lunes, 5 de diciembre de 2011

El mundo está parado


Esta mañana escuché por la radio a la ministra italiana tropezando bruscamente con un nudo de emociones (aquí). Luego, al primer ministro renunciando a más dinero público a su favor, que total, no le hubiese servido absolutamente para nada. Son absurdas algunas cifras llamadas sueldos. Vergonzantes.
La radio me hace compañía en mis domingos, y algunos ratos incluso me da alegrías. Noticias sobre récords en donaciones de órganos hace unos diez días (vaya, esa noticia no está en primeros resultados de google :O).

Cristina vino a visitarme hace poco. Es sencilla, vive austeramente, como todos; no trabaja, como la mayoría. Hablamos de unos días recientes sin tele en la casa de sus padres, y cómo se rieron todos; los imaginé a gusto, hablando y mirándose a los ojos, como antes. Muchos de nosotros, de niños agradecíamos a quien fuese que se fuera la luz. Era ese el momento en que sin distractores disfrutábamos de nuestros papis y hermanos. No nos veíamos -la luz solía irse en meses húmedos, cuando el día dura tan poquito-, pero pocas veces me sentí más unida a ellos. Y luego hay quien no cree en esos lazos invisibles que nos unen casualmente.
El mundo está quietecito ahora, echando mano de despensas -reales o figuradas-, hablando más en las plazas, tratando de alegrarnos más unos a otros. Somos más altruistas, más generosos, como si lo anterior hubiese simplemente desaparecido. Más buena gente.
Siento cosas buenas que me vienen en forma de pensamientos. De vez en cuando recibo emails o mensajes internos de feisbuc sorpresivos. A veces parece que no vengan de personas concretas, porque no los veo, no huelen, ni saben, no sé si son de textura suave, ni siquiera sé si tienen voz ni cómo se mueven. Sin entrar en temas religiosos, con los que no comulgo -nunca mejor dicho-, puede que sean ángeles.
Me quejo porque me parece poco, porque necesito más el contacto físico que otra gente y que otras veces. Hace mucho tiempo que dejé de tenerlo, y cuando tuve esa posibilidad... tampoco podía tocar, ni ser tocada.

El mundo está como parado. Visto desde arriba es un todo difuso. Visto desde abajo es como una capa gris, pero llena de muchísimos dientes de león volando. Son pensamientos, que van uniendo personas, aunque apenes lleguen a conocerse más allá de algunos ratos. No me encuentro bien, todo me da vueltas  y creo que soy yo la única que gira.

Pd: Totalmente improvisada. A ver si tú puedes ayudarme :)

lunes, 28 de noviembre de 2011

Como otro laberinto de espejos


Hablé una vez de dos álguienes fascinantes: fue en otro tiempo, con otras preocupaciones que ahora me suenan a leves. Fue aquí.

Existe en mi vida un especial simbolismo con el espejo. La primera Navidad sola en muchos años desempaqué cajas, cajas y más cajas como muñecas rusas... para ver que alguien me regalaba a mí misma enmarcada en un cuadrín de plata y concha de 5x5cm, con una nota que decía algo así como que lo que se me regalaba era mi presencia. Contradictorio, ¿no? pero lógico. No es que fuese transparente para los demás, es que lo era para mí misma; incapaz de verme, existiendo solamente a través de los comentarios y la simpatía de la gente que había ido conociendo. Triste, seguro. Puede que si quisiese escarbar en eso fuese solo el resultado de ir creciendo "ya mayor", como dijo mi madre, de "ir sola" por el mundo, de "no necesitar" que nadie me dijera nada ni me pusiese pautas, porque yo, ya de pequeñaja las seguía con mi sentido común adulto atrapado en un cuerpo de siete años.

Conservo todavía ese espejo, y nunca me reflejo en él, desobedeciendo las instrucciones que me dio el regalante. "Conócete a ti misma". Me vi aquel día a trozos pequeños: ahora un cuarto de frente, ahora un trozo de labio, luego un ojo...  y advertí que nunca me había mirado.

Esa persona que amé y me amó, a quien ayudé y a su vez me ayudó, que quiero y me quiere, tenía especial fijación por la metáfora del océano transformado en gran espejo. Le gustaba jugar y atravesarlo. Libre. Nuestra separación fue traumática y limpia como una mutilación, como debería siempre ser; sin mortificar despellejando. Ese modo de irnos el uno del otro, de separarnos física y emocionalmente, fue lo que no dio pie nunca al aborrecimiento, por ninguna de las dos partes. Y el respeto y admiración -lo más importante entre personas- sigue intacto, puro. Sin un solo reproche porque no hubo ni una sola mentira.

Algunos ratos disfruto desempolvando a Borges; me pregunto por qué y cómo alguien ciego es capaz de hablar una y otra vez de imágenes, de espejos. Asimilar nuestros proyectos frustrados, las ilusiones echadas a perder -"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos"-. En esos momentos soy como el laberinto extremo, el límite de la desesperación. "La víctima siempre en el centro del horizonte y un número infinito de alternativas".

El laberinto atrayente, atrapante, pegajoso y adictivo que conduce siempre al mismo sitio. Ciclos... que al final concluyen en demasiada incertidumbre, desesperanza y angustia vital, porque esa no-salida carece de final feliz, y el paso del tiempo solamente la va afeando. "Estoy solo y no hay nadie en el espejo". ¿Puede haber más tristeza?

Pero buenas noticias :): el paso de estos años me ha hecho inclinarme más hacia Cortázar. Pese a lo vivido y lo oído. No murió del todo el ese romántico. Entonces subo hacia arriba desde el fondo del océano; respiro mal y por segundos pienso que me ahogo, pero termino saliendo del agua. Cojo aire y vuelvo a sentirme feliz. "Ven a dormir conmigo esta noche. No haremos el amor, él nos hará".

martes, 15 de noviembre de 2011

Universo en mi bañera


Llené la bañera y eché gel. Se formó mucha espuma, gordota, hinchada, blanca y llena de puntos brillantes como estrellitas que iban desapareciendo flop flop flop. Era como el silestone blanco, como los minerales que cogíamos de las cuevas y pasábamos rato observando maravillados, llenos de brillos que iban y venían. Fascinantes.

Creé un universo alternativo, ficticio y perfumado. Blanco y perfecto. Suave y fabricante de bienestar y risas. Un spa en mi cabeza. Yendo y viniendo, yendo y viniendo. Solo yendo.

Yo también "me entristezco cuando hablo de estos recuerdos (...); si trato de describir todo esto es para no olvidar. Es triste olvidar a la gente". Tener que olvidar así a la gente. Y ser olvidado. Como el que pierde sus recuerdos y paraísos. Morir demasiado pronto para alguien. Devastador, sin duda.

Empecé de nuevo ese libro tan bonito, que muchísimas personas todavía no han leído. Deberían, deberíais:

 "Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo..."

 "Y cuando te hayas consolado (uno siempre termina por consolarse), te alegrarás de haberme conocido"

jueves, 3 de noviembre de 2011

Un baile de lunas

 Mun

Por una de esas casualidades que tanto asustan a veces, he conocido a un chico, y hoy he sabido que él y yo tomamos una foto de la Luna exactamente desde la misma distancia,  con el mismo encuadre y el mismo día... pero con tres años de diferencia.

Fue el día de San José y seguramente sea normal la coincidencia de factores fotiles y de plenilunios llegando la primavera; no llevo la cuenta de sus fases desde que me desmontaron la relación entre ella suspendida en su fondo negro negrísimo, tan lejana y tan divina... y nosotros los humanos -o humanoides-, tan lejitos y con nuestros pies arraigados por ese tremendo imán a un lugar tan enigmático -mucho más que cualquier otro, desde luego- llamado Tierra.

Bailó la luna esa noche, y yo me sentí tristísima, con ganas de amor, de un abrazo fuerte y sentido. Y la realidad me dejó sin nada. Me sentí vacía. 

También baila estos días, y hace de las suyas. Marea al personal, y como una gomita elástica el mareo regresa a mí estampándose en mi pecho. Y duele mucho. Duele sobre todo notarlo tanto. Saber las cosas.

Creo que hasta ahora rechacé los abrazos por temor a romperme, como las cosas delicadas y simples. Carezco de adornos que puedan servirme de amortiguación, y tampoco tengo varias caras que puedan destrozarse en vez de la verdadera y me resguarden.

Un millón de buenas vibraciones, cariños infinitos que noto y agradezco. Pero ni un solo abrazo físico y nada de amor. Son días tristes.


sábado, 8 de octubre de 2011

Una muerte dulce


Es triste y no. Me llegaron mucho aquellas palabras de Buzz Lightyear: "yo quería arreglar el mundo... pero solo soy un juguete". Amor para mí es admiración, y todo lo demás que puede confundirme cuando alguien me gusta, me atrae o me produce curiosidad es otra cosa. Seguramente es esa certeza la que distingue lo que siento o no siento, mi varita de medir. Dejar de admirar es dejar de sentir amor, por muchos resquicios, ternura o recuerdos que queden. Hace un rato estaba cenando en una terraza; con las montañas azul marino ante mí -mis montañas de los viernes noche-. Dicen que cuando hablas mirando arriba y a la izquierda, buscas imágenes recordadas. A mi izquierda he visto luces de lejos, distinguia el cielo perfectamente, y quise justificar sentimientos por el mero recuerdo que me siguen produciendo, en un intento agonizante de rescatar momentos bonitos llenísimos de admiración. Admirando la sensibilidad, la delicadeza de carácter y la belleza plasmada tras otros ojos capaz de emocionarme una y otra vez.

Alguien me dijo hace un par de días que si eso había sido amor, era patético. Imaginé el amor materializado en objeto, en mueble carcomido, con agujeritos pequeños disimulados con barniz, y lleno de túneles huecos y siniestros fragilizando totalmente la madera. No me gustó verlo de ese modo, aún usando la balanza de los hechos. Me sentí mal y triste.

A mí me gusta contribuir a que todo sea más bonito. Inventé un lenguaje hace muchos años: un idioma con miles de diminutivos, otra forma de ver las mismas cosas que para muchos pasan desapercibidas.  Y me gusta cómo me he sentido con determinadas compañías. Ese amor sin condiciones que nos hace mejores solamente por el hecho de existir esa personita admirable -aunque solamente la admires tú-. Amar es aceptar defectos, terminar siempre sonriendo, no sentir enfado. Amar es que te motiven, que te animen a probar cosas nuevas, que alguien convierta un día normal en otro muy especial. Llenar.

Puede que solo haya sabido amar de manera patética últimamente, y que haya ido en cierto modo contracorriente, justificando unos actos poco bonitos con una manera de ser bonita. Siendo "indulgente hasta mi propio patetismo" ("indigna", han pensando algunos). Yo no me siento así. No se puede ser indigno por tener buenos sentimientos. Solo he visto las cosas -mis cosas- llenas de colores, quedándome con lo pequeño, corto y bueno, y tratando de no pensar ni recrearme demasiado en las zonas de niebla. Coloreando mis sensaciones. Todo va emborronándose, muriendo poco a poco; es lógico cuando no se alimenta... entonces,  ¿por qué no hacer que la muerte sea más dulce... ya que no tiene remedio?

sábado, 24 de septiembre de 2011

Como si tuviera delante de mí solamente el cielo


Hacía mil años que mis viernes contenían noches normales. Pese a no madrugar el sábado, me desacostumbré a pensar en esa noche, que fue la más especial para mí durante mucho mucho tiempo; un trozo de vida que nos robábamos y arrancábamos unos a otros y compartía siempre, sin demasiadas aglomeraciones. Barras tranquilas, conversación, tranquilidad para siquiera ver la noche pasar con amigos.

Empezó a lloviznar anoche, y un hada madrina venida para mí transfigurada en amiga me propició una cena improvisada en su porche, viendo llover y disfrutando de la brisilla de septiembre. Hablando de las personas, del mundo...

Se paró la conversación a tres bandas por unos segundos. Observamos el cielo, que bajo la farola de la calle dejaba ver los finitos hilos de lluvia caer. Y quedamos un rato en silencio, quiero creer que disfrutando.

Regresando ya bastante tarde para lo que yo acostumbro, la carretera estaba totalmente vacía. Solamente yo. Yo y los caminos, carreteras y montañas como sombras de monstruos a mi izquierda. Había enchufado el mp4 al azar totalmente, y con un poco de sueño ya, dejé salir las canciones, sin darme cuenta por momentos de qué estaba sonando, más dormida que despierta. Con completa inercia.

Empecé entonces a escuchar grillos y no estaba en el campo; la noche se me mostró pura y limpia, fluyendo por los altavoces del coche. Desconocía cómo habría entrado allí. Pero me encantaba. Sola yo y sola en el mundo. El encanto cambió un ratín a tristeza. Leí una vez que la música era el eco de un mundo invisible. Ese que habita dentro de nosotros, particular, complejo. Islas al fin y al cabo. Me percibí sola en el mundo, prácticamente apreciando solamente a ratos esos momentos regalados por otros. El Universo entero estuvo en pausa el rato que tardé en llegar a casa. Chispitas rápidas cayendo en el parabrisas, el frescor en el lado izquierdo de mi cuerpo. Una canción hipnótica. Totalmente hipnótica y evocadora, sin haberla escuchado más que dos, tres veces -que yo recordara-. ¿En qué pensó la persona que la sacó de su cabeza y la plasmó en sonidos?

Era esta:

lunes, 29 de agosto de 2011

Mi mundo feliz


En mi mundo feliz, hoy era un día bonito, esperado, con ganas de seguir riendo y sintiendo cosas. Sí me gustan las señales, y me gustan las personas que las hacen suyas, aunque no siempre acierten ;). Es fascinante ir tejiendo historias mediante pistillas, letras de canciones o deseos hechos públicos. Pese a que no siempre sean señales pero sí lo sean a veces. Y cuando alguien capta algo tan tan íntimo, retorcido y críptico, es que se ha producido una sincronía. Una de las palabras más armoniosas del diccionario. Y entonces sí, yo paso a ser Lucía encima del ciclomotor rodeada de mar azulísimo por todas partes, dándome el viento en el pelo y mostrando el botoncito de uno de mis pechos de manera delicada y casual. Y el suelo no nos sujeta, sino que nos zarandea, nos marea, nos hace bailar. Y nos gusta, nos encanta, nos relaja. Como nuestro sexo. Cada día más y más placentero. Yo me asomo también a la cueva, y encima de mí otro tono de azul. Te busco y trato de entender tu cerebro, como la oquedad misma. Rara, asalvajada. Hay poca gente. Septiembre se descubre ante nosotros como el segundo de los meses más bonitos del año -el primero es octubre, claro-. Y me viene mi mantrafrase, esa que solamente asocio a ti, que de tan dramática puede resultar hasta ridícula pero tanto me gusta: "yo... hubiera matado monstruos por ti".

miércoles, 24 de agosto de 2011

Divina vesperam y odiseas espaciales


En la tarde más bonita de aquel verano tocaste mi pelo. Nos pilló el agua finita cayendo del cielo estando en la playa, llenos de arena porque las ganas de sentarnos y hablar nos dieron de repente, y tú en tu coche no llevabas toallas, ni estora, ni nada de nada. También yo solía ser como tú, hasta que me volví constructora de momentos y sueños, llenando mi maletero de objetos porsi, como los llamábamos bromeando.

Te dije la frase que tanto me había gustado de la última maravilla que había visto de Kubrick: “bésame, muchacho, porque no volveremos a vernos”. Pusiste ojos raros, de asustado; todavía no conocías mi faceta peliculera. Te hizo gracia, pero no sé si llegaste a creerme del todo cuando te dije que solo eran frases bonitas de películas, pero que sentía como mías. Debiste pensar tal vez que era un recurso nomás, pero no, no, piensa que salían del mismo lugar que si las hubiera compuesto yo.

A muchos les asustó que tuviera esa juventud tan romántica, tan de color rosa, y mi forma de acariciar cuando amaba: apenas rozando la piel el mínimo posible, en silencio y cuando la persona parecía que dormía. Ahora me importaba bien poco, qué más dará, si uno adora lo que otro aborrece...

Esa tarde nos refugiamos en la primera casita que vimos con un cartel de "se vende/se alquila" colgando. Llegar a ese riurau fue como llegar al hogar, y allí pudimos sentarnos y dejar que parase el tormentón en que se habían convertido aquellas finas gotitas.

Luego, lo bonito se esfumó, como tantas otras veces, y quedamos en no vernos más. Te noté el nudo en la garganta por comprobar que la frase de Kubrick había tenido un algo de premonitoria, dejándonos con una sensación fea, pero a la vez era una despedida con paz, sin lloros, reproches ni excusas como las veces anteriores.

El largo puente en que se convirtieron mis días –nuestros días- hasta que llegó el otoño fue más bien un paseo dulce y reposado, como yendo por un laberinto inglés. Oliendo el camino, sin prisa por encontrar la salida, dejándonos llevar.

Algunas noches tocaba tu cuerpo ausente sin darme cuenta, en sueños. Pensé en la teletransportación de caricias y sensaciones, y en ese duermevela llegabas a estar conmigo allí tumbado, mientras mis dedos esbozaban el recuerdo que tenía de tus formas.

Y Bowie y su "Space Oddity" volvieron a mí. Ya contaré cómo fue...

sábado, 6 de agosto de 2011

Un corazón de oro

Sí, lo vi, lo conocí, y llegó a rozarme. Pero sucede que mi piel reacciona mal con según qué oros. Amarillea el blanco, que necesita rodiarse continuamente, con el consiguiente desgaste que ello supone... y estropea el amarillo... pues no sé, ennegreciéndolo, maleándolo. No sé pues si la culpable es la calidad de mi piel o la del oro, que nunca se sabe. Que la nobleza también tiene flaquezas, y por muy metal noble que sea un corazón, a veces no es compatible con otro... por vete tú a saber qué razones.

Casualidades que justo hace un año y pocos días me vi en la misma. Ayer mi amiga me comentó que tendíamos a repetir las historias, nuestras historias. No es demasiado normal que la persona que está a tu lado -del modo que sea- sea tan ajena y fría a tus alegrías, a tus tristezas, a tus fechas importantes, a visitas médicas que pueden marcar un antes y un después. Es esclarecedor notar en el otro de forma tan rotunda ese no querer, ese no sentir. Y una de las cosas más tristes y feas que te pueden pasar en la vida. Me pasó hace un año, me ha pasado este, y solo espero, como dijo Thoreau, que el amor no correspondido hacia mí no me impida seguir amando yo, ya que la vida me dio el don de ser capaz de hacerlo. Debería ser feliz solo por al menos haberlo intentado y haberlo sentido.

Este textín que viene lo escribí el 30 de diciembre de 2010. Han pasado muchos meses y el miedo que he mantenido hasta hoy mismo me impidió lanzarlo al aire, a la luz, a la nube. Pero los miedos nos mortifican, y hay que pasar por encima de ellos. Así nos liberamos al menos un poquito:

"Aún teniéndote a mi lado me desvelé, como tantas veces. Solo que esa vez el desvelo se vio dulcificado al notar tu presencia a mi lado. Tú dormías profundamente. No te diste cuenta de cómo te miraba. Sabía que esa duda tuya era un no respecto a mí, pero no te pude coger manía ni una sola vez. Me inspirabas ternura. Un corazón enorme en un cuerpo grandote. Un cerebro sensible e inteligente bajo mechones de pelo largo, liso y rubio. Parecías un niño. Achuchable, consolable. Alguien a quien cuidar.


- "Yo vine a este mundo para ayudarte"
- "Estás loca"


Lo supe a los poquísimos días de conocerte.


- "¿Y tú? ¿Qué has hecho durante todos estos años?
- "¿yo? te estaba esperando"

sábado, 23 de julio de 2011

Blue


Malibú resultó ser cortita desde las casas al mar, y muy muy luminosa. Casas que parecían flotar con largas y flacas patas de madera, como de pirata gigante. Las bases, de tanto oleaje, tanto golpe y tanto desgaste, estaban negruzcas, estropeadas, feas...

Había perros grandotes jugando, mucha espuma empuntillando las olas, gente pescando.

Me giré hacia arriba, mirando una de las casas y fantaseando en cómo sería la vida allí dentro, tan cerquita del mar -imaginando el mar en invierno-.  Y allí estaba, colgada de una pared. Tristona y azul.

Esa visión me hizo pensar que, "incluso en días luminosos y casas blancas, siempre hay un puto huequín para la tristeza".

PD: pero, pese a algunos días feíllos, poquito a poco voy notándome más ubicada y feliz :).

lunes, 27 de junio de 2011

I ventured in the slipstream


Pensaba sobre el ese de vivir, y las carreras serpenteantes y subibajas agitándonos las emociones. Seguramente las adrenalinas están bien precisamente porque pasan - porque sabemos que pasan-, y yo no quiero vivir siempre al límite, sino bajarme ya y poderme acurrucar, mirar a los ojos y reír, sobre todo reír mucho. Sentir duele a veces cuando no se siente bien. Por eso a ratos me he notado como perdida en una fiesta nocturna, y, aunque me ha gustado dejarme llevar por esas luces y esa química, ha resultado ser todo artificial y efímero. Puede que por ello a la mañana siguiente, el día después de haber experimentado la emoción vibrante, he ido en busca de la tranquilidad, como el prota de una peli infantil de aventuras que solamente quiere llegar a su casa y dormir en su cama después del jabón y las toallas suaves. Estabilidad, equilibrio mental... La armonía genera paz, otra forma de sensualidad; expresión de calma en la cara, suavidad en la piel, alboroto o enmarañamiento de pelo rojizo, kohl redibujando los ojos. Ternura. Al final será eso lo que mueve el mundo.

lunes, 23 de mayo de 2011

Y el mundo se balanceaba


De niñita engendré una utopía. Colinas de verde terciopelo, suaves, ondulantes y acogedoras. Y las veía de vez en cuando en la sobremesa, la hora del día que prefiero, cuando el día se parte en dos y el mundo queda quieto, estable, en paz.

Me sentaba en un sillón cuando el suelo quedaba ya limpio del estropicio de la hora de comer, y mi madre bajaba la persiana hasta la mitad, como dando la señal de que empezaba el rato del descanso. Y entonces el Oeste, los desiertos y las llanuras cobraban vida por la magia de la tele en la casa de la playa. Yo quería vivir allí, y cabalgar sin límites, y correr sin topes, lindes, paredes ni finales. Libre. Sintiendo la brisa en mi cara. Era un imaginar la felicidad -y un llegar a sentirla por proyección- en el que la única protagonista de mi estado era yo. El estado ideal que poquísimos alcanzan.

Otra vez sucedió. La música. Despertarme en mitad de un ciclo escuchando una canción concreta. Y abrir los ojos, mirar a mi lado izquierdo y al frente unos segundos después y ver que era justo esa música, ese ritmo repetitivo y suave, el que mejor se ajustaba a lo que vi en esos momentos: varias motos circulando plácidamente, dejándose llevar por aquel mundo ondulante y suave. Y yo en aquel extraño bus, sola, sin nadie a quien poder dirigirme en el idioma de mis pensamientos, ni el de mis sentires. Poderse comunicar no es hablar; poderse hacer entender no es poderse expresar. No se saca la esencia exacta ni se la puede ofrecer en bandeja de plata al otro. Es limitado. Y el ser humano, el cerebro y el corazón no tienen límites...

(Neighborhood #4 (Kettles), de Arcade Fire)

miércoles, 18 de mayo de 2011

Colores hechos de lágrimas


Sí, "qué bueno que vinihhhh-te", escribiste :). Pero qué bueno que me re-encontraras, pensé yo. Aunque fuera en un antro. Porque no era menos antro por tener tonos fucsia en lugar de rojos. En mi tarde y tu mañana; en tu madrugada y mi atardecer.

Amamos de tantos y tantos modos, mente maravillosa...; Amor. Tantas definiciones, tantas confusiones. Malentendidos, endiosamientos, platonismos, caprichos. Carne es carne; deseo es deseo. Si va juntito a lo otro qué bien, ¿no? pero si va sueltecito... umm. Pero tampoco está mal, nada mal, aunque sea para rellenar vacíos y ocupar huecos -más lógico al revés, pero... ¿por qué no del modo en que he preferido ordenarlo? Estuvo bien acordarme de ti como sucedió y te escribí. Ese grupo, esa canción llamada Yellow y esa otra en la que alguien quería arreglar al otro :). Por esa promesa que no fue... o espera, sí fue. Porque de cualquier modo tú fuiste una de mis ausencias, una de mis nostalgias. Por minutos, por melodías y visiones de laberintos y laberintos de piedras rojas enmarcadas en gris plomo y motitas pequeñísimas de aguanieve.

Casi lloré, pero no te preocupes, quedó en un sobrecogimiento y un pensar bonito, y no fue de tristeza ni pena ni nada de eso. Fue por saberte ahí, a 10000 km menos 1200 y asegurarme de que estabas bien, que convervabas tu mente preclara, tu sentido del humor, y percibir que, aunque en lugar de escribir un texto taaan largo (:P) hubieses puesto un simple icono... yo lo hubiera entendido.

No me marcan las pasiones. Me marcan las pasiones. No, no me equivoqué, lo escribí así porque quise. Más allá de una serie de movimientos pélvicos, engrosamientos, embestidas y explosiones. No se le encoge a uno el corazón al recordar esos momentos; pero sí al memorar ciertas frases, miradas, guiños o el simple roce de dos palmas. O verte rodeado de luz azulada, amarilla, en lugar de luz oscura y cálida.

Hay personas que llenan y otras que vacían. Literalmente. Hablando ahora de otras emociones, de esas más carnales, de las más físicas; dejando aparte las más platónicas y espirituales. Las que llenan en un aspecto y no vacían por el otro no logran nunca cuajar. Las que vacían consiguen llenar de ese modo primario. Y es así, y siempre ha sido así, hace mil años o hace diez minutos. Luego ese vacío físico que tanto llena por otra parte, da lugar a otro tipo de vacío, y pasado el primer entusiasmo, hay un día en el que falta algo. Algo es una palabra muy socorrida. El algo que se le busca luego a lo que tantos impactos físicos nos causa, pero que a la vez, si se las restamos sobre un papel o en nuestra cabeza, nos deja con sensación también de sí pero no. Somos caprichosos. Curiosamente, el cerebro recuerda más los vínculos cuando se ha dado el segundo caso. Parece que esas sensaciones son las que quedan ahí marcaditas... y el resto, humo o chimichurri, nada relevante. Triste.

Pasé más de un día completo suspendida en el aire; rodeada de gente pero sola, como suelo sentirme. Sonó dentro de mi cerebro esa canción hipnótica, banda sonora de algún encuentro sexual reciente. Coligada a un reservado de bar oscuro, a pelos largos y mucha calentura. Estremecimiento, delicadeza echada de menos. Tres orgasmos seguidos. Cierta pena y pocos recuerdos vívidos. Muchos emborronados. La pura contradicción enfundada en vaqueros ajustados, como me describiste en papel físico.

Me alegré de no olvidar del todo.



"I could sleep for a thousand years.
A thousand dreams that would awake me.
Different colors made of tears"

martes, 19 de abril de 2011

Por un camino de piedras amarillas

 
A los que nos gusta escribir, pintar, dibujar, componer... cualquier estímulo nos conduce a una reacción en principio desmesurada si reparamos en la ley de causa-efecto y a que, en principio, una visión, un escalofrío, un aroma o un estremecimiento es un embarullamiento de todas esas cosas juntas y otras más, invisibles pero del todo trascendentales: el dolor, bonito a veces también -se me dijo hace poco que venían bien los períodos feos porque inspiraban, hacían crear, sentir más-; la alegría, que se nos sube por la panza, zarandeando a esos bichejos que viven dentro de nosotros y a los que imaginamos como circulitos con patas, o como patitas unidas a esferas pequeñas...; el calor, que reblandece la piel, nos aplatana, relaja, ralentiza... e incita deseos de tumbarse y nada más, mirando hacia arriba, estirándonos, respirando suave, sosegadamente, haciéndonos un poco más esponjas, un poco menos rígidos; la plenitud, muchas veces de vida corta pero intensa -si se estira en el tiempo acaba desapercibiéndose y formando parte del día... y deja casi de ser plenitud para ser rutina, rutina y nada más (guiño a Poe ;))-; el vacío, esa especie de bola enorme dentro de nosotros, encajada en una zona un poquito más alta que el estómago, y algo más escondida también que el esternón. La bola que causa que el cuerpo quiera enrollarse y algo intente salir por la boca sin conseguirlo, quedándose siempre a medio gas, casi pero no, tratando después de salir por los ojos y, no siéndole suficiente, acaba pariendo por las yemas de los dedos en forma de borradores, de texto plano. Juntando letras, formando palabras, creando frases, redondeando libros.

Es un segundo conduciendo. Alineándose un paisaje agradable, la temperatura perfecta, las perspectivas ante una de las más grandes aventuras en la vida de alguien que ha vivido quizás bien pocas, la ilusión ante lo que va a venir, todo nuevo, gracias en parte a lo que se ha ido, todo viejo. Y una canción, siempre una canción, que pueden ser muchas porque la música es de lo mejor del mundo. Y todo eso mezcladito y bien, me conducen a pensar en un camino de piedras amarillas. No se me ocurre un cuento para ese título, y solo dejo pues que mis manos liberen sentimientos y cosas. :)


lunes, 11 de abril de 2011

Sueño hecho realidad


Cantaba con esa voz gangosa y tristona que la había conocido en un 7-11. Y nosotras revolviendo vinilos arropados en cartones viejunos y descuidados en aquella habitación de tres camas y media, llena de pilas de ropa sucia de hermano mayor.

La ventana daba a una montaña. Decía que, cuando estaba triste -que era casi siempre-, solamente asomaba, la veía y todo lo feo se le iba como mágicamente. Fue lo primero que me vino a la cabeza cuando recibí aquella carta en papel en la prehistoria de lo que somos ahora y leí que a sus padres les embargaban la casa. Se le iba todo:  la habitación de tres camas, la suya, aquella ventana y su montaña.

Nuestros recuerdos olían a perfume de mujer mayor queriendo ser sensual, y nuestros colores eran el negro en su versión más profunda, más azulmente matizada -como los reflejos en el pelo de los dibujos animados- y el rojo más vivo en detalles pequeños: labios, zapatos, pins. Los sábados tarde se olía a amoníaco, a pelo quemado y a cera recalentada.

No sé si balanceando lloramos más que reímos o casi casi igual. Me apenaba saberla y sentirla tan desgraciada y sentirme yo impotente, incapaz de conseguir con todos mis poderes mentales y mi cabezonería que dejaran de hacerle daño de una puta vez. A veces los dichos son ciertos, pero muchas más son mentira absoluta y totalmente, y ella no merecía ser usada como una muñeca de látex ni acabar llorando encerrada en su cuarto cada domingo después de cada uno de aquellos sábados... y más siendo tan joven.

Nosotras... el resto... yo, fantaseando con besos de asiento de atrás. Ella... tratando de terminar de hacer el amor y que la persona recostada a su lado no se levantara con premura o le dijera de marcharse directamente, dejándola como un trozo de algo inútil, prácticamente igual que un trasto al que machacamos sin un mínimo de delicadeza hasta estallar -él o nosotros- porque sabemos que si se rompe... pues casi que mejor.

No más tristezas en esta historia. Ella ahora empieza a estar bien. Se la quiere -como merece- por fin. Está radiante y luminosa.

Y todo esto por haberla visto hace dos días... y por una canción de los Ramones.

PD: nuestros recuerdos no hubieran sido los mismos si no hubiéramos conocido el  Pleasant Dreams ;)