sábado, 30 de mayo de 2009

Ir a buscarla

"No hay deber que descuidemos tanto como el deber de ser felices"
(Robert Louis Stevenson)

De siempre existieron los espíritus libres.

Me gusta indagar en las biografías de los "grandes" escritores -oficio que admiro sobre todas las cosas-, y, entre frases escritas en sus textos que luego forman parte de sidebars de blogs o notas en las contraportadas de carpetas adolescentes, leo entre líneas auténticos actos de reafirmación, de afán de conseguir sus objetivos vitales. Solían ser éstos de tipo humanístico y romántico (pocos aspiraron/aspiran a crear grandes Holdings empresariales), y desafiaron en esas épocas más conservadoras que la actual -ahí radica mucho de su mérito- prejuicios tan tontainas como la diferencia de edad o el estado civil de la gente que los enamoró. Escaparon de corsés y etiquetas sociales que les agobiaban y ahogaban.

Cruzaron océanos (no de tiempo, como el Drácula de Bram Stoker, sino físicos, en viajes que duraban semanas) para ir en búsqueda de su felicidad (aunque ésta no haya que buscarla, porque entonces se hace escurridiza, como la cola de un gatito). Y les importó un pito lo que pensara la otra gente.

Se negaron a dejarse llevar por sus destinos prefijados, y se lanzaron en busca de aventuras que no hubieran ido a buscarlos de no haber salido ellos a su encuentro. Ellos perfeccionaron a su manera su paso por el mundo, moldeándolo a su antojo, como quien moldea plastilina.

Y así, sus vidas no se limitaron a esas oscuras e inspiradoras ciudades europeas o del Este norteamericano, sino que buscaron islas, sus islas, y allí, entre brisas cálidas y rostros sonrientes encontraron más y más inspiración. Los samoanos llamaron Tusitala ("el que cuenta historias") a Robert Louis Stevenson, que ha hecho y sigue haciendo soñar a niños y hombres de todo el mundo con sus aventuras en islas con tesoros y mares del sur... ¿imagináis que alguien os llamara así? ¿puede haber un apodo más maravilloso?

Soñar es gratis, pero creer en que las cosas puedan mejorar y llevarlo a cabo no es un sueño, es real, está ahí. Lo tenemos a nuestro alcance. Sólamente hay que dejar atrás el miedo y la incertidumbre, palabras negativas, paralizantes y malosas.

Y mirad cómo son las cosas. Stevenson fue una gran influencia para Borges... que dijo lo siguiente:

"He cometido el peor pecado que un hombre puede cometer: no he sido feliz"

Procuremos que no venga nunca este pensamiento a nuestra cabeza...

lunes, 25 de mayo de 2009

Añoranza

(Rolla, Henri Gervex)

"Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco"


Con esta introducción, traducción directa de un fragmento de Macbeth, nos lleva Javier Marías a una historia donde los protagonistas son los pensamientos. El escritor -al que he leído ahora por primera vez-, demuestra una habilidad enorme para adentrarse en la psicología humana, empezando por la de los personajes de su novela, y terminando con la del lector, que asiste a una descripción detallada de todo aquello que nos pasa por la cabeza a la mayoría, y casi nadie se atrevería a firmar.

Entre todo lo que en ella se cuenta -y no voy a destripar nada-, una de sus historias me ha llamado la atención más que las demás. Mejor dicho, un matiz de una de sus historias. Habla sobre una relación especial de amistad que mantienen un hombre y una mujer:

"Entonces, cuando éramos estudiantes, esto es, en Madrid y hace ya quince años, nos acostamos dos veces aisladas, o quizá fueron tres o puede que cuatro (no más), seguramente ninguno de los dos nos acordamos bien de esas veces, pero sin embargo sabemos de ellas, y el conocimiento de ese dato, mucho más el conocimiento que el hecho mismo, nos hace tratarnos con delicadeza en nuestro caso y a la vez con gran confianza, quiero decir que nos lo contamos todo y nos decimos palabras de consuelo o distracción o ánimo cuando advertimos que esas palabras nos son necesarias al uno o al otro. También nos echamos de menos (vagamente de menos) cuando no estamos juntos, una de esas personas (en la vida de cada cual hay cuatro o cinco, y de ellas se sufre en verdad la pérdida) a las que uno está acostumbrado a informar de lo que le ocurre, es decir, en las que uno piensa cuando le sucede algo, divertido o dramático, y para las que uno acumula hechos y anécdotas. De buena gana se aceptan reveses porque van a relatarse a esas cinco personas. “Esto tengo que contárselo a Berta”, piensa uno (pienso yo, muchas veces). "

Todos -estoy de acuerdo con Marías- tenemos a esas cuatro o cinco personas; yo diría que son menos, pero na, puede que sea sólamente mi caso. Y sucede así como él bien describe, vives las situaciones, los momentos (diría que sólamente los buenos), con la ilusión de poder compartirlos el día que sea con alguna o algunas personas. Para el resto no te importa tanto, no te molestas en esperar sus llamadas o sus encuentros para decirles: "- ahh, que el otro día me acordé de tí porque vi/leí/me encontré...". Pero para esas personas escogidas, elegidas, procuras guardar cada detalle, cada sensación. Y parece como si esas historias estuvieran en cierto modo incompletas si no llegan a sus oídos u ojos.

Este fragmento me llevó a estar pensado largo rato. A pensar en la nostalgia, pero no la del pasado como algo lejano, sino la que sentimos hacia las personas, aún antes de que se vayan de nuestro lado para siempre. Curiosamente, la lengua castellana carece en sus orígenes de una palabra que describa ese sentimiento. Ha tomado prestado del portugués incluso la expresión echar de menos (achar menos), y del catalán el verbo más conciso: añorar (enyorar), o sea "recordar con pena la ausencia, privación o pérdida de alguien o algo muy querido".

En el caso del narrador de esta historia que terminé ayer de leer, un cambio de vida y hábitos zarandea la rutina de ese par de amigos:

"Hace unos días hablé con Berta, llamó, y cuando llama es que está un poco triste o demasiado sola. Ya no será fácil que pase temporadas en su casa si abandono del todo mi trabajo de intérprete, tendré que guardar durante mucho más tiempo los hechos y anécdotas que siempre pienso en contarle, dramáticos o divertidos, o escribirle cartas, rara vez lo hemos hecho."

Es obvio que esa pareja de amigos - hombre y mujer-, no vivieron, no sintieron, no fueron imaginados por el autor en plena época de Redes y Desencuentros.

Pero pienso que hay veces que se cambia de escalón como sin darnos cuenta, y aunque sea por centímetros, ya no estamos al mismo nivel. Y ahí se gesta ya esa añoranza.

jueves, 21 de mayo de 2009

Máscaras, caras y finales de cuento


"Aquel cuya sonrisa le embellece es bueno; aquel cuya sonrisa le desfigura es malo"
(Proverbio húngaro)

Estaba hace poco ordenando mis carpetas de imágenes y eliminando fotos que parecían duplicadas (ya sabéis, eso de "espera que hago otra a ver si ésta no sale..."), y vi fotos en las que salía gente que no eran mi hijo -cosa raaara- ni mi familia o amigos más cercanos. Observé sus caras, sus expresiones, sus sonrisas o la ausencia de ellas... porque había gente que apenas sonreía.

Traté de recordar si en alguna de las contadas ocasiones en que había coincidido con ellos lo habían hecho: la conclusión fue que muy poco. Ya me pregunté hace tiempo por qué la gente no sonríe más. Y, sobre todo, por qué muchos no lo hacen cuando tienen una cámara delante, si se supone que sonriendo es cuando salimos más favorecidos (aunque algunos no tengamos -aún- una sonrisa Profidén :D).

Luego, con sorpresa, aprecié que en otras instantáneas pilladas de casualidad esas personas sí sonreían (sabían que en ese momento no los estaban enfocando). Y lo que vi me dejó pensativa: rostros grotescos, como con máscara teatral, como forzados. Rostros en los que reía su boca, pero cuyos ojos seguían siendo neutros, indiferentes, algunos incluso tristes.

No hace falta cavilar demasiado para concluir que mucha gente que no sonríe en las fotos es consciente de que su sonrisa no le favorece estéticamente (porque mentalmente creo que ese acto nos beneficia a todos).

Luego, hilé este pensamiento con una conversación que mantuve otro rato sobre lo curioso que me resulta pensar que, como en los cuentos, al final la maldad y las malas artes tienen que salir por algún lado (aunque muchos mueran sin enterarse de que han sucedido), y que la misma Naturaleza, tan sabia ella -no me canso de repetirlo- afea a las personas malas y embellece -o al menos no estropea tanto- a las buenas con el paso del tiempo.

Puede parecer una tremenda chorrada, o una paranoia más de las mías, pero he constatado que, al menos en las personas de las que conozco suficientemente su trayectoria, así ha sido. Y están cumpliendo sus treinta, sus treinta y cinco y sus cuarenta peor que nunca, y, además, en progresión geométrica cada año que pasa.

No hago apología de la perfección física...¡acabáramos!, pero no deja de resultar al menos "alentador" para los que vamos por la vida procurando no tocar, no rozar, no dañar...

Aquí tenéis un enlace -bastante "curioso", por cierto- que da la razón al célebre dicho "la cara es el espejo del alma":

La cara nunca miente

Puede que haya algo de cierto en ello, puede que no, pero por si acaso, seamos buenos...

martes, 19 de mayo de 2009

Rosa de los vientos




Encuentro apasionante el mundo de los vientos y sus nombres. Leerlos me hace pensar en el fascinante -seguramente por desconocido- mundo del mar y sus oficios. Ese notarse en mitad de la nada, con poco tiempo para pensar, pero suficiente para plantearse mucho sobre la vida.

Siempre hemos visto reportajes en la tele en los que los hombres del mar hablan con una sabiduría incomparable en sus palabras. Gente a veces muy joven pero con las cosas de la vida muy muy claras. ¿Cómo no van a pensar viéndose tan poquita cosa y a merced de algo tan grande como un mar o un océano? Hasta el más engreído del mundo debiera amodestarse viéndose en una de esas, siendo igual de mortal que cualquiera que esté a su lado. Incluso tan mortal como un ratón común.

A mí, seguramente por haber nacido y vivido toda mi vida en el Mediterráneo, los nombres de Mestral, Tramuntana, Gregal, Ponent, Llevant, Llebeig, Migjorn, Xaloc, me resultan tan familiares que apenas reparé hasta hace un par de años en qué significaban exactamente.. De siempre los oí nombrar, formando parte del lenguaje común y diario, pero sin reparar en su verdadero matiz, que hace que unos sean radicalmente distintos a otros.

Vale, siempre hemos dicho que cuando hace mucho calor y vientea sopla Ponent, y que el día que -incluso en julio- necesitamos una bata encima del pijama de verano para tomar el fresco antes de irnos a dormir, está soplando Llevant...

La mayoría me evocan aire salado y minúsculas gotas en suspensión, el resto arena, mucha arena que nunca acaba. Puede que acierte, puede que yerre, pero sus nombres me llevan a eso, no lo puedo evitar.

Ya.

viernes, 15 de mayo de 2009

Feng Shui


Hace unos siete u ocho años, leyendo una revista de las denominadas despectivamente "para mujeres", me topé con un artículo que marcó una especie de antes y después en mi vida. Puede parecer radical esta afirmación, pero no me considero tal, y es simplemente la descripción que hago de cómo hay algunos descubrimientos en nuestras vidas que nos influyen o afectan más (y puede que tampoco sean estas las palabras exactas).

Se hablaba de Feng Shui, y como suele tratarse cuando el espacio apremia, de forma muy generalizada y por encima, sin tocar (como dicen los alemanes en una sola palabra, über). A mí, en principio, todo lo que pueda mejorar la estancia en el mundo de las personas me produce curiosidad positiva. Pienso que por probar no perdemos nada, y mientras no nos metamos en sectas destructivas (aunque la mayor secta y la más destructiva cuenta con el beneplácito de la mayoría de la sociedad, ejem), todo en principio es digno de ser estudiado más a fondo y puesto en práctica ¿por qué no?

Los defensores a ultranza de la Ciencia descreen de este tipo de manifestaciones sin base, sin datos y -sobre todo- tan subjetivas. Leyendo que el Feng Shui está catalogado -cómo no- como pseudociencia, veo con sorpresa que también lo está el Psicoanálisis, y me pregunto qué pensará la gente que se dedica profesionalmente a éste, y que se supone que previamente ha concluido sus estudios universitarios en el campo de la Psiquiatría o la Psicología (profesiones más ligadas qué duda cabe a su ejercicio posterior). En fin, quizás haya pseudociencias más serias que otras, o más bien se trata del famoso dicho "más vale caer en gracia que ser gracioso", y los que ejercen algunas profesiones están mejor considerados que los que ejercen otras, teniendo la misma base, o mejor dicho, la misma poca base. En fin, dejaré este tema aquí.

Sigo contando mis primeras incursiones en esta filosofía, como más bien la denominaría yo. Realmente, creo que todos, sin contar con el Bagua y la brújula delante, y ni muchísimo menos con el plano de nuestras viviendas, llevamos años y años ejerciendo uno de sus preceptos más asimilables -al menos para mí-. Es decir: quitar lo superfluo.

Me refiero con ésto a que todos hemos experimentado una sensación de ¿paz?, o al menos descanso cuando hemos vaciado los armarios o roperos y nos hemos deshecho de ropa, zapatos, incluso papeles ya inútiles. Ese quitar no implica sólamente una limpieza física del espacio en cuestión, sino que pienso que se asimila a una limpieza más a nivel interno.

Cuando hablamos de limpieza, acción tan necesaria cíclicamente y en la que muchos incidimos más profundamente en cada cambio de estación, o incluso -atinando más- cuando llega la primavera, no pienso que simplemente limpiemos la casa de objetos, sino que muchos vamos más allá de, y lo extrapolamos a limpiar agendas telefónicas, lista de contactos de Hotmail, Msn...

No pienso que diga mal de los que lo hacemos borrar gente así de nuestras vidas. Es más, diría que es coherencia más bien. Todos nos hemos intercambiado números y direcciones electrónicas en un momento dado, llevados por un momento de unión puntual (¡Qué súbitas amistades surgen del vino! dijo John Gay). Luego, podemos comprobar cuántos de estos datos requerimos y usamos a un año vista. ¿Pueden algún día sernos necesarios? No creo, sinceramente.

A ver, me explico: dudo que algún día, pudiendo necesitar la ayuda de alguien que conocí sólo un rato (una semana, un mes...), recurriera precisamente a esa persona. ¿Por qué? ¿por vivir en la era de la comunicación y estar todos localizados de una u otra manera? Pienso que he conocido gente al mismo nivel hace quince años -cuando apenas existían los móviles o Internet-, y no me he visto en el dilema de contactar con ellos, precisamente porque fue tan corta en el tiempo la coincidencia con estas personas que no llegamos a darnos el teléfono fijo o la dirección postal, por ejemplo. La confianza requerida no tuvo lugar porque todo lleva un proceso, y todo proceso conlleva un tiempo...

¿Cuántas de las personas que conocimos en esa época de más incomunicación nos proporcionaron esos datos tan "personales"? ¿acaso conocíamos a alguien en una comida -boda, comunión, etc- y pedíamos su dirección y teléfono de buenas a primeras? Yo al menos no lo hacía.

Por ello, y viendo que el dicho tan manido de "menos es más" siempre ha sido muy sabio (las famosas conclusiones "más vale poco y bueno", "lo bueno si breve..."etc), yo prefiero hacer borrones y cuentas nuevas todas las veces que me sean necesarias.

miércoles, 13 de mayo de 2009

El Bixo y yo




El Bixo es grande, con poco pelo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos marrón oscuro de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.


Sus pestañas son escobas, o mejor abanicos, como diría Manolo García. Sus párpados se abren y cierran lentamente, muy lentamente. Es legendaria su caída, más que la del Salto del Ángel (y mira que esa cae :P)

Eligió a quien quiso, y todos caímos rendidos a sus pies. Sin contar apenas, hablando poco, pero estando. Su presencia se echa mucho de menos cuando es ausencia. No es necesario hacer ruido para calar en la gente, y él tiene un carisma que ríete tú de Felipe González o José Tomás (no porque piense que ellos tengan, pero es lo que se suele decir).

No se inmiscuye, no pregunta. Su discreción y diplomacia puede que sean sus verdaderas armas, más incluso que esos ojos...

El Bixo ahora navega en multitudes, pero a pesar de eso, sigue estando ahí.

El viernes emprenderá el viaje de su vida, que le llevará a recorrer todo el mundo mundial durante varias semanas. Es tópico, pero vendrá más sabio (todavía...), más sereno (normal, con tanto Feng Shui y tanta espiritualidad), seguro que más guapetón...

Cosí, sé que tienes un millón de amigos y yo soy una motita entre ese millón, pero gracias por elegirme y buen viaje ;)

lunes, 11 de mayo de 2009

Voces




Lo llevan estos días, no sé. El tiempo no termina de aclararse aquí en la puntita, pasando del calor al fresco, de la lluvia fina al solazo -normal en primavera, claro-, y apetece más escuchar el silencio, no leer cosas vanas y tarrofagias de desconocidas. Apetece más escuchar voces aterciopeladas.

Mi voz no me gusta. Quizás sea mi acento. Anoche me escuché a través de un vídeo y noté claramente esa L Punsetiana que se achaca a los catalanoparlantes -con razón de sobra en este mi caso-. También hago una A rara, que si trato de pronunciar, me sale cerrada en exceso, como una O. Extrañamente, si pronuncio la O me sale una U.

Tampoco me gustan las voces nasales estilo Lydia Lozano. Sí me gusta esa S tan sensual que arrastras y que me hace decirte espontáneamente en medio de cualquier tipo de conversación: "-me encanta tu voz". Esas veces en que tú te quedas tan cortado y no sabes si seguir, y yo no sé si estás rojo o qué, porque no puedo verte...

¿Y la foto? ahh, hablábamos de voces, y de lenguas...

viernes, 8 de mayo de 2009

Mar de plata




... finalmente, ésta es la imagen que veo.

Pese a los reveses, los chascos, los shocks, las emociones extremas -tanto buenas como malas-. A pesar de la sensación de miedo paralizante que hace que me desparalice y empiece a moverme, aunque sea leeeentamente... aunque parezca una contradicción que no es.

Siempre el mar -no sé qué haría sin él-, que me ha acompañado y lo sigue haciendo desde que nací. Siempre esa casa grandota delante del mismo, sólo separados por una treintena de metros de dunas y playa, heredada de sus padres y mis abuelos. Esa joya en el corazón del Mediterráneo a la que vuelvo todos los finales de junio para permanecer en ella hasta finales de agosto- sin cableado telefónico, sin red, con mínima cobertura de móvil-, pero rodeada de libros, música encerrada en un aparatito de 9 mm y mucha gente a la que quiero en mi mente y, si la tecnología me deja, a golpe de costoso y difícil sms...

Esa joya a la que puedo volver cualquier tarde -si me place- con sólo diez minutos justos de coche lento...

Y, por supuesto... siempre el sol.

domingo, 3 de mayo de 2009

Danzando entre las algas


-Tú y yo nunca nos hubiéramos conocido en un bar…

Su sonrisa no es perfecta, pero a él le parece Giocondesca, incluso en ocasiones Binochesca. Un efecto no buscado, casual, por su tendencia a cerrar la boca para sonreír cuando tiene a alguien a pocos centímetros de su cara.

A ella, en cambio, no le gusta que él cierre la boca para sonreír cuando están muy cerca; se lo ha dicho entremezclando su voz con los arrullos de las gaviotas muchos meses antes.

Todos los ojos que la han enamorado desde que tiene uso de razón -o mejor dicho, todos los ojos cuyos propietarios le han gustado más de la cuenta- son de un color no terrenal, más tirando a los ríos, el mar, el cielo.

A ella le hace gracia pensar que si hubiera nacido en Escandinavia se habría enamorado muchas más veces, atendiendo a esa fijación por el color de los ojos. ¿O acaso es todo una azul o verde casualidad? ¿Se ha enamorado todas esas veces de un color, de unos ojos, sin mirar quién los lleve? ¿O ha coincidido así? ¿Acaso se puedo uno enamorar de unos ojos? ¿Es eso factible?

Piensa durante un segundo –suficiente-, que siempre se necesita un clic, un chispazo, y que para unos será una mirada, para otros una palabra, un gesto, una sonrisa. Y que se necesita sólo un segundo –suficiente- para darse cuenta.

- Oye… ¿te has enamorado de nuevo de mí?
- No (silencio)… es sólo ternura...

Concluye que cuando tiene tiempo para pararse a pensar esas cosas tan simplonas es porque sus problemas son así, de pensar. Y ver que a su alrededor todo se mantiene en cierto modo estable, aunque estable en ocasiones signifique sólo eso –estable-, le proporciona tranquilidad, como cuando despertamos de un mal sueño y somos conscientes de que no ha pasado nada que nos afecte en nuestra rutina (¿hay acaso mejor noticia?).

No, hay personas a las que nunca hubiéramos conocido en un bar. La música tan alta y el estado de semiembriaguez nos hubieran hecho perdernos esos detalles.

Y… ¿qué más da?



miércoles, 29 de abril de 2009

Tan cerca, tan lejos...




Anoche me volvió a dar un vuelco algo dentro. Estaba hablando -como todas las noches- con mi amigo, y llegó un punto en que la conversación se amargó un poco. No es que me dijera algo que desconociera, es sólo que siempre era yo la que hablaba de ello, y esta vez fue él.

Hablábamos de distancias, de emociones, de todo junto. Y de que, inevitablemente, todo llega un día en que termina, y aunque lo tengamos asumido, se me hace muy cuesta arriba pensarlo.

Hablo ahora de esos puntitos de inflexión en que ves que ha llegado la hora de partir. Que ya está todo el pescado vendido, como aquel que dice, y que la goma no puede alargarse más aún sin romperse. Y ves que ya los caminos van divergiendo, cada día unos milímetros más, uno más hacia el norte y otro hacia el sur... o el este.

¿Y qué hacemos entonces? puedes hablar con alguien a diario, sea por la vía que sea, y notar cómo cada nuevo acercamiento termina alejando un poquito más. ¿Debería ser al contrario? puede que sí, pero algunas veces es que no. ¿Y qué podemos hacer? Nada.

No sé qué piensa el resto de la gente de esto. No ubico si fue en una entrada, en un comentario o dónde, pero leí a A través del Espejo explicar que al finalizar cada encuentro con una persona, algo cambia, tanto en la visión que tenemos uno del otro como en la esencia de la relación. No por más frecuencia en la comunicación se llega a profundizar más en la misma. Incluso muchas veces sucede precisamente al contrario, y cuelgas el fono, das al aspa del msn o chat o te das los dos besos de despedida de rigor sabiendo que algo ha cambiado. Y no sabes qué ni por qué, pero así lo sientes.

La distancia física es tremenda, pero la emocional es dolorosísima.

Puntos álgidos los hay en muchas etapas vitales y diarias. Toda banda tiene un disco que los consagra, y está más leído que un tebeo que lo difícil no es alcanzar la fama, sino mantenerla. Después de cada excitación y estimulación llega un gran orgasmo, que tan pronto te viene como, a medida que transcurren esos quince, veinte segundos, ya lo estás echando de menos.

Luego está la dulzura de los reencuentros, que no serían tales sin sus contrarios, los alejamientos; como tampoco apreciaríamos los momentos buenos sin los peores.

Pero el poso triste lo deja ese punto en que ves que la cosa no da más de sí, y te despides siendo consciente de que lo mejor ya pasó y, evidentemente, en el mejor de los casos puede que se mantenga en línea recta, pero en el peor puede que vaya cayendo en diagonal, muy lentamente, pero cayendo hasta desaparecer.

En muchas de esas despedidas rutinarias me viene a la cabeza que la última también será así. Colgaré, cerraré, daré los dos besos, y puede que ya no nos busquemos más. De alguna manera acaban las cosas ¿no?

Porque ¿de qué otra forma si no desaparecen los afectos?

Mi amigo dijo concretamente que nuestra amistad moriría de frustración.

lunes, 27 de abril de 2009

Libertad




Si Juan Salvador Gaviota hacía caso a su familia y al resto de la manada, si elegía para sí volar siempre en bandada, haciendo lo que todos querían que hiciera y cumpliendo con las expectativas que los demás esperaban de él, todo el mundo se sentiría más feliz.

Pero ¿qué pensaba él al respecto?

Si hacía eso que le suplicaban los otros ya no habría nada que le atara a la fuerza que le impulsaba a aprender, no habría más desafíos... ni más fracasos.

Está claro que el precio que debía pagar por dejar de ser como él quería ser era la felicidad de los demás. Pero ¿y la suya propia?

Hace una semana justa pasé una tarde estupenda de Sant Vicent con dos amigas de la infancia. Fuimos a la playa con los niños a comernos el bizcocho, como manda la costumbre. Nos conocemos desde siempre y ahí seguimos, con ese vínculo que da el cariño verdadero de quien no te exige nada, sino que te deja ser libre.

Cuando pudiendo no hacerlo vuelo a buscar espontáneamente la compañía de esas personas es porque así lo quiero, ya que a ciertas edades uno ya maneja la circunstancia de la distancia como mejor le place, sea con búsquedas, sea con excusas.

Me he dado cuenta estos meses de que en el momento en que empiezan las exigencias uno deja ya de ser libre. Y si bien al principio le das vueltas a la cabeza pensando si las razones de la otra gente son más importantes que tus motivos para ser de una determinada manera, terminas sintiéndote en ocasiones como en un escaparate donde se te juzga por ser como en el fondo quieres ser.

Y ahí ya notas opresión en pecho y cuello.

¿Por qué tengo que hacer uso de la falsedad e hipocresía si no quiero?

Una de esas dos amigas con las que estuve hace una semana es alguien a quien yo admiro. Y digo claramente que es una de las personas más especiales y a las que más quiero de las que he conocido en toda mi vida. Se llama Noe, y me dijo: "Majo -ella siempre me llama así-, sólo tenemos un ticket de ida, tenlo siempre muy presente".

Le haré caso, que por algo nació en mayo y yo en octubre y es mayor que yo :P.

También haré un poco más de caso a la frase de Nietzsche que tengo desde hace años en el mundo de Internet como distintivo de pensamiento... y seré como a mí me de la gana ser.

"La libertad es la obediencia a la ley que uno mismo se ha trazado"

(Jean Jacques Rousseau)

miércoles, 22 de abril de 2009

Una bocanada de aire fresco

Hilando ideas mientras me duchaba (hay que ver lo que da de sí el anochecer en que la ducha va acompañada de una depilación previa...), y pensando en esta entrada y en una conversación de final algo brusco pero intermedio muy interesante he decidido hablar de lo que yo entiendo por destacar.

La persona que me sufría en mi tarde laboral a través de una ventanita de chat decía que cualquiera puede sacarse una carrera. Yo decía que no pensaba así en absoluto -quizás porque me puse en la piel de un estudiante de alguna carrera "con muchos números" y vi que yo ahí no tendría nada que hacer-.

Seguimos, y él remarcó: "he dicho aprobar". Yo respondí: "Ah, pero yo me refería a aprender".

Una vez más, hablábamos de temas distintos y empecé a pensar sobre ello en mi entorno con aroma a flor de loto y jazmín :D.

Llegué a la conclusión de que él tenía razón. ¿Importaría sacarla curso por curso? ¿Importaría sacarla rozando el aprobado o sobresaliendo de la media? ¿Quién iba a saber si un licenciado -o graduado- en X había llegado a asimilar todo lo que presuntamente tenía que saber o sólamente tenía en su poder un título con el cual optar a un puesto A en la administración pública, ir a recoger aceitunas, querer realmente dedicarse a él o fardar (que de todo hay)?

Y más complicado se me puso el tema en la cabeza cuando empecé a pensar en aquellos oficios más maleables, en los que incluso los colegas siguen distintas escuelas y no se ponen de acuerdo entre ellos.

Hace un par de meses fuí a Urgencias por un problemilla y cuando le dije al médico de turno la pauta que me estaba tomando para unas anginas se puso las manos en la cabeza: "¿Cómo puede haberte recetado tal cantidad de...?". "Hostias", pensé, "pues bien estamos, si se supone que incluso habrán estudiado sus carreras en el mismo país, y puede que incluso en la misma Universidad..."

Sí, mi interlocutor tenía razón -más que un santo-, cuando dijo cualquiera.

Y estuve pensando en qué es lo que hace que destaque la gente que destaca. No se trata de que ocupen un lugar de trabajo relativamente importante (ahí se puede entrar por recomendación, nepotismo o enchufe directamente), ni de tener una licenciatura, siquiera un doctorado -¿cuántos hay hoy día?-.

En la época de mis padres el médico era toda una eminencia, y el farmacéutico, y el abogado, y no digamos el notario.

Ahora salen cienes cada año, sumándose a los cienes del año anterior y del otro...

La gente que destaca es por lo que crea en su cabeza. No me extraña que a Dylan le hicieran Honoris Causa, y desconozco si tiene estudios. De todos es conocido que Gates no acabó los suyos, García Márquez cursó derecho por obligación... así podría seguir.

No, no se trata de echar por tierra la falta que tiene una sociedad de titulados en todos los campos; hablo de que, roda i volta, en un mundo en el que la mayoría tienen lo que tienen muchos ya, el que sobresale es por aquello que nace dentro de su cabeza.

Puede que sea un escritor, un pintor, un empresario modelo, un músico, un revolucionario en el campo que sea (medicina, biología...) Pero uno no destaca por ser algo que cualquiera podría ser en un momento dado.

¿Acaso no es infinitamente más "meritorio" el que compone una melodía que traspasa los años, o el que escribe una novela que sobrevive siempre o quien descubre algo en lo que nadie había reparado? ¿Puede haber algo más difícil en esta vida que eso, que sacar algo donde no lo hay?

Pensar sobre ello puede ser una cura de humildad para la gente que tiene el ego un poco inflamado. Valorarse sólamente por ser lo que pone en un papel resta muchas posibilidades a la hora de ser valorado simplemente por ser, tal vez ahí radiquen algunas búsquedas infructuosas...

martes, 21 de abril de 2009

Breve historia de esto




Bueno, como Marqus me emplaza a contar qué me ha aportado el blog, y a mí lo que más me gusta del mundo es escribir, con sumo placer le sigo la corriente:

Mi blog no es éste. Mi blog es el que tengo enlazado a éste, que fue en realidad el original, creado a principios de 2006 después de leer un reportaje sobre lo que eran y lo sencillo que era abrir uno.

La idea era empezar a contar una historia que tengo aparcada desde hace seis años. Una novela corta empezada en 2002 y que quería presentar a los premios Ciutat d'Alzira, convocados por la editorial Bromera. Llevo suscrita a la Revista de Lletres L'Illa desde el primer día, y cada número que recibo en mi buzón físico (no virtual), cada pequeña reseña que se hace de un libro modesto, y por supuesto, cada entrega de premios, me hace ser consciente de que -ya que no logré finalmente ser nadie- lo que más feliz me haría en esta vida sería ganar un certamen literario.

Mi pretensión era optar a los premios de las categorías juveniles, y por ello empecé en primera persona un relato, que se llamaría provisionalmente como el primer título que tuvo el blog: "Marc, història d'un llaurador pegolí"

Dado mi gusto manifiesto por la novela costumbrista y por todo lo que tenga que ver con la esencia del campo, la vida rural y las cosas sencillas del día a día, no tuve dificultad alguna en recrear la historia de un chico joven que, en pleno siglo XXI-, se dedicaba únicamente a la agricultura. Habiéndome criado en un pueblo, y siendo educada por una familia modestísima dedicada básicamente al campo (aunque los últimos años mi padre trabajó en la jardinería), he tenido siempre dentro de casa los aperos, la ropa sucia de tierra, los capazos...

He conocido el placer de ir con mi padre y mi perra Perla un domingo por la tarde (la gente del campo no descansa ningún día de la semana) con el Citroen 2 CV ("la Cabra") a verlo hacer cavallones y ruedos. Me sentaba en la acequia a observarlo trabajar y paseaba hasta el final de una senda de un km que se me hacía larguísima y que supongo que ahora me llevaría pocos minutos de recorrer (mis piernas crecieron hasta el infinito y más allá).

La cosa fue que, entre unas cosas y otras, avatares de la vida mediante, dejé aparcada aquella historia en unos 80.000 caracteres aproximadamente, y difícilmente veo el momento de retomarla, ya que mi cabeza ha cambiado bastante estos años, y no sé si vería las cosas con la misma inocencia con la que las veía Marc esos años...

El blog lo tenía ahí, y como nunca fue de entradas masivas de gente a comentar, era mi refugio y mi joyita. Pocos lo conocían, y la verdad es que amigos y conocidos a los que lo nombraba tampoco mostraban mayor interés en él. Escribía cuando me apetecía, pasaran semanas o meses incluso, y tampoco leía otros.

El tema de crear otro en castellano surgió una noche en un chat que frecuentaba, cuando dos chicos me comentaron que habían entrado a leerme pero al estar en catalán, no entendían ni papa. Me planteé entonces escribir alguna entrada aislada en castellano, hasta que acabé haciéndolas todas en esta lengua. Esos chicos no sé siquiera si llegaron a saberlo ni a entrar siquiera, pero curiosamente, empecé a tener algunos comentarios de gente que no eran conocidos ni amigos, cosa que me extrañó sobremanera.

A día de hoy, nunca pararía de escribir. Anoche, sin ir más lejos, estuve un rato escribiendo borradores de ideas que me pasan por la cabeza y necesito materializar. Algunas de esas entradas son tan personales y llevan tanta miga dentro que finalmente no las publico, pero el proceso "creativo" me ayuda por lo menos a sacar cosas fuera.

Me resulta muy reconfortante leer comentarios de gente con la que tengo relación directa, porque quizás al conocerme tanto saben por qué he escrito eso o aquello otro, y me ayudan expresando su punto de vista (aunque haya terminado de hablar con ellos hace cinco minutos). Y me resulta muy de agradecer que gente que no me ha visto ni ha hablado nunca conmigo entre a leer mis continuas tarrofagias y deje también su opinión (más imparcial que las otras).

De todos modos, como le dije a alguien la otra noche, no sé cuándo durará este proceso de entrar y plasmar, entrar y plasmar. Sé por experiencia que toda fiebre pasa, y llegará un día en que me quedaré sin ganas, o simplemente ya lo habré dicho todo...

Emplazo a contar su historia a cualquiera que quiera hacerlo.

lunes, 20 de abril de 2009

Una puerta




Hace pocos días paseé por un pueblo en el que no quedaba nada...
Imaginé niños y perros de antaño corriendo por esas empinadas calles; ese día sólamente corrían un niño y un perro, y ambos de visita turística.
Después de fotografiar las montañas que tantísimo me gustan y mirar muy hacia lo lejos en busca de águilas perdiceras, me fijé en una de las pocas casas de las que aún quedaba algo en pie y en el detalle de su puerta de entrada: "Año 1879"

No pude hacerme una idea en mi cabeza de aquella "casa"- de la que apenas quedaban cuatro paredes-, 130 años atrás. El silencio, sólo roto por nuestras voces y los pájaros, daban apariencia como de camposanto. Las dos presas de aceite y la enorme piedra en forma de cono con que se trituraba antaño la aceituna eran los dos únicos habitantes que tenía ese día el lugar.

Recuerdo una leyenda urbana que oí siempre que alguien de mi pueblo hacía mención a este otro. Decían que su último habitante fue un nazi que apenas se relacionaba con nadie y sólo bajaba al resto de pueblos del Valle a aprovisionarse de comida. La última referencia a esta persona data de finales de los años '70, y no tiene por qué ser cierta, ni tampoco tienen por qué ser falsa. Ahí quedó, y a día de hoy continúa vigente.

Y me pregunto por qué la gente abandonó ese pueblo y no los del lado, prácticamente igual de aislados.

¿Por qué me da la sensación viendo esta desolación, o viendo las antiguas fábricas abandonadas que siguen en pie en mi pueblo -si no las han demolido para construir viviendas, claro-, de que todo y todos corremos el riesgo de pasar al olvido?

PD: menos mal que la blogsfera seguirá... ¿o no?

sábado, 18 de abril de 2009

Desaparecer




Inconscientemente respiramos, y con nosotros el resto del mundo (vaya, descubrí algo nuevo!! :P).

Interactuamos con gente a todas horas todos los días; les quitamos un poquitín de oxígeno, nos lo quitan ellos a nosotros. Sin querer, sin pretenderlo, pero ahí está ese pequeño robo que nos hacemos unos a otros.

A veces es peor, y hay asfixia porque nos quitan demasiado, y al mismo tiempo nosotros asfixiamos quitando demasiado.

Los que os hayáis alejado de alguien habréis visto -con la perspectiva del tiempo-, que al volver, o, mejor aún, en los momentos previos a volver, cuando la otra persona o personas ya apenas reparaban en vosotros - o quizás sí- las vísteis de otro modo, con otros ojos. Muchas veces incluso con mejores ojos.

Pareciera que, liberados del aire viciado, viéramos a las personas en todo su esplendor, como cuando quitamos la parte madura a una fruta y reaparece su color original.

Yo, por ejemplo, dejé trabajos horrendos en su momento, e incluso el último día me abracé al jefe -aborrecido durante años- y nos pusimos blandengues. En ese momento, aún habiendo trabajado el mismo día, ya no formaba parte de ese lugar. El tiempo y su perspectiva habían hecho su trabajo, aún siendo el pasado y el ayer tan recientes. Qué cosas.

Del mismo modo, a veces diría que es conveniente alejarse de los sitios e incluso de las personas. El cariño debería permanecer, y deberían y deberíamos comprender que todos en algún momento necesitamos respirar más aire, o simplemente un aire diferente.

Si total, siempre estamos a tiempo de volver...

Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande; sólo es posible avanzar cuando se mira lejos

(José Ortega y Gasset)