miércoles, 24 de noviembre de 2010

La oportunidad de un fantasma


Me gustan las historias de fantasmas.

Leí hace unos años una reseña de un libro que hacía referencia a algo que había sucedido muy cerca de mi casa. Llevaba tiempo sin sentirme tan aventurera como cuando subí yo sola las escaleras ruinosas que me llevaron a un mundo que lo fue en otro tiempo y del que apenas quedan más leyendas y relatos escuchados a pescadores que realidad.

Recuerdo la ilusión que sentí cuando la chica de la librería me confirmó que tenía ejemplares y guardaba uno a mi nombre. Esas cosquillas, ese gato en la panza -como describió un día Alicia ;)- ante los descubrimientos y el momento en que por fin nos encontramos. Conduje un domingo temprano para verlo, para tenerlo, para conocernos...

Bastante más grueso de lo esperado, hecho que todavía me alegró más; escrito para poder ser devorado en pocos ratos. Cuando terminé esa historia fascinante, pensé en los pocos kilómetros que me separaban del lugar de los hechos. Si se da así en la vida, en la realidad, uno es sin duda un lector, una persona afortunada. Yo lo fui, claro.

La tarde no era gris, y el día estaba más parado que de costumbre – la meteorología no tiene por qué acompañar a la idea que uno se ha fundado-. Paseé el trecho que discurre entre la ciudad y esa zona a través de la Marineta Cassiana. El mar a mi izquierda, azul, tranquilo... A mi derecha y  ante mis ojos la casona. Tal y como uno la imagina cuando es pequeña y le cuentan esa historia. Bueno, yo ya tenía treinta y pico, pero la habría imaginado igual, para qué engañaros, si total el pensar es lo único que no envejece de nosotros. Miré hacia arriba y en cualquier momento temí ver a alguien tras las ventanas, aunque el sol pegaba de forma tal que me deslumbraba. Al lado, totalmente en ruinas, yacía el cementeri dels anglesos. Yacían sus fantasmas, sus historias.

Fantasmas... ¿todavía alguien piensa que no existen? Yo puedo verlos continuamente, aunque me deshice  ya de los míos. Fantasmas que no son más que recuerdos distorsionados, magnificados y embellecidos. Espíritus ausentes haciendo acto de presencia en los lugares menos esperados, envolviéndonos de un celofán frío, espeluznante, impidiéndonos sentir calor, impidiéndonos sentir sin más. Regresando transformados en mil formas, en quinientas palabras, en cien sonidos, en un puñado de canciones y varias fotos. Muertos con los que no se cerró el círculo. Seres que se fueron demasiado rápido, que no dejaron paso al aburrimiento y la rutina y quedaron anclados a esa edad, a ese aspecto, sin defectos apenas. Como de otro planeta. Como nadie es cuando sigue estando y sigue viviendo.

Y habrá quien no crea en los fantasmas...

Esos de los que apenas conservamos sensaciones extremadamente tamizadas a las que llamamos recuerdos.

Toqué esa verja, ese hierro, ese pasado. Fui capaz de tocarlo. Se trata solamente de imaginar, de visualizar,  de captar olores, brisas. De notar la sal en la cara.

Amantes de cementerios y sitios raros: si venís os llevo :)

Aquí el libro

martes, 16 de noviembre de 2010

De colisiones y cuevas


El que va de paso emprende el camino, normalmente ascendente, zigzagueante, sinuoso; a veces duro, a veces suave; siempre imprevisible.

Asciende, y a la vez que deja de escuchar sonidos que diez minutos antes eran claros y cotidianos, el silencio inmenso de la montaña va haciéndose espacio en sus oídos, acoplándose, retorciéndose, hasta terminar ocupando todo, y aislando a cada caminante en sí mismo. Pensando...
Siempre, desde lo más inmenso, desde esos lugares y esas vistas, el individuo, como dijo Nietzsche, deja de ser absorbido por la tribu, y cada nueva roca lo acerca más y más a la cima y es un tramo menos de apego. Y sube él solo. Puede haber otras voces... otra voz, pero sube a solas.

Y piensa, valga la redundancia, en qué pensarían hace tantísimos años aquellas personas con preocupaciones puede que no tan banales como las suyas, pero igual de inútiles, ya que al final las cosas son o no son siempre por ellas mismas, sea conseguir una pieza de caza, encontrar un trabajo o cimentar una amistad. Dejamos de ser parte implicada cuando en nuestro rumbo se cruzan y mezclan otros planetas, estrellas y asteroides que vienen de galaxias diferentes y a ellas vuelven. Solo son rozamientos, pequeñas colisiones casuales, inexplicablemente casuales, que por lógica no deberían haberse dado. De una colisión nunca se sale sin dejar pedazos esparcidos. Pero al final, la vida es ese ir dejando miguitas de goma de borrar, y en trozos tan tan pequeños que no nos damos cuenta, pero nos van moldeando –o quitando-, y no somos iguales que la semana pasada, ni nuestra mirada es la misma, y solamente ha pasado un espacio minúsculo de tiempo, pero ya no somos iguales.

Los ojos descansan, la mirada se relaja. Sorprende encontrarse a las mil una florecilla que contrasta con el monotono, y dan ganas de hacerle una foto, pero la cámara está cada vez más lejos…

A esos sitios hay que ir con los cinco sentidos, pero pese a la nariz bloqueada, uno imagina esos olores, y de paso recuerda que no está oyendo nada, que cada vez está más y más solo. Y piensa que, si pasara mucho tiempo allá arriba, terminaría volviéndose loco.

Al final siempre se llega a la meta, es inevitable. Y desde arriba observa el paisaje en semicírculos, los mismos que dibujábamos como montañas cuando éramos pequeños y pintábamos en tres tonos distintos de verde, pese a vivir en otras más bien grisáceas. De niño, los cuentos llevan siempre las montañas verdes, y uno tiene que llegar a mayor y girar su cabeza en el coche, para darse cuenta de que la realidad estaba fuera de la caverna, y que ese verde lo causaba una percepción distorsionada –con hoguera o sin hoguera-, y sobre todo, una cadena en el cuello, que era la infancia misma, que nos hacía pensar que el mundo era tal y como lo veíamos nosotros, que siempre todo sería feliz como entonces.

De espaldas a las formas semicirculares, está el abrigo, la cueva, el refugio. Mucho más grande de lo esperado e imaginado. Y se convierte en una especie de lugar mágico, donde la mentira sobra, donde claramente uno expone lo que piensa y escucha al otro pensar. Como una especie de catarsis. Pero muy necesaria.  Después se pregunta uno si la verdad que es en ese momento seguirá siéndolo un tiempo después, y, si no es así,  si será menos verdad que la que existe en ese presente y en esa cueva mágica. Y si se puede afirmar algo rotundamente cuando depende de un pensamiento, y este es, a su vez, quizás lo más variable que tiene el ser humano.
 
Alcanzado todo, se desciende, menos cargado de equipaje que al subir, pero también pensando y en silencio. Hay historias en las que ya se ha dicho todo; que más palabras no van ya a mejorar, ni empeorar, ni embellecer, ni afear. Que de algo ha servido subir hasta allá arriba... aparte de para conseguir un pisapapeles natural :).

viernes, 5 de noviembre de 2010

La sinceridad enmascarada en una pirueta

 
Leía ayer que ese gran laberinto sin solución aparente que es nuestro cerebro guarda nuestras habilidades entre recovecos, como los recuerdos, como las experiencias bonitas y no las feas. Que el cerebro -nosotros- es listo -nosotros también lo somos- y nunca nunca nos deja ser masocas ni fatalistas cuando se trata de mirar atrás (¿arma de doble filo?... puede).

Me decía esta mañana una persona que agradezca a cada ser que entró y salió en mi vida el bien que me hizo, que ese es el modo de decir adiós. Se giró hacia sus papeles y me dio un papelito rectangular: que lo guardara, que lo leyera una y mil veces y lo tuviera presente a diario. Lloré al escucharla leérmelo, como lloraré dentro de diez años y como hubieseis llorado vosotros. Porque es bonito que alguien haya pensado en ti y te haya escrito un papelito como ese, aunque te haya causado una emoción tremenda. Aunque esa emoción haya durado solamente los tres minutos que he tardado en volver a mis rutinas y mi día a día. Estuve ese rato pues en una nube, como en una nave del tiempo. Un momento especial, algo bonito.

Mucha gente me pregunta si sigo dibujando, y digo que no, que pasé de los colores y las formas redondeadas grandotas al azul marino y blanco y a las formas redondeadas pero más pequeñas que son las letras, las palabras. Que me dio por escribir, mira tú, y aquello otro que tantos buenos ratos me hizo pasar... que aquello otro lo fui dejando, y ya no servía, y ya no...

Elegí hace tres años un dibujo al azar. Mi tía hacía un curso de mandalas y yo elegí uno que simbolizaba la amistad. Entonces no lo sabía, ni fantaseaba en cómo iba a cambiar mi vida los siguientes años. Ni que unos años después iba a tener a una personita rubia con gafas colgando de mis pechos -alternando mis pechos- todas las horas del día. Que la amistad me causaría las mejores satisfacciones. Lo que no sabía era que podía quizás confundirse con otras cosas, o puede que el amor sea eso, amistad de la buena, ese estar a gusto -muy a gusto-, reír muchísimo y amar... a ratos. Que puede que si es eso acaso no haya nada mejor, y si no lo es... puede que sea lo mismo... y que la ternura supere a la fiereza, y aquello imperfecto sea lo que echemos de menos cuando hay ausencia... y que cuando hay presencia queramos morirnos en ese momento y que se pare el tiempo justo ahí.

Empezaré hoy, viernes tarde, lluvioso, gris y con paz ambiental...a dibujar de nuevo. Tengo las plantillas de mandalas, todos los colores del mundo y más necesidad que nunca de expresarme por otras vías. Y empezaré al azar, dejándome llevar, sin creer que estoy siendo iluminada ni soy alguien divino haciendo algo que todo el mundo puede hacer. Solamente disfrutando el momento y deslizando lápices de madera...

Y cuando vuelva a acostumbrarme a combinar colores de nuevo... saldrán las formas, las imágenes y todo lo que llevo dentro... ya que están latentes dentro de mi cabeza; que veinte años no es nada...  :).

PD: la frase que da título a esto es de Claude Serre. Me ha encantado.

jueves, 28 de octubre de 2010

Un paseo por las estrellas


Oscurecía sobre las cuatro de la tarde. Las bayas, a esa hora y con ese matiz del anochecer tenían un rojo perfecto. Rojo, verde, negro... y la acidez... y la bruma, y el rumor del bosque. La humedad metiéndose por la nariz. El gorro de lana gris en la cabeza, las mejillas rosy pink, como solían decir los chicos del staff entre mugs y mugs de té con leche y largas conversaciones. Dentro, el olor inconfundible del lavavajillas industrial; a día de hoy soy incapaz de definirlo, y si lo volviera a oler -aunque fuera de pasada, sabría cuál es al instante, con la certeza que se tiene en determinados momentos: eligiendo una prenda de ropa a la primera, enamorándote de una canción con una única oída o poniendo el nombre justo a lo que sientes en un instante determinado. Algo que no se parece a nada que ya conoces; no mejor -eso solo es capaz de saberse a largo plazo-, sino diferente, fresco, virgen; y que te da la oportunidad de partir de cero, habiendo dejado equipajes que fueron valiosos en su día y que quieres con locura, pero que ya forman parte de otro lugar... y otro tiempo. 

Cariños, buenos sentimientos, antiguas risas y más o menos recientes vibraciones. Vibrar-movimiento- cambio... Puertas cerradas, pero suave, muy suavemente. Lágrimas, a veces inevitables, pero no siempre de tristeza. Dejar hacer, dejar ser, dejar sentir, saber que la vida es ir cubriendo etapas. Y que termina lo fuerte y queda el rescoldo de lo bueno, que si fue bueno de verdad siempre formará parte de nosotros. Pero dejar ir, dejarnos ir, dejar que se vayan, dejar que nos vayamos... para estar mejor, para que estén mejor, para no sufrir ni hacer sufrir, y para vivir otras vidas y que otras vidas sean vividas. Libre y suavemente alejarse, alejarse... pero con una sonrisa en los labios y una mirada serena.

Las tardes que librábamos subíamos a la segunda planta del Arcade a Kelly's Records. Todo el mundo compraba Cds... pero mi paga no me llegaba. Y compramos cassettes de segunda mano: Bauhaus, Joy Division, Pixies... y Smashing Pumpkins.

Destapado como la caja de Pandora llegó ese doble disco de nuevo a mi vida estas semanas. 

El cielo estrellado, y un ángel melancólico siendo parido por una estrella. Todos los melancólicos debemos tener un poco de eso, de ángeles, pese a no creer en ellos, como no creo que exista gran cosa más allá de lo que puedo ver, oír o tocar. Pero a veces llegamos en los momentos indicados, y en los momentos indicados vamos saliendo poco a poco de la vida de los demás. Y alguien te dice: "llegaste como un ángel", o "gracias", y, aunque al principio no sabes bien cómo encajar eso, si tomártelo como algo bueno, malo, regular, o ni bueno, ni malo ni regular, terminas aceptándolo. Y te alejas, esperando que llegue otra ocasión y que otra persona piense lo mismo, y otra y otra... hasta que alguien sea capaz de verte como lo que eres: alguien normal y corriente, no más especial ni más nada que los demás...  y te acepte y se quede contigo.

Pudiendo elegir, habiendo tantas, unas me gustan mucho más que esta, pero...

jueves, 14 de octubre de 2010

Ushuaia y los finales felices


Cuando embarcamos en el avión rumbo a Ushuaia noté en cierto modo que estábamos muriendo. Los dos. Ahorraste para ese vuelo durante dos largos años, y francamente pensé que no ibas a regresar jamás aquí. Yo no lo tenía tan claro, por eso supe que a medio o largo plazo, algo iba a morir: lo nuestro; tú... o yo.

Te miraba de reojo en el asiento, con esa mirada curiosa. Creo que tú a mí no me miraste ni una sola vez, emocionado ante la visión de tu nueva vida. Mi vida... bueno, no formaba parte de la tuya, lo supe desde el primer momento en que nos vimos. Al menos en esos momentos.

Allá nos esperaban días de lluvia, muchos más de los que a priori imaginábamos. Serían fáciles de soportar si estábamos juntos. Si nos separábamos nos invadiría irremediablemente esa melancolía que formaba parte de los dos, pero aún así arriesgamos todo, dejamos todo. Cuando vimos con qué rapidez cambiaba el tiempo supimos que aquella historia sería rara, distinta, especial. Porque nuestras cabezas eran así, cambiantes, volubles, como aquel cielo, como aquellas nubes.

Las risas entre varitas de incienso y copas nos hicieron ser los mejores amigos del mundo, los mejores amantes del mundo y los mejores enamorados del mundo. En ese orden. Y me mirabas; entonces sí me mirabas, y te quedabas quieto, y yo lo sabía porque mis ojos tenían -tienen- esa capacidad extraña de ver sin ser vistos. Y seguía a mi bola, sabiendo en todo momento que seguías cada uno de mis movimientos.

El invierno nos sorprendió en Ushuaia a los dos, que veníamos del sitio más opuesto a aquello. Envueltos en mil capas de lana y pellizas dejamos ambos crecer nuestros pelos, rejuveneciendo sin darnos cuenta. No sé si recuerdas la sensación de las tazas de té hirviendo en nuestras manos violáceas una tarde de cada dos. En el único bar, nuestro bar. Hablando en voz alta, y tú estremeciéndote cada vez que te rozaba la pierna bajo la mesa, como si lo estuviera viendo, notando... ahora en estos momentos.

Te gustaba llevarme a ver mar y espacios abiertos. No sabía exactamente lo que era aquello, unos días calidez, otros tal vez dependencia, otros ganas de mandarlo todo lejos y dejarte... Pero no podía. Cuando te veía llorar tenía que hacer mil trucos de magia para que te sosegaras, como se hace a los niños pequeños. Y te enjabonaba con mimo y ternura antes de secarte y abrazarte fuerte, muy fuerte. Solo tenía que dejar que el tiempo pasara, y me largaba al bar yo sola, cruzando aquella ventisca, notando al entrar cuánto me faltabas.

La primavera llegó con toda aquella gente de visita. Los primeros cinco minutos, cuando la viste a ella, ya empecé lentamente mi retirada. No tenía que alejarme con dramatismo, pero aquella historia, nuestra historia, no podía mantenerse, lo sabíamos los dos. Porque no hay nada que dure demasiado, y menos para siempre. Tenía que pasar porque sí, tenía que ser algún motivo, algún hombre, alguna mujer, pero algo. Y eso fue: pasó.

Lloraste cuando empecé a empacar mis cosas, pero estaba ya tan acostumbrada a verte hacerlo que ni siquiera me conmoviste. Otra vez esa horrible sensación de olvido de raíz que tan poco me gustaba sentir, notar... pero ahí estaba de nuevo, solapando mi fondo sensiblón que tanto te gustaba.

Hace ya mucho de todo esto, ya olvidé el frío de allá, y aunque los primeros años conservé algunas prendas de aquella vida y aquella temperatura, terminé tirándolo todo a la basura. Y quemé otro incienso con otros hombres, escuchando la música que tanto nos gustaba a nosotros, y decepcionándome cada vez que notaba cómo a otros no les conmovía ni lo más mínimo.

Sé que terminaste muriendo, como muere la gente, a diario. Me tuve que enterar por los seis grados de separación esos, y me dio pena ver que no había notado nada, y que seguí riendo y flirteando cuando tú justo te estabas marchando... Ese día pedí un té y apreté mis manos fuertemente, abrasándome yo sola. No me salió ni una sola lágrima, solo me sentía rara. Y culpable... por haberte abandonado allá, sabiendo que esa chica no significó gran cosa. Ni la siguiente, ni la otra.

Los escucho ahora...¿puedes oírlos?

Quiero creer que sí. Tú y yo jamás nos hubiéramos conocido si no llega a ser por ellos.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Paraísos


De cajón que uno se "hace" de cierto modo según haya ido alimentándose los primeros años. Si es que nacimos  ya "hechos", de cualquier modo nos vamos completando, y los alimentos que nos forman, que nos moldean, no son solamente los que entran por la boca. Sensaciones táctiles -el barro que manejábamos-, olfativas -el olorcillo de pinturas con que terminábamos nuestras "obras"-; visuales -el residuo en las uñas que nos dejaban los Manley-... o la música que sonaba desde otro cuarto en nuestra propia casa.

No fui solamente yo quien creció en cuarto "de chica" con decoración de colores suaves... y fondo musical tirando al punk; alguna amiga también tenía un hermano mayor con esa tendencia, y debíamos tener catorce años cuando pusimos en el cuarto donde solíamos pasar ratos largos hablando de chicos y complejos una cinta de los Clash.

Estaba grabada, cómo no -entonces solamente tenían cintas originales los pudientes,- y el hermano de mi amiga no lo era, como tampoco lo eran los míos.

La primera que sonó y se me quedó marcada fue una en la que estaban hartos de los Estados Unidos. Vaya, hasta ahí llegó mi oído, claro, si lo repetiría como cien veces en los escasos minutos que duraba... Grábamela, es interesante...

Un anuncio del Fiat Punto en una revista rezaba que "ciertas cosas en Londres habían dejado de ser innovadoras". De fondo, la bandera azul-roja-blanca; en primer plano, dos punks. La recorté cuidadosamente y con ella forré mi carpesano de COU. Bueno, acotar -ya hablaré de ello-, definirme, complicarme quizás..
Luego llegó València, y mis continuas visitas al parterre donde se ubicaban puestecillos hippies. Elegí aquella camiseta -que me acompañaría durante tantos años- por la impresión, para qué engañar. Había un tipo golpeando una guitarra contra el suelo. Más que un tipo, una silueta en negro. Y letras en rojo y verde alternando esa palabra que fue para mí un mantra esos años: London.

Más tarde fue el pub de nombre oscilante, y las sobremesas domingosas en las que no asomaba ni una rata y podía pedir que pusieran otra vez, y otra, y otra... esa canción mientras la camarera -y amiga- y yo, pormenorizábamos sobre nuestras respectivas noches anteriores, preguntándonos por qué y cuándo...

No sabía de qué iba, solo que me atrapaba con esos acordes tristes, y se me hacía fascinante pensar que las mismas personas rabiosas contra el sistema podían ser capaces de confeccionar melodías con ese ritmo característico que conduce irremediablemente al movimiento de tronco. Era vinilo, y era un disco apartado por ella para mí solamente para los domingos después de comer. Llorábamos a veces escuchándola, nadie nos veía, pero vaya si lo hacíamos. Llorar, digo.

Adopté esa canción sin pedir permiso, y la hice mía, como poco después hice mía Where is my mind -ahí sigo, preguntándome eso...-, y con el tiempo conocí -he conocido- a más personas para las que también es especial.

Y no sé si es que vinimos todos a nacer bajo cierta influencia generacional de hermanos mayores, es un factor a tener en cuenta, pero en cierto modo, esas personas, nosotros, compartimos cosas. Puede que sea que somos "claros como el hielo de invierno...  y ese sea nuestro paraíso" :).



sábado, 18 de septiembre de 2010

Espirales



No sé cómo hace el resto de la gente, pero yo tengo en mi carpeta de recibidos (todavía no prioritarios porque no estoy -aún- lo suficientemente loca para responderme a mí misma ) varios mails de mí para mí , que soy un anónimo usuario, con trocitos de texto, frases sueltas... recordatorios al fin y al cabo.

Cuando Schopenhauer pensaba -y de qué manera-, no existían estos aparatos que a veces se nos van de las manos, aunque el proceso que seguiría para recopilar su  Eudemonología  (también aquí) sería el mismo que sigue mucha gente en txt... o yo misma con mails estilo boomerang (¿se ha entendido algo? :S)

El tratado, que pasó inadvertido en su tiempo por no ser un todo en sí, sino formar parte de anotaciones en carpetas y papeles varios, se resume en una máxima, que deja entrever el conocido pesimismo que caracteriza al filósofo:

"La definición de una existencia feliz sería: una que, vista de manera puramente objetiva sería decididamente preferible a la no existencia.
La felicidad relativa consistiría en la ausencia del dolor"

Según esto, y explicado en la primera de las cincuenta reglas:

"Lo mejor que se puede encontrar en el mundo es un presente indoloro, tranquilo y soportable: si lo alcanzamos, sabemos apreciarlo y nos guardamos mucho de estropearlo con un anhelo incesante de alegrías imaginarias o con angustiadas preocupaciones cara a un futuro siempre incierto que, por mucho que luchemos, no deja de estar en manos del destino"

No deja de ser un tanto deprimente que, con tal de mantener estados digamos "cómodos", uno deje de avanzar y se estanque en  relaciones, trabajos o rutinas que, lejos de satisfacerle, le van quizás amargando, recogiendo, aislando de una plenitud potencial (todos somos recuperables y aprovechables ;)). Espirales de fuera hacia dentro, laberintos de difícil resolución, asfixia (vaya, cada vez que escribo tres cosas seguidas me parezco más a Iker...).

Contrastando con tanto malrollismo, un pequeño brote verde (este sí es real): la que más me llamó la atención y mencioné hace poco, la regla número 5, totalmente esperanzadora:

"La naturaleza determina definitivamente la medida del dolor que es característica para él, una medida que no se podría dejar vacía ni tampoco colmar demasiado, por mucho que cambie la forma del sufrimiento.(...) Grandes sufrimientos hacen totalmente imperceptibles a los pequeños y, a la inversa, en ausencia de grandes sufrimientos incluso las más pequeñas molestias nos atormentan y ponen de mal humor (...) además, la experiencia nos enseña que una gran desgracia, que nos hace estremecernos solo de pensarla, cuando realmente ocurre, tan pronto como hemos superado el primer dolor, en conjunto no altera mucho nuestro estado de ánimo"

Estás ante el espejo como si tuvieras trece años ante un imprevisto grano, concentrando toooda tu atención en ese miserable; llaman por teléfono y ha surgido un cambio en el horario de trabajo; el grano desaparece de tu pensamiento y empiezas a pensar en voz alta como Mortadelo (;&%@#?·**;) abres el correo y alguien te ha dejado un regalito: desaparecen los problemas, el del grano y el del curro; llamas por teléfono, no son buenas noticias y desaparece entonces el breve momento-inmediatamente anterior cuando la vida te sonreía;  lloras un poquet, bueno, quizás bastante; pero te pasa; un día abres una ventana y entra frescura; te acuestas como flotando en una nube de color rosa-espumadechuche; pasan las horas: el grano sigue estando, pero su importancia es de un tamaño menor al de una polvimota. Y entras en una espiral; piensas en frío que dentro de un rato con toda probabilidad ni importe el grano, ni esas horas inciertas, ni la llamada que tanto te amargó, ni mucho menos los problemillas laborales. Respiras hondo varias veces, escuchas a Yann Tiersen y.. ¿llega la paz? sí, pero no porque venga de fuera, sino porque eres consciente de que está ya dentro y solo dependía de tu cabeza el alcanzarla.

Aquí no dejo de recordar a la siempre optimista Roci y la nota con la que acompaña a su nombre en el msn: "este hoy es aquel mañana que ayer te pareció tan inquietante"


Todos hemos nacido en Arcadia... (Verzicht, Friedrich Schiller)

domingo, 29 de agosto de 2010

El zorro en la nieve


Son esas veces que escuchar una canción significa también sentir una cierta temperatura que contrasta con la que realmente hace, y entonces te abstraes, tanto al tiempo en que la escuchaste por primera vez como al tiempo que ella llega a inspirarte, por su melodía, su letra, la voz que la canta. De Escocia, aparte, salen pocas cosas malas, y no tenía que ser menos una canción atemporal, difícilmente clasificable, sensible y dulce como esta.

El zorro en la nieve, curioso que sea otra vez ese animal, que ni siquiera forma parte de nuestro palacio de memoria, como aquel otro zorro veloz de mis amados El Último de la Fila. Nunca he visto uno, y no sé si se me ocurriría escribir una canción pensando en él. Tiene una vida corta, relativamente corta. No es que dos, tres años pasen rápido, sino que en el conjunto que vivimos son apenas nada. Relatividad, claro.

A menudo escuchar nombrarlos nos trae sin querer reminiscencias peyorativas,  y  por ejemplo en la Furry Fandom, no encontramos demasiados zorros que sean precisamente ejemplos a seguir.

Sin embargo, de tantas y tantas canciones que me encantan y no puedo dejar de escuchar, esta es una de las que mejor me hacen sentir -aunque hable de un zorro-. Y de eso se trata, ¿no?, de compartir :):


jueves, 19 de agosto de 2010

La ciudad olía a sol


La ciudad olía a sol. Dos de nosotros, casi desconocidos hasta hacía unas horas. Pero ya sabéis eso que dicen de que la risa es la distancia más corta entre personas. También puede, por contraste, serlo la emoción, ese nudo en la garganta que llegado un punto tiene que estallar, y de qué mejor manera que compartiendo, aunque sea la anécdota de otro, la frase de otro, la vida de otro, la historia de otro.

No sabía que tenía la cabeza tan gordota, ni que era tan corpulento. A su lado, yo más bien aparecí como un junco, de esos que tanto tengo por aquí cerca y que me cruzo y vuelvo a cruzar dos, tres, a veces cuatro veces cada día.

Como la de Hernández, la casa donde habitó don Antonio “Manchado” tenía naturaleza entre piedras, debe de ser que los grandes necesitan verde, necesitan flores. Debe ser que la inspiración viene más cargada y más rica cuando uno asoma mientras escribe y se encuentra hojas, nidos, moscas. Vida.

Dos temblábamos, otro también, aunque lo aparente menos. Y la cuarta, la que a punto estuvo de venir, estuvo  a través de su voz dos minutos justos antes de empezar ese viaje al pasado, a lo bello, a la melancolía que nos pasó volando. Una de las horas más cortas de mi vida.

La guía, embaucándonos, relatando a su vez, sintiéndolo. Y nosotros, como niños pequeñazos, dejándonos llevar.

Y sentir que esa fue la cama, que ese el comedor, esas las ventanas –cuánto pasa ante nuestros ojos tras cada una de las ventanas que hemos conocido, que hemos vivido-. Uno piensa mucho cuando mira a través de esos cristales. Puede estar esperando, o impaciente, o simplemente con la mirada perdida, o feliz, y se inspira, o desespera, o simplemente no siente nada y está.

Y de las primeras cosas que uno hace cuando regresa de un lugar como ese es rebuscar, donde sea, encontrar esas palabras que otros nos dejaron. Como cuando uno conoce a alguien fascinante, y se pierde durante horas queriendo ponerse al día de esa que ha sido su vida hasta antes de conocerlo.

"Tiene el manzano el olor
de su poma,
el eucalipto el aroma
de sus hojas, de su flor
el naranjo la fragancia;
y es del huerto
la elegancia
el ciprés obscuro y yerto"


"Nunca perseguí la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles como pompas de jabón
"

jueves, 12 de agosto de 2010

Lo básico

 
Este está siendo el verano de la vuelta a lo básico, como la canción de Manolo García que os he puesto más abajo. Negro, blanco, amarillo vainilla, azul marino…

También el de las nuevas oportunidades. Es una sensación sumamente gratificante la de escarbar bajo los plásticos de desvanes, cocheras o sótanos y rescatar viejos muebles, viejas lámparas. Y limpiarlas meticulosamente; no es necesario un producto especial, lavavajillas normal y agua caliente son más que suficientes. Y una manguera, aclarando con fuerza y llevándose cuesta abajo años de ostracismo. Luego, un antiguo bote de vidrio con un ramo de lavanda. Suficiente. La siesta entre paredes encaladas, mimbre, brisa del mar y muebles de toda la vida sabe muchísimo mejor :).

La decoración me apasiona, y como conté hace un tiempo (aquí), una de las cosas que más me hacen disfrutar cada semana es visitar el rastro. Pueden ser objetos nuevos que uno descubre domingo tras domingo, o pueden ser objetos que ya se tenían, en la casa de los padres, en la de la playa. Y se lleva uno sorpresas. No se sabe a veces lo que hay bajo varias capas de polvo o mugre, bajo modernas fundas de cojín cuadrado, y esa caja, esa cesta encima de una alfombra sobre el suelo nada se parece a lo que se ve después, tratado con mimo en un hogar.

Pues ni más ni menos que como nosotros mismos.



"(...) Aprender el nombre de las cosas. Pan, casa, destino, camino. Arreglar la huerta. Hablar con los perros. Pasear por las orillas del otoño. Prescindir de lo inútil. Disfrutar el tiempo lento. Gris, cielo, hoguera, camino. Robarle el tiempo al minutero. Sumar lo lógico y lo incierto. Poner la mesa. Soportar solo lo soportable. Rechazar el tedio. Limpiar de malas hierbas el prado. Arrancar las rejas y cercados. Hacer montones: perros con gatos. Hacer montones: soles y estrellas. Borrar las señales de vuelo. Y quedaba mucho por hacer".

Luego, en días de esos circulares que tanto me gustan, llenos de encuentros, reencuentros y casualidades (¿casuales?), leo esta entrada de un magnífico blog.

lunes, 2 de agosto de 2010

Instrucciones para un doce de junio

 
Todos podemos necesitarlas algún día, eso nunca se sabe. Si no se quiere decir en alto, se puede pensar en tono bajito, solo para nosotros. Creemos tenerlo todo controlado y haberlo alcanzado todo,  llegamos a pensar que nada ni nadie nos pueden hacer desmoronar, qué fuertes nos sentimos. Y entonces va, y algo o alguien hace que nos desmoronemos. Si no existieran esos pinchazos cuando el coche va encarrilado en línea recta, pues no sería la vida, y también sería mala cosa, pues si no es la vida ¿qué otra cosa puede ser?

Hay quien se santigua, quien tiene corazonadas y afirma no fallar nunca, quien usa amuletos, quien cree en ellos,  quien dice que son supersticiones, quienes hacen pequeñas apuestas con ellos mismos (si pasa esto... pasará esto otro; si... saldrá bien...), y los hay que no hacen nada -bueno, sí, burlarse de los que sí lo hacen, que también es hacer, digo yo-. Nadie en cualquier caso se queda de brazos cruzados ante los dilemas y encrucijadas de la vida. Nadie deja de tener incertidumbre ante una señal con cuatro direcciones distintas. Todos dudamos.

Estas dicen que las elaboró el subcomandante Marcos en la selva Lacandona, en Chiapas, México, entre 1984 y 1989, influenciado por Cortázar y dentro de lo que la guerrilla llama "literatura de montaña". (aquí) Hay de todo, para todos, sin necesidad de untarse con excrementos, vestirse de payaso o emborracharse en las tumbas de los antepasados, como aconseja el otro.

PD: Solo advertir que cuando la decisión tenga que ver con otra persona, antes nos pongamos de acuerdo con ella,  no sea que los dos sintamos lo mismo y simplemente lo llamemos de distinto modo... (:P)

Para cambiar el mundo: 
Constrúyase un cielo más bien cóncavo. Píntese de verde o de café, colores terrestres y hermosos. Salpíquese de nubes a discreción. Cuelgue con cuidado una luna llena en occidente, digamos a tres cuartas sobre el horizonte respectivo. Sobre oriente inicie, lentamente, el ascenso de un sol brillante y poderoso. Reúna hombres y mujeres, hábleles despacio y con cariño, ellos empezarán a andar por sí solos. Contemple con amor el mar. Descanse el séptimo día.
  Para olvidar un amor:
Sáquese despacio ese amor que le duele al respirar.
Sacúdalo un poco para que despierte. Lávelo con cuidado, que no quede ni una sola impureza.

Limpio y oloroso proceda a doblarlo tantas veces como sea necesario para tener el tamaño de la uña del dedo gordo del pie derecho. Espere el paso de una hormiga, ser noble y generoso, y pásele la pesada carga. Ella lo llevará a guardar en alguna profunda caverna. Hecho esto, vaya y rellene, por enésima vez, la pipa de tabaco frente al mar de oriente. El olvido llegará conforme se termine el tabaco y el mar se acerque a usted.
Para recuperarlo:
Basta escribir una larga carta hablando de viajes desconocidos, hidras, molinos de viento, oficinas y otros monstruos igualmente terribles. A vuelta de correo tendrá su amor tal y como lo envió, acaso con un poco de polvo y sueño en la cubierta…
Para medir el desamor:
Basta el rencor y, finalmente, no vale la pena.
Para seguir adelante:
Frente a un espejo cualquiera, dese cuenta de que uno no es lo mejor de sí mismo. Pero siempre se puede salvar algo: una uña por ejemplo…
Para nuestra muerte:
Los que ahora dicen -¡Qué malo es!-, dirán entonces -¡Qué bueno era!-. Y nos iremos sonriendo, burlándonos siempre de ellos, es decir, de nosotros.
Para medir el silencio:
Basta con los suspiros. Pero no los cuente, el resultado suele ser desalentador.
Para medir la vida:
Se toma cordel a discreción y se empieza a meter en el bolsillo derecho del pantalón hasta que ocurra una de dos cosas:
a) Que el bolsillo se llene de cordel.
b) Que se canse uno de estar metiendo el cordel en el bolsillo.
Cuando ha ocurrido una de las dos cosas arriba señaladas, o las dos, espere una tarde lluviosa.

Justo cuando la lluvia empiece a titubear en caer o no sobre la tierra, saque el cordel y arrójelo hacia arriba, lo más alto posible, con un elegante ademán de mago y, simultáneamente, murmure las siguientes palabras: “Veo, mido, existo, la vida”. Si se han seguido las instrucciones al pie de la letra, el cordel permanecerá en el aire, suspendido por unos instantes, antes de volver a tierra en un manojo de hilos. Ahí tiene usted la medida de un pedazo de vida. Si no obstante haber seguido las instrucciones, el cordel no responde como arriba indicamos, no se preocupe y pruebe con otro cordel. Sucede que hay cordeles que se niegan, con desconcertante obstinación, a medir la vida de nadie (bastantes problemas tienen con amarrar botas, zapatos y otras cosas absurdas, dicen).
Para despedirse:
No mire hacia atrás.
Suele bastar con eso…
Aquí

P D: esto fue escrito -sin cambiar ni una coma- como pone en el título un doce de junio, antes de conocer muchos resultados; algunos eran realmente importantes, unos quedaron solapados por otros, perdiendo importancia (ya comentaré esto a propósito de Schopenhauer y el libro que ando leyendo a ratos), y el resto, pues bueno, quizá haya estado bien conocerlos en hora.


Feliz verano.

viernes, 23 de julio de 2010

Como Sheherezade


Esa noche volví a despertar de madrugada. No era insomnio, era solo que ya había dormido suficiente. Como hago muchas veces en esos casos, me coloqué la radio en los oídos -bueno, los auriculares, no vaya a ser que...-, y aunque la primera en mi dial es Radio 5- , esta vez di un repasito por varios canales, parándome ante una conversación fluida y atrayente en la SER.

Se llamaba Julia y hablaban de un libro suyo. Al principio dudé si Julia Otero habría escrito algún libro últimamente, pero no, lo descarté al escuchar -para mi alivio- una voz mucho menos nasal que la suya. Una voz suave contando cosas con pasión, subiendo y bajando el tono de manera tal que hubiera pasado horas escuchándola -no como los plomos que hablan siempre en monotono y se hacen insufribles, que dijo un sábado de abril María Teresa Campos :P-.

Julia Navarro, vaya. No la he leído, y confieso que descarté regalar un libro suyo a mi madre por temer que fuera otra más de las siguieron la estela del Código da Vinci -que tampoco he leído, por cierto-. Pero cómo cambia cuando "conoces" a la persona, ¿no? Ya comenté algo parecido de Joaquín Leguina. Hay gente interesante detrás de nombres comunes, hay voces interesantes detrás de gente de la que oímos hablar alguna vez en la vida y de la que nos formamos una idea a base de prejuicios, injustamente.

Cuando acabó la entrevista pensé en el valor que tiene para mí una buena conversación. Procuro no dejar pasar ninguna y, cuando encuentro a una persona capaz de proporcionármela y de notar que disfruta de la que yo soy capaz de darle, trato de no dejarla escapar, de mantener el vínculo sea como sea, como Sheherezade hilaba sus mil y un cuentos para no perder la cabeza.

Una asignatura en las escuelas que vendría bien para la vida sería la oratoria, como hacían los griegos, porque ¿de qué sirve tener muchos conocimientos si luego el habla es aburrida y gris? sí, se tendrá un buen trabajo, se llegará en ciertos aspectos "a lo más alto" -profesionalmente hablando-, pero nadie busca esa compañía para compartir su vida -por completo o a pizquitos y ratos-.

Habla poquísimo de ti, poco de los otros, mucho de las cosas
(Paolo Mantegazza)

viernes, 9 de julio de 2010

Una maravilla

 
Ya ni recordaba el tiempo que hacía que no me había enganchado a algo. Bueno, lo del solitario spider es algo provisional... :P-.

Fue de las primeras descargas que hice cuando me puse el ADSL en casa. Sus contemporáneas fueron las "Historias para no dormir", del gran Chicho, pero eso ya irá en otra entrada cuando le llegue el turno. No hay prisa.

La tele de esa época, pues bueno, ya se sabe. Una había y buena que era. En este caso, mejor quizás que en otros, la calidad vale toda la cantidad que se nos pueda poner a nuestro alcance.

Yo ese año -1982- estaba con la primera comunión, el Mundial del Naranjito y las ganas locas de que pasara el mes de mayo y mi madre me diera tijeretazo a la melena criada para un solo día, cómo somos las personas. Sacamos la tele al patio –antiguo corral que empisamos cuando desaparecieron las últimas gallinas-, y allí estaba yo, con una toalla sobre los hombros, viendo caer a ramalazos mechones largos y abundantes de pelo castaño rojizo. Ya entonces le cogí manía al pelo largo y es una de esas manías que aún me duran, fíjate.

De esa serie, que me entero ahora que fue la más demandada por los espectadores para que la revisaran, digitalizaran y no sé qué más “aran”, recordaba cosas difusas: el tono grisáceo, que la daban tarde y lo atrayente que me parecía Cayetano ese tiempo (glup). Lo que hace, hay que ver, el ver –valga la redundancia- las cosas desde una perspectiva distinta, de los ocho a los treinta y seis años, y sobre todo, entendiendo esa historia. Y eso que a veces, sea a los ocho, sea a los dieciséis, uno se ve con total capacidad crítica, y no exagero (aunque hablo por mí, que soy una exagerada).

Estos días me vi, como otros años, con tiempo libre, con muchas horas de luz, y  con alguna que otra preocupación en la cabeza que tenía que disipar del modo que fuera.  Este viaje los libros no me han servido para dejar de pensar en lo que no quería ni quiero pensar, y la gran adquisición que hice accidentalmente de un netbook me ha servido más tal vez de lo que pude imaginar.

La serie es, si no se ha adivinado ya, “Los gozos y las sombras”. Y qué serie, madre mía, qué cosa más bien hecha. Galicia lloviendo, Galicia siendo, con sus sonidos, con su ambiente, sus olores –se nota mi debilidad, creo-. Galicia detrás o encima de una gran historia en la que pasa de todo. Momento histórico, gran momento histórico de un gobierno que agonizaba o, mejor dicho, que estaba condenado a muerte, y no una muerte fortuita, sino cruenta y, según quien lo diga, según quien lo lea, injusta totalmente.

Piensa uno que el gris de los años previos al '36 era triste, como se ve en la serie (¿ya la he recomendado?), pero los siguientes años, los siguientes grises, esos sí fueron oscuros, siniestros, funestos. Como en todo, habrá quien piense que quitar Ilustración para meter lo que se metió estuvo bien. Allá ellos. Pero no vine aquí a hablar de política.

El elenco de actores, ¿acaso son buenos ahora que ya sabemos su trayectoria de los últimos treinta años? Yo diría que no, que ya eran inmejorables entonces, así como los decoradores, los guionistas, o quienes adaptaron ese guión, los encargados del vestuario. Todos.

A quien guste del costumbrismo del que tanto gusto yo, solo ver la preparación de los alimentos desde que se compran en el mercado hasta que se llevan al plato, con los instrumentos que se usaban entonces para cocinar… solo eso ya les llegará para decir: “qué bien mostrado”. A los que conozcan la novela –no ha sido mi caso-, poner cara a personajes tan bien armados como Carlos, Cayetano, Mariana, Juanito, Clara, Rosario…les llegará igual. Y a los románticos, deciros que esta historia supera con creces para mi gusto cualquier historia que haya conocido hasta ahora –haré la excepción de Fermina y Florentino, claro-.

Como diría aquella, con esa gracia que tenía: no perdérsela.

PD: el único pero, si es que tiene alguno, es esa sensación de vacío que siento ahora cuando pienso: “ y qué veo yo ahora después de esto?”

domingo, 13 de junio de 2010

Cinco en un vagón


Aunque dicen que las mejores cosas llegan sin buscarlas, hay cosas buenas que requieren un esfuerzo, mínimo o máximo. Y vale la pena :).

Siempre me gustaron los anuncios, en la tele y en las revistas -llegué a recortar los que más me llamaban la atención, como sigo haciendo con otros temas-. Viviendo unos años años en los que todo está en Internet, y a mí me sigue gustando archivar recortes de papel en carpesanos. Manías.

Cuando llegaba Navidad podéis imaginar cómo me ilusionaba, esperando esas microhistorias enlazadas con esa música y el efecto que me causaban. Dentro de los grandes anunciantes, la publicidad de Coca-Cola nunca me ha dejado indiferente, y cuando la veo -igual que la de BMW, por ejemplo-, me entran ganas de ser creativa, de haber estudiado -o aprendido- cómo se hace eso, de ser artista, de poder transmitir en pocos minutos tanto tanto...

Bueno, la cuestión es que llevaba años -literal- buscando un anuncio. Ver esta historia por primera vez me marcó, y de qué manera. Resumía un sentimiento que me era tremendamente familiar, y a la vez un poco lejano -aunque más tarde lo recuperé en cierto modo, no todos los fines de semana, sí cada X tiempo- : el de las mejores risas y las mayores anécdotas. Con la mejor gente. Gente con la que uno se cruza y se llega a sentir tanta química que consigue sacar lo mejor de nosotros, regalándonos recuerdos, buenísimos recuerdos. Siempre pensé que la juventud está para ser joven en ella, nada más simple; para aprovechar ese apetito por la vida que solo se tiene -a ese nivel- esos años.  Ójala  que el entusiasmo nos dure, que dure mucho..., que nos continuemos emocionando hasta el último día; que conservemos la cabeza lúcida -no hay cosa peor que morir mientras se está vivo-, que no olvidemos quiénes somos, ni quiénes son; que no perdamos esta memoria que somos nosotros, y con cuya ausencia seríamos solamente un cuerpo.

Eso es lo que a mí me transmitió el chaval que narra esta historia durante esos segundos que concentran tanto: la de ser consciente de estar viviendo algo importante en el preciso momento en que está sucediendo (¿otro Dejà-vu? :P).

Acabo de encontrarlo hace media hora escasa. Seguro que lo recordáis, y si no es así, me gustaría que os encantara tanto como me encantó a mí:


martes, 8 de junio de 2010

Calma


Cinco de la tarde en el invierno mediterráneo. El grupo riendo distendidamente, y todos mirando hacia arriba; unos con gafas de sol, otros desde el resol, sin nada en los ojos.

Y mi amiga me dice: ¿ves esta calma? pues aquí siempre es así...
-Qué gozada, digo yo.

Paseo a lo largo del río, otra vez la misma calma, el mismo cielo, completamente despejado. Los juncos agitándose. Las tarimas de madera de los pescadores, con sus accesos imposibles...

- No te tomes dos cervezas antes de pasar, un día de estos te vas a caer al río...

Patos surcando el agua y picoteando en los trozos de pan duro que mi amigo va tirando aposta, mientras imita su graznido y yo voy grabando con mi cámara.

Siete de la tarde en una primavera ya muy avanzada. Leyendo mis apuntes mientras el grupo de niños juega al fútbol y notando cómo quema el banco de piedra de la plaza. Y esa sensación, esa sensación tan chula de que con toda la confianza del mundo puedes hacer sonar el teléfono de alguien y preguntar cualquier chorradilla informática, dejar líneas perdidas de Msn sin temor a que piensen que hablas sola :P, o enviar un sms vacilando a alguien a quien has visto en persona una sola vez,  pese a no verse, pese a no escribirse, pese a no estar ya en el mismo sitio donde solíamos estar, pese a saber quizás -aunque amarga un poquito reconocerlo-, que seguramente no habrá otro encuentro real. Esa maravilla que es pensar -y lo habré repetido mil veces-, que cuando llegue el verano pueda escaparme un fin de semana largo y haya alguien a quien me ilusione ver y que, al tiempo, se ilusione también por verme. Y ver que puede que haya perdido un año entero de clase por malas entendederas puntuales (para matarme), pero pensar que tampoco acabó el mundo, que ahí queda también toda esa gente, todos esos móviles, esos correos. Y que vendrá otro curso en octubre, y si no puede ser con los mismos, será con otros que también serán gente, móviles y correos.

Y lo más: ese pararse en mitad de una conversación y decir -u oír que te dicen-, "qué bien estamos, ¿verdad?" .

Y mejor que estaremos... Tenemos todo un país por descubrir, a pequeños sorbos, y de verano en verano :)