y recodifica a la oralidad, deviniendo el contenido en su mensaje personal y único, con el cual, como un fuego que sigue devorando y expandiéndose, va atrapando a su oyente y lo va abrazando y abrazando con imágenes, percepciones y sensaciones que previamente modificaron e hicieron vibrar su propio ser.  El cuentero narra para alejar, engañar y posponer eternamente la muerte"


"El narrador no es para nada prisionero de un personaje, es prisionero de la historia que narra. Dispone de técnicas de narración y experimenta el placer de coexistir con esos seres imaginarios"



Sirva esta entrada como homenaje a todos los que tienen ese don.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Malos


Aunque sea un rol demasiado copiado vez tras vez y, sobre todo, repetitivo, me hacen mucha gracia los malos de ficción. Siempre tienen las cejas de malvado,  una sonrisa muestrabancada y, lo mejor de todo, casi al final del episodio o película, le cuentan al mundo entre terroríficas risas cómo prepararon y llevaron a cabo su plan maquiavélico (glup).

Sus víctimas -la mayoría de veces los buenos de la historia- asisten amordazadas al relato mediante flashbacks que el malo cuenta, detalle por detalle, como queriendo dejar buena constancia de que todo sucedió con premeditación, alevosía y muchos muchos deseos de venganza.

Sobra decir que finalmente -y como debe ser, coño, claro que sí- el bueno aprovecha este tiempo precioso en que aquel se regocija con su fechoría... y logra salir airoso del marrón.

Estos tiempos, y ya que no tengo otro remedio como aquel que dice, veo con bastante interés algunas series de dibujos a primera hora de la mañana y a veces a media tarde. Me gustan por su concepción occidental de lo que es una serie  de animación -nunca me terminó de gustar el estilo japonés, lo siento, exceptuando las adaptaciones más "infantiles" estilo Jackie y Nucca, Heidi...-. Bien, con eso me refiero a : grandes ciudades, rascacielos, autopistas anchas e interminables, villanos con toda su puesta en escena... Otro dato a destacar también es la voz de los dobladores. Calidad de primera.

Ben 10 es la favorita de la mayoría de niños que oscilan entre esa edad en la que Bob Esponja se empieza a quedar "pequeño" (aunque les siga encantando) y la otra en que todavía no pueden entender del todo al Intrépido Batman.

Pero ains, yo a mi edad  ya los entiendo todos, y confieso que los episodios que he visto últimamente de este último me han fascinado. Pensaba hace unas semanas viendo uno en el uso y abuso que hacen de los colores puros y los contornos remarcados, muy en la línea del cómic de siempre, no sé explicarlo mejor. Además, sus historias no tienen nada que envidiar a otras que suelen estar más reconocidas.

Quien diga que el progreso tecnológico no mejora el mundo pienso que piensa equivocadamente, valga la redundancia, y en eso puede que suene dura, pero... ¿quién puede negar que es un lujazo poder conseguir todo lo que nunca soñamos a nivel audiovisual, como bajarnos cualquier peli o serie que ha existido y existirá? (ay si me leen...). Sin ir más lejos, el otro día, y gracias a un dibujo de Speedy González que le dieron a mi hijo en el cole, puse a descargar joyitas de la Warner. Hablo de los Looney Tunes, claro. Bueno, allí estaban todos, la cara más "canalla" de los dibujos animados clásicos, lo opuesto a la dulzura de la Disney, que también me gusta.

Mi hijo descubrió al Coyote, y al oírlo reír desde este rinconcito donde tengo el ordenador, dejé lo que estaba haciendo y me senté a su lado a ver. Y mare meua, qué imaginación, qué animalejo con más mala leche ese Correcaminos. Y la perserverancia del otro, ahí es nada.

Me alegré un montón cuando me pidió más y más. Y aquí estoy, con el PC más ralentizado que el caballo del malo por culpa de la mula y el Mic mic.

domingo, 21 de marzo de 2010

Un frasco de lavanda

 
Aún huelo en ocasiones lo mismo que olí cuando nació mi hijo. Durante un tiempo pensé que era olor a hospital, pero luego desperté un día, tiempo después, en otro contexto completamente diferente y seguí oliéndolo. Era un aroma que no permanecía, no formaba parte de nada ajeno a mi persona, ni podía ser reproducido artificialmente. No era una colonia, perfume, comida, medicamento... Francamente, no sabría describirlo, y el día que lo olí aquí, en un momento similar a este, supe que no estaba fuera, sino que me pertenecía a mí.

La misma sensación -que no el mismo olor- tuve cuando pude oler ratos. No ratos normales, sino ratos especiales. Miré a mi alrededor, a mi entorno, mis muebles, mi escritorio, mi ropa... pero otra vez no existía nada concreto que me lo produjera. Existía en mí.

En las tardes-noches de verano, después de ir por huertos, dunas y playa, me gustaba llenar la bañera dos palmos y bañarme con gel Lavanda de Puig. Ese olor pasó a estar asociado -siempre y para siempre- con el relax, el estar bien. Luego fui infiel en parte y llegó a mi vida el Heno de Pravia, que adoro y vuelve a mí cíclicamente (soy muy de cambiar continuamente de marcas), aunque mucha gente dice que huele a huela.

Pues bien, hace unos meses, en una excursión organizada que hicimos a Guadalest, el Ayuntamiento del pueblo nos obsequió con una bolsa llena de cositas, camisetas, gorras... y ¡un frasco de Lavanda de Puig :O!

Lo tenía guardado en la repisa esperando su turno -ya puede esperar, ya, que delante tiene dos botellas grandotas de colonia fresca de uso diario-, y ayer por la mañana, al escuchar en la radio que la primavera nos acechaba, acabé de vestirme para ir al curro y eché mano de esa botella de vidrio grueso y verde tan típica, como en un acto reflejo, no sé. ¿Asociación de ideas?

A saber...

jueves, 18 de marzo de 2010

Una pequeñísima selección

 
Me encanta el cine español. No debería especificarlo, porque quizás de ese modo lo discrimino un poco sin querer, al distinguirlo del genérico cine, pero es que me apetece decirlo así, con su nombre y su apellido. Lo encuentro cercano, en ocasiones demasiado crudo y falto de la fantasía que son capaces de meter los norteamericanos en cualquier historia corriente. Pero me veo en él, me identifico con esas personas y casi siempre me deja un rato pensando en algunos por qués. Hoy, y seguramente para tapar el amargor de la anterior entrada, me ha apetecido hacer un post simplón en su concepto y mucho más visual de lo que estoy acostumbrada a publicar. Echando mano de memoria y aprovechando que comenté algunas pelis en un foro hace tiempo, paso a enumerar algunas que me gustaron especialmente en su día. No pondré más que una imagen, o un cartel, lo que encuentre por ahí, y dos o tres frases o motivos que os daría para que os acercárais a ellas si algún día me viera en plan "un minuto para convencer al jurado" :D.



Uno de los círculos con los que tanto me hace disfrutar Medem. Azul mediterráneo, arena de color claro, olor de sal que salta de la pantalla a nuestro sofá -sí, sí, hablo en serio, ya lo comprobaréis-. Personajes, como islas, sin nada realmente que les una a ningún sitio. Que se encuentran y reencuentran. Que se necesitan unos para dar razón de ser a los otros. Y Najwa, que siempre dice más con sus ojos que muchas con un guión hecho a medida.




Cuando una persona desaparece para siempre hay dos opciones: tratar de olvidarla o no dejar de recordarla.
Se os encogerá el corazón. Y avisé...




Ágil, original, tal vez arriesgada por el efecto de la cámara al hombro. Diferente.




Cuento de amor partiendo de un beso y una promesa (cómo me acabo de acordar al decir esto de Burning...). Intrigante, con final sorprendente y en uno de sus papeles protagonistas una debilidad mía - a quien he tenido el gusto de "conocer" personalmente-: Julio Perillán (ains, ya te descubrirán, ya...)




Dignidad. Buenas interpretaciones -si está Candela siempre las habrá, incluso en la maleja Los años desnudos-. Un tremendo nudo en la garganta.




No hay nada más bello que lo que nunca se ha tenido...


Obviamente quedó fuera prácticamente todo el iceberg, empezando por cualquiera de Almodóvar -creo que Kika es la única que no me gustó-, las clásicas en B/N, las anteriores a los ochenta que poco a poco iré conociendo a medida que me las vayan recomendando directa o indirectamente; uf, si esto ha quedado más corto que otra cosa, pero cómo me apetecía ponéroslas....

Y esto... feliz puente de San José :)

miércoles, 17 de marzo de 2010

¿Qué fue de ti?


A José Luis Garci se le tiene mucha manía -al menos en España, como no podía ser de otra manera-. Sin embargo yo, si tuviera ocasión de conocerle, solo tendría palabras de gratitud, porque gracias a él pasé unos memorables martes de cine- nunca mejor dicho-, al ver esa noche y no otras el programa emitido la víspera, lunes (cosas de los vídeos y los DVD grabadores).

Aparte de traerme a mi casa y a mi vida los recovecos del cine, o, como dirían en Radio 5 los secretos de rodaje, me hizo interesarme por él como cineasta, y si bien puede que las películas que he visto suyas no sean de las que pondría en lista de preferidas o altamente recomendables, no se le podrá negar el preciosismo, el detalle y la sensibilidad.

Nunca había visto esa peli. La bajé quizás por ver una referencia en algún lado, ni siquiera del por qué me acuerdo, y mira que normalmente atamos lo que hacemos sin darnos cuenta y simplemente tirando un poquitín del hilo vamos retrocediendo hasta llegar a la causa de nuestro efecto-presente.

Era sábado. Llovía -casi cien por cien de seguridad viendo la que nos ha caído este invierno-; hacía mucho frío -alguien que duerme con calcetines hasta casi entrado el verano no podría decir otra cosa-, y, por supuesto, no tenía conexión para perderme cliqueando de forma sistemática y ansiosa como hago/hacemos muchos.

¿Qué decir? que la vi de un tirón -nada habitual en mi caso-, que me encantó ver cómo era España esos años -otra vez-, que Antonio Ferrandis hizo un papel elegante como pocos, y que Encarna Paso se hizo conmigo a los pocos planos.


Me parece que hasta los treinta años no pensé nunca nunca en la posibilidad de que uno pudiera alejarse de alguien queriéndole. A lo mejor mi microchip de cómoeslavidarealmente estaba un poco en su versión 1.0 y tenía falta de un reseteo o formateo directamente. ¿Qué? las cosas salen bien si hay voluntad por ambas partes, si al final el cariño es lo que prevalece, si teniendo eso... ¿qué impedimentos van a haber?, si mira, contra viento y marea, ahí estamos, valóralo, si...

Empecé hace unos meses a entender y asumir que a veces las cosas suceden porque no hay más remedio, que por mucha voluntad que se ponga -incluso por ambas partes-, a veces las personas se alejan y separan sin más. Me lo contó un amigo una noche. Seguramente yo andaría llorando. Y lloraría en mi versión 1.1.0, es decir, sorbiendo mocos y notando como algo se me rompía a pedazos por dentro. Algo que por mucho empeño que puse, no pudo ser.

Bueno, en Volver a empezar, Antonio y Elena -Antonio y Encarna- se separan un tiempo. Un tiempo, que pudiendo ser semanas o meses se transforma en cuarenta años. Se dice pronto. Causas ajenas, directas, qué más da. El hecho está ahi. Vidas paralelas.

Cuando se reencuentran, en un momento tan "decíamos ayer", solamente después de haber hecho el amor, ella le pregunta tiernamente: "- Y dime, ¿qué fue de ti?"

Escuchar esa frase me impactó, me descolocó, me trajo viejos fantasmas al presente, me afectó...

Y, como digo muchas veces... solo ese ratito me hará recordar esa película para los restos.

sábado, 13 de marzo de 2010

Buen viaje


Qué cosas. Hace una semana justa me vino Machado a la cabeza, sevillano de nacimiento y castellano -entre otros muchos gentilicios- de corazón. Ahora se nos ha marchado el castellano que más habló y amó a su tierra; y no desde la distancia -como hacen muchos a veces eligiéndolo-, sino siguiendo allí. En una entrevista dijo que una vez viudo de su Ángeles -"la mejor mitad de mí mismo"-, solamente le hubiera faltado ser viudo también de su Castilla y de su campo...

Desde todos lados hay un bombardeo de información sobre su persona estos días. Se nombran todas las facetas que tuvo como hombre y humanista. Me permito elegir la que más me llega, la de amante del sitio donde nació y de sus paisajes. Sin ellos nunca hubiera podido contar las cosas como lo hizo:

Si el cielo de Castilla es alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo
D.E.P Miguel Delibes

sábado, 6 de marzo de 2010

Un papel arrugado

 
La poesía es para mí buen tiempo, ausencia de nubes amenazadoras y oscuras, brisa más bien cálida. Seguramente en el Instituto daríamos poesía durante todo el curso, o al menos cuando tocaba, y sin embargo... ¿cómo es que la recuerdo llegando el buen tiempo? Por San José la panza se encogía de tanto cosquilleo, abandonábamos las camisetas interiores de manga larga y dejábamos asomar más el cuello. Pedíamos que nos cortaran el pelo de modo tal que desvelara la nuca, y el sol lo aclaraba. Se podía estar al fresco sin sentir frío, y cuando caminabas por la calle notabas esa sensación tan placentera de la temperatura perfecta, la misma que animaba a sacar las sillas a la calle y hacer tertulia. Entre clases -o en vez de clases- caminábamos unos doscientos metros hacia los primeros huertos de naranjos, nos sentábamos en los márgenes de los caminos y nos comíamos alguna. Al terminar, limpiábamos nuestras manos con los agrets, y mientras, hablábamos de lo que estaba por venir, ya que claro, a esas edades, todo está por venir porque nada ha llegado aún.

De Cernuda me quedó el tremendo romanticismo, quizás demasiado tremendo, precisamente. También el esfuerzo de desgranar verso a verso su largo Luis de Baviera escucha Lohengrin. De Miguel Hernández la enorme sensibilidad, y de Machado, la melancolía.

La poesía, "una honda palpitación del espíritu", es la expresión íntima del sentimiento personal del poeta, pero, aunque íntima, pretende ser universal: es "el diálogo del hombre, de un hombre, con su tiempo". La poesía es un diálogo de un hombre con el tiempo de cada uno. El poeta pretende eternizar ese tiempo objetivo para que permanezca vivo el tiempo psíquico del poeta, para que sea universal.(...) La poesía debe hablar con el corazón.

Leí algo sobre su vida este verano a propósito de una foto que me recordó a él. Entendí el por qué de esa melancolía. Y a veces sucede que uno lee algo y lo hace con tanto interés, poniéndole tanto cariño a esa lectura que, cuando llegas al final, y más cuando ese final es precisamente el final de la vida de una persona, te entran ganas de llorar. A mí me sucedió al leer lo que ponía el papel arrugado que encontró su hermano José en su abrigo, después de morir. Estaba escrito a lápiz:

Estos días azules y este sol de la infancia

jueves, 4 de marzo de 2010

Una gozada

 
Como ya he dejado caer entre líneas en mis últimas dos entradas, ando con una miajita de lío contra una empresa de Teleco. Bueno, deciros que me siento como en este video, y aparte, me dan ganas de ponerme en plan Jodorowsky y coger todas las naranjas que tengo en la cesta con tal de canalizar el sentimiento de medio-rabia/medio-meestántomandoelpelo y cortarlas con mucha alevosía, o exprimirlas con ira, o directamente aplastarlas...

En fin, pelillos a la mar. De todo se aprende en la vida, y soy muuucho más sabia que hace una semana, eso desde luego; he aprendido nociones de derecho (el justo), a redactar Burofaxes efectistas (¿?) y , sobre todo, a ser más precavida para la próxima vez que decida cambiar (para mejor se supone).

Internet... ese lugar que nos ha cambiado tanto tantísimo, que consideramos ya como imprescindible en nuestras vidas cuando realmente para nada es así, y del que podemos perfectamente prescindir en períodos más o menos largos de tiempo.

Y... ¿qué alternativas nos quedan cuando no tenemos Internet,  la tele no nos gusta y queremos estar con los ojos cerrados y disfrutando? Bueeeno, sí, eso también -a quien guste con los ojos cerrados, ummm-, jeje, pero yo iba por otro sitio, sí, iba a hablar de la Radio:

Desde luego que si tuviera que elegir algunos inventillos pequeños y tremendamente útiles en mi vida, dejando aparte los típicos como electricidad, agua corriente, jabón y teléfono, tengo clarísimo que elegiría unos cuantos que quizás parezcan chorras, pero a los que yo encuentro especial encanto: uno sería el descorazonador de manzanas, otro el cortador de patatas y el último sería la radio de bolsillo.

Ya hablé de lo que era la música para mí y cómo me ayudaba a evadirme, pero no comenté esa vez el otro uso que hago de las ondas.

Mi gusto empezó en un trabajo bastante solitario que tuve durante más de tres años en el que pasaba varias horas seguidas midiendo piezas de madera, cortándolas, ensamblándolas a golpe de martillo y grapas y lijándolas. Me encantaba hacer eso, usar mis manos. Cada nuevo premarco o marco directo era una pequeña obrita de arte creada por mí, y aunque el uso que se le fuera a dar fuera apilarlas a lo bestia en una camioneta y colocarlas sin demasiada delicadeza para dejar el hueco puertil, a mí me gustaba hacerlos bien. Empecé a coger el gusto a colocarme en los oídos lo que entonces era el preludio del actual MP3 y pasar las mañanas enteras escuchando los magazines. Con el que más disfruté fue con el de Julio César Iglesias en las mañanas de RNE. Sus ritmos eran mis ritmos, sus pausas eran mis pausas, y su pitido final era el momento de quitarme el serrín con la pistola de aire comprimido, coger la mochila y largarme a comer. Las tardes que iba -extras-, las dedicaba a Radio 3 y su música para nada comercial. Fue una época tranquila, de mente despejada... con mucho polvillo, algo de cansancio en los brazos y el disfrute de esos programas, que me llenaban, me hacían reír y me mantenían informada.

Estos días, aunque sigo teniendo conexión, me he replanteado mantenerla en cuanto me la corten. Nada definitivo, pero sí un tiempecillo, como cuando llega el verano y me asalvajo, sin cobertura de móvil, con batola, chanclas y poco más. En verano hay mucha luz, tardes libres, muchos libros, familia, playa.

En invierno he descubierto, después de un tiempo de repetitivas tertulias políticas que de momento me han hastiado, una fórmula que me está gustando bastante: se trata de Radio 5, y en mi gusto y opinión, es lo más parecido a la radio "de siempre".  Voces cálidas y variadas, anécdotas del mundo del cine, la música, la literatura, la historia... entremezcladas con toda la actualidad.

Pego aquí su enlace: Radio 5, y juzgad vosotros mismos. A mí me parece una gozada.

sábado, 27 de febrero de 2010

Feos


Hablaba hace poco con mi amigacho sobre algo tan tan dicho y tan tan repetido que, seguramente sonará cansino... pero no importa, y siempre es algo digno de recordar, en nuestros momentos bajos sobre todo. 

Imagino que muchos de vosotros -al menos yo sí- hemos culpado a nuestro físico de la mayoría de hechos que solamente han sido causados, provocados o derivados por/de nuestro cerebro. Nada nuevo bajo el sol, pero me apetece explicarlo algo más.

Caso práctico: "yo nunca ligué, claro, estando como estaba..." (aquí se pone flaco/gordo, normalmente los "defectos" más cantosos).
¡Toing! ¡¡¡Error!!!. Tú nunca ligaste (o tu vecina, o yo misma para no escaquearme) porque tu manera de ser, tus (in)habilidades sociales o tu sosez lo impidieron, y, aparte, tu propio pensamiento sobre tu físico y por ende sobre ti mismo construyó una barrera invisible pero tremendamente alta y poderosa entre los hombres/las mujeres y tú. Uno puede ser objetivamente feo (sí, sí, dije la palabra más contraindicada de todas cuando hablamos de algo tan... subjetivo, paradójicamente), porque a mi parecer sí hay fealdad objetiva, y pondré dos ejemplos:


 Ummm, ya que estamos, dos más, venga (con truqui):


... pero la gran mayoría de los que se consideran feos o no merecedores de gustar no llegan a serlo, y apostaría a que si mostrásemos imágenes suyas a mil personas al azar gustarían o disgustarían (tanto da), al 50%, como suele ser. Incluso los guapos oficiales gustan al mismo porcentaje de gente, ahí no somos tan distintos unos de otros, tratándose de gustos (nunca entendí qué atractivo tenía George Hamilton, :S, por poner un ejemplo)

Lo que me hace gracia es que esa barrera que pusimos en su día o contamos ahora como excusa para unos hechos que no salieron como queríamos que salieran sirve a la vez como razón y motivo principal para algo mucho más profundo que tal vez no nos guste remover, y es donde radica el gustar o no gustar directamente, que en principio no tendría por qué estar relacionado con la percha y la cara. ¿Gordos?¿flacos?¿con granos?¿desgarbados? de todos estos tipos de gente hay ejemplos que desmontan en un abrir y cerrar de ojos cualquier argumento que los justifique como impedimentos para gustar.

Algo está -más o menos- claro: si uno se siente poco agraciado, así lo transmitirá y esa será la imagen que reflejará al mundo, aunque ojo, a veces no sucede así y termina gustando a alguien...  Lo que sí está claro -sin más o menos- es que si alguien se siente agraciado, existe un porcentaje muy alto de probabilidades de que los demás lo perciban como "atractivo" al menos.

¿Consuela más a la gente el pensamiento de que "uno nació así y así le fue en la vida" que el que seguramente sea más real de "la poca gracia que tengo o mi poco éxito con el sexo opuesto -o el mismo, que también- no viene precisamente de mi cara o cuerpo..."? Yo creo que sí, que excusar una trayectoria "poco fructífera" en algo visible pero que, al fin y al cabo caduca, es mucho más cómodo que reconocer que carecemos de encanto o de ese "algo" que tienen las personas bellas.

Cuando leí una entrevista que concedió Gaborey Sidibe me vino a la cabeza todo esto. Eran solamente respuestas sobre papel, pero a cada renglón se adivinaba encanto, confianza, atractivo. Y me acordé de los que no ligaban. Son gustos, claro, pero como digo siempre, qué cosas...

PD: por cierto, los ejemplos de arriba del todo son dos debilidades mías :)

sábado, 20 de febrero de 2010

Alaska

 
Cada uno de nosotros tiene un lugar donde escapar aunque sea entre maldiciones y momentos rabiosos. Anoche, sin ir más lejos, me encontraba viendo esa curiosidad antropológica llamada Hermano mayor, y la Nini de turno dijo: "Arr Congo, me voy par Congo..." (me pregunto, habiendo visto cómo se "desenvuelve" por la vida la gachí, qué haría por aquellas tierras, eeen fin).

Cuando era pequeña, mi madre solía decir, entre suspiros, que se largaba a Benicàssim. No, entonces no se celebraba el FIB ni nada parecido, jeje, sino que allí había uno de los únicos balnearios de la época; (ummm, ¿mensaje subliminal acaso? :P); también recuerdo a mi vecina Pepita, -de la que podría escribir un libro,- lanzando aullidos por su boca pidiendo ir a la Santa Faz, para, seguidamente, decir eso tan oído de: "ni están todos los que son, ni son todos los que están". Mi vecina era muchísimo más heavy que mi madre, jaja.

Introducción chorra aparte, en estos días con mil y una batallas contra las Telecomunicaciones de las Españas (me río por no llorar), yo más bien, puestos a elegir destino donde escapar de mis rabias y mis perdidasdeantemano batallas dialécticas con los comerciales, y porque yo lo valgo, que dirían las modelos que anuncian L'Orèal, me quedo con ese lugar tan evocador, tan blanco y tan lejano: Alaska.

Cómo no recordar a ese chaval de pensamientos tan puros como ingenuos quizás que fue Chris McAndless (del que ya hablé aquí, aunque digan que está feoso autocitarse, bah), o la foto en el bolsillo de Butch en Un mundo perfecto...

Alaska... , tan lejana, y sin embargo -poniéndole muchísima voluntad, eso sí- tan cercana a nosotros si la miramos por el otro lado, por el estrecho de Bering (¿o acaso será que cuando la distancia es por tierra parece más "a mano" que cuando es por mar?... no me hagáis demasiado caso hoy).

Alaska... extensión para pensar, para mirar a todos lados sin límite, para que el frío nos haga enroscarnos al máximo en la misma postura en la que pasamos los primeros meses de nuestras vidas. Como una vuelta al sitio de donde venimos, como un paréntesis, un formateo en el pensar, en el actuar, el sentir.

  "(...) Esa tierra a donde uno avanza en busca de autoconocimiento (...). Todo ser humano busca su Alaska, ese lugar mítico, un tanto onírico para encontrar a una posibilidad de sí mismo. (...) Alguna vez me cuestioné todo lo que hacía en mi vida y escapé al extranjero a buscar ese territorio renovador e ilusorio" (Roberto Duarte)"

¿Demasiado frío? seguro. Pero menuda es nuestra mente para fabricarse alicientes y alternativas... Alguien muy querido para mí escribió un día: "Uno de mis deseos es pasear por la playa de Zihuatanejo..."

Y puso los ojos en blanco :)