martes, 22 de febrero de 2011

La ceremonia del té en la casita de los domingos

(Foto de Rafael Bracho)

No había demasiada parsimonia, solo que hay gente que gusta de poner nombres complicados a las cosas y actos que no lo son en absoluto. Gente normal, vamos.
 
Tampoco era nada del otro mundo. Solo un tiempo bonito en una casa pequeña, estrecha toda ella, pero a la que uno no tardaba en acostumbrarse. Pintada de un blanco muy muy blanco y con las cortinas, rejas, marcos de ventana y todo eso de un azul muy muy eléctrico. Médem seguía estando presente en sus vidas, aunque la vivienda permaneciese fijada al suelo y los únicos que se movieran fueran ellos.

Nada de japonesas de rostro blanco ni genuflexiones empalagosas y servilistas. Nada de sumisos, que a esos "no se les ama... simplemente se les quiere", como cantaron Golpes Bajos. La luz, eso sí, siempre era tenue, dibujando rallitas en el suelo de madera de haya, o de material parecido a la madera con un color parecido a la haya, vete tú a saber.

Y poco más, solo se echaban, y  pasaban las horas escuchando música, contándose cosas -que no hablando-, bebiendo... y usando todos los gerundios del mundo.

Ninguna otra época era tan feliz como la de cuando el día empezaba a estirarse. El optimismo daba codazos a los malos rollos y ella estaba pletórica, luminosa. Solía sentarse dejando a su izquierda la puerta de la terraza de la cortina azul, y escribía cosas durante horas.

La otra persona... solo observaba. Y le gustaba lo que veía. Nada duraba siempre, ni siquiera la sensación y el recuerdo de esos momentos. Pero esa sensación y esos momentos siempre terminaban volviendo. Y, a su modo, eran felices.

PD: esto se pudo "materializar" cuando encontré la casa, que vino tras el texto, y no después. La idea lleva al hecho, pero nunca el hecho lleva a la idea, sobre todo si sabemos cuál es esa idea.

viernes, 18 de febrero de 2011

Anoche se me paró el corazón


Sí. Fue una sensación física tremenda, un fuerte pop bajo mi pecho izquierdo. Y duró más de tres o cuatro segundos. Mi corazón dejó de latir, creo yo que se declaró en huelga microtemporal, después de demasiados meses de funcionar a máximo rendimiento. Me indicó basta, pensó que estaba cansado de muchas cosas, de llegar siempre por los neurotransmisores o loquesea a mis ojos, y emocionarme demasiado ante una imagen, una música, una película o una historia leída. Que me quería, que por eso vive en mí desde hace treinta y siete años, tres meses y veintiún días,  que estaba dispuesto a seguir a mi lado -qué remedio-, pero que ya era casi suficiente. Y dejó de funcionar ese ratín.

Yo andaba escuchando música, pese a las altas horas que eran. Enamorada hasta las trancas, fascinada diría, que es casi mejor, por los Arcade Fire, me puse el Funeral, el que menos he escuchado hasta ahora. Y sonaba Rebellion. No sé qué dice la letra; lo miraré en cuanto acabe de perpetrar esto por si es una bromeja de la vida y mi órgano-compañerodefatigas quería que me fijara en esa canción y no en todas las demás por algo concreto (mis señales y yo... dos)

Durante esos segundos yo ya no formaba parte de nada; si duraban algo más en todo caso formaría parte de los recuerdos de algunas personas más cercanas y de una lápida imagino que gris jaspeada en el cementerio de mi pueblo. Bueno, y de esta nube, esparcida por muchos sitios -más de los que pensábais, ¿cierto?-, pero remontó, puede que fuera por el poder sideral de la batería del Mp4 ¬¬.

Todo aquello que solemos usar a degüello llega un día en que se para y nos llama la atención. Funciona y vale, apenas nos percatamos de que es así. Es y au, sin pensar demasiado. Anoche no vi pasar mi vida en un segundo, ni un túnel, ni una luz blanca intensa y cegadora, pero pensé en él como un algo valioso y me volvieron las ganas de muchas cosas que estaban como atrofiadas desde hacía un tiempo. Comunicar, por ejemplo. Más todavía. Y expresar. Y pulir mis historias dejadas en borradores desde hace demasiados meses. Sin miedo, con mensajes encriptados que solamente yo entiendo. Bueno, eso: de ser yo.

sábado, 29 de enero de 2011

Cuando me empeñé en encontrarte


Fue una época extraña de mi vida. La época que me marqué para encontrarte. Ya no te buscaba; te tenía en mi cabeza, puede que desde que había nacido, porque debe ser así, y algo tiene que suceder en el Universo años antes o años después para que por fin dos choquen y se unan.

Conducía de manera un tanto temeraria, advirtiendo por instantes que lo hacía por inercia pura, siguiendo de noche los rastros de luces y poco más, y de día los coches donde podía verte a ti conduciendo. Oteaba cada uno con el que me cruzaba, y llegaba a distraerme de tal forma, que en demasiadas ocasiones era el sonido del claxon de algún amargado el que me despertaba de ese especial ensoñamiento, con la radio de fondo y dejando que fuera mi coche el que me llevara, y no al revés.

Me sorprendí observando los ojos de todos con los que me cruzaba, intimidándolos puede, manteniendo dos segundos al menos ese primer contacto visual. Pensaba que sería así quizás como iba a conocerte, y que me pararías por la calle, me cogerías una de mis manos y dirías: "te estuve buscando todo este tiempo... ¿dónde te habías metido?"

Luego fue en la Escuela, cuando iba a cogerme el chocolate habitual. Esperaba un ratín después de tenerlo para ver si eras tú el que venías a por tu café o lo que fuera. Mis compañeras me miraban raro, y yo parecía vivir dos segundos más lenta que el resto del mundo, como a la expectativa.

Más tarde, en mi época más oscura, donde digamos que toqué fondo, solía vestir de negro ajustado, y me echaba el pelo hacia atrás con gomina, cargando los ojos de khol y perfumando hasta el último rincón de mis curvas para ver si me olías, me captabas, me mirabas... Salía por las noches resultando patética, acabando casi al amanecer más sola que la una, con toda la cara emborronada e inmensas ganas de llorar, y casi parecía que algunas de las mejores canciones de perdedoras habían sido escritas para mí. Y me hundí.

Fue esa época, la de la casa en la playa en invierno, cuando dejé de quererte encontrar -que no buscar-, y en cambio la vida me trajo a mí misma. Renové toda mi sangre por entero dejando de beber, blanqueé mis pulmones y dejé crecer mi pelo. Fueron esos días de madrugar mucho mucho y ver cómo amanecía a pocos metros del mar. Nunca reprimí mis lágrimas esos meses, nunca más me teñí el pelo y asesiné y enterré mi ansiedad corriendo por la orilla hasta que ya no recordaba esos tiempos en que dejé, en que me dejaron, en que fui rechazada...

Pero sucedió que empecé a temer la vida, y no, para nada era inmune al dolor, sino más bien había logrado alejarlo tanto tanto que regresó el miedo, pero no ese miedo que me había hecho dormir mal durante un año y medio, sacándome arrugas y envejeciendo mi expresión más que cinco años de abandono, sino el miedo mismo a salir ahí fuera, a estar expuesta a un algo, a un alguien, a ti.

martes, 18 de enero de 2011

Astral week


Se me sobrecogió todo la primera vez que lo escuché. Fue este pasado diciembre; se avecinaba una lluvia de estrellas -gemínidas-, y había pasado una tarde de domingo especial junto a la chimenea, escuchando música en compañía, e inventando una vida nueva para un personaje imaginario del que solamente conocíamos el nombre, el color de su pelo y poco más. Una más de esas cosas que empezamos las personas sabiendo que seguramente no vamos a acabar, pero que son buenas por el mero hecho del durante, del presente que es en ratos sueltos, y no del final del trayecto. Como los viajes, como la vida, vamos.

El ambiente que imaginé tenía un puerto en una época que no sabía ubicar, atemporal totalmente, mucho paño azul marino, gorras marineras, gris y humedad en el ambiente, y verde musgo donde no alcanzaba la vista. Necesitaba música para ubicarme, y eché mano de los siempre estimulantes Waterboys y ese disco que marcó en cierto modo mi manera de ver la amistad que fue el Fisherman's Blues -asociación de ideas, de mis ideas :)-. A los quince empezaba todo, y a ratos pensé que terminaba también. Justo como me siento ahora. A los quince ya lloré a ratos por decepciones sin saber bien qué me estaba perdiendo -que seguramente era nada-. Y ese disco, esa canción principal, que predispone a la alegría y al brindis por los viejos amigos y los buenos tiempos, me hizo llorar en aquel bar. Una de las primeras veces que lloraba de emoción por algo bueno que había dicho alguien de mí. Alguien que me quería y lo sigue haciendo, veintidós años después. Y alzamos nuestros vasos de Burret con cola, y brindamos, como en una especie de pacto sin palabras, solamente con miradas, mientras la voz de Mike Scott nos contaba aquello de "... ser un pescador revolcándome en el mar, lejos de la tierra firme y de sus amargos recuerdos. Echando fuera el sedal, con abandono y amor. Sin límites debajo de mí, excepto el cielo estrellado arriba iluminando... y tú en mis brazos".

Entonces, el disco se paró en una canción que recordaba vagamente. Me atrapó en nada, y tuve que escucharla varias veces seguidas, porque causó en mí una especie de adicción placentera y a la vez beneficiosa -pocas adicciones son así a un cien por cien-. Tuve que parar de escucharla compulsivamente, poner otras por el medio para no caer demasiado rendida a sus pies; comprobar si , tal vez al compararla con otras, perdía algo de su valor, de ese valor que acababa de atribuirle, capaz de dejarme completamente hipnotizada, como viviendo en el pueblo atemporal del cuento que estaba escribiendo. Pero no pude, no pude.

Y sucedió ese algo mágico, ese instante en que encontré una joya mientras indagaba en ese baúl de tesoros. Como algo valioso dentro de algo que ya era muy valioso. Y, leyendo información de esa canción, quise viajar en el tiempo y meterme de lleno en el origen de esos acordes que tanto me motivaban y tanto me sacaban de dentro. Leí versión, leí Van Morrison -hacía poco me había también medio-enamorado de su Here comes the night, conocía a su chica de ojos marrones tantas veces escuchada, y poco más-.

Lo siguiente, lo más previsible: adentrarme de lleno en su Astral Weeks -absolutamente perfecto en su totalidad-, justo en esos días de lluvias estelares y un futuro incierto pero esperanzador, bonito, tierno. Sabiendo que ese fenómeno tiene justamente eso de atrayente: su belleza... y su fugacidad. Fue todo muy... redondo :).


lunes, 10 de enero de 2011

Tres rosas y un recuerdo


Me entristecí hace poco al pensar por qué te había olvidado tan pronto. Fue cuando recibí tu postal, la que ironías -o no- de la vida, tenía un ángel dibujado. He tratado de recuperarte en mi memoria con imágenes y no he tenido más remedio que recurrir a las -antiguas ya- fotografías. No puedo ser tan fría, no me lo explico, y tampoco la vida tiene por qué ser tan injusta con ciertos recuerdos. ¿No quedamos en que olvidábamos lo malo? entonces, ¿qué me pasó a mí contigo? ¿por qué me vienen estos años a la memoria y solo recuerdo muchas horas de reclusión en casa esperando llamar, esperando que me llamaras?. Las personas con las que nos mezclamos vinieron a nosotros por algo, y era frustrante que hasta las risas se fueran diluyendo de manera tan tan precipitada. No le encontraba el sentido a tu paso por mi vida.

Pero ayer, casualidades de la vida, volví a recordarte. Serían las cinco y pico de la tarde. Y fue por una rosa. Puede parecer contradictorio que te dedique un texto, pero ahora verás -veréis- por qué. Y lo reconfortada que me he sentido esta mañana pensando en el bien que me hiciste, que me servirá a partir de ahora para no caer en mi tendencia a subestimarme, tú que conseguiste que una "piltrafilla" pasara a ser la mismísima princesa Buttercup.

Lo que vino después confío en superarlo en un futuro próximo, e incluso sonreír al recordarlo... ; lo que vino antes fueron todas las explicaciones que me hiciste cuando hablábamos de literatura norteamericana y Whitman nos incitaba a coger las rosas mientras pudiéramos, a que aprovecháramos el momento ya que puede que después fuese demasiado tarde y estuvieran ya muertas; o la rosa de Shakespeare, a la que daba igual el nombre que pusiéramos, porque ¿dejaba acaso de oler bien por ello?. Me hiciste apreciar así el valor de las personas visto con otros ojos, y me sentí incluso bonita en las pocas ocasiones en las que me miraste, pero que fueron todas ellas. Luego, cómo no -y por eso me acordé de ti-, vino la rosa del Principito, la que tenías en tu firma y que valía tanto por el tiempo que le habíamos dedicado, tratándola siempre con delicadeza.

En ese segundo en que el amigo Pere me señaló las figuritas del aviador que adornaban su tele, me vino a la cabeza ese libro en edición bilingüe que compré por duplicado y te regalé en Morrazo, y de ahí a ser consciente de tu función en mi vida no necesité ni un pestañeo: el valor que me habías dado como persona para incluso yo verme con otros ojos y no dejar nunca que lo que pensaran los demás consiguiera hundirme. Tú veías sonrisa y ojos bonitos donde yo solamente veía acné y delgadez. Y aceptaste la estrechez de mis hombros y la longitud de mis piernas como si fueran lo más valioso. Tú, que podías tener a la chica que quisieras, me elegiste a mí, viste más allá de una barrera de carne y huesos, lo que nadie hasta la fecha había logrado ver. Y me sentía en paz en mis bajones cuando me reconfortabas con tus palabras a más de mil kilómetros de distancia. Puede que acabara de llorar, pero entonces me miraba al espejo y te daba la razón porque qué menos podía hacer por mí misma y en deferencia a tu paciencia.

Hay pocos como tú, que, como escribió en forma de frase-mantra Sáint-Exupéry, consigan  ver con los ojos del corazón, porque lo esencial es invisible a los ojos.  Hay pocos, pero me quedo con que sí existen, como exististe tú, por ahí esparcidos, y esperando que nos encontremos. Una vez más, vuelvo a devolverte las gracias. Así todo tiene ya sentido.

viernes, 31 de diciembre de 2010

The best is yet to come


Solo cerrando algunos círculos vamos redondeando la vida. Tiene que ver, y qué cosas,  lo primero suena triste, y lo segundo, sumamente alegre. Una vez traté de explicarle a un amigo por qué el círculo simbolizaba la perfección. Él, como siempre :P, trató de que se lo demostrara con datos científicos, que yo, como siempre también, desconocía.

Solo sé que es así, no me preguntéis por qué. Me consta. Que un círculo a medio cerrar es vicioso, y sin embargo, cuando ha tenido un buen clic, pasa a ser virtuoso. Y se sienta uno ante una taza de té -verde o rojo-, y puede empezar a narrar su vida sin que en ninguna parte de la historia un molesto nudo impida seguir hablando y ahogue. Fluyen las palabras, las anécdotas, las experiencias, las risas y las emociones. Ciertos hechos no han hecho más que completar y adornar el conjunto de nuestra vida. Porque una vida llana y tranquila no se aprecia si no se ha probado la otra: la que duele quizás, la excitante. Lo bueno es contarlo.

Lo mejor está por venir :)

miércoles, 22 de diciembre de 2010

A un buscador de tesoros


Tenía que ser junto al mar, claro que sí, donde se hundían aquellas inmensas naves en otras épocas y donde se juntan los amigos desde siempre para pasar días de risa y playa. Sentados sobre rocas, con ropa aún demasiado fresca y fina como para obviar la dureza del improvisado asiento.  Fue allí donde entrecrucé mi mano con la de un buscador de tesoros. Una mano pequeña la suya, redondeada, cálida, acogedora; largos, fríos y finos mis dedos. Dos pieles blancas y dos personas a medio vaciar en esos momentos.

Entre cientos de canciones y palabras... la vista; observando nuestra tierra como nunca antes, desde lugares muy muy altos. Respirando mejor de lo previsible, haciendo trabajar mis pulmones oxidados y al tiempo volviendo a recuperar la alegría que solamente se siente cuando se encuentra un alma gemela. La que tan difícil es de describir, como cuando cuentas y no acabas sobre algo nuevo que has descubierto y te ha entusiasmado... y te das cuenta de que una tercera persona no puede nunca, solamente con datos, llegar a entenderte.

Entre cientos de conversaciones y fotografías: compartiendo, adquiriendo, enriqueciendo, motivándonos... ganando.

Kilómetros en coches blancos, desempolvando canciones y recuerdos, saliendo al mundo, coincidiendo... y lo mejor, riendo sin parar.

Que gracias por hacerme caminar, escalar montañas, pedalear... Por haber hecho que mi muerte solamente durara veintisiete días, por haberte comprado esa hucha, por haber querido acompañarme a América :) ... por estos casi cuatro meses tan bonitos, y porque nuestra despedida ha sido como nuestra historia, casi de ficción: tierna, risueña y dulce.

Incluso con nubes errantes a nuestra izquierda y una bandada de cuervos volando todos a la vez.



(The whole of the law, Yo la tengo)

sábado, 18 de diciembre de 2010

Como una isla


Me acerqué a Gloria Fuertes por Ant, claro. La recordaba -como imagino la mayoría de gente de mi generación-, por la gata chundarata y rimas parecidas (confieso que he tenido que buscar porque recordaba más la parodia de Martes y Trece que a ella misma :$). Luego, lo que tiene el tratar de quitar las capas de una persona o un autor: despojarse de la primera impresión, de los prejuicios, del desinterés, de la no-prioridad, de los nomeapetece, nomellamanadalaatención y demás razones o excusas, como quieran ser llamadas. Pero mira, qué bien escribía esa mujer. Y cómo fue capaz bastante joven de acotar al menos su estado de ánimo y reflejarlo tan bien con palabras.

Estos días nos repitieron por segunda vez en un mes que uno no es que no sea comprendido, sino que simplemente no se explica bien. Que no debemos decir: "¿me has entendido?", sino "¿me he explicado?" (al parecer es la primera lección que estudian los coach...), porque uno rumia y vomita palabras sabiendo qué siente al escribirlas, al decirlas, pero el resto... pues no tiene por qué saberlo. E incluso a veces releemos algo escrito años antes y ni nosotros mismos sintonizamos con ese texto, y es como si leyéramos a un desconocido del que no sabemos siquiera el nombre ni  el sexo ni la edad, incapaces de ubicarnos o sentir empatía, solamente porque no se le entiende nada :).

Dejo pues esta poesía, porque Gloria sí sabía cómo explicar cómo se sentía, y tomo prestado pues su sentir:
Soy como esa isla que ignorada,
late acunada por árboles jugosos,
en el centro de un mar
que no me entiende,
rodeada de nada,
—sola solo—.

Hay aves en mi isla relucientes,
y pintadas por ángeles pintores,
hay fieras que me miran dulcemente,
y venenosas flores.

Hay arroyos poetas
y voces interiores
de volcanes dormidos.

Quizá haya algún tesoro
muy dentro de mi entraña.
¡Quién sabe si yo tengo
diamante en mi montaña,
o tan sólo un pequeño
pedazo de carbón!

Los árboles del bosque de mi isla,
sois vosotros mis versos.
¡Qué bien sonáis a veces
si el gran músico viento
os toca cuando viene el mar que me rodea!

A esta isla que soy, si alguien llega,
que se encuentre con algo es mi deseo;
—manantiales de versos encendidos
y cascadas de paz es lo que tengo—.

Un nombre que me sube por el alma
y no quiere que llore mis secretos;
y soy tierra feliz —que tengo el arte
de ser dichosa y pobre al mismo tiempo—.

Para mí es un placer ser ignorada,
isla ignorada del océano eterno.

En el centro del mundo sin un libro
sé todo, porque vino un mensajero
y me dejó una cruz para la vida
—para la muerte me dejó un misterio.
(Isla Ignorada, 1950)

viernes, 3 de diciembre de 2010

Todos duermen

(Fotografía "cobertera sedimentaria despegada", por popsique)

"Todos, todos duermen. Todos están durmiendo en la colina"

Estos días recuerdo una frase. La leí por primera vez el 21 de octubre de 2009. Lo que tiene dejar las cosas por ahí flotando, que luego sabes exactamente cuándo leíste, qué pensaste y qué sentiste y el cerebro no necesita apenas esfuerzo para ubicar sentimientos, y se lee lo que se sentía en ese instante justo, al igual que sabemos qué hora era, qué día y qué modelo de cámara utilizamos un instante concreto. Antes puede que todo fuera más emocionante, usábamos la palabra "aproximadamente"... ;ahora nada es aproximado en la memoria, todo queda escrito, de manera explícita u oculta, y aunque huyéramos y quisiéramos borrar algo del mapa, incluso a nosotros mismos, siempre quedaría algún chispotazo minúsculo en cualquier lado, una huella, con un nick, con otro, en nuestra época oscura, en nuestra época clara, cuando éramos ecologistas radicales, cuando lo fuimos menos porque nos acoplamos al mundo, qué remedio, cuando fuimos totalmente transparentes, sin importarnos compartirnos totalmente a la vista de los demás, porque nos sentíamos felices, porque queríamos que el resto del mundo fuera más bonito y destilábamos amor por todos nuestros poros... y cuando nos arrastramos contra todo pronóstico.

Cuando leí esa frase, que yo recuerde, no había para tanto. Pero eso lo pienso ahora, claro. Si veo el momento justo en que la plasmé por ahí, con otro nick y en otro sitio, recuerdo que veía el mundo como una película. Me autodisculpo porque empecé a adorar el cine hace relativamente poco, y fue como cuando se descubre el mundo, que se va a trompicones, torpemente, con el pie redondo, dando tumbos. La realidad vista con ojos de recién enamorada del cine: todo un guión, todo una imagen, historias más o menos bonitas, conversaciones afectadas, dramatismo también, necesidad de que sucedieran cosas porque sí, porque al fin y al cabo era mi historia y tenía que resultar(me) perfecta.

Hoy recuerdo pues esa frase, sacada de Spoon River, pueblo de muertos, microhistorias y epitafios. Dejé de pensar en la vida dentro de un rectángulo luminoso en una sala a oscuras y me vino como una bofetada. La busqué pensando por qué ese 21de octubre me hizo llorar y seguro, fijo, que el año que viene vuelve a venirme y me preguntaré -otra vez- por qué volvió a principios de este diciembre dejándome de nuevo traspuesta.

Puede que sea solamente el frío.

"This life's sorrow:
(...);
(...)that our hearts are drawn to stars
Which want us not"
"Esto es lo triste de la vida:
que nuestros corazones se sienten atraídos por estrellas
que no nos quieren"

(Herbert Marshall, Antología de Spoon River, Edgar Lee Masters, 1915)

 Interesantísimo artículo sobre Spoon River aquí.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La oportunidad de un fantasma


Me gustan las historias de fantasmas.

Leí hace unos años una reseña de un libro que hacía referencia a algo que había sucedido muy cerca de mi casa. Llevaba tiempo sin sentirme tan aventurera como cuando subí yo sola las escaleras ruinosas que me llevaron a un mundo que lo fue en otro tiempo y del que apenas quedan más leyendas y relatos escuchados a pescadores que realidad.

Recuerdo la ilusión que sentí cuando la chica de la librería me confirmó que tenía ejemplares y guardaba uno a mi nombre. Esas cosquillas, ese gato en la panza -como describió un día Alicia ;)- ante los descubrimientos y el momento en que por fin nos encontramos. Conduje un domingo temprano para verlo, para tenerlo, para conocernos...

Bastante más grueso de lo esperado, hecho que todavía me alegró más; escrito para poder ser devorado en pocos ratos. Cuando terminé esa historia fascinante, pensé en los pocos kilómetros que me separaban del lugar de los hechos. Si se da así en la vida, en la realidad, uno es sin duda un lector, una persona afortunada. Yo lo fui, claro.

La tarde no era gris, y el día estaba más parado que de costumbre – la meteorología no tiene por qué acompañar a la idea que uno se ha fundado-. Paseé el trecho que discurre entre la ciudad y esa zona a través de la Marineta Cassiana. El mar a mi izquierda, azul, tranquilo... A mi derecha y  ante mis ojos la casona. Tal y como uno la imagina cuando es pequeña y le cuentan esa historia. Bueno, yo ya tenía treinta y pico, pero la habría imaginado igual, para qué engañaros, si total el pensar es lo único que no envejece de nosotros. Miré hacia arriba y en cualquier momento temí ver a alguien tras las ventanas, aunque el sol pegaba de forma tal que me deslumbraba. Al lado, totalmente en ruinas, yacía el cementeri dels anglesos. Yacían sus fantasmas, sus historias.

Fantasmas... ¿todavía alguien piensa que no existen? Yo puedo verlos continuamente, aunque me deshice  ya de los míos. Fantasmas que no son más que recuerdos distorsionados, magnificados y embellecidos. Espíritus ausentes haciendo acto de presencia en los lugares menos esperados, envolviéndonos de un celofán frío, espeluznante, impidiéndonos sentir calor, impidiéndonos sentir sin más. Regresando transformados en mil formas, en quinientas palabras, en cien sonidos, en un puñado de canciones y varias fotos. Muertos con los que no se cerró el círculo. Seres que se fueron demasiado rápido, que no dejaron paso al aburrimiento y la rutina y quedaron anclados a esa edad, a ese aspecto, sin defectos apenas. Como de otro planeta. Como nadie es cuando sigue estando y sigue viviendo.

Y habrá quien no crea en los fantasmas...

Esos de los que apenas conservamos sensaciones extremadamente tamizadas a las que llamamos recuerdos.

Toqué esa verja, ese hierro, ese pasado. Fui capaz de tocarlo. Se trata solamente de imaginar, de visualizar,  de captar olores, brisas. De notar la sal en la cara.

Amantes de cementerios y sitios raros: si venís os llevo :)

Aquí el libro

martes, 16 de noviembre de 2010

De colisiones y cuevas


El que va de paso emprende el camino, normalmente ascendente, zigzagueante, sinuoso; a veces duro, a veces suave; siempre imprevisible.

Asciende, y a la vez que deja de escuchar sonidos que diez minutos antes eran claros y cotidianos, el silencio inmenso de la montaña va haciéndose espacio en sus oídos, acoplándose, retorciéndose, hasta terminar ocupando todo, y aislando a cada caminante en sí mismo. Pensando...
Siempre, desde lo más inmenso, desde esos lugares y esas vistas, el individuo, como dijo Nietzsche, deja de ser absorbido por la tribu, y cada nueva roca lo acerca más y más a la cima y es un tramo menos de apego. Y sube él solo. Puede haber otras voces... otra voz, pero sube a solas.

Y piensa, valga la redundancia, en qué pensarían hace tantísimos años aquellas personas con preocupaciones puede que no tan banales como las suyas, pero igual de inútiles, ya que al final las cosas son o no son siempre por ellas mismas, sea conseguir una pieza de caza, encontrar un trabajo o cimentar una amistad. Dejamos de ser parte implicada cuando en nuestro rumbo se cruzan y mezclan otros planetas, estrellas y asteroides que vienen de galaxias diferentes y a ellas vuelven. Solo son rozamientos, pequeñas colisiones casuales, inexplicablemente casuales, que por lógica no deberían haberse dado. De una colisión nunca se sale sin dejar pedazos esparcidos. Pero al final, la vida es ese ir dejando miguitas de goma de borrar, y en trozos tan tan pequeños que no nos damos cuenta, pero nos van moldeando –o quitando-, y no somos iguales que la semana pasada, ni nuestra mirada es la misma, y solamente ha pasado un espacio minúsculo de tiempo, pero ya no somos iguales.

Los ojos descansan, la mirada se relaja. Sorprende encontrarse a las mil una florecilla que contrasta con el monotono, y dan ganas de hacerle una foto, pero la cámara está cada vez más lejos…

A esos sitios hay que ir con los cinco sentidos, pero pese a la nariz bloqueada, uno imagina esos olores, y de paso recuerda que no está oyendo nada, que cada vez está más y más solo. Y piensa que, si pasara mucho tiempo allá arriba, terminaría volviéndose loco.

Al final siempre se llega a la meta, es inevitable. Y desde arriba observa el paisaje en semicírculos, los mismos que dibujábamos como montañas cuando éramos pequeños y pintábamos en tres tonos distintos de verde, pese a vivir en otras más bien grisáceas. De niño, los cuentos llevan siempre las montañas verdes, y uno tiene que llegar a mayor y girar su cabeza en el coche, para darse cuenta de que la realidad estaba fuera de la caverna, y que ese verde lo causaba una percepción distorsionada –con hoguera o sin hoguera-, y sobre todo, una cadena en el cuello, que era la infancia misma, que nos hacía pensar que el mundo era tal y como lo veíamos nosotros, que siempre todo sería feliz como entonces.

De espaldas a las formas semicirculares, está el abrigo, la cueva, el refugio. Mucho más grande de lo esperado e imaginado. Y se convierte en una especie de lugar mágico, donde la mentira sobra, donde claramente uno expone lo que piensa y escucha al otro pensar. Como una especie de catarsis. Pero muy necesaria.  Después se pregunta uno si la verdad que es en ese momento seguirá siéndolo un tiempo después, y, si no es así,  si será menos verdad que la que existe en ese presente y en esa cueva mágica. Y si se puede afirmar algo rotundamente cuando depende de un pensamiento, y este es, a su vez, quizás lo más variable que tiene el ser humano.
 
Alcanzado todo, se desciende, menos cargado de equipaje que al subir, pero también pensando y en silencio. Hay historias en las que ya se ha dicho todo; que más palabras no van ya a mejorar, ni empeorar, ni embellecer, ni afear. Que de algo ha servido subir hasta allá arriba... aparte de para conseguir un pisapapeles natural :).

viernes, 5 de noviembre de 2010

La sinceridad enmascarada en una pirueta

 
Leía ayer que ese gran laberinto sin solución aparente que es nuestro cerebro guarda nuestras habilidades entre recovecos, como los recuerdos, como las experiencias bonitas y no las feas. Que el cerebro -nosotros- es listo -nosotros también lo somos- y nunca nunca nos deja ser masocas ni fatalistas cuando se trata de mirar atrás (¿arma de doble filo?... puede).

Me decía esta mañana una persona que agradezca a cada ser que entró y salió en mi vida el bien que me hizo, que ese es el modo de decir adiós. Se giró hacia sus papeles y me dio un papelito rectangular: que lo guardara, que lo leyera una y mil veces y lo tuviera presente a diario. Lloré al escucharla leérmelo, como lloraré dentro de diez años y como hubieseis llorado vosotros. Porque es bonito que alguien haya pensado en ti y te haya escrito un papelito como ese, aunque te haya causado una emoción tremenda. Aunque esa emoción haya durado solamente los tres minutos que he tardado en volver a mis rutinas y mi día a día. Estuve ese rato pues en una nube, como en una nave del tiempo. Un momento especial, algo bonito.

Mucha gente me pregunta si sigo dibujando, y digo que no, que pasé de los colores y las formas redondeadas grandotas al azul marino y blanco y a las formas redondeadas pero más pequeñas que son las letras, las palabras. Que me dio por escribir, mira tú, y aquello otro que tantos buenos ratos me hizo pasar... que aquello otro lo fui dejando, y ya no servía, y ya no...

Elegí hace tres años un dibujo al azar. Mi tía hacía un curso de mandalas y yo elegí uno que simbolizaba la amistad. Entonces no lo sabía, ni fantaseaba en cómo iba a cambiar mi vida los siguientes años. Ni que unos años después iba a tener a una personita rubia con gafas colgando de mis pechos -alternando mis pechos- todas las horas del día. Que la amistad me causaría las mejores satisfacciones. Lo que no sabía era que podía quizás confundirse con otras cosas, o puede que el amor sea eso, amistad de la buena, ese estar a gusto -muy a gusto-, reír muchísimo y amar... a ratos. Que puede que si es eso acaso no haya nada mejor, y si no lo es... puede que sea lo mismo... y que la ternura supere a la fiereza, y aquello imperfecto sea lo que echemos de menos cuando hay ausencia... y que cuando hay presencia queramos morirnos en ese momento y que se pare el tiempo justo ahí.

Empezaré hoy, viernes tarde, lluvioso, gris y con paz ambiental...a dibujar de nuevo. Tengo las plantillas de mandalas, todos los colores del mundo y más necesidad que nunca de expresarme por otras vías. Y empezaré al azar, dejándome llevar, sin creer que estoy siendo iluminada ni soy alguien divino haciendo algo que todo el mundo puede hacer. Solamente disfrutando el momento y deslizando lápices de madera...

Y cuando vuelva a acostumbrarme a combinar colores de nuevo... saldrán las formas, las imágenes y todo lo que llevo dentro... ya que están latentes dentro de mi cabeza; que veinte años no es nada...  :).

PD: la frase que da título a esto es de Claude Serre. Me ha encantado.

jueves, 28 de octubre de 2010

Un paseo por las estrellas


Oscurecía sobre las cuatro de la tarde. Las bayas, a esa hora y con ese matiz del anochecer tenían un rojo perfecto. Rojo, verde, negro... y la acidez... y la bruma, y el rumor del bosque. La humedad metiéndose por la nariz. El gorro de lana gris en la cabeza, las mejillas rosy pink, como solían decir los chicos del staff entre mugs y mugs de té con leche y largas conversaciones. Dentro, el olor inconfundible del lavavajillas industrial; a día de hoy soy incapaz de definirlo, y si lo volviera a oler -aunque fuera de pasada, sabría cuál es al instante, con la certeza que se tiene en determinados momentos: eligiendo una prenda de ropa a la primera, enamorándote de una canción con una única oída o poniendo el nombre justo a lo que sientes en un instante determinado. Algo que no se parece a nada que ya conoces; no mejor -eso solo es capaz de saberse a largo plazo-, sino diferente, fresco, virgen; y que te da la oportunidad de partir de cero, habiendo dejado equipajes que fueron valiosos en su día y que quieres con locura, pero que ya forman parte de otro lugar... y otro tiempo. 

Cariños, buenos sentimientos, antiguas risas y más o menos recientes vibraciones. Vibrar-movimiento- cambio... Puertas cerradas, pero suave, muy suavemente. Lágrimas, a veces inevitables, pero no siempre de tristeza. Dejar hacer, dejar ser, dejar sentir, saber que la vida es ir cubriendo etapas. Y que termina lo fuerte y queda el rescoldo de lo bueno, que si fue bueno de verdad siempre formará parte de nosotros. Pero dejar ir, dejarnos ir, dejar que se vayan, dejar que nos vayamos... para estar mejor, para que estén mejor, para no sufrir ni hacer sufrir, y para vivir otras vidas y que otras vidas sean vividas. Libre y suavemente alejarse, alejarse... pero con una sonrisa en los labios y una mirada serena.

Las tardes que librábamos subíamos a la segunda planta del Arcade a Kelly's Records. Todo el mundo compraba Cds... pero mi paga no me llegaba. Y compramos cassettes de segunda mano: Bauhaus, Joy Division, Pixies... y Smashing Pumpkins.

Destapado como la caja de Pandora llegó ese doble disco de nuevo a mi vida estas semanas. 

El cielo estrellado, y un ángel melancólico siendo parido por una estrella. Todos los melancólicos debemos tener un poco de eso, de ángeles, pese a no creer en ellos, como no creo que exista gran cosa más allá de lo que puedo ver, oír o tocar. Pero a veces llegamos en los momentos indicados, y en los momentos indicados vamos saliendo poco a poco de la vida de los demás. Y alguien te dice: "llegaste como un ángel", o "gracias", y, aunque al principio no sabes bien cómo encajar eso, si tomártelo como algo bueno, malo, regular, o ni bueno, ni malo ni regular, terminas aceptándolo. Y te alejas, esperando que llegue otra ocasión y que otra persona piense lo mismo, y otra y otra... hasta que alguien sea capaz de verte como lo que eres: alguien normal y corriente, no más especial ni más nada que los demás...  y te acepte y se quede contigo.

Pudiendo elegir, habiendo tantas, unas me gustan mucho más que esta, pero...

jueves, 14 de octubre de 2010

Ushuaia y los finales felices


Cuando embarcamos en el avión rumbo a Ushuaia noté en cierto modo que estábamos muriendo. Los dos. Ahorraste para ese vuelo durante dos largos años, y francamente pensé que no ibas a regresar jamás aquí. Yo no lo tenía tan claro, por eso supe que a medio o largo plazo, algo iba a morir: lo nuestro; tú... o yo.

Te miraba de reojo en el asiento, con esa mirada curiosa. Creo que tú a mí no me miraste ni una sola vez, emocionado ante la visión de tu nueva vida. Mi vida... bueno, no formaba parte de la tuya, lo supe desde el primer momento en que nos vimos. Al menos en esos momentos.

Allá nos esperaban días de lluvia, muchos más de los que a priori imaginábamos. Serían fáciles de soportar si estábamos juntos. Si nos separábamos nos invadiría irremediablemente esa melancolía que formaba parte de los dos, pero aún así arriesgamos todo, dejamos todo. Cuando vimos con qué rapidez cambiaba el tiempo supimos que aquella historia sería rara, distinta, especial. Porque nuestras cabezas eran así, cambiantes, volubles, como aquel cielo, como aquellas nubes.

Las risas entre varitas de incienso y copas nos hicieron ser los mejores amigos del mundo, los mejores amantes del mundo y los mejores enamorados del mundo. En ese orden. Y me mirabas; entonces sí me mirabas, y te quedabas quieto, y yo lo sabía porque mis ojos tenían -tienen- esa capacidad extraña de ver sin ser vistos. Y seguía a mi bola, sabiendo en todo momento que seguías cada uno de mis movimientos.

El invierno nos sorprendió en Ushuaia a los dos, que veníamos del sitio más opuesto a aquello. Envueltos en mil capas de lana y pellizas dejamos ambos crecer nuestros pelos, rejuveneciendo sin darnos cuenta. No sé si recuerdas la sensación de las tazas de té hirviendo en nuestras manos violáceas una tarde de cada dos. En el único bar, nuestro bar. Hablando en voz alta, y tú estremeciéndote cada vez que te rozaba la pierna bajo la mesa, como si lo estuviera viendo, notando... ahora en estos momentos.

Te gustaba llevarme a ver mar y espacios abiertos. No sabía exactamente lo que era aquello, unos días calidez, otros tal vez dependencia, otros ganas de mandarlo todo lejos y dejarte... Pero no podía. Cuando te veía llorar tenía que hacer mil trucos de magia para que te sosegaras, como se hace a los niños pequeños. Y te enjabonaba con mimo y ternura antes de secarte y abrazarte fuerte, muy fuerte. Solo tenía que dejar que el tiempo pasara, y me largaba al bar yo sola, cruzando aquella ventisca, notando al entrar cuánto me faltabas.

La primavera llegó con toda aquella gente de visita. Los primeros cinco minutos, cuando la viste a ella, ya empecé lentamente mi retirada. No tenía que alejarme con dramatismo, pero aquella historia, nuestra historia, no podía mantenerse, lo sabíamos los dos. Porque no hay nada que dure demasiado, y menos para siempre. Tenía que pasar porque sí, tenía que ser algún motivo, algún hombre, alguna mujer, pero algo. Y eso fue: pasó.

Lloraste cuando empecé a empacar mis cosas, pero estaba ya tan acostumbrada a verte hacerlo que ni siquiera me conmoviste. Otra vez esa horrible sensación de olvido de raíz que tan poco me gustaba sentir, notar... pero ahí estaba de nuevo, solapando mi fondo sensiblón que tanto te gustaba.

Hace ya mucho de todo esto, ya olvidé el frío de allá, y aunque los primeros años conservé algunas prendas de aquella vida y aquella temperatura, terminé tirándolo todo a la basura. Y quemé otro incienso con otros hombres, escuchando la música que tanto nos gustaba a nosotros, y decepcionándome cada vez que notaba cómo a otros no les conmovía ni lo más mínimo.

Sé que terminaste muriendo, como muere la gente, a diario. Me tuve que enterar por los seis grados de separación esos, y me dio pena ver que no había notado nada, y que seguí riendo y flirteando cuando tú justo te estabas marchando... Ese día pedí un té y apreté mis manos fuertemente, abrasándome yo sola. No me salió ni una sola lágrima, solo me sentía rara. Y culpable... por haberte abandonado allá, sabiendo que esa chica no significó gran cosa. Ni la siguiente, ni la otra.

Los escucho ahora...¿puedes oírlos?

Quiero creer que sí. Tú y yo jamás nos hubiéramos conocido si no llega a ser por ellos.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Paraísos


De cajón que uno se "hace" de cierto modo según haya ido alimentándose los primeros años. Si es que nacimos  ya "hechos", de cualquier modo nos vamos completando, y los alimentos que nos forman, que nos moldean, no son solamente los que entran por la boca. Sensaciones táctiles -el barro que manejábamos-, olfativas -el olorcillo de pinturas con que terminábamos nuestras "obras"-; visuales -el residuo en las uñas que nos dejaban los Manley-... o la música que sonaba desde otro cuarto en nuestra propia casa.

No fui solamente yo quien creció en cuarto "de chica" con decoración de colores suaves... y fondo musical tirando al punk; alguna amiga también tenía un hermano mayor con esa tendencia, y debíamos tener catorce años cuando pusimos en el cuarto donde solíamos pasar ratos largos hablando de chicos y complejos una cinta de los Clash.

Estaba grabada, cómo no -entonces solamente tenían cintas originales los pudientes,- y el hermano de mi amiga no lo era, como tampoco lo eran los míos.

La primera que sonó y se me quedó marcada fue una en la que estaban hartos de los Estados Unidos. Vaya, hasta ahí llegó mi oído, claro, si lo repetiría como cien veces en los escasos minutos que duraba... Grábamela, es interesante...

Un anuncio del Fiat Punto en una revista rezaba que "ciertas cosas en Londres habían dejado de ser innovadoras". De fondo, la bandera azul-roja-blanca; en primer plano, dos punks. La recorté cuidadosamente y con ella forré mi carpesano de COU. Bueno, acotar -ya hablaré de ello-, definirme, complicarme quizás..
Luego llegó València, y mis continuas visitas al parterre donde se ubicaban puestecillos hippies. Elegí aquella camiseta -que me acompañaría durante tantos años- por la impresión, para qué engañar. Había un tipo golpeando una guitarra contra el suelo. Más que un tipo, una silueta en negro. Y letras en rojo y verde alternando esa palabra que fue para mí un mantra esos años: London.

Más tarde fue el pub de nombre oscilante, y las sobremesas domingosas en las que no asomaba ni una rata y podía pedir que pusieran otra vez, y otra, y otra... esa canción mientras la camarera -y amiga- y yo, pormenorizábamos sobre nuestras respectivas noches anteriores, preguntándonos por qué y cuándo...

No sabía de qué iba, solo que me atrapaba con esos acordes tristes, y se me hacía fascinante pensar que las mismas personas rabiosas contra el sistema podían ser capaces de confeccionar melodías con ese ritmo característico que conduce irremediablemente al movimiento de tronco. Era vinilo, y era un disco apartado por ella para mí solamente para los domingos después de comer. Llorábamos a veces escuchándola, nadie nos veía, pero vaya si lo hacíamos. Llorar, digo.

Adopté esa canción sin pedir permiso, y la hice mía, como poco después hice mía Where is my mind -ahí sigo, preguntándome eso...-, y con el tiempo conocí -he conocido- a más personas para las que también es especial.

Y no sé si es que vinimos todos a nacer bajo cierta influencia generacional de hermanos mayores, es un factor a tener en cuenta, pero en cierto modo, esas personas, nosotros, compartimos cosas. Puede que sea que somos "claros como el hielo de invierno...  y ese sea nuestro paraíso" :).